Nos detuvimos a almorzar en un restaurante de la carretera. Disfrutábamos de un rico almuerzo, cuando la estridente bocina de la alarma del Jeep nos despertó bruscamente de la ensoñación. A la carrera salimos y alcanzamos a ver un roñoso auto que escapaba a toda velocidad. Habían roto un vidrio y robado mi maleta completa. Ropa, material de aseo, linternas y lo más importante, la radio nuevecita y de alto costo.
El desconsuelo, la ira impotente, frenesí incontrolable; cuando recordábamos este momento, la verdad es que agradecíamos no haber sorprendido in fraganti a los miserables, nos habríamos lanzado sobre ellos y probablemente sus malhechoras manos provistas de armas, nos hubieran infligido graves heridas o quizás provocado la muerte. Del cuidador de autos nunca más se supo. Lamiéndonos las heridas volvimos a la carretera, esta vez rumbo a Temuco, donde debería adquirir ropa y enseres. De la radio ni hablar. Cuando en medio de placenteras, perfectas situaciones, te cae un baldazo de agua fría, entras en shock de ira, desconsuelo e impotencia.