El viento norte creciente, ya soplaba a 60 km/h y levantaba olas de más de 1 metro que surfeábamos aumentando la velocidad con enviones sumatorios de la energía eólica más la de las olas. Comenzó a llover copiosamente, Bannister nos comunicó a través del celular, que se estaba dejando caer un temporal de proporciones. Se había cerrado el puerto de Castro. ¡Debíamos buscar refugio y pronto! Manteniendo precariamente el equilibrio y el rumbo entre los bandazos y pantocazos con que avanzaba raudo el muy marino Popeye, consultamos la carta náutica y el Garmin. La isla más cercana al sur y por babor era la isla Quehui, distante a unos 10 km de nuestra posición. ¡Llovía tan intensamente! Una espesa cortina de agua caía del cielo y se unió a las espumantes olas del mar al reventar con estruendosos pantocazos sobre el casco del sufrido y valeroso Popeye. ¡No veíamos nada! Mojados hasta la médula. La carta señalaba un estero, así llaman en Chiloé a la estrecha entrada de una protegida bahía, la bahía de Quehui. Me pareció ver justo a proa una cisura del borde de la isla, el Garmin señalaba otra cosa, fijaba el estero a 2 grados a babor, unos 800 metros a babor.
Confiado en mi experiencia e instinto marino, porfié derechamente a proa. Bannister nos comunicó que una embarcación chilota había volcado y que 20 personas se habían ahogado. Pocos chilotes saben nadar. Nos acercamos a gran velocidad empujados por el viento que hinchaba la vela mayor, rizada a un tercio de su superficie, a la costa que ofrecía solo roqueríos en que la mar se estrellaba con furia asesina. Casi sin ponernos de acuerdo viramos bruscamente, brutalmente a babor, el pobre velero crujió entero, puesto más allá del límite de su resistencia, exhausto se acostó sobre estribor, el mástil y la mayor rozaron la espuma enfurecida, nos agarramos como pudimos, desesperados, colgando, lo que era horizontal se había verticalizado, el viento aullaba semejando crueles carcajadas demoníacas. Lentamente el casco se incorporó e iniciamos una veloz singladura con viento a la cuadra (la mejor y más eficiente incidencia del viento) esta vez rumbo al oriente. Ignacio gritó: ¡Estero a estribor! Una nueva rápida y peligrosa virada por redondo a estribor y entramos al Estero Pindo. El Garmin no se había equivocado.
El estero nos recibió con un mar tranquilo, manteniéndose, eso sí, la ventolera a nuestras espaldas. A unos 30 metros de la orilla anclamos con nuestras dos anclas en V por proa y temblorosos nos refugiamos en la cabina, preparamos una sopa que bebimos calentita.
Avisamos por el celular al Sr. Bannister que nos encontrábamos a salvo, anclados en el Estero Pindo.
Durante la noche llovió a cántaros, goteras caían desde el techo de la cabina, lo que nos incomodó un poco, pero el cansancio pudo más y dormimos profundamente, la ropa se secó con el calor del cuerpo, no en vano somos una estufa que emana 36,5 grados centígrados.
Desayunamos unos huevitos, leche, bebimos agua, nos aseamos no muy prolijamente, sacamos ropas, sacos de dormir y todos los húmedos enseres y los tendimos por toda la cubierta y el techo de la cabina. El sol mañanero calentaba nuestros cuerpos desparramados por la cubierta, agradecidos de la tibieza ambiente, contemplábamos la hermosa isla Quehui.
El Popeye difuminaba su casco en reflejos multicolores sobre las aguas evocando vivamente las pinceladas de Pacheco Altamirano.
Botamos el Zodiac auxiliar y nos dirigimos a la isla, parecía deshabitada, dos o tres casitas clásicamente anémicas, plomizas por el rudo color del imputrescible alerce, ornamentadas por rosales que estallaban multicolores amortiguando alegremente las adustas fachadas.
