XIII


—

por

Llegó el sábado. Me vestí rápido y me fui en bus; fui la primera en estar sentada esperando. Manuel y Carlos me preguntaron: —¿Para qué vas a la ciudad? —Nada en especial —mentí. —¿Quieres ir a mi casa? —dijo Manuel. —No, gracias. Voy a comprar algunas cosas y a pasear, nada en especial —volví a…

Llegó el sábado. Me vestí rápido y me fui en bus; fui la primera en estar sentada esperando. Manuel y Carlos me preguntaron:

—¿Para qué vas a la ciudad?

—Nada en especial —mentí.

—¿Quieres ir a mi casa? —dijo Manuel.

—No, gracias. Voy a comprar algunas cosas y a pasear, nada en especial —volví a decir.

—Bueno —contestó Manuel—. ¿O te juntarás con alguien?

—No, se terminó. —Me di vuelta.

Todos ya sabían que yo era un muchacho muy callado y tranquilo, que me gustaba mucho trabajar y que odiaba las peleas, quizá un poco solitario. En gran medida, todo eso era verdad. No insistió.

Llegué a Rancagua. En la calle señalada estaba Rodrigo esperando; me subí al auto y a los pocos minutos ya estábamos en una casa enorme, muy moderna, entera blanca. Al entrar, parecía que al arquitecto le gustaban los desniveles. Miré asombrada.

—Qué construcción —afirmé.

—¿Te gusta? —preguntó Rodrigo.

—Sí, creo que es asombrosa; hasta a la gente conservadora le gustaría. Es magnífica, es hermosa.

—La diseñó Cristián, y entre los dos vimos que se cumpliera su construcción. Yo vigilé la obra; creo que ha sido mi mejor trabajo como ingeniero.

Constanza corrió hacia mí, me tomó de la mano y, dándole un beso rápido a Cristián al pasar, dijo:

—Nos tenemos que ir. Una amiga que tiene una tienda nos va a abrir especialmente a nosotras… —Su cara estaba iluminada por la emoción.

Salí disparada por la puerta y me metí en el auto de Connie. Ella hablaba muy rápido, diciendo que todo estaba de maravilla, que después iríamos a la peluquería y un sinfín de cosas, entre ellas que no me preocupara del dinero. Al estar frente a un semáforo, me miró a los ojos y me dijo con calma:

—La felicidad de mi hermano vale esto y mucho más.

Sonreí.

Llegamos a una tienda que conocía por fuera; era una de las más exclusivas.

Entramos y ya tenían por lo menos una docena de prendas, de todo. Fui un maniquí: me sacaba y me ponía ropa. La dueña y Connie miraban y daban su impresión. Era extraño sentir ropa de mi talla otra vez (bueno… la de Gatúbela era, yo creo, media talla menos aún, pero debía aceptar que me veía increíble. Me reí al recordarlo). De repente mis ojos se posaron en un vestido vaporoso con flores pequeñas.

—Ese te gustó —dijo Connie.

—Sí, es sencillo como yo —le dije.

—Es sencillo, pero elegante. Lo llevamos también —dijo Connie.

—Está bien.

Otro lío con los zapatos. Era más ropa de lo que yo había tenido alguna vez en mi vida.

Salimos y fuimos a la peluquería, que era enorme. Me lavaron y me pusieron un sinnúmero de cosas. Mientras tanto, me hacían las manos y los pies, y una muuuy dolorosa depilación. Después era hora de ir a la casa de Cristián para vestirme.

Entramos a un cuarto enorme, con una cama de dos plazas y media. Connie dijo:

—Si Dios quiere, algún día viviré aquí, y esta cama será mía. —Sus ojos brillaban—. Me encanta Cristián: es caballeroso y educado, pero también apasionado y loco. —Hubo una pausa—. Bueno, nos tenemos que arreglar.

