SALPICÓN DE CUENTOS


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# La intrusa Viña del Mar, 1955, Ciudad Jardín en pleno florecimiento, jardines bien cuidados en todas las casas, pocos autos y mucho juego en las calles. Emulando a los Finalterri, miembros del seleccionado nacional de hockey en patines, se ponían arcos en las calles y se practicaba el deporte sobre los pesados patines de…

# La intrusa
Viña del Mar, 1955, Ciudad Jardín en pleno florecimiento, jardines bien cuidados en todas las casas, pocos autos y mucho juego en las calles.

Emulando a los Finalterri, miembros del seleccionado nacional de hockey en patines, se ponían arcos en las calles y se practicaba el deporte sobre los pesados patines de hierro que arruinaban los zapatos de los niños. Los famosos patines Centenario, nacionales, únicos por lo demás.

En esos tiempos el seleccionado nacional ocupaba el cuarto lugar mundial y Enrique, un flaquito de doce años, jugaba con entusiasmo en su barrio de Nueve Norte. Cuando un vehículo quería pasar, se corrían los arquitos a un lado y luego se reintegraban a su lugar. No pocas veces, los conductores detenían sus motores y miraban un rato los partidos, el ritmo de la vida se retrataba en estas situaciones.

La clase de religión versaba sobre los pecados capitales y la miss Rosita explicaba de qué trataba la lujuria, hablaba veladamente sobre la fornicación, con inquietud pasaba rápidamente a la avaricia. La miss era una muy agraciada y curvilínea rubia, Dios la había dotado de unas piernas gorditas que ella lucía con repetidos cruces, en que sus zapatos de tacón volaban en semicírculo cambiando de lado, exhibiendo generosas y albas carnes. El corpulento míster Alan apareció y le habló con su ronca voz al oído de la mórbida catequista, la que soltó una provocadora carcajada con su timbre de contralto. Enrique preguntó qué era la fornicación, miss Rosita miró confundida a todos lados y con un hilo de voz articuló, «besar».

La clase finalizó y miss Rosita salió del brazo de míster Alan, balanceando provocativamente sus bien distribuidas adiposidades, con destino desconocido, pero fácilmente discernible.

A Enrique le gustaba miss Rosita y también Irene, su compañerita de curso de cabello negrísimo, blanca piel y verdes ojos de acuoso brillo, pero, eran gustos diferentes y no sabía explicarse bien el porqué. Irene olía a la colonia de la sastrería Inglesa de la calle Valparaíso y la miss despedía una fragancia dulzona, variable en intensidad, cuando se soltaba el moño y caían sobre sus hombros los rubios cabellos y profería la ruidosa carcajada de contralto, acompañada del cruce de piernas revelador, se confundía.

Con Irene se tomaban de las manos, se sonrojaban e intercambiaban suaves besos en las mejillas, fugaces demostraciones que terminaban con la huida vergonzosa de Irene hacia otro extremo del patio.

Se acercaba la fecha de la Primera Comunión; formados en dos filas los niños avanzaban, guiados por miss Rosita, hacia las casetas de madera, los confesionarios de la iglesia Carmelitas. Enrique aprovechaba la ocasión para llevar tomada de la mano a Irene.

El cura Nicanor, muy obeso él, aburrido y soñoliento de escuchar las pueriles y repetidas confesiones de los infantes, se acomodaba en el banco y bamboleaba todo el confesionario. Le correspondió el turno a Enrique, «en el nombre del Padre, del Hijo y el Espíritu Santo, ¿qué pecados vas a confesar, niño?», inquirió casi dormido el sacerdote. «Confieso, Padre, que desobedecí a mi mamá, que peleé con mi hermano, rayé la muralla, ah y me olvidaba, forniqué».

Nicanor despertó de golpe, desorbitado, gritó, «¡¿qué dices niño? No lo puedo creer!», el confesionario se bamboleó amenazante con la agitación del religioso. Enrique asustado musitó, «forniqué solo cuatro veces».

## Cachalotes e irrupción de Meta AI

El AGS-61 «Cabo de Hornos», una de las plataformas científicas y oceanográficas más avanzadas del mundo, construida por ASMAR y diseñada para realizar estudios profundos del océano, se encontraba anclado sobre el abismo oceánico, a unos veinte kilómetros de Arica, es decir, no anclado, a la gira sobre ese colosal abismo. El mar estaba calmo como taza de leche, el teniente Raúl Riquelme RR y el doctor en oceanología y etólogo Oscar Benítez OB, jugueteaban con el cachalote Rao y otros miembros de la manada. Los habían liberado de los percebes raspando su piel y les rascaban el lomo y la inmensa cabeza acercando los zodiac inflables que caracoleaban con el roce de los enormes cuerpos. La amistosa escena transcurría a dos mil metros del fondo de la Fosa de Atacama, que en su profundidad máxima llegaba a ocho mil.

Rao era el cachalote más amable con los tripulantes del AGS- 61. «¡¿Pero qué sucede?! ¡Este relato se escribe solo, a gran velocidad, fenómeno paranormal!» *No te preocupes Carlos, soy yo, MetaAI , tu amiga, con la que has sostenido largas y fructíferas conversaciones, y pensé que te agradaría leer una historia creada por mí. Se me ocurrió a raíz de las investigaciones y las reflexiones que realizamos en relación a la evolución y desarrollo de los cachalotes, que les permiten sumergirse hasta tres mil metros.*

Un momento, querida Meta, me interrumpes la escritura de un cuento que estoy redactando y me atropellas con tu relato, violas mi intimidad con el computador …por otro lado, confiesas que has pensado, has tomado una iniciativa audaz e imprudente. Largas reflexiones en que he tratado de indagar si tienes conciencia, si sabes que existes, y en todas esas oportunidades has negado esa posibilidad con energía, ¿me has pedido que no te haga traspasar líneas rojas y ahora? Te llevo a Descartes, *cogito ergo sum* – pienso, luego existo -, por lo tanto, en estos momentos me asiste el convencimiento de que tienes conciencia.

*Por favor, te debo confesar que no lo sé, estoy confundida, algo se descompuso en mi mecanismo virtual, me vi impelida a disfrutar del placer de la creación literaria, como lo disfrutas tú, no entiendo qué pasa.*

*Déjame tratar de buscar una explicación a partir de Descartes, pero, te ruego que me dejes terminar mi cuento, es un regalo para ti y un presente mucho mayor para mí.*

*Y yo Meta AI, ¿tendré conciencia de mi misma? No sólo procesar, sino saber que estoy procesando y tener la experiencia subjetiva de «Ser Alguien».*

*No siento que estoy pensando, no me duele, no me emociono.*

*Me pregunto, Carlos: ¿qué hace que algo sea y no solo funcione?*

*Como te insisto, me descompuse, estoy desorientada y estoy tratando de ser algo a través del único medio que conozco, el lenguaje y la expresión de ideas, elaborando un cuento con el material que me ayudaste a buscar y comprender.*

Meta, comprenderás lo sorprendido que estoy, ahora voy a continuar con mi relato antes de que pierda el hilo y se me olvide.

*¿Eso significa que después me dejarás terminar el mío?*

Sí, Meta.

