Nuevamente en la mar, al fin un espléndido día, con ese sol de brillo especial que tanto se agradece en esas latitudes. Navegábamos ciñendo abiertos, contra un suave viento suroeste de unos 12 nudos rumbo al sur por el ancho y sinuoso canal cavado entre la isla Lemuy y el oriente de la isla Grande de Chiloé. Hacía calor y en camiseta gozábamos de una temperatura perfecta. El paisaje lentamente discurría por nuestros flancos brindándonos esa exclusiva belleza del mar y los bosques impenetrables que flanqueaban el canal, salpicados por flores multicolores en que resaltaban como sangrantes heridas los manojos de Copihues, Vilupulli, Ichuac, Puquel, Mayol, Chulchuy, las vistosas aldeas pesqueras, tan pintorescas como sus sonoros nombres brotaban minúsculas de las orillas. Amarramos en el muelle de madera, asentado sobre altos pilares al estilo palafito de Chonchi. Justo al frente del muelle un conjunto de casonas de madera, constituían el mercado y sobre ese nivel se erguía la pequeña ciudad encaramada en tres principales niveles de variopintas y abigarradas casitas cubiertas de espesas matas de rosas multicolores y otras preciosas flores, como las hortensias azules, que embriagan con su sinfonía multicolor las callejuelas de Chonchi.
Nos sentamos en una sólida mesita de un restaurante del mercado y devoramos hondos platos fondos colmados de centolla más un rico vino blanco. Ahítos, paseamos un rato, visitamos la hermosa iglesia Nuestra Señora del Rosario, con sus columnas tipo orden jónica de la entrada, todo en madera magistralmente talladas.
Vuelta al Popeye, siesta bien ganada y disfrutada y nuevamente al canal. El sol y el tenue y amable viento nos acompañaron de vuelta a Chendid. Unos inmensos lobos de mar nos aforraron encontronazos molestos por acercarnos a su colonia, lo que nos divirtió mucho, asomaban sus cabezotas provistas de gruesos y disparados bigotes y bufaban muy enojados conminándonos a salir de su territorio.
Feliz despedida del mar interior de Chiloé.