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La crítica que los populistas de derecha manifiestan contra las instituciones internacionales y la apelación a la soberanía nacional sobre principios como el origen, la etnia o el pueblo, junto a la positiva recepción que este discurso tiene en la clase media en el siglo XXI, tiene su asidero en la retórica que instalaron los líderes populistas de izquierda.

A fines del sXX e inicios del sXXI, el marxismo insistió majaderamente en que había una intromisión “del imperio yanki” y de la “burguesía internacional” en el derecho a la “autodeterminación de los pueblos”. En otras palabras, tendían a identificar como enemigo a toda entidad exterior a la nación que recomendase el modus operandi de un gobierno para alcanzar una mejor situación política y económica.

Sin embargo, su crítica se ausentó gradualmente en la medida en que las instituciones internacionales de DDHH comenzaron a serles útiles como dispositivo legitimador de sus demandas, dado que adoptaron una agenda acorde a los grupos que decidieron representar (tales como mujeres, estudiantes, pueblos indígenas y LGTBI). A pesar de ello, hoy en día no han hecho esfuerzos por reformular su crítica, es decir, simplemente se hacen los locos, e incluso -como diría Luis Larraín- la ONU funciona como agencia de empleo de la izquierda.

El ideólogo del Frente Amplio, fundador de SurDa y presidente del think tank NodoXXI, Carlos Ruiz Encina, reconoció este error de la izquierda y declaró, en una entrevista al The Clinic (2018), que “la izquierda corre el riesgo de pavimentar el camino a la ultraderecha”… pero la verdad es que la izquierda HACE RATO que concretó ese camino, en tanto aleonaron a la población y dejaron las sensibilidades listas para la explosión de una retórica nacionalista anti globalización, que defendiese los valores de una cultura en particular en contra de los “universales”, el desprecio al derecho internacional, la crítica a la profesión del político y desprestigio a la búsqueda de acuerdos como mera politiquería, todos elementos a los que hoy hace eco la derecha populista.

Por otra parte, la izquierda se contradijo en sus objetivos: observando la corrupción estatal, no promovieron achicar el aparato público, sino agrandarlo – pues para ellos el problema no estaba en el Estado en sí, sino en quienes ocupaban los cargos públicos. De ahí que su “solución” fuese alcanzar tales posiciones. Luego, su máxima preocupación, para alcanzar y mantener el poder y la legitimidad fundada en sus “buenas intenciones”, fue –más que la calidad técnica de sus cuadros y propuestas— proyectar una imagen buena onda, y utilizar las marchas y paros como método de chantaje (“o haces lo que quiero o destruyo al país”).

Y les salió el tiro por la culata: las críticas que dejaron fueron tomadas por su mayor oposición; algunas por el sector liberal con más consistencia que la izquierda (en tanto critica al Estado, a los políticos, a la corrupción y la defensa de las libertades individuales en, por ejemplo, materia sexual), y otras fueron tomadas por el sector conservador que pudo aprovechar mejor  la percepción instalada, a partir de la promoción de la defensa y orgullo de ciertos valores e identidades culturales, la crítica a la injerencia de la burocracia internacional, el proteccionismo y nacionalismo económico, y la percepción de los políticos de izquierda como meros representantes y funcionarios de los abusos y corrupción del uso de platas públicas.

Así las cosas, tal como dice el dicho “nadie sabe para quien trabaja”, y la izquierda trabajó voluntaria y esforzadamente, sin explotación mediante, para su peor pesadilla mientras juraba que estaba a punto de alcanzar el paraíso de la igualdad. Al menos, deberían contentarse con saber que las ideas que sembraron tendrán alguna utilidad, aunque no sea la suya propia, y que alguien valoró su trabajo.

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