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Multitud de encuestas, en verdad todas ellas, basan el 90% o más de la información que nos ofrecen en simplemente la revelación de cómo y en qué medida el público encuestado -presuntamente representativo de toda la nación–  aprueba o desaprueba una medida, a ciertas personas o a instituciones. 

Una vez hecho eso, se suelen comparar los resultados con otros anteriores y se desprende alguna conclusión muy sencilla; tal o cual persona o institución ha “bajado” en el aprecio público, la otra ha subido o se mantiene.

Con dichos datos en conocimiento del público se supone que alguien – la “autoridad”– tomará medidas o debiera tomarlas. Se presume que tal o cual política pública debiera emerger de esos datos; se entiende que tales o cuales personas -por ejemplo, los congresales– debieran corregir sus prácticas; en otras palabras se considera que dicha encuesta no sólo refleja percepciones u opiniones, sino HECHOS ante los cuales hay ciertos deberes que “debieran” cumplirse. Esta sensación, ya convertida en axioma, se basa en la idea de que tales hechos reflejados por la encuesta son “objetivos”, lo cual ciertamente lo son, pero sólo en el sentido de que una percepción individual o colectiva es un fenómeno real; se olvida, sin embargo, que de eso no puede asumirse que el acto de percibir refleja exactamente lo que se percibe. Ambos, percepción y lo percibido, son hechos, pero hechos distintos. Es evidente que la percepción deriva de la posición del percibiente, de sus intereses, de su conocimiento de la materia, sus esperanzas, sus ambiciones, sus posturas políticas, su estado de ánimo, etc. No puede sino ser distinta a lo percibido por otros y más aun, distinta a lo que percibe.

Que tales visiones completamente subjetivas salvo en casos extremos de evidencia que, por lo mismo, no requerirían ninguna encuesta para averiguar el sentir de la gente (imagine una encuesta que luego de un terremoto devastador grado 12 preguntara “¿qué le pareció el temblor de ayer?”) sean hoy parte constitutiva de la toma de decisiones podría, quizás, considerarse como un aspecto más de la trasformación del mundo real en el de la “pos verdad”, el de las “imágenes”, las comunicaciones, el de la fantasía, el mundo de lo que la gente cree o puede creer, lo cual es casi lo mismo que decir el mundo de la impostura.

No se trata simplemente del error o distorsión que se agita tras casi cada percepción, del hecho de que por lo general se evalúa mal a una persona o institución si esta no responde instantáneamente a nuestros deseos y necesidades y al contrario, se sube a un pedestal a quienquiera parezca reflejar nuestras aspiraciones: peor que eso, que dicho ingenuo modo de evaluar el mundo, es el uso mañoso, interesado y deshonesto de dichos estados anímicos.

Argentina

Véase el caso de Argentina. Argentina fue saqueada por los Kirchner y su gente, no cabe otra expresión. Saqueada y arruinada por ellos y sus antecesores. No sólo robaron para sí, sino además implementaron políticas económicas irresponsables, un grado demencial de repartija que llegó al extremo de que en cierta época la gente se calefaccionara dejando encendidos todos los mecheros de sus cocinas a gas, horno incluido, porque el gas casi no les costaba nada. Lo mismo en otros ítemes. ¿Qué clase de economía puede resistir ese despilfarro por mucho que se disfrace piadosamente con la expresión “gasto social”? Ninguna. ¿Y qué debe hacer NECESARIAMENTE entonces, sea quien sea llegue a recoger los estropicios? Debe tomar medidas para pagar la deuda acumulada, rehacer los capitales destruidos, restaurar las disciplinas necesarias, echar de la administración pública a los parásitos, etc. Y todo eso es duro.¿Resultado? Macri, que es el hombre a cargo de la limpieza, baja en las encuestas cada día, mientras Cristina Kishner, socia del robo y de la ruina, sube.  Macri es el malo, Cristina la buena, Macri es el fascista, cristina la mujer del pueblo, Macri es el capitalista despiadado y cristina una santa mujer. Y de eso se aprovecha el peronismo, los gremios corruptos, dirigentes maleados, políticos similares a los miembros de la banda de Al Capone. Si Argentina pone oído a estos últimos, bien dijo el periodista Openheimer que Argentina se lo merece.

Chile

En Chile no vimos con doña Michelle, ahora elevada a la condición de alta funcionaria -¡una vez mas!– en la ONU, los extremos que se vivieron y ahora se ven en Argentina, pero de todos modos sí pudimos contemplar con asombro un aumento desaforado de la planta de personal en la administración pública y desde luego con un costo inmenso, programas mal diseñados, despilfarro de dinero, contrataciones truchas, etc. Todo eso dejó la economía a mal traer y en la misma medida no será fácil recuperarla, aunque ya se vean algunos signos de eso. Dicho sea de paso, no sólo la economía sino la educación, la salud, etc, fueron deterioradas aun más de lo que estaban. ¿Es posible reparar todo eso en dos meses, en seis meses, en un año? Imposible o muy dificultoso, pero la gente espera milagros. No vota por un Presidente, sino por un curandero, no vota por la razón sino por las promesas, no vota por un cerebro, sino por una sonrisa. ¿Es de extrañarse entonces que en las “encuestas de opinión” baje la popularidad del limpiador de la basura y suba del que la vertió el año pasado? Y ante la vista de tal necedad, ¿es posible siquiera por un instante gobernar poniendo atención a esos números?

El asunto no tiene remedio, Dicha liviandad para evaluar a base de “cómo- voy-ahora- mismo- en- la- parada”  es simplemente otro aspecto de una condición mayor e irremediable que se manifiesta en eso pero también en mucho más: se llama necedad. Se los digo yo ahora en vez de Openheimer: Si Chile pone oídos a los aprovechadores, nos lo merecemos.

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