Al arribar a la playa amarramos el pequeño Zodiac de servicio y caminamos rumbo a la iglesia que coronaba una pequeña colina. Algunos pescadores nos saludaban con acogedoras sonrisas, dueñas de casa presurosas colgaban ropa recién lavada, de las cuerdas mecidas por la brisa. Aroma de los abundantes rosales perfumaban el aire que respirábamos.
Llegamos al frente del imponente portón de entrada de la iglesia, toda de finísimas y eternas maderas de Chiloé. Empujamos y nada aconteció, él portón estaba cerrado. A nuestras espaldas escuchamos unas cantarinas risas y comentarios burlones infantiles. Sentados en una banqueta bajo un techo de madera vetusta pero muy firme, estaban dos niñas y dos niños de mejillas sonrosadas, vestidos con ropas humildes, pero impecablemente limpias, calzados con los clásicos bototos y medias de lana. Sonrientes, hermosos, los niños entablan amistosa conversación salpicada de risas y miradas burlonas que no comprendíamos y las atribuimos a su inocente y bullanguera edad de aproximadamente 10 años. De pronto un niño se incorporó y tomando de la mano a Ignacio lo encaminó a la entrada de la iglesia. Los seguí y nos quedamos frente a la entrada, el niño retrocedió y se reunió con sus amiguitos. El macizo portón se abrió de par en par, mostrándonos el majestuoso interior del templo, brillante de limpio, inmaculado, con sus columnas, arcos y cúpulas de incurvadas maderas, magistralmente cortadas y talladas, firmemente consolidadas sin usar ni un solo clavo. Recorrimos todo el interior, encantados, golpeando con los nudillos las columnas huecas y de sonoridad grave de timbre único, sobrecogedor, de las elaboradas maderas autóctonas chilotas.
Al salir, el sol nos encegueció por un instante y frente a nosotros, como una aparición fantasmal, un corcel de gran alzada, negro brillante azuloso, con un loco galope, se nos acercó con un inminente riesgo de colisión. Justo frente a nosotros frenó en seco, en medio de una nube polvorienta, aparición cautivante y atemorizadora, parado en las patas traseras, batió las delanteras en gracioso baile. Sin jinete, pero aparentemente dirigido con destreza, volvió la grupa y lanzado con elegante galope, desapareció por un sendero lateral relinchando agudamente.
El banquillo estaba vacío, los niños habían desaparecido.
Fuimos a almorzar a la Hostería Restaurante de la Sra. Carmen; rica comida, mariscos y pescados frescos. Le contamos que habíamos visitado la iglesia, manifestó extrañeza por encontrarse cerrada y que solo el cura que celebraba misa algunos domingos podía abrirla. Se asombró al relatarle que el portón se abrió solo al pararnos frente a él. “Se encontraron con los niños?” inquirió, “sí, claro, hermosos, juguetones y risueños muchachitos”. “Ah!”, exclamó, mirándonos con inquietud y sonriendo con expresión enigmática, quizás cómplice. “Luego desaparecieron” continuamos y “de quien sería el hermoso corcel negro que corre suelto por el pueblo?” “¿El caballo también?” casi gritó. “Es la mejor bienvenida que pudieran haber tenido” suspiró, enseñándonos su hermosa y sincera sonrisa. No entendíamos nada. Acordamos un curanto para el día siguiente.
Recorrimos la Isla con paisajes hermosos, únicos de campo mar, multicolor en sus flores y aire perfumado. Al atardecer siniestras nubes negras y amenazador viento nos preocuparon. Al embarcar alzamos a buen resguardo el Zodiac. Bannister nos previno que un nuevo frente de mal tiempo se acercaba ominoso. Bebimos la concentrada sopa con pan y leche y nos dormimos felices y contentos. A las 0 horas, un furioso viento hacía ulular el mástil y los obenques del Popeye, siniestro canto que nos despertó alarmados. De pronto, un golpe resonó con estruendo a babor, el casco como la caja de resonancia de una guitarra, amplificó el ruido, haciéndonos saltar de los camarotes. Abrí la escotilla, cascadas de lluvia inclemente azotaban inclinadas por la fuerza de Eolo desencadenado. Agarrado de los bordes de la escotilla para no salir despedido, vi unas ágiles y delgadas figuras que saltaban desde una lancha pesquera chilota a la cubierta del Popeye y amarraban firmemente su casco al de la lancha más grande y pesada. “No se apure capitán”, gritó una voz ronca, potente, gutural, “ya abarloamos su barco al Cucao que está bien sólido, ustedes garrearon hace rato y menos mal que estábamos anclados en su camino, si no…” y señaló hacia atrás a unos 500 metros. Rompían las olas sobre filudas rocas que nos habrían destrozado. “No se preocupe capitán, todo está seguro, vaya a dormir no más”. Empapados nos dormimos y una vez más, amanecimos secos.