Nos duchamos y, como si fuéramos hermanas, nos ayudamos a arreglarnos: la crema, el peinado, la pintura. Ella también se puso un vestido, un poco ceñido al cuerpo, en tonos verde pistacho y naranja; se veía alegre y fresca. Le dije:

—Te ves hermosa.

—Espero que Cristián piense lo mismo.

Me puse mi vestido y mis zapatos cómodos para caminar por el pasto y las piedras. Mi pelo no había crecido mucho, pero se veía bien. De repente grité:

—¿¡Y la máscara!?

—No te preocupes, yo la tengo.

Volví a respirar. Salimos del dormitorio y los dos hombres nos miraron. Cristián se acercó rápidamente a Connie, le dijo lo hermosa que estaba, la abrazó y la besó. Rodrigo dijo:

—Tú también te ves linda, Francisca.

—Gracias.

Salimos rápidamente; estábamos con el tiempo justo para llegar a la hacienda. Al entrar por el portón me puse el antifaz. Pasamos por la casa, el establo, y continuamos por el camino hacia el estanque. Al llegar, esperamos un segundo para que el polvo del camino se disipara. Pude ver el estanque lleno de flores, cerca de los matorrales, llenando todo de color. Un gran mantel cuadrillé rojo en el suelo, tres canastas de comida, un cooler… y a grandes pasos se acercaba Nicolás. En ese justo momento, Rodrigo abría mi puerta. Me fijé en cómo Nicolás bajaba la mirada y se detenía en cada detalle de mis zapatos. Sus ojos fueron subiendo: se quedaron en mi pierna, que iba descendiendo del auto, se detuvieron en mi vestido, que se movía con dulzura por el viento, siguieron por mis hombros y pararon en mi boca. Pasó un segundo; se aproximó y con sus dos manos tomó mi cabello y empezó a tocarlo.

—Por el color de tu piel sabía que tenías que ser colorina. —Se entretuvo un momento mirando y tocando mi cabello, hasta que, en un movimiento brusco, me tomó por las mejillas y rozó mis labios; entreabrió la boca y me dio un beso. Sus ojos estaban cerrados; abrió más la boca y su beso esta vez fue con entrega. Sí, lo único que tenía ese beso era entrega.

Se separó unos centímetros y, aún con los ojos cerrados, se pasó la lengua por los labios y dijo:

—Tan buenos como los recordaba.

Alejandra apareció y saludó con una enorme sonrisa. Rodrigo se aproximó a ella y, aprovechando su cercanía, le dio un beso entre la mejilla y el labio… Él la miró y, sin separarse, la besó. Después de unos segundos se abrazaron y ella, sin que él lo notara, levantó el pulgar y guiñó un ojo en señal de victoria. Nicolás me tomó la mano y me dijo:

—Te ves preciosa.

Se preocupó de dejarme en la sombra y fue a buscar algo. Me fijé en que a un costado del estanque había construido unos camarines, y de ahí trajo un ramo de flores, con florero incluido, para mí. Era un hermoso ramo de tulipanes.

—¿Podemos comer algo? Tengo un poco de hambre —dijo Cristián.

—Por supuesto —dijo Ale, que sacó unos platos con sus servicios, todos de plástico, de pícnic, y una bebida.

Nicolás se la quitó de las manos y la abrió; sirvió un poco y me tendió el vaso. Lo tomé y me senté con las piernas dobladas hacia la derecha. Él trajo un vaso para él y se puso a mi lado. Después de unos momentos, me miró la falda y dijo:

—¿Te importa si pongo mi cabeza…? —No terminó la frase.

Corrí mis brazos y le dejé el lugar; se recostó y le empecé a hacer cariño. Conversamos del lugar, de la fiesta, y repentinamente se paró, como si hubiera recordado algo importante.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—¿Me gasté el beso de hoy? —preguntó como un niño triste, haciendo pucheros.

Me acerqué a él con lentitud y posé mis labios en los suyos. Este beso fue más tranquilo; los dos lo disfrutamos y nos costó separarnos.

—¡Ejem! —carraspeó alguien cerca.

