Entre las islas


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Repuestos de la chochoca, iluminados por el sol pos tormenta que en Chiloé adquiere una brillantez enceguecedora y proporciona altas temperaturas, soltamos amarras y el Popeye con su acostumbrado brinco al ser invitado su casco a navegar, surcó las cristalinas aguas: raudo, silencioso, propulsado por la invisible energía eólica. Tumbados en las colchonetas del cockpit,…

Repuestos de la chochoca, iluminados por el sol pos tormenta que en Chiloé adquiere una brillantez enceguecedora y proporciona altas temperaturas, soltamos amarras y el Popeye con su acostumbrado brinco al ser invitado su casco a navegar, surcó las cristalinas aguas: raudo, silencioso, propulsado por la invisible energía eólica. Tumbados en las colchonetas del cockpit, nos dejábamos llevar por la embriaguez de la navegación, somnolientos y gozosos, por el velamen bien establecido para un rumbo al oriente. Las islas Lemuy, Quehui, Chaulinec, Apiao, Alao, Mechuque, Laitec y Coldita, serían nuestros destinos, sin apuro, sin preferencias. Teníamos abundante provisión de agua, comida y combustible. Nada de programar. Lo que apareciera en el horizonte estaría bien. Sopor, suave balanceo, crujir de agradecidas cuerdas (escotas) cumpliendo cabalmente su misión. Toda una poesía de sincronizada maniobra, depurada por miles de años del arte de la navegación. Los delfines nos acompañaron por un tiempo, como no habíamos pescado, no teníamos qué ofrecerles.

“Chaulinec a la vista”, gritó Ignacio, mostrándome la carta náutica en perfecta coincidencia con el GPS Garmin.

Esta isla, habitada por 650 personas descendientes de la tribu Chonos, con su propio lenguaje chono, cantarino, gutural, parecido al japonés en su sonoridad.

Fondeamos en una pequeña bahía en la costa norte, protegidos del viento sur. En dos anclas, fijadas sus cuerdas por la proa en V o bigote de gato, comprobamos la seguridad del anclaje.

Eran las 17 horas, ordenamos las cosas a bordo y nos preparamos a bajar nuestro pequeño Zodiac de 2,50 metros levantado a popa, bote de servicio del Popeye, impulsado por un motorcito de 3 HP.

Un grupo de bulliciosos chonos se acercaron en su bote pesquero y nos preguntaron si teníamos algo para el dolor de muelas. La cosa era que una anciana de la tribu no dejaba de llorar por una muela que la estaba matando. Llevábamos anestesia local y algunos fórceps dentales. Se trataba de una pulpoperiodontitis de un molar superior abscedado hacia la piel. Pusimos anestesia infiltrativa y efectuamos la extracción vaciando toda la colección purulenta. El alivio fue inmediato, también entregamos antibioterapia. Se corrió la voz que dos Gutaves mágicos habían fondeado en Chaulinec. Efectuamos extracciones, curaciones de heridas, tratamiento de esguinces y derivamos mucho al Hospital de Castro con diagnósticos bien establecidos. Nos quedamos por 4 días, nos atendieron como a dioses y con mucho misterio nos invitaron en voz baja, casi un susurro, al festejo de la Luna Llena, donde cenando gigantescos curantos, esperaríamos la llegada de los Trepalmontes, ceremonia muy privada y secreta, sólo reservada para los chonos y que en especial reconocimiento a nosotros, los Gutaves mágicos, nos hacían participar. Fama que nos acompañaría en todo el periplo por las islas y que nos facilitaría el sumergirnos en esferas costumbristas fantásticas, irreales e inexplicables.