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Un personaje a quien conocí por años de años y por tanto también por años de años él me conoció a mí, tardíamente se comunicó conmigo, por teléfono, para decirme cuánto me apreciaba y pensaba en mi persona y a la pasada interrogarme, movido supongo por su instinto periodístico, sobre el estado de mis finanzas.

Al contestarle con la mayor suavidad posible que él había hecho ciertas intervenciones no muy solidarias acerca de nosotros, como por lo demás en medio del pánico al feminismo y las presiones de la barra brava -amen de resentimientos privados guardados en carpeta a la espera de una oportunidad– hicieron tantos otros, inmediatamente replicó que no era el caso pues lo que había dicho pública y sonoramente era que “todos somos culpables, incluido yo mismo….”.

El asunto al que se refería, el ataque del que fui objeto, ya me importa poco. Fue doloroso y muy costoso, pero se ha terminado convirtiendo en un episodio histórico dañino que quedó tan atrás como una operación de apendicitis que a los 18 años casi me mató, la muerte de mi madre o el golpe del 11; mucho más concita ahora nuestra atención el mantener este sitio WEB, mis comentarios matinales, los audios que subo, preparar textos, contestar a quienes tienen la amabilidad de mandar comentarios y sugerencias, etc. Se nos ha abierto un campo que no podemos saber si verdaderamente nos permitirá o no ganarnos la vida, pero que entretanto resulta excitante por sus muchas posibilidades. Sencillamente hemos iniciado otra carrera.

Talante Nacional

El asunto, entonces, me parece digno de algún comentario NO por su relación con mis experiencias, sino por su relación con el estilo y talante nacional, el peculiar modo como tenemos de encarar los hechos o más bien de no encararlos. Partamos con el contenido de ese curioso telefonazo. Cuando se trata de lealtades y apoyos, el criterio que al menos nosotros, anciano nacido en 1949, creemos imperante allí donde impere cierta virilidad y firmeza, es que debe ser irrestricto e  incondicional o no es ni apoyo ni lealtad. Más aun es así si se sabe que el sujeto de imputaciones no es culpable de ellas, sino víctima de groseras manipulaciones y distorsiones. En suma, el apoyo y lealtad consisten en rechazar tajantemente dichas especies. Diría aun más; diría que, salvo casos extremos de crímenes imperdonables, el apoyo irrestricto se extiende a casos de pecados irrelevantes que sólo pueden haber adquirido una aparente sustancia por el clima de los tiempos y la malicia de los perseguidores. En breve, no se defiende ni apoya a alguien diciendo que “todos somos culpables” porque esa expresión implica que el acusado ES culpable, mientras el “TODOS” que en apariencia pretende minimizar su supuesto delito, relativizarlo, hacerlo perdonable, es claramente sólo una figura verbal, un gesto de amable “acompañamiento”, una admonición desde el púlpito que presume de la realidad del pecado y la culpa imputados. ¿De qué le habría servido a un fulano a quien llevaban a la guillotina que alguien se hubiera ofrecido a acompañarlo con sus oraciones subiéndose por un rato al carromato donde lo trasportaban? Hay en esta postura de aparente solidaridad un oportunismo maloliente. Quien se suma a la horda linchadora, lo cual hace con la aceptación del presunto delito del inculpado, aceptación implícita en la frase “todos somos culpables”, sabe muy bien que él mismo no ha sido involucrado, que nadie lo culpará y entonces se interpretará su gesto como un acto de generoso y quizás hasta grandioso apoyo. En suma: sólo se aprovecha una ocasión para aparecer ante el respetable público como un amigo maravilloso que dice “aquí está TAMBIÉN mi pecho” mientras sabe muy bien que nadie lo está apuntando ni con un rifle de corcho.

Transformación

Estamos llenos de posturas hipócritas y oportunistas como esas. Se han ido desarrollando por años debido a la acción de fuerzas que por modos directos o indirectos llevan a los individuos comunes, jamás muy valientes y siempre bien cobardes, a evitar responsabilidades, sacarle el bulto a todo, evadir el enfrentamiento y temer a las hordas. Ese instinto o pulsión por “zafar” es tan poderoso que hoy como cosa corriente se deja en estado agónico a quien se ha atropellado, sin prestarle auxilio. De ahí la frecuencia con que oímos “el causante del atropello emprendió la fuga”. La vida humana importa menos que encarar un tribunal, sufrir “molestias”, recibir castigos, responder a a acusaciones.

¿Cuáles son esas fuerzas que nos han convertido en una nación de timoratos que se asustan hasta de su sombra? En lo esencial, su conversión de conventillo de barrio en conventillo global; por esa razón hoy TODO el mundo sabe, enjuicia, critica, reprocha y pretende castigar nuestros actos, pero además TODO el mundo se siente importante, repleto de derechos y de piel en extremo delicada, gente siempre lista para caernos encima -y siempre en patota- si acaso consideran que hemos lesionado sus exquisitos egos. En breve, la situación de otrora cuando el ciudadano común podía a lo más encarar el reproche de su familia, círculo íntimo y quizás algunos amigos, ha sido sustituida por la situación en la cual cada acto enfrenta un tribunal planetario o siquiera nacional. La primera situación, el reproche de los cercanos, ya es difícil; el segundo caso, el del reproche universal, es casi intolerable. Por eso nos hemos transformado de tímidos y apacibles sujetos, el caso del “chileno quitado de bulla” de antaño, en ovejas gimoteantes escondiéndose todo el tiempo en el piño. Y balando “todos somos culpables”.

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