—No quiero molestar, pero queremos comer todos juntos, y comerse el uno al otro no vale —dijo Ale.

Me sonrojé y Nicolás la miró con cara de pocos amigos. Ensaladas, pollo, carne… todo un refrigerador a nuestra disposición.

Me senté sobre mis piernas y tomé un emparedado de jamón y queso; Nicolás tomó uno de pollo, tomate, palta y mayonesa. Se manchó un poco la cara y yo, con un dedo, se la limpié. Tomó mi mano antes de que la bajara y, entreabriendo la boca, sacó la mayonesa de mis dedos; nunca una acción me había parecido tan sexi. Nos miramos; sentía el calor de su cuerpo y también su electricidad.

Estuvimos hablando de miles de cosas, y las bromas iban y venían entre todos; nos reíamos, pero ninguno dejó de tocar al otro: que la mano, que rozar la pierna, que apoyarnos en los brazos, cualquier cosa para saber que el otro estaba ahí y que no se podía despegar. Rodrigo dijo:

—¿Nos bañamos?

—Bueno —contestó Alejandra.

Como había dos vestidores, primero fueron Connie y Alejandra; mientras tanto, Cristián regañaba a Rodrigo y le decía:

—Le tienes que pedir pololeo.

—Si lo voy a hacer… —contestó.

—Pero hoy mismo. ¿O quieres que ella se aburra de esperarte y te la gane otro? Otro que la quiera menos. Todos los días hablas de ella: que si es bella e inteligente, que si es dulce, que si es esto y aquello.

—Sí, si sé.

Nicolás y yo escuchábamos —era imposible no oírlo— y nos sonreíamos. Nos miramos y me dijo:

—¿Algún día veré tu cara?

—Algún día —respondí.

Salieron las dos hermanas y entraron Cristián y Rodrigo, no sin antes reparar en los cuerpos de las dos jóvenes. Rodrigo estuvo a punto de botar los vestidores cuando los empujó. Ellas se rieron y Cristián le pegó un manotazo a su hermano. Se demoraron muy poco, y fue el turno de Nicolás y el mío. Nos paramos; saqué mi traje de baño y, al ir caminando, Nicolás me abrazó y me metió en el mismo vestidor, diciendo en forma pícara:

—¿Necesitas ayuda?

Me tenía prisionera entre sus brazos; su cabeza estaba inclinada hacia mí, respiraba con la boca abierta, sentía todo su cuerpo apoyado en mí y su aliento me mareaba. Me mordí el labio y entreabrí la boca. Pasaron algunos segundos y alguien dijo:

—Parece que necesitan una ducha fría.

Y entre Cristián y Rodrigo sacaron a Nicolás del vestidor y lo tiraron al agua con ropa y todo. Al principio se molestó, pero ya en el agua se echó a reír y salió casi de un salto. Yo por fin me había puesto el traje de baño; era un poco escotado, pero se veía muy bien, pues se sujetaba perfectamente y no había forma de tener un percance. Nicolás dio cinco zancadas y llegó a mi lado; me hizo estremecer.

—¿Te puedo abrazar? —dijo, y se acercó aún más.

Su ropa estaba fría. Puse las manos frente a mi pecho y quedé nuevamente enredada en sus brazos. Se inclinó y me besó; su pelo me mojaba y las gotas de agua caían desde mi rostro por mi cuello hasta mi escote. Se separó de mí y, al ver una gota en mi pecho, suspiró.

—Voy y me cambio de ropa en un segundo.

Salió y puso la ropa a secar. Yo me metí al agua por la parte más baja; no podía mojar mi antifaz. Aunque le cayeron algunas gotas, nada malo le pasó. Se acercó Nicolás flotando y me preguntó si nadaba, que bajo la cascada era agradable. Sonreí y dije:

—Buen intento, pero hoy no verás mi rostro.

Tuvimos una pequeña discusión, pero antes de que siguiera, me agarré de su cuello y lo besé.

—Fin de la discusión —afirmé.

