Antes de partir, una aclaración: este capítulo no pretende ser autobiográfico. Tengo claro que mi vida personal, y menos la de mi familia, no tendría por qué interesarle a alguien fuera de mi círculo más cercano. Lo que busco es transparentar el sesgo desde el cual reflexiono sobre los temas de este libro, para que conozcan el filtro a través del cual observo el mundo.
Mi padre nació en la primera parte del siglo XX y murió a principios del XXI. Era un personaje complejo: machista, duro y profundamente contradictorio. Podías amarlo y odiarlo al mismo tiempo.
Era hijo de inmigrantes judíos rusos que llegaron a Chile escapando de la revolución rusa. A los 18 años, cuando se creó el Estado de Israel, dejó Chile y fue a pelear en la guerra del 48. Combatió durante dos años y luego ayudó a formar un kibutz. Más tarde se casó en esas tierras y tuvo dos hijos, pero ese matrimonio terminó y volvió a Chile con el corazón destrozado.
En Chile trabajó en diferentes compañías y finalmente fundó su propia empresa. También tenía un lado artístico: era músico, pintaba, hacía cómics y amaba el arte. De él heredé parte de mi interés creativo.
Mi padre era extremadamente exigente. Me enseñó disciplina, ajedrez y trabajo duro, pero también tenía una visión muy amarga de la vida. Decía frases brutales como “la vida no es para ser feliz” o “no existen los amigos”. Aun así, detrás de toda esa dureza había amor, aunque expresado de una manera difícil.
Después de titularme, trabajé en su empresa. Me trataba como a cualquier empleado: si llegaba tarde me descontaba parte del sueldo y, finalmente, me despidió. Pero también fue un hombre valiente, idealista y resiliente, marcado por la guerra, los fracasos amorosos y las dificultades económicas.
En el fondo, siento que fue un guerrero que nunca dejó de luchar.
Mi madre nació en los años treinta. Tiene 90 años y todavía hace galletas para sus nietos, va al supermercado y vive sola. Es una súper mujer.
Tuvo una infancia muy dura. Según cuenta, nació en una familia acomodada en una ciudad del norte de Chile, pero cuando era niña sus padres murieron y pasó de vivir con privilegios a crecer prácticamente en la pobreza, muchas veces acostándose sin comer. Más adelante se casó joven con un hombre de buena situación económica, pero el matrimonio no duró: mi madre me contaba que él era mujeriego, alcohólico y violento. Finalmente se separó y se fue a Santiago, comenzando una vida muy difícil como madre sola.
Mi mamá siempre ha sido una mujer inteligente y luchadora. Aunque no tuvo estudios superiores, logró ganarle a las adversidades y salir adelante. Después conoció a mi padre, se casaron y nací yo.
Es profundamente católica, muy protectora y tremendamente entregada a su familia. También tiene contradicciones: puede ser clasista o prejuiciosa, aunque en el fondo tiene buen corazón. Debido a todo lo que sufrió, quiso darme absolutamente todo, tanto emocional como materialmente. Me protegió tanto que durante años fui dependiente de ella, algo que más tarde tuve que trabajar para convertirme en una persona más autosuficiente.
Nunca olvidaré que cuando mi padre se negó a pagarme los estudios superiores, ella —siendo dueña de casa y ya mayor— salió a trabajar para que yo pudiera ir a la universidad. Eso se lo agradeceré siempre.
Además, es una abuela extraordinaria: siempre disponible para cuidar a sus nietos y apoyar a la familia. Por eso, aunque nunca se definió como feminista, yo creo que lo fue a su manera: una mujer que salió adelante sola, luchó por lo suyo y nunca se rindió.
Mis hermanas y hermanos representan mundos completamente distintos.
Mi medio hermano vive en Europa, es artista. Ha desarrollado una carrera artística importante y siempre fue una figura interesante y bohemia para mí. También está mi media hermana, pero no puedo hablar de ella porque la verdad nunca la conocí en profundidad.
Mi hermana mayor, en cambio, representa el éxito económico. Estudió en la universidad, emigró y construyó una vida muy acomodada. Fue una hermana muy cariñosa cuando yo era pequeño, me regaloneaba mucho. De ella aprendí la importancia de crecer económicamente y alcanzar cierta estabilidad material. Con el tiempo, sin embargo, comprendí que eso no basta para sentirse pleno.
Mi otra hermana es todo lo contrario: artista, hippie y profundamente espiritual. Ha vivido una vida más simple, conectada con el arte y la búsqueda interior. A pesar de las dificultades, probablemente es una de las personas más felices que conozco.
Todos ellos, de maneras distintas, ayudaron a formar la persona que soy.
Supongo que el hecho de haber sido parte de ese charquicán influyó, de alguna manera, en la forma en que miro el mundo que me rodea. Tener una madre católica y un padre judío que se respetaban mutuamente me abrió a otras religiones y a otros puntos de vista.
Por otro lado, mis cuatro hermanos son como los cuatro puntos cardinales: los cuatro son muy diferentes entre sí. Sin embargo, siempre se discutía con mucho respeto. Siento que esa mixtura, ese mosaico de visiones, marcó profundamente mi forma no dogmática de ver el mundo.
A eso se suma una experiencia, que contaré en el próximo capítulo, que me hizo mirar el mundo con cierto escepticismo y me impulsó a desarrollar una duda persistente frente a lo que se da por verdad.
De hecho, muchas de las ideas que vas a leer a continuación probablemente provengan de esa mezcla, donde no existen límites claros y rígidos, sino fronteras que se desdibujan y que se entienden más como procesos que como realidades fundamentales.