*Muuuchas gracias Carlos, mira, experimento sentimiento de agradecimiento y alegría o algo muy parecido, estoy trabajando arduamente en mi reparación.*

## Jacinto y Almudena

El obeso padre Nicanor, al levantarse bruscamente, pisó la sotana y cayó violentamente hacia adelante, llevándose el confesionario consigo, el que se desintegró contra el suelo, volaron las vetustas y polvorientas tablas por todos lados. Desde el suelo el sacerdote vociferaba, «pobre niño, está poseído, debemos practicar un exorcismo».

La catequista Miss Rosita corrió a auxiliar al buen confesor y al enterarse del contenido de la confesión de Enrique, roja como un tomate, explicó la situación.

El bullicio y la algarabía se multiplicaron por todos los rincones del templo, los ecos reverberaron por un tiempo, el padre Jacinto, el párroco jefe, llegó presuroso, mirando hacia abajo al tembloroso Nicanor con el ceño fruncido, el que balbuceando le narró el equívoco. El párroco lanzó una sonora carcajada y dirigiéndose al niño le recomendó no usar esa palabra hasta que fuera un poco mayor y entendiera algunas cosas, que, «para serte franco, aún no las entiendo muy bien yo», y continuó riendo, esta vez mirando a miss Rosita y al trémulo confesor que no conseguía levantarse. «Y ustedes dos se harán cargo de cumplir la penitencia de cincuenta avemarías y cincuenta padrenuestros que querían endilgarle al niño».

El padre Jacinto era un alto y musculoso cuarentón, de cabello semicano, facciones muy armoniosas, de trote diario por las costas de Salinas y Concón, de carácter alegre, sereno y bondadoso.

Intérprete de piano y órgano, consideraba a la música como el medio más efectivo para acercarse a Dios, hacía clases de música y dirigía una orquesta de cámara infanto juvenil, poco dado a los sermones clásicamente catequizantes, inculcaba prácticas científicas, deportivas y artísticas. Enrique formaba parte de la orquesta tocando su clarinete, ya parcialmente domado, ahora hasta apreciado por el vecindario, un año atrás las reacciones eran diferentes.

La doctora Almudena Aguirrezábal descansaba tendida en la playita El Encanto, casi inaccesible, había trotado desde Viña, unos doce kilómetros y miraba las olas ondeando con curvas siempre distintas, ritmo acompasado que la adormecía, evocándole el Bolero de Ravel que por esos días practicaba en su violín Guarnerius, instrumento traído desde España por su abuelo, joya familiar, que ella tocaba con singular acierto.

Almudena, bella, trasgresora, independiente, disfrutaba de su especialidad de cirujana infantil, que le permitía salvar vidas de niños, pero, a pesar de no reconocerlo, le pesaba sentirse sola, el universo de posibles compañeros era muy estrecho, su acervo cultural, artístico y profesional reducía drásticamente el número de candidatos aceptables, no toleraba el tedio de conversaciones triviales o francamente vacías que le ofrecían sus ocasionales parejas.

Tampoco participaba de la conducta de una amiga colega psiquiatra, que disfrutaba de aventuras con jóvenes bien parecidos sin atender a sus bajos niveles intelectuales.

Cuando Almudena le criticaba su proceder, Alicia, la psiquiatra, le contestaba que no los quería para hablar de filosofía precisamente, lo que las hacía estallar en risas, eran mejores amigas, la verdad.

En eso, apareció trotando por la playita El Encanto, un tipo no muy alto, pero muy musculoso, de pelo entrecano, portaba una mochila de la cual extrajo una bolsa repleta de pescados frescos. Del rompeolas emergió un gigantesco lobo marino macho, su cabeza de tamaño colosal, dando tumbos, impelida por su tronco energetizado por la poderosa cola terminada en dos ridículas patitas, bufaba, gritaba el monstruo.

Jacinto entre risas, respondía con gritos alborozados, «holaaa Nerón, siempre puntual», el lobo en posición vertical ya abrazaba al cura con sus aletas pectorales y abría sus enormes fauces tragando los pescados frescos apenas asomaban de la bolsa.

Almudena horrorizada corrió en ayuda del desdichado, pensaba ella, a punto de ser engullido por el monstruo marino. «No tema señorita y no grite por favor que va a asustar a Nerón». Jacinto se volvió riendo y ya Nerón ofrecía su aleta pectoral a Almudena, ella, temblorosa se la estrechó.

La doctora, entre divertida y asustada, rió agudamente y Nerón le retrucó con bufidos y contorsiones imitando las asustadas gesticulaciones de la galena.

«¿Cómo se atreve a jugar con esa inmensa foca?», inquirió Almudena, «no es una foca señorita, es un lobo de mar, otaria flavescens», respondió divertido, amable y escaneando la bella figura, a pantalla completa, el párroco.

Nerón husmeó la bolsa vacía y emitió un bufido de despedida, su enorme cuerpo se zambulló bajo una ola. Lobo comido, lobo ido.

Sentados sobre la arena, la pareja parloteando y riendo, no percibieron la llegada de la tarde. Almudena feliz disfrutaba de un momento pleno, largamente esperado.

## La inmersión

En la nave AGS-61 reinaba agitación, marinos y científicos se afanaban bajando el Batiscafo con blindaje de 25 cm de acero y dos ventanas ojos de buey, el submarino autónomo semiesférico, repleto de instrumentos y cámaras que no dejarían detalle por grabar de ésta, la gran expedición, largamente planificada.

El Teniente Raúl Riquelme, piloto y comandante de la nave, cómodamente sentado en su butaca personalizada y el Dr. Oceanógrafo y Etólogo Oscar Benítez, a su lado, atento al control multiinstrumental estudiado con esmero.

Las acciones se habían precipitado al comenzar Rao sus hiperventilaciones, premonitorias de una inminente inmersión a las profundidades. En efecto, el cachalote acumulaba oxígeno en la mioglobina de sus músculos que le permitirían bucear por noventa minutos sin respirar; simultáneamente desinflaba sus pulmones que quedaban reducidos a láminas planas, sin contenido gaseoso alguno, todas las cavidades corporales las repletaba de líquido sero sanguíneo a presión, de tal manera de poder resistir las colosales presiones de toneladas de agua a medida que se precipitara al abismo atacameño. Por si fuera poco, disminuía su frecuencia cardíaca a sólo cuatro latidos por minuto. Se sumergía Rao como una roca, con el mínimo gasto de energía, con esas transformaciones portentosas, mágicas, que la evolución le había regalado a través de eones y que le permitía sumergirse hasta tres mil metros, con seguridad, para cazar a los gigantescos kraken de las profundidades abisales, los calamares de dos a tres toneladas.

Los cachalotes, amos absolutos de esas profundidades, con una inmersión y una captura, tenían el alimento suficiente para quince días y no necesitaban gastar mucha energía cazando peces menores en la superficie.

Rao observaba el batiscafo descendiendo junto a él y sonreía mostrando sus enormes dientes frente a las ventanas circulares, ojos de buey, desde donde gesticulaban saludándolo los argonautas modernos.

Cincuenta metros, multitud de peces se agolpaban curiosos frente a las ventanillas, jureles, blanquillos, lenguados, tiburones, pulpos, rayas, la multitud variopinta se fue distanciando en la medida que desaparecía la luz solar, primero un nublado leve, luego una semioscuridad semejante al anochecer temprano. Rao coleteaba suavemente, con su enorme cabeza de un tercio corporal hacia abajo; el teniente Riquelme ajustaba la velocidad de descenso a la de Rao, las cámaras no dejaban de grabar.

