¿Qué pasaría si todo lo que creemos entender solo fuera una interpretación cómoda de la realidad?
No me refiero únicamente a las grandes preguntas de la filosofía y la ciencia. Me refiero a preguntas más simples.
¿Qué es la familia, la pareja, la moda? ¿De dónde nacieron nuestras creencias religiosas? ¿Qué es la conciencia, la comunicación, la democracia? Incluso aquello que llamamos “yo”.
Entonces me pregunté cuántas de las cosas que considero verdaderas las acepté sin detenerme a pensarlas realmente. Me da la sensación de que muchas veces adoptamos ideas simplemente porque las afirmó una autoridad, porque las aprendimos desde niños o porque llevamos toda la vida viéndolas de esa manera, y no necesariamente porque estemos verdaderamente convencidos de que no existe una forma mejor de entenderlas o de vivirlas.
Dicho de otra manera, me parece que muchas de las verdades que consideramos fundamentales, nos las tragamos como si fuéramos una guagua a la que le dan de comer su papilla, sin siquiera preguntarnos quién la cocinó o cuál es la verdadera receta. Esa forma de vivir me parece fome. Quedarme con las respuestas que escribieron otros, para mí no tiene ninguna gracia, eso es simplemente acumular pensamientos ajenos, para mí lo que me motiva es intentar tener ideas propias.
Así que decidí hacer un ejercicio simple: escribir una lista con esas verdades, desarmarlas como quien desarma un reloj y volver a armarlas para ver si seguían funcionando.
No para demostrar que estaban equivocadas, sino para descubrir si realmente las entendía, me interpretaban o simplemente las había heredado.
Tampoco porque crea que mis ideas sean mejores, sino porque me parecen originales, una forma distinta de mirar esos problemas y, con suerte, hacer un aporte a alguna persona.
Y ahí es donde nace este libro.
Partí revisando qué se había escrito sobre estos conceptos para tener un pequeño marco teórico. Después me senté a escribir mi propia visión.
En esta búsqueda me he encontrado con ideas de antiguos pensadores, que me mostraron formas de ver el mundo que hoy parecen no tener eco. Sin embargo, quiero compartir con ustedes estos descubrimientos, ya que, de alguna manera, pueden ayudar a explicar el extraño mundo en el que vivimos hoy.
No soy científico ni filósofo. Soy simplemente un viejo que perdió la vergüenza a decir lo que piensa.
No pretendo fundar una nueva corriente filosófica. Tampoco espero demostrar una teoría que cambie la historia. De hecho, puede que no compartas en absoluto muchas de las ideas que leerás a continuación, incluso te puede parecer absurdo volver a hacerse preguntas que ya tienen respuesta, y eso está bien, porque sé que el riesgo de dudar de lo ya aceptado es inseparable de ser cuestionado o derechamente rechazado.
Eso es en esencia este libro, una colección de esas preguntas.
Algunas nacieron observando la naturaleza, otras leyendo filosofía, ciencia o historia. Pero muchas surgieron en los lugares más cotidianos: en el lavaplatos, tomando una copa de vino, en la ducha, viendo YouTube, o simplemente en silencio.
Me pregunté por ejemplo: si todo está hecho de átomos, incluso nosotros mismos, y sabemos que esos átomos son prácticamente espacio vacío, ¿qué soy yo? ¿Qué es exactamente eso que experimento como realidad? Evidentemente, no tengo la respuesta, es más, la ciencia aún está lejos de tener una respuesta definitiva.
Ahí es donde entra el sinvergüenza, y se atreve a hacer esa pregunta sin anestesia y más encima, a formular una idea propia de qué podría ser eso que llamamos realidad.
Cuando me hice la pregunta, ¿qué es la conciencia? más allá de lo que dicen los libros, y me puse a pensar por mí mismo, llegué a un lugar que no está en los mapas.
De esa pregunta nació otra: si la comunicación es simplemente un sistema de intercambio de información o si, en realidad, podría ser una manifestación de algo mucho más complejo.
Quizás la división entre vida y muerte sea solo un mapa de coordenadas que nos inventamos para darle sentido a nuestra existencia. Tal vez se trate más bien de un flujo continuo de diferentes estados de la materia, donde esa división, en un sentido fundamental, simplemente no existe.
Cuando descubrí que, muy probablemente, los evangelios no fueron escritos por los apóstoles, no pude evitar preguntarme cómo esa creencia ha permanecido prácticamente intacta durante casi dos mil años.
¿Por qué razón vivimos en pareja, es una elección consciente, u operan otras fuerzas que nos llevan a adoptar esa forma de vida?
¿La familia es un estado connatural al ser humano, o es un constructo social diseñado para cumplir funciones específicas dentro de la sociedad?
Quizás la democracia no está en crisis por la mala calidad de la clase política, sino porque solo representa cohesión y mayoría, pero no ofrece soluciones eficientes a los verdaderos problemas contemporáneos.
O quizás no.
Y ese “quizás” es el verdadero protagonista de este libro.
Vivimos en una época obsesionada con las respuestas inmediatas. Todo parece exigir una opinión definitiva. Una posición absoluta. Una certeza. Yo prefiero las preguntas.
Porque una buena pregunta tiene una virtud extraordinaria: genera una respuesta, que siempre te lleva a otra pregunta.
Si al cerrar la última página de este libro, sigues viendo el mundo exactamente igual que antes, habré fracasado.
Pero si durante unos segundos logro hacerte dudar de alguno de los paradigmas que sostienen tus creencias, entonces este libro habrá cumplido su propósito.
Porque tal vez lo fascinante no comienza cuando encontramos una respuesta, sino cuando nos atrevemos a sospechar que todo lo que sabemos podría no ser cierto.
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