Mi vida cambió tan bruscamente que irme parecía lo más normal; quizá no lo normal, lo correcto. Las muertes de mis papás, tan seguidas, me habían dejado desolada y sin futuro definido, sin dinero, sin dónde vivir y sin familia, a mis veintidós años.
Ellos me habían dado todo lo que podían: educación y un plato de comida. Nunca dudé de que me querían, pero la soledad era mi lengua materna y el esfuerzo, mi motor; si quería algo, tenía que salir a buscarlo. Mi vida nunca había sido fácil. Trabajé desde muy pequeña en cosas simples y, cuando mis papás se cambiaron de trabajo, fue necesario trasladarnos a un pueblo cercano a Santiago y acostumbrarme a los trabajos rurales y muchas veces físicos; era mi forma de aportar a la casa. Con el tiempo me acomodó la vida pausada y relajada de los pueblos; me sentía un poco más en casa.