1.5 La psicología del inversionista remoto


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Hay una dimensión de este negocio que se toca poco en los libros — y que sin embargo determina en gran medida quién termina construyendo algo real: la psicología del inversionista. Me refiero a los mecanismos mentales concretos que afectan las decisiones y que a veces te empujan a actuar de forma apresurada, y otras…

Hay una dimensión de este negocio que se toca poco en los libros — y que sin embargo determina en gran medida quién termina construyendo algo real: la psicología del inversionista.

Me refiero a los mecanismos mentales concretos que afectan las decisiones y que a veces te empujan a actuar de forma apresurada, y otras veces te paralizan cuando ya tienes toda la información necesaria para avanzar. Para quien invierte desde otro país, esos mecanismos tienen una dimensión adicional que los libros escritos para inversionistas locales no consideran.

## Operar desde lejos: aprender a vivir con la incertidumbre

Cuando hay un problema en una propiedad y estás a miles de kilómetros de distancia, la mente tiende a amplificar la gravedad de la situación. Hay que estar consciente de ello. Una reparación que tu *property manager* te reporta como rutinaria puede sentirse catastrófica cuando no puedes verla con tus propios ojos. Una vacancia de tres semanas puede generar una ansiedad desproporcionada al problema real. Y cada email que llega con un asunto inesperado activa una pequeña alarma que, con el tiempo, aprendes a calibrar.

Esa incertidumbre la vas a poder controlar construyendo sistemas que la reduzcan a un nivel manejable: reportes mensuales claros, comunicación frecuente con tu equipo en terreno, reservas suficientes para absorber imprevistos sin entrar en pánico financiero. Cuando el sistema funciona bien, la distancia deja de sentirse como una amenaza y empieza a sentirse como lo que es: una característica del trabajo. Nada más.

Operar a distancia también tiene ventajas reales. Como mencioné antes, cuando no puedes ir a ver la propiedad, no te enamoras de ella. Cuando no conoces el barrio de toda la vida, no tienes sesgos sobre qué zonas son "buenas" o "malas" más allá de lo que dicen los datos. El inversionista remoto tiende a ser más disciplinado y analítico precisamente porque no tiene otra opción — y eso, con el tiempo, es una ventaja a tu favor.

## El FOMO: actuar por las razones equivocadas

El *fear of missing out* (*FOMO*) — el miedo a quedarse fuera — es probablemente el sesgo más peligroso en el mundo de las inversiones. En el mercado inmobiliario el FOMO tiene formas muy específicas: ves que los precios subieron en un mercado donde no compraste, escuchas a otro inversionista hablar de un deal extraordinario que cerró la semana pasada, o sientes que si no compras ahora el mercado te va a dejar atrás.

El problema del *FOMO* es que te hace actuar por las razones equivocadas. En lugar de comprar porque los números dan y la propiedad cumple tus criterios, compras porque tienes miedo de perderte algo. Esa diferencia, que parece sutil, produce resultados muy distintos: una propiedad comprada con criterio genera flujo y ayuda a escalar bien; una propiedad comprada por FOMO suele tener márgenes demasiado delgados o criterios forzados que generan estrés innecesario y pueden afectar el *cash flow *de todo el portafolio.

La única defensa es tener criterios de análisis claros y no negociables. Cuando una propiedad los cumple, avanzas. Cuando no los cumple, la dejas pasar — independientemente de lo que esté haciendo el mercado o de lo que estén comprando los demás. En el Capítulo 9 veremos cómo construir ese sistema de análisis de forma que sea lo suficientemente robusto para resistir la presión del FOMO.

## La parálisis por análisis: inmovilizarse por exceso de información

La parálisis por análisis te impide actuar del todo. Curiosamente, tiene el mismo origen que el FOMO: el miedo. Esta vez no es el miedo a perderse algo, sino el miedo a equivocarte.

En este negocio la parálisis por análisis tiene una forma muy particular: siempre hay algo más que aprender, siempre hay un mercado más que evaluar, siempre hay un número que podría ser mejor o más preciso. El problema es que llega un punto en el aprendizaje donde más información solo te da más razones para postergar.

Ese punto es difícil de identificar, pero hay una señal clara: cuando llevas varios meses sintiendo que "ya casi estás listo" y sigues sin comprar nada, probablemente hay un problema de decisión.