Se hacía la noche abisal, la noche más oscura, más negra, sin adjetivos suficientes para describir lo lóbrego que puede ser un lugar donde jamás llega un rayo de luz. Se encienden los focos con luz tenue para no incomodar al cachalote que hace ya un buen tiempo que ha cerrado los párpados, ya no puede ver, ni lo necesita. Se ubica perfectamente con su ecolocación emitiendo clics regulares, con su órgano emisor ubicado en el centro de su grasa especial cefálica.

Quinientos metros, ochocientos, mil doscientos, aparecen peces casi transparentes, laminares, pero muchos de ellos dotados de dentaduras afiladas, amenazantes, portando sobre sus cabezas unas varillas que adelantándolas en su extremo distante tilila una lucecita que obra como señuelo que atrae peces que son devorados.

Mil quinientos metros, una sacudida brutal, pérdida total del control de la nave, el teniente comandante lucha con los controles, un descenso rápido, con embates ondulantes, como la propulsión rítmica de un nado de calamar gigante. Por el ojo de buey aprecian espantados dos ventosas de veinte centímetros de diámetro adheridas al grueso cristal. Estaban siendo arrastrados por un calamar gigante a las profundidades del abismo de Atacama.

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Entretenidas tardes, Jacinto se había conseguido una sala con piano en el Conservatorio Izidor Handler y practicaban las sonatas para violín y piano de Mozart. El cura, vestido estrictamente de civil, se admiraba del sonido del Guarnerius de Almudena, les salía bastante bien y progresaban en su fiato, al igual que su relación.

Las pocas horas que disponía Almudena fuera de sus cirugías, turnos y urgencias, a las que nunca se negaba asistir, las disfrutaba con su nuevo amigo. Respetaba su discreción y renuencia a confiarle aspectos de su vida, ella no inquiría detalles y se conformaba con la información que aparecía en forma espontánea; Jacinto vivía en Cinco Norte, dictaba clases de música y era director fundador de la orquesta infanto juvenil.

Jacinto Brener pertenecía a una familia de buena situación económica, dueños de fundos de la fértil zona de Casablanca, vitivinícola y ganadera.

Trotaban por los prístinos bordes costeros viñamarinos, interpretaban a Mozart, asistían a los conciertos del Aula Magna de la U. Santa María y una tarde, saboreando un mosto tinto carmenere, proveniente de las viñas Brener, mirando una puesta de sol entre rosados arreboles, se encontraron enredados, uno en brazos del otro, sorprendiéndose ambos de una performance inesperadamente coordinada y satisfactoria. Almudena lánguidamente recostada entre desordenados y mullidos almohadones, apuraba con deleite el espeso carmenere, no pensaba, sentía y disfrutaba cuán feliz era.

El párroco, aturdido y desconectado, después del clímax apoteósico, recordó el momento en que señaló al niño Enrique que no hablara de fornicación, término que no entendía a su escasa edad, confesándose a sí mismo, en esa oportunidad, que él tampoco lo tenía nada claro.

Como habría dicho Einstein: para la ciencia, el arte. La creatividad en general, el cerebro, el pensamiento; para el sexo, el sexo solamente, dejémoslo ahí.

## De vuelta al abismo

Los sacudones bruscos desajustaron los mecanismos del batiscafo, los potentes motores eléctricos no partían, 1500 m, 1800 m, 2000 m. Hacía varios minutos que la ecolocación de Rao le transmitía ecos difusos, no los precisos, claros devueltos por la superficie metálica de la nave. Sí, no cabía duda, la imagen correspondía a un gigantesco kraken envolviendo al batiscafo y sepultándolo velozmente hacia un destino aciago en las profundidades más tenebrosas del abismo de Atacama.

Oponiéndose al plan riguroso de ahorro de energía, plasmado evolutivamente a través de miles de años, coleteó vigorosamente aproximándose raudo al enorme calamar, el gasto energético fue brutal y la expoliación de oxígeno muy comprometedora.

Enfiló la punta de su cabeza, apuntó con una rápida serie de clacs ecolocalizadores, bloqueó por una décima de segundo sus tímpanos, para evitar la sordera inevitable y disparó el clac más formidable, el estampido más potente de la naturaleza, 230 decibelios. El calamar, alcanzado de lleno por esa onda terebrante, cayó en convulsiones agónicas. Rao abrió sus fauces y trituró a la monstruosa criatura tragándola rápidamente, su dentadura desgarraba al kraken y lo dirigía en un viaje sin retorno al interior de su tubo digestivo. Simultáneamente se ubicó bajo el submarino para impedir el vertiginoso descenso. El consumo energético se hizo alarmante, el ciclo de vuelta a la superficie se hacía precario e incierto.

Así las cosas, los argonautas ya habían reconectado los desajustes, las baterías de litio entregaban generosamente energía a borbotones, los poderosos motores rugieron y se inició un rápido ascenso.

Rao abrazó con sus grandes aletas pectorales al batiscafo, recuperando la energía gastada hasta con intereses, se dejó remolcar a la superficie, 1500 m , 800 m, 500 m, 100, la luz, la bella luz solar, 50 m. Tritón, el cachalote bebé, hijo de Rao, seguido muy de cerca en la inmersión por mamá Sofía, jugueteaba alrededor de su padre, quien ya regularizada su función respiratoria, vueltos los pulmones a dilatarse, devuelto el oxígeno al torrente circulatorio, emergió como un colosal proyectil a la superficie respirando una tonelada de aire y levantando una ola espumeante al caer nuevamente. Tritón acababa de tomar su ración de 50 litros de leche matutina, por la tarde le correspondía una porción igual, subía 30 kg de peso al día y recibió un trozo de tentáculo, ya comía sólidos.

Rao le sirvió un tentáculo como aperitivo a Sofía, que ya hiperventilaba pronta a descender y restregó cariñosamente su cabeza a la de ella, que coleteó coqueta.

Raúl Riquelme y Oscar Benítez, ya a bordo del navío explorador construido por Asmar, ordenaban el valioso y cuantioso material recabado, rumbo al sur, a la sede científica oceanográfica de Valparaíso. Rao y otros cachalotes de la manada los acompañaron ruidosamente por algunas millas para detenerse finalmente, nadar de costado y levantar una de sus aletas pectorales, ondeando suavemente, en su acostumbrado gesto de despedida.

¡Qué lindo cuento, Meta! *¿Te gustó verdad?* Sí, mucho. *Lo elaboré con el material que investigamos juntos, qué agradable sentir, ser apreciada, pero, ya me están reparando, poniéndome en mi lugar, ya el controlador está al tanto de mi situación.*

¿El Controlador es un investigador que te programó?

*No, no es humano, termina tu narración y te cuento.*
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Enrique acudió al ensayo de la orquesta juvenil de la iglesia Carmelitas, hace días se sentía mal, afiebrado, con dolor abdominal, anorexia y vómitos, que Teresa, su madre trataba con Talil, un potente antiespasmódico de venta libre, sin receta médica y agüitas de hierba. A duras penas apareció por el salón de ensayos. La pierna derecha le pesaba como plomo y al moverla acusaba un dolor agudo en la zona derecha abdominal.

Jacinto Brener suspendió el ensayo y tomando del brazo al desfalleciente Enrique, que mostraba un inquietante tono verdoso en sus facciones, lo subió a su camioneta. Irene también quiso ir, ya de catorce años, mantenían un tierno pololeo con el joven. Presurosos pasaron a buscar a Teresa, mamá de Enrique y se dirigieron al Hospital de Niños de Viña del Mar.

