Temuco


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Medio día, centro de Temuco, tacos de autos, camiones, locomoción colectiva, calor asfixiante, en procura del Hotel Araucano. Cinco metros de Jeep más diez de tráiler dificultaban de sobremanera nuestro avance. Subíamos a las veredas al doblar las esquinas entre una nube de improperios de alto calibre de conductores varios y también de gentiles camioneros,…

Medio día, centro de Temuco, tacos de autos, camiones, locomoción colectiva, calor asfixiante, en procura del Hotel Araucano. Cinco metros de Jeep más diez de tráiler dificultaban de sobremanera nuestro avance. Subíamos a las veredas al doblar las esquinas entre una nube de improperios de alto calibre de conductores varios y también de gentiles camioneros, rudos hombres de carretera, que descendiendo de sus vehículos y agitando manos, nos indicaban las maniobras para salir del nudo en que nos enredábamos.

Conducir un trailer obliga a manejar al revés en las marchas atrás; la poca práctica quedaba penosamente al descubierto de este sudoroso servidor en pleno centro de Temuco. Luego de trabajadas maniobras, llegamos al estacionamiento del Hotel, exhaustos, sedientos y por un milagro pudimos ubicar nuestro convoy en un rincón.

La aventura expedicionaria nos había desafiado duramente en el más temprano comienzo y aún distábamos a 700 km del verdadero punto de partida.

Compramos lo absolutamente necesario para cubrir a medias las carencias por lo sustraído y nuevamente en la carretera, cantando a todo pulmón con renovado optimismo y alegría.

Las cristalinas aguas de los ríos de caudales crecientes a medida que avanzábamos emitían murmullos en perfecta armonía con el concierto abrumador, sublimado por las coníferas cumbres de los encanecidos eternos volcanes, cada vez más frecuentes en el panorama de imperturbable belleza que nos rodeaba.

Pernoctamos nuevamente en el Popeye y a la mañana siguiente Pargua, donde a bordo de un transbordador, arribamos a la Isla de Chiloé.