Tiempo de lectura: 4 minutos

Nadie carece de enemigos. Es inevitable hacerlos salvo que desde el momento de nacer uno se quede inmóvil, en postura de Buda bajo un árbol, sin hacer nada, sin adquirir nada, sin ganar nada, sin jamás ponerse por delante de nadie; en ese caso puede uno, con suerte, pasar colado y no tenerlos, salvo que a alguien no le guste la postura reposada y serena de dicho Buda y se moleste pensando que ese infeliz está intentando llamar la atención sólo para que no se lo mire a él.

Hay quienes los tienen desde niños, desde sus años de infancia en el colegio. Esos enemigos en miniatura pueden parecer cosa trivial, insignificante, pero ahí están y en la medida que lo hace posible esa pequeña esfera de vida, harán lo imposible por lastimar al detestado. Es fácil ganarlos; basta respirar, vivir. Se los han ganado, entonces, por cualquier motivo: eran mejores alumnos, se sacaron un premio que otro ambicionaba, eran más guapos, conquistaban a la niña linda del barrio, etc. Más tarde, a lo largo del camino de la vida, a veces abruptos senderos con muchas vueltas y peripecias, con muchos paraderos, trabajos, aventuras, éxitos y fracasos, se coleccionan más y más enemigos y estos son mucho más serios y peligrosos que el gordito o el flaquito del colegio que no nos podía ver. De algunos tenemos conciencia, los conocemos, pero hay también enemigos secretos y estos suelen ser los más y los peores. En el primer caso sabemos quienes son, pero no la profundidad, la intensidad con que les disgustamos; en el segundo caso suele ocurrir que jamás nos imaginamos siquiera que esas personas nos tenían entre ceja y ceja; no nos dimos cuenta porque toda vez que nos cruzamos con ellos jamás dieron muestras de ese sentimiento, siempre nos respondieron el saludo, nos dijeron “¿cómo estás?”, incluso nos sonrieron. Y de estos último tampoco tenemos la menor idea de hasta dónde podrían llegar, si se da oportunidad, para descargar -¡al fin!– abiertamente su fastidio.

Una cosa terrible que se descubre en la vida es que el afecto, incluso el amor, es bastante frágil -salvo el amor por los hijos– y se evapora o debilita fácilmente. ¿Quién no tiene la experiencia del “amigo” o “amiga” que apenas percibió que estabas en apuros comenzó a alejarse, enfriarse, a no contestar el teléfono, espaciar las visitas o lisa y llanamente hacerse humo? El amor en grado mayor o menor está asociado y existe y se preserva mientras exista y se preserve un beneficio que se obtiene con él, ya sea material, carnal, de prestigio, de entretención. Desaparecido este beneficio, pareciera que el supuesto amor para toda la vida, la amistad inquebrantable, etc, se desploma de la noche a la mañana por falta de pilares de sostén.

El odio, en cambio, es pertinaz, duradero, a veces de toda una vida. No se debilita nunca, a lo más se duerme pero está pronto a despertar en cualquier momento. Normalmente, en el curso de los años, se evacua en tono menor, en fantasías destructivas, en pelambres de pasillo, en comentarios maliciosos. En eso suele quedar, pero si se da la oportunidad de hacerlo público, más aun, de sumarlo al de otros, de convertirlo en cosa legítima y abierta y todavía más, en parte de una “causa” a la moda que sacralice y bendiga aun el furor, ¡qué deliciosa oportunidad se abre para sumarse a una horda linchadora!

Una vez formada la horda, una vez sumada a su muchedumbre todos quienes tienen un disgusto contigo aunque su causa sea tan antigua que la olvidaste, a partir de ese mismo momento las injurias reales que usted cometió y las muchas ilusorias que jamás cometió, todas por igual, sin importar si fueron leves e insignificantes, sin importar si al momento de producirse no tenían ningún peso o si se cometieron 20 ó 30 años atrás, a partir de ese momento, digo, con la horda ya formada y en la calle, dichos pecados, aun si eran veniales y banales, adquieren una dimensión increíble, crecen de tamaño fuera de toda proporción, son aumentados, amplificados, distorsionados y afilados lo más posible para optimizar su capacidad de hacer daño porque ya no se trata -nunca se trató– de averiguar la verdad, de medir, evaluar y juzgar, sino se trata de condenar y ejecutar, de colgar en el farol más a la mano y solazarse con ello.

Esos faroles y árboles a la mano para el linchamiento son hoy innumerables. Se llaman “medios de prensa”, redes sociales, canales de televisión, programas de matinal, foros de “conversación”, programas de farándula, etc. Cuentan siempre con un público más que dispuesto a congregarse para contemplar, gozosos, una nueva ejecución pública. Los espectadores no escasean porque en este mundo, en cualquier sociedad y época, suele ocurrir que los resentidos, los frustrados, los que andan por la vida mascullando rabias y pateando piedras, los perdedores y las víctimas de injusticias, todos ellos son legión, incontables; dicho sea de paso, es en medio de esa muchedumbre donde se reclutan los odiadores que tarde o temprano tendrán la oportunidad de abalanzarse sobre alguien, quizás sobre ti.

¿Es posible combatirla? ¿Detener, desintegrar dicha horda? Es imposible si mantienes tu independencia de criterio, tu modo de ser, tu personalidad. Si quieres evitar o disminuir la chance de ser tú el colgado en la próxima ocasión, entonces debes ser como ellos, convertirte en ellos, sumarte a ellos, ser tan penca como ellos. La elección está en tus manos.