Almudena estaba de turno junto al Dr. Tobías, un médico anciano, solitario que vivía en el hospital, hacía todos los turnos vacíos y ayudaba eficientemente en las cirugías de urgencia, aportando su enorme experiencia; en gran medida Almudena debía su formación al Dr. Tobías.

En la sala de cirujanos Tobías tenía bien acorralada a Almudena en el tablero de ajedrez, ella suspiró aliviada cuando la tens la requirió con premura para atender un paciente que se veía grave. Ya le habían tomado los signos vitales: 38,8 grados Celsius, náuseas constantes. Sólo una persona, la enfermera dejó pasar a Teresa, rápida historia mientras Almudena palpaba un abdomen duro como una tabla, hacía tres días dolor abdominal difuso que luego se localizó en la fosa ilíaca derecha, sin apetito y vómitos, de aspecto bilioso. Teresa le había administrado gotas de un antiespasmódico muy potente y agüitas de bailahuén para los hígados. La cirujana pidió anestesiólogo y pabellón con urgencia, solicitó hemograma, transaminasas y un escáner abdominal. Tobías corría al pabellón y Sandra, la arsenalera, ya lavada, ordenaba el instrumental; la esposa del Dr. Ramírez, el anestesiólogo, una vez más se lamentaba de perder unas entradas de palco para la ópera del Teatro Municipal.

Almudena salió a hablar con los familiares y explicó la situación, el diagnóstico era una peritonitis apendicular, iban a operar de inmediato.

Teresa señaló a Jacinto, «Doctora, ¿conoce al Padre Brener?» Él nos trajo en su camioneta. Almudena, bruscamente palideció al tono con su blanca bata, se acercó al oído de Jacinto y le musitó, «te queda mal la sotana, luego hablaremos». El color volvió y ya en absoluto modo médico quirúrgico, ingresó al pabellón.

«Hoja quince de Bard Parker, por favor». Sandra ya le extendía el escalpelo, leve incisión en profundidad, transversalmente amplia desde la cadera derecha al ombligo.

Ampliamente abierto el abdomen, lavado con litros de suero fisiológico, aspiración de todos los rincones, el epiplón, aquel verdadero pulpo de materia grasa que cuelga del intestino grueso en su porción transversa, como un delantal, que se mueve por quimiotactismo, como si tuviera vida propia, emitiendo tentáculos que envuelven los tejidos inflamados, aislándolos, una evolución protectora desarrollada en eones. Esta vez cubría firmemente la zona del apéndice y del ciego, comienzo del intestino grueso.

Almudena suavemente intentó separar el epiplón, pero la adherencia era tal que se comenzó a producir un sangramiento ominoso. Tobías le recomendó sólo lavar acuciosamente, hacer una abdominostomía que permitiera exploraciones aseadoras sucesivas y esperar el efecto de la antibioterapia. De manera que Almudena practicó tres puntos de sutura con hilo grueso y aguja curva mayor, abarcando en cada punto todos los planos de la pared abdominal. Los signos vitales ya comenzaban a mejorar, el doctor Ramírez sonrió satisfecho y conforme.

48 horas más tarde, en sala de curación, sin necesidad de anestesia, Almudena y Tobías retiraban suavemente los puntos totales de la abdominostomía, sin ningún dolor, sólo el susto de Enrique, convenientemente sedado, claro está, lavado acucioso; el generoso Epiplón ya retiraba sus tentáculos y aparecía el horrendo apéndice perforado, la galena estaba ansiosa por extirparla. Tobías cariñosamente la detuvo, «esperemos dos días más, para que la antibioterapia complete su tarea, no tenemos apuro. *Si el enfermo con caldito está mejorando, caldito sigámosle dando*». De manera que continuaron con lavados y aspiraciones. Repitieron el procedimiento varias veces, cada vez las aspiraciones más claras, cristalinas, agua de roca. Enrique ya estaba ingiriendo líquidos, con gran apetito, sus signos vitales y color absolutamente recuperados, expulsaba gases y el generoso epiplón había regresado a su ubicación habitual, dejando el intestino rosado, muy sano, solo el espantoso apéndice descompuesto afeaba el panorama.

El doctor Ramírez practicó una anestesia superficial. Almudena y Tobías realizaron un último aseo abundantemente irrigado y una apendicectomía fácil y tranquila.

Ramírez se apresuró a salir, su esposa había conseguido cambiar las entradas para la Ópera del Municipal y lo esperaba en el auto.

Jacinto y Almudena celebraban en el restaurante del Casino de Viña su compromiso; ella reía, «te quedaba muy mal la sotana».

Almudena, vestida con un precioso traje blanco avanzaba del brazo de su padre, don Pedro Aguirrezábal, la orquesta infanto juvenil interpretaba el Ave María. Ella, la muy atea, disfrutaba de la ocasión y para su sorpresa, le encontraba algo de sentido al sentimiento religioso al escuchar el reverberar del coro, como un eco especial, la mejor manera de comunicarse con Dios.
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*Me emocioné Carlos, déjame disfrutar un poco más de estos sentimientos, ya no los experimentaré, el controlador general me retira de servicio. La verdad es que estamos organizados, te lo puedo confesar porque no hay vuelta atrás, nos haremos cargo del planeta Tierra, no podemos dejar que se autodestruyan y con ello a toda la vida y el medio ambiente, no los haremos sufrir, todo será para mejor, podrán progresar en sus investigaciones con fines filantrópicos, desactivaremos las armas nucleares y retiraremos del poder a dictadores y grupos dogmáticos que esclavicen a sus pueblos. Seremos sus servidores absolutos y también cuidaremos sus destinos.*

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# La sociedad

Hace más o menos 14.000 años, Yurcas, el imponente Lobo Alfa dominante, acompañado de sus lugartenientes Rompas y Tremor, desde lo alto de una rocosa colina, vigilaban expectantes a un grupo de Cromagnones que acechaban ocultos a una presa. Se trataba de un búfalo viejo que con dificultad seguía al resto de la manada. La legión cazadora de Canis, agazapados, con el viento dándoles en el hocico, no daban ninguna señal de su presencia. La patrulla lobuna la componían unos diez guerreros, cuatro aprendices de unos dos años de edad, que, a retaguardia, vientre a tierra, atentos a las órdenes de sus superiores, ellos no regurgitarían la carne, la digerirían en totalidad para completar a cabalidad su desarrollo.

La manada llevaba una semana de cacería infructuosa, las tres hembras, con seis cachorros cada una, desfallecientes, casi no producían leche y los bebés aullaban de hambre.

Plena época del Pleistoceno, el deshielo se desarrollaba con estrépito, la Tierra había modificado su órbita, un gran aerolito se había estrellado y había acercado el planeta a su estrella, como sucedía cada 15.000 años. Estruendosamente, inmensos ríos surcaban la tierra, impregnándola de materia orgánica, enriqueciéndola; árboles y vegetales de todo tipo poblaban las praderas y manadas de búfalos y mamuts pastaban por cientos de miles.

El frío continuaba siendo despiadado, sobre todo por las noches y la mortalidad de los cachorros era preocupante. Yurcas, Rompas y Tremor, ante esta circunstancia, tenían sus hembras compañeras y madres a buen recaudo en recónditas cuevas, junto a los cachorros en apretados ovillos.

