El encuentro


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Enero de 1983, acabábamos de cruzar el mar interior de Chiloé, a bordo de un transbordador, desde la isla de Chiloé al puerto de la ciudad de Chaitén. Viajábamos en un station wagon atestado de maletas, víveres y enseres varios de camping. Mi padre, Carlos, y mis hijos, Andrés de 14 años e Ignacio de…

Enero de 1983, acabábamos de cruzar el mar interior de Chiloé, a bordo de un transbordador, desde la isla de Chiloé al puerto de la ciudad de Chaitén. Viajábamos en un station wagon atestado de maletas, víveres y enseres varios de camping. Mi padre, Carlos, y mis hijos, Andrés de 14 años e Ignacio de 8, formaban el grupo expedicionario, como pomposamente lo llamábamos, para dar mayor realce a la aventura campística. Una vez en tierra comprobamos que el bote velero que llevábamos sobre el techo no se hubiera soltado y cruzando el lindo pueblo, típicamente sureño de Chaitén, nos dirigimos bordeando el lago Yelcho, de poniente a oriente, recorriendo unos 40 km hasta llegar al extremo oriente, donde el río Futaleufú desagua y nutre el lago.

En ocasiones nos detuvimos para apreciar los ventisqueros que, desde los cerros herían las tranquilas aguas, rompiendo en destellos multicolores reflexiones de los prismas cristálicos de los hielos, al recibir la brillante luminosidad del sol. Fue un lindo día ese, en que se agradece la aparición del sol entre los nubarrones siempre amenazantes de esas latitudes.

Arribamos a Puerto Piedra, donde nos encontramos con unas modestas instalaciones de camping salvaje a orillas del majestuoso río Futaleufú, que, en ese tramo cercano a 1 km del lago, ofrece aguas tranquilas con cauce de suave corriente.

Levantamos nuestro campamento consistente en una amplia carpa-iglú de dormitorio y otra de cocina-comedor y varios. Cocinamos, comimos y cansados al iglú a dormir.

A la mañana siguiente, muy temprano, sentimos el crepitar de ramas encendidas. Nos levantamos rápidamente y nos encontramos con una fogata y nuestra tetera con agua ya hirviendo; detrás de la fogata, una figura humana, sombrero en mano, de 1,5 metros de estatura aprox., vestido curiosamente con chaqueta de terno, camisa, cuello y corbata, pantalones de vestir y bototos brutos. Todo el vestuario viejísimo y gastado; esta rara y ridícula aparición era toda humildad y dignidad.

Se llamaba Tatal y nos ofreció sus servicios. Mi papá, un poco receloso, le preguntó cuánto cobraba. La cantidad era penosamente exigua. Le respondimos que si su trabajo era satisfactorio le pagaríamos el doble.

Agradeció efusivamente y preparó un exquisito desayuno. Le insistimos en que desayunara con nosotros; su mirada agradecida y sincera nos conmovió desde el principio. Ordenó la cocina y las carpas. Se había construido una especie de cabañita con hojas de nalca, perfectamente sustentada e impermeable.

Mientras desayunábamos, le preguntamos cómo había llegado hasta ahí. “Remando en mi bote”, respondió. “Crucé el lago desde Chaitén hasta acá por la noche”. “¿Y cómo, no ha dormido entonces?” “No, sí dormí, yo duermo remando, cuando desperté ya estaba frente a Puerto Piedra”.

No habíamos salido de la estupefacción cuando ya Tatal estaba lavando el servicio, previo eso sí, de despojarse de su raída chaqueta, doblarla cuidadosamente y guardarla en un rincón; lo mismo hacía con su corbata plegada con todo esmero. El cumplía con esta ceremonia cada vez que emprendía alguna tarea y la hacía en forma tan estructurada, solemne y digna, que provocaba admiración y divertida sorpresa.

Tuvo 12 hermanos, de los cuales sobrevivieron 5, la mortalidad infantil y neonatal era altísima en esas latitudes, sobre todo en familias humildes que sufrían los rigores más álgidos del clima. Los más dotados y fuertes genéticamente sobrevivían y vaya qué fuerte era Tatal. Cuando se presentó y nos dio la mano fue como asir un tronco áspero y rugoso que nos trituró las falanges. Lo describiríamos como de 1,50 m de alto y 1,50 m de ancho.

Salíamos a pescar en su bote chilote construido con sólidos tablones de coihue y remos de brutal tepa, gruesos y pesados que apenas podíamos mover y que, al cabo de unos 10 minutos, agotados renunciábamos a seguir, bajo la mirada burlona de nuestro guía. Él remaba con una facilidad asombrosa, lo hacía desde los 6 años, le resultaba más cómodo que caminar y nos enseñó a aprovechar el peso de los remos para cargarnos sobre el agua con todo el cuerpo, casi sin esfuerzo, en un movimiento coordinado y rítmico. Algo aprendimos.

Pescábamos sólo cuatro salmones al día, dos para el consumo y dos para ahumarlos en un ahumador que Tatal había improvisado y que funcionaba de maravillas.