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La oposición está manifestando -y lo ha expresado pidiendo una “sesión especial” del Congreso– gran preocupación por el cierre de empresas y la tasa de cesantía. En otras palabras, le preocupa el desarrollo económico. Si en efecto eso es lo que ocurre estamos en presencia de una gran noticia: señalaría que el progresismo al fin se ha dado cuenta que ese es el mecanismo capaz de traer bienestar y civilización y no los discursos y las proclamas acerca de la igualdad, la justicia, la equidad, los derechos humanos, los nuevos géneros, las sensibilidades alternativas, etc.

Se habrían percatado que todo eso se convierte en sal y agua si un país no es capaz de suplir con trabajos decentes y perspectivas de verdadero progreso material a su población. Se habrían dado cuenta con algún atraso -perdónalos Señor, después de todo Tú los hicisteis así– de la verdad absoluta de esa frase espetada hace años por un político norteamericano, “it’s the economy, stupid”.

Pero nada de eso ha sucedido. No se han dado cuenta de nada. Siguen aferrados al principio opuesto, a saber, que “primero es el problema del poder”. “Una vez resuelto el problema del poder” se verán, piensan, esas cosas tan domésticas y banales que se reflejan en pedestres cifras. El “problema del poder”, esto es, de adquirirlo, amasarlo, conservarlo y perpetuarlo es importante para todos pero especialmente poderoso para ellos porque sus metas son magalomaníacas: no pretenden simplemente forrarse los bolsillos y/o reformar o mejorar tal o cual aspecto de la vida en sociedad que no funcionaría adecuadamente, sino transformarla enteramente, derribar el orden social existente y reemplazarlo por otro en el cual, imaginan, se materializarán los vagos clichés y las vaporosas aspiraciones  que expresan con la mayor indefinición el perenne anhelo infantil de un mundo glorioso libre de injusticias, malestares, diferencias, iniquidades e inequidades.

¿Cuál es el motivo, entonces, de esta súbita preocupación por la economía? El motivo es meramente táctico y desde luego está asociado al tema del poder. En efecto, puesto que el gobierno de Piñera se presentó como el capaz de levantar la alicaída economía, bueno es entonces mortificarlo en ese ámbito no porque lo haya hecho mal, sino porque no lo habría hecho suficientemente bien; es además la clase de temas que realmente importan a los ciudadanos que mañana irán de nuevo a las urnas, de modo que entrar en presunta sintonía con ellos es también una “cuestión del poder” aunque sea a largo plazo.

¿Por qué este sector no se interesa y/o hasta mira con desconfianza las políticas y programas que pone énfasis en el crecimiento? La razón de ello es que consideran el crecimiento no como el ciudadano común lo hace, esto es, como un aumento en la disponibilidad de bienes materiales, sino básicamente como el crecimiento del poder de la élite, como un reforzamiento de sus privilegios y con eso de las injusticias y la explotación. En la visión de izquierda de todos los tiempos mucho más énfasis se pone en la manera como se distribuye la riqueza que en la disponibilidad mayor o menor de dicha riqueza; les preocupa más el hecho de que las élites, por serlo, obtienen una porción mayor del crecimiento aunque también el resto de la población obtenga más bienestar con ese crecimiento. Los encona la desigualdad relativa de los ingresos mucho más que les preocupa el crecimiento del nivel absoluto de los ingresos.  Poco les importa que los chilenos en general hayan ganado más bienes y vivan mejor merced al crecimiento de los últimos 20 a 30 años; lo que los enfurece es que la élite se haya llevado la parte del león.

¿Cómo podría ser de otra manera? Ese crecimiento NO ES resultado de los afanes de doña Juanita, sino de los inversionistas que crean nuevas actividades que generan empleos, de los ejecutivos que organizan dichas actividades y de los profesionales que las hacen posibles. La riqueza NO Es fruto, como lo sostiene la mitología marxista, del “trabajo” entendido como operaciones de hoz y martillo.  Es esencialmente fruto de diseños, de planes, de ideas, de iniciativas, de inteligencia y de organización, en suma, de actos que provienen mayoritariamente de la odiada élite. La hoz y el martillo sólo aparecen y hacen lo suyo cuando ya está preparado el terreno. No son asambleas de obreros y campesinos quienes crean la riqueza, no son los sindicatos, no es el proletariado, no son los obreros “del hierro, del salitre y del carbón”; todos estos ejecutan, pero el crecimiento es creación, no mera ejecución.

Esta distancia entre creadores y ejecutores, entre los que se llevan la parte del león y los que se llevan el resto, resulta inaceptable, inadmisible e intolerable para las sensibilidades hoy llamadas progresistas. Ven en eso una injusticia aunque, de hecho, en puridad, nada puede ser más justo pues la justicia no equivale a la igualdad sino a todo lo contrario; justicia es entregar a cada quien LO QUE SE MERECE, esto es, en la medida de su aporte. Y los aportes son desiguales. Haciendo abstracción de los casos individuales, de los miembros de las élites que son meros parásitos, familiares de quienes han creado, siervos o lacayos, la élite como cuerpo social es una entidad no sólo necesaria por reunir en su seno dichas capacidades, sino además y por lo mismo observable en todo sistema social, aun de aquellos nacidos teóricamente para derribarlas. Las “democratización”, que es el nombre piadoso dado por los progresistas a la eliminación de una élite, suele tarde o temprano ser seguida por la aparición de una nueva élite. Los revolucionarios pronto se percatan que una sociedad no puede ser manejada desde tumultuosas asambleas, por trabajadores sin pericias, por activistas y militantes, sino se requiere talento, expertisse, capacidades. ¿Hay acaso alguna sociedad socialista que no haya creado una “nomenclatura”? ¿Puede un sistema funcionar sin gentes de superiores capacidades, por muy “anti democrático” que eso les parezca a quienes no las tienen? Que sean o no titulares formales de propiedad es irrelevante: como lo demostró la URSS el día de su caída, quienes manejan la economía son quienes se apropian de ella antes y después.

El poco amor de las izquierdas por las cifras, por las clasificaciones, por cualquier dimensión de la vida que exprese directa e inevitablemente las diferencias en el quehacer de los ciudadanos es la misma razón por la cual tienen simpatía con las actividades inclasificables e inmensurables, con las virtudes de la “solidaridad”, por el “arte popular” como ante cualquier cosa que evacue el pueblo y ante las cuales sería pecado mortal entrar en evaluaciones,  por la nivelación de las culturas “pues todas valen lo mismo”, por los organismos colectivos donde no se distingue la paja del trigo, por las comisiones anónimas, por “las masas” en todas sus formas. Su sociedad ideal viene siendo, a fin de cuentas, total y completamente reaccionaria, un regreso a la organización tribal indistinta, a las simplezas que impiden la manifestación de las individualidades, el regreso a los “tiempos de pobreza evangélica”, a la comunidad primitiva, al hombre a la Jean Jackes Rousseau.

De ahí entonces su poca receptividad ante ese consejo, “it’s the economy, stupid…” .

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