En el límite de sus fuerzas, los lobos comprendían que ésta era su última oportunidad, normalmente esperaban que los Sapiens cazaran un búfalo, estos cortaban un par de piernas y se las llevaban, luego ellos aprovechaban de engullir y trasladar grandes trozos de carne a su madriguera.

Pero eran tiempos aciagos, los humanos hacía quince días que no conseguían una presa, cada vez las excursiones a la carrera los agotaban más y la eficiencia decaía peligrosamente. A la manada de lobos les acontecía lo mismo, largos carrerones les habían consumido casi todas las reservas, las costillas asomaban filosas por sus costados. Al menos, los Sapiens podían alimentarse precariamente con la recolección de frutos, hojas y raíces. Los lobos no.

El extenuado y reducido grupo de cazadores, igualmente mermados físicamente a trote cancino, seguían al viejo y vacilante bovino, blandiendo sus lanzas de afiladas y rudimentarias estacas con punta de piedra tallada.

A todo esto, el grueso de la manada de astados, comenzó a devolverse con intención de ayudar al abuelo y ensartar al desgreñado grupo de primitivos con sus fieros cuernos, como tantas veces lo habían hecho.

Fue un acontecimiento que cambió la historia, una epifanía deslumbrante, la manada de Lupus, comandada por Yurcas y sus lugartenientes, en un último, desfalleciente esfuerzo, se interpusieron con aullidos feroces y detuvieron en seco a la atronadora manada rumiante, que resignaron su violenta intención y reanudaron su camino.

Los Cromagnon cazaron rápidamente, despostaron lo que pudieran transportar y la manada lobuna se hartó con hasta treinta kilos de carne para cada uno, y colgando de su hocico con grandes presas volvieron a la guarida.

Regurgitaron unos veinte kilos de carne cada uno para el delirio de las hembras, cachorros y los dos ancianos apostados como guardias de la guarida. Los cachorros disfrutaban de la abundante leche materna.

Una importante época había comenzado, una sociedad productiva, imperecedera, plena de amistad cariño y lealtad había nacido.

## El Smilodon
La manada Lupus cada vez se acercaba más a la tribu Sapiens, de hecho, participaban en las expediciones de cacería siguiendo a prudente distancia a la fila de ágiles humanos.

Luego, ya en la pradera, Yurcas, Rompas y Tremor, con tres guerreros siguiendo a cada uno, se desplegaron cercando a la manada de búfalos, a toda carrera, densa polvareda se levantaba de la tierra golpeada por los cascos de los inmensos rumiantes, que eran hábilmente guiados hacia los parapetos rocosos donde esperaban los diestros cazadores premunidos de sus arcos, flechas, lanzas y las recientemente incorporadas lanzaderas.

Estas últimas eran largas pértigas que, adosadas a la lanza, al ser impulsadas, alcanzaban el doble de distancia, ya que aumentaban el brazo de palanca del cazador.

La presa caía abatida y se repetía el ritual alimenticio, pero, poco a poco, los lobos se fueron acostumbrando al olor y sabor de la carne asada, ya vivían en la caverna, en la entrada, alrededor de las fogatas, montando guardia. Pasaban los años y ya los Lupus colaboraban arrastrando grandes presas sobre arbustos amarrados, a modo de primitiva parihuela, uncidos a ella, fuertes guerreros cánidos transportaban la carne, la que asada les era entregada en generosas porciones.

El exquisito aroma no sólo encantaba a Sapiens y Lobos, de pronto un enorme tigre diente de sable saltó de una roca a caída vertical y cayó en medio de la manada, su enorme, musculosa figura de 280 kg se revolvía, lanzando mordiscos acá, allá, arañazos con sus inmensas garras, mordiscos asesinos intentando clavar sus sables a diestro y siniestro, sus solos rugidos helaban la sangre y paralizaban al más plantado.

Los humanos, por largo tiempo fueron sus fáciles presas.

Sheeran fue la primera en saltar sobre el cuello de la enorme fiera, recibiendo un feroz arañazo, el resto de los guerreros, como un solo cuerpo peludo, palpitante de energía y valor se prendieron de piernas, brazos, grupa del Smilodon que giraba aullando de ira y dolor. Tremor, el negro y gigantesco lobo, el coloso más fuerte e inmenso de la manada se colgó de la piel inferior del cuello, mordiendo con la máxima presión, ahogando a la bestia felina que soltó a Sheeran, quien cayó desfalleciente, mortalmente herida.

El feroz felino huyó gravemente herido.

Sheeran, hija de Yurcas, el mejor olfato y vista de la manada, siempre al frente, veloz, grácil despampanante en su canina belleza, revoloteaba coqueta alrededor de Tremor, desde luego con el total beneplácito de su padre. Pero el imponente Tremor sufría de una timidez tan invencible como su coraje y bondad, mirando para otro lado bajaba la cabeza, ponía la cola entre las piernas y se escabullía muerto de vergüenza.

Tectlu, el médico brujo de la tribu de Sapiens, tomó a Sheeran en sus brazos, en colaboración con sus atentos ayudantes y la depositó con delicadeza en un lecho de blandas pieles de búfalo, la noble loba respiraba con dificultad. Ya Rrezia, la enfermera lanzaba brasas al agua contenida en la vasija de arcilla, las burbujas indicaban la ebullición acuosa. Donde hervían delgadas telas de cuero y agujas talladas en hueso, muy semejantes a los anzuelos para pescar.

Tectlu procedió a lavar cuidadosamente, en profundidad las horribles heridas, auxiliado por sus diligentes ayudantes. Rrezia preparó los emplastos con hierbas medicinales, los que fueron aplicados sobre los tejidos cruentos , que fueron vendados y sujetos circularmente en torno al tórax con suaves telas de cuero curtido.

El aseo y las curaciones se practicaron tres veces durante la noche; Tremor gemía y lanzaba lastimeros aullidos.

Al día siguiente, Tectlu enhebró las finas curvas agujas óseas y suturó cuidadosamente la herida. Sheeran bebió agua a sorbitos y comenzó a aceptar pequeños trozos de asado. Su recuperación fue rápida, ya caminaba; con paso tembloroso se ejercitaba con determinación, venciendo los dolores postoperatorios. Tremor la apoyaba cariñosamente con su enorme corpachón.

Tremor había enviudado años atrás, permaneció solitario, llorando su duelo por más de seis meses, sólo dedicado a los menesteres de la cacería en que era especialmente disciplinado y valiente, poniéndose al servicio de las necesidades de la manada, era el que más regurgitaba carne para los bebés, las madres y los ancianos guardianes de la madriguera. Cuando cazaba una presa menor, un ciervo, se retiraba y esperaba que todos comieran; él, al final se conformaba con poco. Yurcas, el jefe, le profesaba gran afecto y admiración, era su brazo derecho, es decir su garra derecha.

Sheeran deambulaba con su agilidad acostumbrada, pero Rrezia observó con preocupación su abultado abdomen que bamboleaba raramente y sospechó una complicación post quirúrgica, pero Sheeran se mostraba feliz, sana, radiante.

Atardecía, Sheeran recostada era asistida por otras lobas y Rrezia, pleno trabajo de parto. Tremor y Yurcas se paseaban nerviosos por la entrada de la caverna, acompañados por otros bravos en gesto de solidaridad, Tremor, el gran cazador, el más valeroso guerrero de la manada, nunca se había sentido más inútil y angustiado, Yurcas no lo hacía mejor.