La primera inversión no necesita ser perfecta. No tiene por qué ser un *home run*. Tiene que ser lo suficientemente buena, usando números conservadores, en un mercado que entiendes y con un equipo mínimo en terreno. Una de las cosas que siempre aconsejo a mis *coachees* es que, en su proceso de educación, no se dejen impresionar por inversionistas que han tenido *deals* extraordinarios, casi demasiado buenos para ser verdad. Esos casos pasan, pero no es a eso a lo que hay que apuntar. Es mejor hacer tu primera inversión en un tiempo prudente —con números prudentes, por cierto— que esperar esos *home runs* que, aunque pasan, no son la regla en el mercado.

A veces también ayuda tener a alguien de afuera que te diga con honestidad cuándo ya estás suficientemente listo para dar el paso. Con esto evitas que la búsqueda de la perfección se convierta en una razón permanente para no hacer nada. Eso es, entre otras cosas, lo que hace un buen coach.

La diferencia entre el FOMO y la parálisis por análisis es que el primero te mueve a actuar por las razones equivocadas, mientras que la segunda simplemente te deja inmovilizado. Ambos tienen el mismo costo: no construyes nada. Y los dos se combaten con la misma herramienta — claridad sobre tus objetivos y criterios que no se negocian cuando aparece la presión, sea la del mercado o la de tu propia cabeza.

Con esa base clara — el porqué, los objetivos y la mentalidad correcta — el siguiente paso es inevitable: educarse. Y en un mercado tan saturado de información como este, aprender en el orden correcto puede ahorrarte años de confusión.

# CAPÍTULO 2: POR QUÉ ESTADOS UNIDOS

Una de las razones por las que las propiedades me parecieron una buena alternativa de inversión es que, a diferencia de otros activos financieros, el negocio inmobiliario suele ser relativamente fácil de entender. Como todo negocio, tiene sus complejidades — que veremos en detalle en los capítulos siguientes. Sin embargo, tiene una fuerte base en el sentido común y no requiere fórmulas complejas ni modelos financieros sofisticados para captar su lógica básica: compras un activo, lo arriendas, generas *cash flow* — que puedes usar o reinvertir — el activo se está pagando solo y, además, es muy probable que aumente de valor con el tiempo.

Para muchas personas invertir en propiedades tampoco es un negocio completamente desconocido. Suele haber alguien cercano en todas las familias que tiene una propiedad arrendada o que en algún momento compró un departamento como inversión. Esa familiaridad hace que, al menos conceptualmente, el negocio no resulte extraño.

En Estados Unidos hay un elemento adicional que, en mi opinión, cambia todo: la posibilidad de escalar el negocio.

Recuerdo una experiencia personal que lo ilustra bien. Cuando regresé a Chile en 2015 decidí comprar un departamento. Ahorré para el pie — como llamamos en Chile al *down payment* o pago inicial, que normalmente equivale a un 20% del valor de la propiedad — y obtuve un crédito hipotecario sin mayores complicaciones. Lo arrendé a la embajada de Japón (para sus funcionarios), que resultó ser un arrendatario extraordinariamente puntual. Viendo que el departamento se pagaba solo, se me ocurrió algo que me parecía muy razonable: comprar otro departamento en el mismo edificio.

Cuando volví al banco a pedir otro crédito, la respuesta fue negativa.

La ejecutiva revisó mis antecedentes y me dijo que no podían aprobar un segundo crédito porque, según sus cálculos, yo estaba sobreendeudado. Con mi declaración de impuestos en la mano, le expliqué que no tenía ninguna otra deuda aparte del crédito que tenía con ellos, que el departamento estaba arrendado a una embajada que pagaba puntualmente, que no tenía deudas de tarjetas ni créditos de consumo, y que además ahorraba una parte importante de mis ingresos. Le pregunté, con genuina curiosidad, dónde veía exactamente el sobreendeudamiento. La respuesta fue básicamente la misma: según los parámetros internos del banco, el crédito adicional simplemente no era posible. Tampoco ayudaba el hecho de que yo estaba bordeando los 50 años — por ello, solo me darían crédito por un máximo de 20 años, y 25 con mucha suerte.

En ese momento me quedó claro que escalar mis inversiones inmobiliarias dentro de ese sistema iba a ser muy difícil. El problema no era esa operación puntual — era el sistema en que estaba operando. Un sistema donde escalar era estructuralmente difícil, independientemente de la solidez de la inversión.

En Estados Unidos encontré una lógica distinta — un mercado donde el crédito está diseñado para acompañar al inversionista que quiere crecer. Esa diferencia, que en ese momento solo intuía, terminó siendo uno de los factores más determinantes en mi decisión. La amplitud del mercado financiero americano — es decir, la disponibilidad de crédito para inversionistas — la veremos en detalle en el Capítulo 8.