Jugamos en el agua mucho rato, hasta que me dio un poco de frío; salí y me sequé. Cada pareja buscó un lugar para estar un poco más sola, y de repente:

—¡Sí! ¡Sí! —gritó fuerte Alejandra, y se le tiró al cuello a Rodrigo, que cayó de espaldas con ella encima.

Todos sonreímos.

Con una toalla en los hombros y Nicolás a mi lado, se produjo un silencio. Me acerqué, acomodé la toalla para poder abrazarlo y pregunté:

—¿Qué pasa?

Bajó la mirada. Le tomé la cara y le dije, mirándolo de lado:

—¿Qué pasa? En serio.

—Es una vieja historia, y no vale la pena…

—Para mí sí —le dije.

—Esto pasó hace mucho tiempo, en mi época de colegio… —Me contó la historia que había relatado Constanza… Después de que terminó, me señaló—: Yo debería haberla ido a dejar.

—Nunca sabemos cuándo ni cómo pasará algo; solo era el momento de que ella se fuera —repuse.

Su cara demostraba dolor.

—¿Aún la amas? —pregunté.

—No, ya no. O quizá tendría que decir que una parte de mí, el yo de dieciocho años, siempre la amará; es parte de mi historia, de mi pasado, nada más ni nada menos.

Lo abracé y sentí su cuerpo pegado al mío. Su espalda era tan grande… Respiró profundo, levantó una mano, rozó mi rostro y tocó el antifaz.

—¡No! —dije, y sostuve otro no—. No lo hagas, no es el momento ni la ocasión.

—Bueno, pero me muero por ver tu rostro.

Se las arregló para poner su cuerpo sobre el mío. A pesar de lo grande que era, no me pareció pesado. Me empezó a besar la boca, se fue hacia mi oreja y fue descendiendo por mi cuello hasta acercarse a mi escote. A esa altura yo había dejado de respirar. Se paró y se fue al estanque, al agua… Una parte de mí lo agradeció. Otra maldijo su cordura.

Después de tanta agua, teníamos hambre otra vez. Comí frutillas; estaban muy ricas. Seguíamos pegados como siameses, y nos fuimos a vestir.

Cuando terminé de ponerme el vestido, Nicolás se acercó a mi camarín y pidió mi mano. Me llevó a la sombra de unos árboles, donde había un sillón mecedor; me abrazó y preguntó:

—Cuéntame de ti.

—¿Y si no te gusta mi historia? —pregunté.

—Veamos —me retó.

—Vengo de una familia humilde de Santiago. Mi familia estaba compuesta por papá, mamá y yo. Estudié en una escuela pública y obtuve una pequeña beca, pero, a pesar de estudiar tres años para contadora, abandoné la carrera, pues no tenía los recursos para mantenerme. —Él tenía mi mano tomada y me hacía cariño, mirando los árboles—. Después de la muerte de mis papás, me vine a Rancagua con una amiga. Se suponía que trabajaríamos en una tienda; con eso podría juntar dinero y por fin volver a estudiar. Eso es todo. Bueno, conocí a tus hermanas aquí en Rancagua, a ellas les caí bien y me han ayudado mucho.

Pensé que lo mejor era decir casi toda la verdad. Él podría ir decidiendo qué hacer.

—¿Qué piensas?

—Que les debo una a mis hermanas.

Se puso de pie, me tomó la mano con delicadeza y me cogió por la cintura; sus brazos me estrecharon y nos besamos nuevamente.

Mirándome tiernamente, comenzó a hablar.

—No me había sentido así nunca, y tampoco había contado mi historia. Los de mi familia la saben, pues la vivieron conmigo, pero nadie más. —Se produjo una pequeña pausa—. He hablado contigo más en esta semana que con mis amigos en años.