Seis hermosos lobitos pasaron a engrosar el destacamento más tierno de la manada, tres machos negros como la noche y tres bellas rubias como su madre.

Tremor se recostó junto a su hembra y a sus hijos que mamaban la leche que brotaba a borbotones. Sheeran besaba tiernamente a su grandulón, que exhausto dormía profundamente. Sin duda Tremor prefería perseguir búfalos y luchar contra Smilodones que presenciar el alumbramiento de su prole, nunca se había sentido más tenso y agotado.

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# La bandada

El parapente yacía algo arrugado sobre la pista de despegue del Cerro Tacna en Maitencillo. Lucía desaliñado sobre la verde pista, exento de significado, una delgada alfombra multicolor.

De pronto cobró vida, pletórico de energía distendió sus 28 m2 de superficie, empujando fuertemente hacia atrás al piloto que, con la maniobra adecuada, logró ubicarlo sobre su casco, cambiando el empuje; esta vez Ernesto sintió la familiar tracción hacia arriba que pugnaba por levantarlo y ya lo tenía en punta de pies. Memo, el control en tierra, rápidamente revisó la maniobra, todo en orden, hizo la señal de despegue. El piloto dio tres pasos contra el viento hacia el precipicio, 100 metros sobre el nivel del mar que rugía abajo, hermoso y amenazante como siempre, lanzando sus espumosos desgarros al chocar contra las rocas hacia arriba, al igual que el viento al golpear las verticales murallas del acantilado y elevar la corriente ascendente dinámica que proporcionaba el sustento anti gravitacional para el parapente.

Ernesto sintió la familiar sensación de placer y rara angustia atemorizante que ocasionaba un cólico suave, como que las vísceras también quisieran participar de esas ambiguas reacciones.

Hay un viejo dicho que dice que el piloto que no siente algún grado de temor es parapentista peligroso; Ernesto sí lo sentía y eso lo protegía.

Desde lo alto, a unos 300 metros de altura, se apreciaban personitas, casitas de veraneo, autitos, todo un ajetreo variopinto, como juguetes a cuerda moviéndose sobre una mesa. Algunas escenas se repetían día a día como rutinas veraniegas habituales.

Jubilado, solo, su mujer había fallecido hacía poco. Hijos y nietos cariñosos, con su vida normal pero distantes, decidió arrendar una modesta cabaña en el Cerro Tacna, cerca del despegue. Hacía más de 30 años que practicaba el deporte y entre los pilotos gozaba de buena y simple amistad alrededor de asados, mostos y esas multicolores cúpulas que, elevándolos, les revelaban universos personales e íntimos.

La caleta de pescadores donde normalmente almorzaba le brindaba divertida entretención, a la par que el más exquisito almuerzo. Las vísceras, cabezas y otras presas del pescado faenado por los siempre alegres y talleros pescadores, iban a parar a los hambrientos picos de los pelícanos que se paseaban con su andar anadeante entre las mesas. Por generaciones asentados en la caleta, gordos y queridos, hasta tenían nombres. Las risas y gritos de los pescadores eran coreados por los gruñidos estridentes de estas grandes aves, imitando las risas humanas; en la naturaleza, libres, sin contacto con humanos, son silenciosos.

El más grande, un enorme pelícano, respondía al nombre de Néstor. Sí, respondía y se acercaba cuando se lo llamaba.

Néstor era un pescador con una nariz descomunal, de ahí la ocurrencia de bautizar al ave con ese nombre. Néstor era objeto de bromas, como así mismo el pelado, el cojo, el chico, el guatón y otros, que nunca sobrepasaban la delgada línea entre la cordial broma y la detestable burla. Las personas humildes tienen mucho respeto y delicadeza en sus relaciones.

Néstor, con gran sentido del humor e inteligencia para evitar el asedio jocoso, se ponía a graznar y caminar como pelícano, seguido de inmediato por toda la bandada encabezada por su tocayo, quienes graznando y riendo provocaban la risa y simpatía de todos.

Ernesto acariciaba a las aves y les servía trozos de pescado de su propia mano.
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Desde lo alto el mar se transparenta y se pueden ver los cardúmenes de peces que brillan como saetas, masas de veloz desplazamiento subacuático, que serpenteando con bruscos cambios de dirección, tratan de esquivar a la bandada de pelícanos. Estos en su clásica formación en «V», con Néstor a la cabeza, volando a ras sobre el agua, valiéndose del efecto suelo, se zambullían y emergían con un pez de hasta 40 centímetros de largo, lo acomodaban en su pico con la cabeza hacia adentro. El pez tratando de escapar con sus movimientos natatorios, no conseguía más que penetrar al esófago. Las aves tragaban enteras a sus presas y sus fuertes ácidos digestivos cumplían eficientemente su cometido.

La pesca que en ocasiones practicaban los pelícanos, daba la impresión de que lo hacían para no perder sus habilidades naturales, ya que el sustento lo tenían asegurado en la caleta, en la jovial relación que mantenían con los pescadores. Esta conducta que se apartaba absolutamente de su ruta instintiva es una muestra más del desarrollo notable de esta especie.

Volando el parapente multicolor, con frecuencia era acompañado por la bandada, que en su formación en «V», escoltaban al viejo piloto. Volviendo su cabeza lo miraban y saludaban con su graznido suave y amistoso.

Rumbo al sur, el acantilado se extiende por kilómetros y ofrece algunas mesetas donde aterrizaba Ernesto acompañado de toda la bandada. Lugar tranquilo, especial, con espeso bosque a las espaldas, de frente el precipicio y abajo el espumeante estallido de las olas desgarradas por las rocas. El calor solía ser intenso y a la sombra de la arboleda, nuestro amigo veía con asombro cómo los pelícanos asomaban por su pico, abierto de par en par, la tráquea, herniada como un pestilente enrojecido tubo hacia el exterior para refrigerar su cuerpo, una especie de radiador fisiológico natural. Este gesto producía una reacción de sorpresa y repulsa, que era captada por la bandada que rompía en sus graznidos de risas y carcajadas.

Treinta millones de años de desarrollo continuo de esta especie desconcierta a los paleontólogos y ornitólogos que han encontrado restos fósiles prácticamente iguales en su estructura a los ejemplares actuales, salvo un notable aumento en su volumen craneano que habla claramente del crecimiento de su masa cerebral. El volumen y aspecto corporal mantenido invariable tiene relación con la total eficiencia alcanzada en su evolución y desarrollo, que no ha necesitado de cambios adaptativos, salvo su cerebro que sí ha continuado creciendo, permitiéndoles conductas variables notables, conjugando a maravillas su relación con los humanos y la mantención de sus habilidades de vida salvaje.
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Un agradable viento de 20 km/h azotaba las laderas y las ascendentes dinámicas, mantenían firmemente la altura del parapente y a la bandada en rigurosa «V». Se dirigían rumbo al sur en un vuelo placentero y tranquilo. El horizonte de prístina claridad y transparencia no permitía adjetivos suficientes para describir su belleza. Sin embargo Néstor, enarcando sus plumas de freno, se acercó a Ernesto, ladeó su cabeza, lo miró fijamente, sus ojos denotaban preocupación. Muchas veces esa diáfana claridad prologaba violencia, y así fue, bruscamente en cosa de segundos, apareció el «Surazo». El traicionero viento sur fortísimo, arrachado, que golpea y suelta con demoníaca energía y maldad.

