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Precipita, en Chile, mucha caca y poca agua. El país se seca pero al mismo se hunde en un lodazal de crispación y odiosidad. El nivel de hostilidad mutua, el deseo de aplastar a quien sea y/o de verlo colgado en la plaza pública, la disposición a formar parte de cualquier horda linchadora a la mano, el afán por desacreditar y ningunear en las redes sociales o en los pasillos de las oficinas, la maledicencia, la propensión a la violencia, etc, se han convertido en el nuevo estándar del clima mental de Chile. Es cierto que en toda sociedad abunda la mala onda por la simple y contundente razón que abundan los perdedores, los segundones, los maltratados, los que se quedaron atrás, los arrojados a las sombras, los fracasados, frustrados y dolidos, pero en Chile el mal ha adquirido una febrilidad muy por encima del nivel normal de desasosiego de una sociedad “sana”. En efecto, en tiempos normales dichos estados anímicos se evacuan privadamente y en sordina; es el caso del refunfuñador a tiempo completo, del eterno disconforme de la familia, el que fracasa en todo lo que hace y culpa al mundo en la sobremesa de su casa o en la barbería, como afirmaba Humberto Ecco que hacían dichas personas -“el imbécil del pueblo”, decía– antes de la aparición de las redes sociales. En otros lapsos, en cambio, en el nuestro, el que ahora experimentamos, esas rabias privadas encuentran modo para convertirse en fenómeno público, concertado, masivo. El reclamador privado encuentra, cierto día, que hay aliados a su alrededor, otros como él, otras “víctimas del sistema”. A partir de ese descubrimiento estos caudales de rabia adquieren otra cualidad, ahora mucho más destructiva, realzada por su propia comunidad, por el testimonio que se dan unos a otros, por el envalentonamiento que suscita toda multitud.

El territorio común de las rabias lo prepara una doctrina. Poco a poco se difunde la idea de que lo sentido por cada quien en el secreto de su privacidad, sus odios y malestares, son compartidos por muchos y sobretodo tendrían una causa común, serían fruto de una injusticia compartida, de un abuso del que son víctimas. En otras palabras, se extiende la doctrina de que no se es responsable de los males o malestares que se sufren sino lo es un malévolo abusador, sea el Señor local o el monarca, tal o cual clase o raza de gente -los judíos han sido a menudo víctimas de esa imputación– o “el sistema” en su conjunto. Para Marx el victimario era el sistema capitalista, para Voltaire era la Iglesia, para los neo marxistas de los años sesenta el imperialismo yanqui, para los de hoy es la globalización, para los teóricos de las conspiraciones son los “iluminatti”. Habiendo un culpable, automáticamente hay un blanco. Hay alguien hacia quien desviar el malestar, la frustración, alguien a quien colgar, de quien vengarse.  Ese blanco es el burgués, el capitalista, el señor feudal, los comerciantes, los explotadores, el sultán, el cura pedófilo, el gerente acosador, quien sea esté a la mano. Todas las teorías o doctrinas nacidas desde o para ese sector comparten el mismo rasgo: hay un malo de la película a quien es preciso aniquilar.

No estamos diciendo que todo reclamo no tiene otra sustancia que el fracaso personal. Injusticias y abusos existen, a veces masivos e intolerables. Lo que decimos es que las rabias pueden nacer de abusos reales, pero también de fracasos personales igualmente reales; ambas rabias, unidas en confuso montón, dan pie tarde o temprano a un lapso de protesta colectiva que genera un clima en el que predomina no el deseo de corregir y reparar, sino el deseo de venganza. Las multitudes no se conforman con encarar una situación ilegítima o injusta con el ánimo con que un mecánico enfrenta un auto en panne, sino desean castigar, sancionar a las personas de carne y hueso que asocian a dichas situaciones. Desean no sólo “trasformar”, sino también colgar a alguien. A eso se lo llama “hacer justicia”, pero se trata de pura sed de venganza.

En el batifondo de dicho rabioso ajuste de cuenta caen justos con pecadores. Todo resentimiento personal, toda envidia, toda malevolencia privada, toda sensación de que alguien se ha robado nuestro queso, todo eso encuentra en dichos tiempos revueltos y de conmoción espacio sobrado para resarcirse. Facilita dicha venganza personal el hecho de que aun los ajenos a esa rabia se sienten en extremo debilitados, atemorizados. No deseando caer en las listas negras, caen por tanto en la más desnuda cobardía. El oportunismo, la obsecuencia y el ocultamiento van de la mano con la furia del activismo, el ardor de los revolucionarios y la crueldad de los verdugos.

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