Brillaba el sol post tormenta tan especial, los chilotes del lanchón Cucao ya ordenaban todo sobre la cubierta. Eran el capitán y tres tripulantes, todos parientes. El Cucao fuerte y pesado lanchón de 8 metros de eslora con su mástil de fiera madera y velas plegadas viejas y algo ajadas. “Garrearon como 300 metros.” Me comentaba (garrear es la situación en que, por la fuerza del viento, las anclas resbalan sobre la superficie del fondo y las embarcaciones son arrastradas). “Ustedes tienen anclas de juguete”, señaló levantando una de mis anclas que habíamos adquirido sobredimensionadas para veleros de 10 metros, el Popeye medía 7. Continuó “para los vientos de estas latitudes, se necesita algo así” y nos mostró un ancla monstruosa de unos 30 kilos. “Estas son anclas!”. Nos amarraron gentilmente a una boya cercana unida a un muerto de considerable peso, muy seguro. Los invité al curanto, les haría bien almorzar abundantemente a estos amables y diestros marinos que se veían muy flacos, pálidos y grisáceos. Aceptaron con entusiasmo.
Llegamos al restaurante de la Sra. Carmen, en el patio un empleado se afanaba cubriendo de hojas de nalca el hoyo donde se cocinaban entre brasas y piedras incandescentes, presas de pescado, mariscos, cerdo, pollo, desprendiéndose una humareda del más apetitoso aroma. Nos sentamos en una mesa al abrigo del alero de la casa y comenzamos con el aperitivo compuesto de milcaos, chapaleles y masas varias, acompañados de un buen vino blanco y la exquisita chicha de manzana.
Comíamos y bebíamos con entusiasmo, celebrando ruidosamente las aventuras propias y de nuestros aguerridos compañeros que relataban con singular habilidad, transportándonos a mundos espantables, bellos y peligrosos, que constituían su diario quehacer laboral.
En una mesa cercana, una familia conformada por una señora rubia, dos adolescentes iguales a ella, lindas todas, nos brindaban miradas de incomodidad y desprecio. El papá, señor cuarentón, nos observaba con amigable interés. Se acercó amistosamente y preguntó de quién era ese yatecito amarrado en el estero, le llamaba la atención que una embarcación tan pequeña se aventurara por latitudes tan australes. Nos halagó comentando que debía tratarse de una tripulación muy experimentada y valerosa la que gobernara ese velero. Nos presentamos y le invitamos a tomar asiento. Se trataba de un General de Ejército de vacaciones, habían arrendado el lanchón Margarita de la Bahía Chendid con capitán, por una semana para recorrer el archipiélago. Se unió con entusiasmo a la charla, compró más jarras de chicha y vino. Aparecieron unos tras otros los platos de curanto, saludes, risas y relatos que se sucedían entre chascarros y carcajadas estruendosas. El General se interesaba mucho por las maniobras marineras de que era capaz el Popeye y con la firmeza y convencimiento propio de un General bajo los efectos del alcohol, ofreció comprármelo de inmediato. La francachela seguía a ritmo acelerado, la boina del militar tan ladeada, que casi se caía y ponía al descubierto una calva salpicada de ralos pelos desgreñados. Desde la mesa cercana, azules y frías miradas desdeñosas, nos escrutaban, se escuchaba una voz estridente y pirula que gritaba con insistencia “Hernán, ya es hora de ir a dormir”.