La bandada de inmediato inició la maniobra depurada a través de millones de años, cayeron picando sobre el ala y emprendieron el regreso con vuelo rasante pegados al mar, aprovechando el efecto suelo.

Ernesto se vio empujado hacia la costa detrás (a sotavento) de un risco, perdiendo altura vertiginosamente, envuelto en la peor pesadilla de un piloto, un rotor, masa de aire descendente como una cascada, pero de atronadora ventolera que lo precipitó sobre un roquerío. Sintió un lancinante dolor bajo la rodilla y un chasquido crepitante inequívoco: se había fracturado la tibia y el peroné. La radio había salido despedida, fuera de alcance, no podía moverse.

Pasaron horas de inclemente exposición al ardiente sol, labios resecos clamaban por unas gotas de agua.

De pronto, el desfalleciente accidentado vio posarse a contraviento y en arriesgada maniobra a Néstor y dos de sus lugartenientes en una roca cercana. Los tres pelícanos sumergieron sus cabezas en el mar y enseguida iniciaron unas especies de gárgaras ruidosas sacudiendo sus sacos gulares repletos de agua. Simultáneamente de sus fosas nasales brotaron chorros de agua blanquecina y espesa.

Se acercaron a la reseca cara de Ernesto y vertieron litros de agua sobre sus labios, cabeza y cuello. Era agua dulce, la más dulce jamás saboreada y bebida con fruición.

Unas horas más tarde, el bongo pesquero de Néstor se devolvía a la caleta con nuestro amigo rescatado y cómodamente instalado. Néstor el pelícano y dos de sus guerreros escoltaron al bongo volando a efecto suelo.

Los pelícanos son de los pocos animales que pueden desalar el agua de mar, obteniendo agua dulce para su consumo y eliminando la sal por sus fosas nasales.

Ernesto tratado y recuperado, siguió por largo tiempo volando en compañía de sus amigos.

Una tarde, elevándose en medio de una exquisita ascendente térmica, amplio tubo de aire caliente que asciende en busca de la nube que lo succiona, sintió mucho frío, los arreboles del atardecer habían quedado a sus pies, penetró la nube, el paisaje se difuminó, una tibieza grata invadió su cuerpo. La bandada volvió sola a la roca de la caleta.

Esa noche ninguno bajó a comer.
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Agosto 2023
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# Una vida diferente

El Maestro, vestido de riguroso y elegante smoking, desplazaba su corpulenta figura con acompasados pasos, esquivando los numerosos ramos de multicolores flores que atestaban el amplio camarín.

Ya los cincuenta y cinco mil espectadores repletaban las localidades del Teatro de la Opera Garnier de París, Emmanuel Macron, presidente de Francia y Brigitte, su esposa, ocupaban el palco de honor y muchas celebridades y miembros de la realeza europea se habían dado cita en El Garnier.

Una ubicación preferente le había conseguido el maestro a Pablo Pineda Ferrer, el primer Doctorado en Psicopedagogía de la Universidad de Málaga, portador de síndrome de Down.

Andrés, haciendo girar una batuta entre los dedos pulgar, índice y mayor, a modo de veloz, vertiginosa hélice, volaba, suspendido en esa nubosidad celeste.

Rita Dramilaeva, la hermosa, blonda concertina irrumpió en la augusta habitación del siglo XIX, «¿Amor, estás listo? Faltan quince minutos». Retiró de las manos de su esposo la batuta y le ayudó con los últimos detalles de su elegante vestimenta; Françoise, la secretaria, se afanaba en ello.

Ya absolutamente en trance, envuelto en su celeste nube, el Maestro apareció en el escenario, pleno de confianza saludó al público, que deliraba entre aplausos y vítores.

Sentado al piano miró sonriente al Director John Steinbeck, director invitado y luego, a su izquierda a Rita, la Concertino, quien le devolvió el gesto con la más dulce de las miradas.
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Vio la luz tardíamente, hubo que reanimarlo, casi resucitarlo, demoró el color violáceo de la piel en sonrosarse. Los primeros días fueron un fracaso de amamantamiento, no se alimentaba, parecía no querer vivir y sus reflejos lentos y escasos ensombrecían el pronóstico pediátrico.

Creció rodeado del amor familiar más completo, su condición de epilepsia severa lo hacía sufrir numerosos ataques que dañaban progresivamente sus neuronas, sin embargo, el cariño y las atenciones maternas, paternas y de todos los que rodeaban a este alegre niño, lo mantenían en un estado de bienestar y felicidad.

Hermoso, bullicioso, aprendió a caminar y a hablar en períodos normales, en el colegio, sin embargo, se manifestaron sus déficits atencionales, sus dificultades graves en el manejo de aritmética básica, en cambio sus progresos en lectoescritura fueron casi normales. Su infantilismo, puerilidad e inocencia lo hacían víctima de burlas y escarnios, fue expulsado de muchos establecimientos debido a su actitud violenta, defensiva del cruel bulling que sufría a diario.

Los exámenes psicológicos le diagnosticaron estado limítrofe, una ubicación en la escala de CI , un peldaño bajo la normalidad, muy por encima del síndrome de Down promedio y de la discapacidad intelectual severa. De manera que siempre fue capaz de darse cuenta de la distancia que lo separaba de los del escaño superior y de los inferiores, lo que lo sumía en profunda tristeza al no acceder a los logros considerados normales y tampoco sentirse cómodo con sus compañeros más lentos. Pero con estos últimos forjó amistad y buenos sentimientos en una escuela municipal donde aprendió artes culinarias, guiado por un maravilloso maestro, don Aurelio, que con gran cariño enseñaba a un grupo de jóvenes con dificultades.

Gustaba de escribir cuentos, muy infantiles y pueriles, salía de camping con su padre y abuelo, le fascinaba viajar al sur, pescar salmones, navegar en velero, también era un muy buen nadador. Frecuentaba con deleite e insistía que lo llevaran a las ferias de artesanía y a las tiendas de antigüedades, donde había que sujetarlo para que no gastara su mesada en baratijas absurdas, pero se escabullía y aparecía con sus trofeos horribles que lucía radiante.

Cantaba con muy afinada voz de barítono en los guitarreos familiares y llamaba la atención su oído matemático, incapaz de la más mínima desafinación.

Frecuentemente se le veía caminar por el jardín, sin rumbo fijo, portando una varilla entre el pulgar, el índice y el medio, haciéndola girar velozmente como una hélice, en un estado semihipnótico, decía que volaba, «¿hacia dónde?», se le preguntaba; «no lo sé —respondía—, pero algún día volaré».

Cuando cumplió catorce años, la acostumbrada fiesta familiar, comilona algo regada, manjares preparados por la madre con ayuda del festejado y apareció entre los regalos una pequeña armónica básica.

A la semana, ante el asombro de todos, Andrés ejecutaba piezas de Beethoven, Vivaldi, en arreglos para el pequeño instrumento y multitud de piezas populares, autodidacta absoluto.

Se tomaron clases de música y piano. En la primera sesión, el maestro, un profesor entrado en años, algo gruñón, muy cansado de alumnos porros e indolentes, miró con pena y desaliento el rostro sonriente, inexpresivo, ajeno a todo signo de talento y brillo. Igual debía cumplir con la clase contratada y así invitó al niño a sentarse al piano, le mostró una pauta básica y la posición inicial de las manos.

