Políticas de Identidad

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Entre los innumerables idiotismos, dogmas, clichés, proclamas y axiomas que repletan el devocionario progresista -la ideología universal del momento, válida y hegemónica en casi todos los rincones del planeta- hay uno particularmente peligroso y particularmente vociferante que ha encontrado su tierra prometida en los Estados Unidos, aunque también hay vistosos trazos de ella en nuestro país, como lo expresa contundentemente el evangelio de los “pueblos originarios” y las fantasías nacionalistas de la CAM. Es la llamada “política de identidad”. 

Con “política de identidad” se refieren, sus predicadores, a una que esté apoyada y encuentre su razón de ser en una adherencia y lealtad total al origen étnico, racial, de clase, de color, de cultura, de lenguaje, de género, de preferencia sexual etc etc de los participantes. Es una política que debe hacerse, sostienen sus ideólogos, a base de “asumir” esas condiciones o rasgos de la persona como equivalentes a una “identidad”, esto es, a su entera personalidad. Deben dejar de ser simples rasgos y transformarse en los rasgos del SER. De acuerdo a esa mirada quien tiene tatarabuelos de la tribu de los Dakotas o los Mohicanos tiene que hacer una política dakota o mohicana o a lo menos nativista, los homosexuales profesar una que se asocie estrechamente con los intereses de dicha sensibilidad en tanto que tal, tiene que existir también una política negra, otra hispana o asiática o salvadoreña o inmigrante, una de los ancianos y otra de los millenials, del genero masculino o femenino, de los white supremacists o de los seguidores de Manson, una para y de los baby boomers y otra de y para los motociclistas. Y así ad infinitum. 

Esa mirada tribal es la receta perfecta no para una política, sino para poner fin a la política. Ya lo explicó y estableció convincentemente Thomas Hobbes en “Leviathan”; los Estados, esto es  la política, se origina del trato celebrado entre los seres humanos para imponerse una ley común que los proteja del arbitrio y poder de cada uno en tanto que individuos, situación esta última equivalente a la guerra de todos contra todos. En esa ley común se disuelven las diferencias de intereses o a lo menos pasan a un segundo plano y se relativizan en el absoluto de la LEY. Al contrario, las políticas basadas en un ostentoso y estridente blandir de las peculiaridades especificas -puestas en un altar e hinchadas como un tumor maligno repleto de presunción y chovinismo particularista– no hacen sino conducir al conflicto, de hecho suponen el conflicto perpetuo. En efecto, en todos los casos insistir fanáticamente en los derechos de tal o cual grupo equivale complementaria  y necesariamente a negar o minimizar los derechos de quien no pertenece al pueblo elegido. De ahí que insistir en los derechos del indígena originario entraña la destrucción de los derechos de quienes llegaron después, así como el derecho “al uso de nuestro propio cuerpo como queramos”, según sostienen algunas feministas, equivale a negar el derecho a la existencia incluso, como ahora en un Estado de los Estados Unidos, a un bebé ya nacido. 

La política de las identidades conduce al conflicto y eventualmente a la guerra. No sucedió otra cosa con los movimientos nacionalistas del siglo XIX. No sucedió otra cosa con la feroz y casi interminable guerra civil en Irlanda. No sucedió algo distinto en los Balcanes, cuando se  disolvió Yugoslavia. 

La política de verdad, la civilizada, supone poner en segundo plano los particularismos para crear un área común de entendimiento, mientras en cambio la presunta política de las identidades supone vencer y aplastar a otros para imponer la política “correcta” del propio grupo o “identidad”. No puede haber una política mapuche, otra pascuense, otra huinca: eso supone la política de la guerra de todos contra todos para imponer el dominio del vencedor o como mínimo producir la escisión, la secesión, el fraccionalismo tribal. La política es la política de chilenos de origen mapuche, pascuense o huinca erigiendo la casa común donde las particularidades son respetadas, pero los intereses comunes son los fomentados. 

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3 COMENTARIOS

  1. ¡Bravo!
    “Dividir para reinar”, receta probada.
    Hacer bandera los particularismos y exacerbar los mil conflictos es una vuelta de tuerca al leninismo aplanador de la revolución en modo análogo. En tiempos de redes parece que más valen mil volando que ninguno en la mano. WhatsApp dejó atrás el recoveco secreto, la conspiración saltó al bolsillo. Se puede digitar el atentado impunemente desde cualquier artilugio.
    Irresponsablemente el progrerío le aviva la cueca a la hoy mistificada “Cultura Mapuche”, imbunche de supersticiones neolíticas con tecnologías agrarias de la Europa medieval; Causa y origen de que su actual calidad de vida sea percibida como “pobreza” en la modernidad es que los modos de producción de esa forma de habitar en la ruralidad son insuficientes para los estándares que exigen unas formas “modernas” que han aprendido por la tele.
    Una cosa es la misse en scene del mapuchismo del turismo rural de catuto y ruka hoy en boga y otra muy distinta es el intento de hacer de sus mil linajes siquiera alguna tribu, con alguna coherencia interna que se pudiese reconocer como para llamarla de otro modo que vagamente “ëtnica”. Acertó pleno el poeta cuando los describe de “granado, soberbio, gallardo y belicoso, que no ha sido por rey jamás regido etc.” Linajes patrilineales comarcanos dispersos acá y acullá aún en el neolítico es obvio que son avasallados por la cultura más avanzada ya que lo superior se impone per se ¿es violencia preferir los antibióticos a las hierbas? En la cultura profunda prima la sospecha y la maldad del animismo chamánico. El machi obtiene su poder del temor reverencial que inspira entre sus vecinos con conocimientos de pócimas y hechizos en supuesto contacto con un mundo supernatural de sueños con los muertos y otras lindezas.

    Es sabido lo que puede lograr el puñado de endurecidos camaradas, unidos en el más riguroso secreto… ahora con guasáp … !

    Orely Antoine I se da una vuelta en su tumba.

  2. Extraordinario comentario don Fernando, no solo es profundo su análisis, sino que ademas es muy entretenido de leer y su punto es fácil de comprender incluso para personas simples como yo.

  3. Qué bueno el artículo. Tiene razón en todo y concuerdo absolutamente. A nadie le interesa crear un área común, como dice usted, lo único que hacen es crear más y más divisiones; más y más etiquetas. Al final se arma una pelotera tremenda donde todos pelean con todos.
    Yo creo que la izquierda inventó “la causa mapuche” porque necesitaban una nueva bandera de lucha. El tema de los derechos humanos no podía seguir eternamente, porque prácticamente está agotado, ya no hay nada más que hacer ni nada más que decir. Pinocho está muerto, un montón de viejos están presos o muertos, a otros tantos los están procesando, se han pagado indemnizaciones, se han hecho informes, memoriales, etc. etc. Por lo tanto, necesitaban algo nuevo y no hallaron nada mejor que ir a La Araucanía (tierra que conozco muy bien porque ahí nací y me crié) a engrupirse a los campesinos con el cuento de “el pueblo perseguido” y “la tierra prometida”.

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