Habían transcurrido las horas sin sentirlas, el crepúsculo nos entregaba rayos rosados que se infiltraban por los bosques y rebotaban sobre un pulido mar multicolor.
Con paso vacilante nos acercamos al muelle, habíamos entregado al simpático y bebido General a su familia, que lo subieron a la rastra, entre risas estruendosas, a sus habitaciones. Las bellas rubias nos miraron con odio.
No bien habíamos embarcado, entre tropezones y visibles incoordinaciones que amenazaron con dejarnos caer al agua, el celular nuevamente nos informó de un frente de mal tiempo aproximándose. Nos tocó un enero de clima pésimo que afectó gravemente el turismo de la zona. Llovió toda la noche y nuevamente el viento aulló entonando lúgubremente con el vibrar de los obenques y escotas. La amarra a la boya se mantuvo firme, menos mal.
Unos golpes de huesudos nudillos nos despertaron al tamborilear sobre la cubierta. Nos asomamos y ahí estaba el capitán chilote, entre nubes negras brillaba con cautela un austral solcito. “Capitán —espetó—, tiene tres horas y media para llegar a Chendid, una calma y viento suave le favorecerá, pero tiene que zarpar ahora, con su andar de unos 8 nudos (15 km/h), va a llegar en unas 3 horas 15 minutos”. ¿Cómo lo sabría? Consultamos con Helmut y nos aconsejó no movernos hasta nuevo aviso. No le hicimos caso y confiamos en el pronóstico de nuestros amigos, subimos la vela mayor y foque, soltamos amarras de la boya y zarpamos con un suave viento noroeste, a gritos nos despedimos de los queridos marinos del Cucao, que ya adrizaban y trimaban su vetusto velamen, listos para zarpar. “Nosotros arribaremos media hora más tarde que ustedes”, fue lo último que nos gritaron.
Navegamos rumbo al noroeste a exactos 8 nudos, el viento progresivamente creciente inflaba ya nuestras velas a unos 14 nudos, rápido, ligeramente escorado, el Popeye nos llevaba con comodidad, manteniendo fijamente el rumbo requerido. Sentados cómodamente a babor, gozábamos del silencio solo aderezado por el frotar del viento al deslizarse por las velas y los chasquidos del agua surcadas por el casco. Sensación de placentera paz y absoluto ensimismamiento.
A las 3 horas 16 minutos exactos estábamos amarrando en el muelle de la Bahía Chendid. Bannister, un poco molesto nos recibió. En ese momento bruscamente, se dejó caer el vendaval. El Cucao cruzó a unos 500 metros del muelle, rumbo al norte, con sus ajadas velas hinchadas, a punto de estallar, a una velocidad increíble. Esmirriadas, desastradas figuras vociferaban gritos de despedida agitando los brazos, el capitán y sus primos nos entregaban sus postreros saludos. Con entusiasmo y algarabía respondimos parados en el extremo del muelle. Helmut nos preguntó a quienes hacíamos señas, él nada había visto.
Por la tarde, engullendo rica comida preparada por frau Bannister, Helmut tras la espesa y aromática humareda de su pipa, escuchaba nuestras aventuras con su sonrisa gentil de legendario hombre de mar.
Su comentario nos congeló. Los cuatro niños habían muerto ahogados al volcar su botecito hacía años atrás, el corcel negro era jineteado no se sabía por qué espíritu. El Cucao había naufragado y los cuatro primos, sus tripulantes, nunca habían sido hallados. “Pero ¿cómo?” exclamamos entre sorprendidos e incómodos. “No se preocupe, les creemos absolutamente”, frau Bannister se había sentado a la mesa aportando café y un exquisito kuchen de manzana, “estas apariciones, estos fantasmas o como se les llame cuidan y acompañan a personas que les simpatizan, a otros no, los espantan”. “Bienvenidos a Chiloé, estas mágicas vivencias las experimentan unos pocos”. Tomándose de las manos, el matrimonio nos confió que hechos similares les habían acontecido a ellos también.