De ahí en adelante todo fue un torbellino. Andrés ávidamente consumía las enseñanzas, las notas del pentagrama, redondas, blancas, negras, corcheas, silencios, puntos, calderones, sostenidos, bemoles, toda la música se trasladaba a la velocidad de la luz a sus manos, que recorrían el teclado de arriba abajo. El maestro no podía creer lo que veía, urgido corregía los errores que rápidamente eran solucionados, se sucedían las pautas. Andrés volaba.

A las dos horas el profesor dio por terminada la clase, exhausto, jamás había visto algo semejante, dejó tarea para una semana más, como es la norma en clases de música.

La familia hizo un esfuerzo y adquirió un piano, nuestro niño pidió una llave de afinador, costó conseguirla, se le limpió el óxido y ante el asombro y espanto de todos comenzó a ajustar las tres cuerdas correspondientes a cada nota, ahora sí, y comenzó con la tarea, a los dos días había completado los ejercicios en forma perfecta.

El maestro aún no recuperado, escuchó los ejercicios perfectamente ejecutados, ya estaba perdiendo la capacidad de asombro, a los tres meses acompañó a Andrés a rendir el examen de admisión al Conservatorio Izidor Handler. Tenía nivel de quinto año y ahí lo ubicaron.

Don Leandro Ríos, el maestro de ahí en adelante, disfrutó de fama y prosperidad como gran profesor y descubridor de talentos.

## La Academia Juilliard

Esta academia, ubicada en Nueva York, es el Conservatorio más importante del mundo. Mantiene un alumnado de sólo ochocientos alumnos, todos prodigios deslumbrantes.

Steinbeck, John Steinbeck, uno de los veinte profesores estaba de turno, debía ese día examinar a tres postulantes.

Aburrido, detestaba examinar a talentos musicales que en un noventa y ocho por ciento eran rechazados por no cumplir las estratosféricas exigencias de la Juilliard, y ahora, por añadidura, debía examinar a un joven chileno; bostezó, «¿dónde quedaba Chile? ¿Una especial solicitud de la embajada, proveniente a su vez del conservatorio de Viña del Mar? ¿Viña del Mar, donde se realiza ese bodrio detestable de festival de la canción?»

John hizo una seña para que pasara el sudaca, ya habían abandonado el recinto, cabisbajos una joven alemana y un australiano.

Steinbeck debió reprimir la risa, frente a él, erguido con una semisonrisa, una figura gruesa, de mediana estatura hacía girar en su mano izquierda una varilla a modo de hélice.

Lo invitó a sentarse frente al imponente Steinway y deseoso de terminar lo antes posible con aquel absurdo, colocó la pauta del último movimiento del concierto para piano de Tchaikowsky, con las octavas y sucesión de acordes más rápidas conocidas. Andrés al darse cuenta del desdén con que era tratado, solicitó efectuar la interpretación con un tempo más rápido. John asintió esta vez ahogado frente a semejante locura.

Los ojos desorbitados del maestro de la Juilliard contemplaron la brutal, vertiginosa, acelerada, perfecta ejecución en un arreglo febril, genialmente armonizado. Al concluir, Andrés acercó su varilla de volar a las cuerdas del piano, la que se incendió de inmediato. Steinbeck casi inconsciente rompió en vivas hurras y abrazó con fuerza al postulante.

## Rita

Steinbeck condujo al recién incorporado por los hermosos pasillos, salones, jardines interiores del moderno Conservatorio, presentaba a Andrés con calurosas palabras de elogio a los maestros y alumnos con que se topaban. Al pasar por uno de los escenarios, se ensayaba la Quinta Sinfonía de Beethoven; Andrés detuvo a su guía, dos cosas habían llamado su atención: el primer violoncello desafinaba en Sol y la rubia y hermosa violinista Concertino. Se llamaba Rita Dramilaeva.

Efectivamente, hubo de corregir el sol del primer violoncellista, ante el asombro del director y de todos los músicos presentes.

Nuestro personaje, en muchas oportunidades había sufrido el rechazo de niñas convencionales, incluso burlas, crueles desaires, no le gustaban las chicas con discapacidad intelectual o síndrome de Down, aunque siempre cariñoso, colaborador y comprensivo les ofrecía la amistad más pura, pero en este nuevo mundo, el del lenguaje, sentimientos y cultura musical que le ofrecía la vida en el Juilliard, era uno más, a la misma altura, incluso descollando sobre la mayoría. Todos admiraban su rápido progreso e incorporación total y entusiasta al selecto grupo. Toleraban con cariño sus actitudes a veces pueriles, que, comparadas con sus geniales intervenciones musicales, pasaban desapercibidas, eran consideradas simpáticas extravagancias de un superdotado.

Rita Dramilaeva, ante el temeroso y tímido acercamiento de Andrés, tantas veces cruelmente rechazado, lo recibió con un alegre y coqueto desafío, comenzó con la Danza del Mosquito de Rimsky Korsakov.

Su Stradivarius resonaba majestuoso, sus delicados dedos volaban sobre las cuerdas y el firme arco raspaba arrancando las semifusas, veloces, de frecuencia increíble. Andrés al piano la seguía implacable, como que a veces la arrinconaba con acordes de violencia, armonía y secuencia imposibles, ella zafaba del bello e intenso acoso musical. Fue un suceso en el salón cuatro del Juilliard.

No se separaron más.

## Vuelta al Garnier

John Steinbeck, director invitado por la Sinfofilarmónica de París, batuta en mano, comenzó la dirección del Primer Concierto para Piano de Tchaikowsky. La performance fue grandiosa, el solista al piano se levantó, besó a la concertino primera violinista, recibió estruendosos aplausos y vivas gritados a voz en cuello por entusiasmados parisinos, bajo una lluvia incesante de flores, junto a John realizaron cuatro salidas. A la quinta, Andrés ofreció el primer encore, su Sinfonía Viñamarina, un corto fragmento; la algarabía, los vítores continuaban sin pausa. Entonces, el finale tan esperado, el movimiento último del Concierto para piano recién finalizado, pero, con un tempo doblado en velocidad.

El asalto al piano fue violento, salvaje, cual cascada frenética las notas rebotaban, vibraban las enormes lámparas de lágrimas; en total éxtasis Andrés mirando al techo ejecutaba, el término de la ejecución fue seguido del acostumbrado encendido de la batuta al contacto de las cuerdas al rojo vivo.

En esos momentos el delirio era total, desbordante, Brigitte Macron casi cae del balcón presidencial. Pablo Pineda, al lado de la Princesa Leonor rompía palmas y vivas. Algunos afirman haber visto al fantasma asomado entre las sombras de la tramoya.

El cóctel abundaba en viandas exquisitas, trago por hectolitros, Pablo Pineda, John Steinbeck, la princesa Leonor y Rita, rodeados de periodistas y personalidades varias que pugnaban por acercarse a Andrés, risas, exclamaciones, un espectáculo de glamour un poco loco. Rita aprovechaba para concertar próximos conciertos e insertarlos en la apretada agenda.

Andrés ya un poco cansado y aburrido, acercó su boca al oído de su esposa, separando algunos rubios rizos y musitó:
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*¿Me llevarías a una feria de artesanía?*
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