En octubre de 2019, mi hijo José Francisco tenía dieciocho años y estaba convencido de que entendía el mundo mejor que su padre. Un día me dijo, casi con tono de diagnóstico:
“Tienes que leer Rich Dad Poor Dad. Te va a gustar”.
Me lo lanzó como una sugerencia que sonaba sospechosamente a juicio. ¿Poor Dad? ¿Yo? No era rico, es cierto, pero había construido una buena carrera, tenía estabilidad y había tomado decisiones responsables. Esa recomendación me picó el orgullo. Y tal vez por eso lo leí.
Había regresado a Chile cuatro años antes, después de dieciocho años viviendo y trabajando en Estados Unidos. Tenía un buen ingreso, me gustaba mi trabajo y vivía cómodo. Pero bajo esa superficie había algo que no terminaba de cuadrar. Mi retiro dependía de dos sistemas de pensiones que, combinados, me protegían mal: en Estados Unidos había acumulado lo mínimo para recibir algo de Social Security, y en Chile — donde existe un sistema casi exclusivamente basado en la capitalización individual — no había cotizado durante esos mismos dieciocho años. Esa laguna no se recupera. A los cincuenta y dos años, simplemente no había tiempo para remontarla.
Lo que ocurrió en Chile en el mes de octubre fue más que una ola de protestas. Fue una fractura profunda en la sensación de estabilidad que durante décadas había definido al país. Más allá de las interpretaciones políticas, lo que sentí fue fragilidad — institucional, jurídica, económica. Y con esa fragilidad llegó una pregunta incómoda que, sospecho, muchos de quienes leen estas páginas también se han hecho en algún momento, por razones distintas, pero con la misma urgencia: ¿tiene sentido concentrar todas mis inversiones en mi país, en un entorno donde todo puede cambiar tan rápido?
Tomé conciencia de que mi libertad financiera futura no podía depender exclusivamente de estructuras que yo no controlaba. El libro que José Francisco me había recomendado dejó de ser una provocación y se convirtió en una invitación a pensar distinto — no como una revelación instantánea, sino como un catalizador que me obligó a mirar los activos y la independencia financiera de otra manera.
La decisión de invertir en propiedades fue casi intuitiva. Era una clase de activos que podía entender, manejar y — sobre todo — apalancar. Aquí hay algo que poca gente dimensiona: los bancos e instituciones financieras prestan dinero para comprar propiedades, pero no prestan para comprar acciones, criptomonedas, oro, fondos mutuos ni ETFs. Esa asimetría es fundamental.
Por otro lado, el apalancamiento me permitía comprar un activo de USD 150.000 poniendo USD 37.500 de mi bolsillo — y que el arrendatario pague el resto mes a mes. Ninguna otra clase de activos me ofrecía eso de forma sistemática y a largo plazo. Y lo que hizo que Estados Unidos fuera el mercado más atractivo del mundo para esto no es solo que el crédito existe — es la profundidad del sistema financiero americano: hay decenas de tipos de crédito, miles de lenders compitiendo, plazos de 30 años o más a tasa fija — sin importar mi edad — y productos que nos sirven especialmente a los inversionistas extranjeros, que no tenemos residencia ni historial crediticio en EE.UU. Esa infraestructura financiera no existe en la mayoría de los países del mundo — y es el diferenciador número uno de este mercado.
Si te sientes identificado con lo que te acabo de contar, o llevas tiempo dándole vueltas a invertir en Estados Unidos sin decidirte, te invito a leer este libro, ojalá en el orden en que está escrito. Vas a terminar con una idea clara del negocio, de sus riesgos y de si es o no para ti. Tengo la convicción de que, si yo lo hice a los cincuenta y dos años, tú también puedes.
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Felipe Lecaros