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Lo que hace de la protesta global de hoy un fenómeno distinto al de otras épocas es que el poder de las masas contemporáneas es infinitamente mayor. Es una cuestión de números y de medios: es mucho más alta la proporción de gente activa y relevante en el meollo mismo del sistema, lo cual hace una gran diferencia con sociedades rurales del pasado en las que el 90% de la población vivía en el campo, aislada una de otra, sumergida en la más profunda ignorancia, con demandas muy locales y una capacidad de daño muy limitada. En el presente vemos demandas más complejas y con participantes dotados de medios de comunicación instantáneos, un aprendizaje acumulado de las tácticas de insurgencia o desobediencia civil y en casos extremos una mucho mayor disponibilidad para acceder a medios destructivos como armas, explosivos y herramientas informáticas. El sistema mismo es, además, muy frágil por ser enormemente complejo. En una sociedad agraria la revuelta y destrucción de vidas y propiedad ocurrida en una zona determinada no afectaba el funcionamiento del conjunto; en una sociedad industrial, de servicios e informática, cada pieza del mecanismo es capaz de lesionar la totalidad de la máquina.

Estas explosiones sociales, de ser exitosas, destruyen instituciones, intereses y costumbres obsoletas, pero destruyen también mucho de valor porque la energía que los propulsa no es un frío juicio buscando modos racionales de corregir errores, abusos, ineficiencias o absurdos, sino abrumadoramente un resentimiento y afán de venganza acumulados por largo tiempo. A ellos se oponen, desde la élite asociada a las instituciones existentes, sentimientos no mucho más racionales. En la interacción entre ambos caudales de emoción el conflicto escala rápidamente y eso puede provocar violencia en gran escala. Es por eso que mucho de valor es innecesariamente destruido y muchos absurdos son aclamados con entusiasmo. En ocasiones hay también abundante derramamiento de sangre.

En la fase previa a ese “calentamiento global” hay siempre, como pre-condición, un triunfo de la Gran Protesta en el plano de los valores, ideas y actitudes. Es el momento en el cual el viejo orden se tambalea en su legitimidad ideológica y eso hace posible – pero no necesario– el desarrollo de etapas posteriores que se dirimirán en el plano institucional. Es en esta fase preliminar que se encuentran hoy muchos países de Occidente, en algunas partes alcanzando ya la fase de la conmoción política. Esta etapa preparatoria se manifiesta en el debilitamiento a veces catastrófico de los valores del sistema tradicional, lo cual entraña el éxodo mental de muchos titulares del poder a posturas cercanas al nuevo credo, lo que hacen ya sea por auténtico convencimiento o por miedo u oportunismo, con la consiguiente la resistencia en el plano de las ideas se debilita aun más y eso genera un temor y obsecuencia generalizadas, lo que vuelve a deteriorar la resistencia del sistema de valores tradicionales. Debido a ese proceso y aunque el tronco principal del poder, el económico, aun no haya sido alterado, la institucionalidad política puede haber sufrido embates importantes que lo amenazan. Sin embargo lo esencial es, en esa etapa, o la instalación de un nuevo sistema de valores cuyo poder crece a diario y se hace particularmente notorio en su convocatoria entre los jóvenes.

El clima que impera en esta etapa inicial de triunfo ideológico de la protesta se caracteriza por gran una exaltación y crispamiento del ambiente político. Esto resulta por una parte de la gran confianza y arrogancia de quienes se sienten seguidores y/o agentes de las nuevas ideas y el gran temor y debilidad de quienes se sienten al margen. En medio del temor de los incumbentes del “ancien régime” se expande a gran velocidad un afán generalizado por cambiarlo todo, incluyendo el lenguaje cotidiano -en la Francia revolucionaria el “Monsieur” y el “madame” fueron proscritos por el término ciudadano o ciudadana, así como en la Rusia bolchevique era de rigor hablar de “camarada”– , un afán incesante por descubrir descreídos para lincharlos en la plaza pública, una presión sostenida en los medios de comunicación por imponer la Buena Nueva, la evaluación de todo fenómeno del universo a partir de los axiomas del discurso políticamente correcto imperante y además, como acompañante de todo eso, un creciente enardecimiento de las masas – casi siempre semi alfabetas– usando este clima de enardecimiento para legitimar toda clase de venganzas personales. Es un clima en el que se aúnan, entonces, la asfixia intelectual con la coerción grosera a favor de presuntas verdades que, a menudo, apenas alcanzan la dignidad de meros clichés. A todo eso se suma una persecución implacable de los infieles por medio de cualquier recurso por absurdo y brutal que sean.

Por esas razones estas etapas preliminares de triunfo ideológico de las protestas o, como ahora se llaman, de los “movimientos sociales”, son particularmente irracionales, casi intolerables en su obsesiva vigilancia de la conducta de cada quien, singularmente ajenas a las más mínimas decencias del comportamiento civilizado, ideológicamente asfixiantes y muy vulgares en su estilo y formas porque el ambiente se hace muy propicio para desencadenar las rabias, los odios, los resentimientos, las envidias y las bajezas de una multitud que hasta entonces vivía en la sumisión, el silencio o el rezongo privado.

¿Es este el costo lamentable pero necesario del progreso? Es un argumento que se ha reiterado infinidad de veces. Asume que todo lo que salga de nuevo del fenomenal Tsunami es positivo, un avance que justifica el costo, pero no hay ninguna razón NECESARIA para asumir esa contabilidad. Tampoco hay lógica en el raciocinio implícito según el cual, puesto que ha habido tan malos tiempos, entonces han de venir otros buenos y hasta mejores.

En cualquier caso, ¿con qué vara de medida comparar los costos y beneficios de estos procesos? Tal vez se trata de un problema insoluble. Quienes harán en el futuro esa medida y llegarán posiblemente a resultados positivos están ya formados por la nueva situación y sus valores; quienes hubieran hecho una evaluación negativa están a menudo fuera de circulación.