Como no se había metido la camisa dentro del pantalón, deslicé mis manos por su espalda, aprovechando que él me tomaba la cara. Se sentía tan tersa, dura, un bloque de hueso y carne, seguro, suave; nunca había tocado algo así, y estoy segura de que él no se daba cuenta de lo que su piel despertaba en mí. Le hice cariño y sentí cómo su piel se erizaba y se arqueaba hacia atrás. Abrió la boca con ferocidad y me besó apasionadamente.

Qué raro es que, cuando racionalizas las veces que besas a alguien de quien estás enamorada, parezcan tantas, mientras que cuando eres la protagonista, cuando las sientes en tu cuerpo, despierto y urgido de sensaciones, te parezcan pocas y cortas.

Se estaba haciendo tarde. Nicolás propuso que continuáramos en la casa, pero Cristián sugirió que fuera en la suya. Yo, a estas alturas, prefería que no, pues al otro día me tenía que despertar temprano. Miré con cara de pedir ayuda a Connie y a Alejandra.

—Chicas —las llamé.

Nos alejamos un poco y les conté mi problema.

—No te preocupes, mañana no trabajas —dijo Connie.

—¿Pero cómo?

—Te deben días —respondió—. Tú nunca sales. Déjale una nota a doña Mónica al lado del teléfono y menciona que tuviste una pequeña emergencia, nada de cuidado, pero que tenías que atenderla a la brevedad.

—Yo la escribiré y la dejaré en la cocina —dijo Alejandra.

—Vamos a la casa de Cristián —dijo Connie.

Se preparó todo, la nota en la cocina, y nos fuimos: Cristián y Connie en el auto de ella, Rodrigo y Alejandra en el de él, y Nicolás y yo en el suyo. Ya en la privacidad del auto, le pregunté:

—¿No te importa que sea pobre?

—No.

—¿Y cómo es eso?

—Eres una mujer luchadora y trabajadora que busca la manera de salir adelante, y eso me gusta. —Me miró de reojo y sonrió.

—¿Y no te preocuparía si trabajara en cualquier cosa?

Detuvo el auto.

—Supongo que no eres cabaretera —dijo.

—No, solo que trabajo con mi fuerza; es un trabajo más bien… masculino.

Me miró y señaló:

—No es por menospreciarte, pero muy físico no puede ser. —Tomó uno de mis brazos y lo apretó—. No pareces tan fuerte. —Y se echó a reír.

Yo no supe qué decir. Echó a andar el auto y al poco rato llegamos a la casa de Cristián y Rodrigo. Se puso música y bailamos mucho rato. Como nos dio hambre, fuimos a la cocina, que era hermosa y grande. Alejandra y Connie levantaron las manos y dijeron que ellas eran un cero a la izquierda para cocinar.

—¿Y qué vamos a hacer? La sirvienta llega mañana —dijo Cristián.

Yo me acerqué al refrigerador, vi varios estantes y dije:

—Bueno, yo cocino, pero nada muy especial.

Las cosas estaban a mano: una olla, agua, sal; haría tallarines. Camarones, ostiones, leche, nuez moscada… y encontré los últimos ingredientes para una salsa marinera. Mientras cocinaba, picaba y revolvía, Nicolás me miraba con el enorme delantal y sonreía. Él puso la mesa, con vino y todo. Había frutillas: las arreglé, las endulcé un poco y las puse en una fuente grande. Serví los platos y entre todos los acomodaron en la mesa.

La cena fue buena.

—¡Un aplauso para la cocinera! —gritó Nicolás.

Me paré e hice una reverencia. Cuando terminamos, me puse de pie para ir a ayudar, pero Nicolás me lo impidió y aseguró:

—Has hecho suficiente por esta manga de cómodos e ignorantes. Te puedes sentar a descansar.

Nos acercamos al sillón y me subió las piernas.

—Pareces tener algo de frío —observó.

—Un poco solamente.

Puso sobre mí una pequeña colcha que colgaba del respaldo del sillón; la música era lenta.

—¿Quieres otra copa de vino?

—No, gracias.

Se sentó a mi lado, pero sobre la frazada, y me dijo:

—Es mejor que te cuides… del frío.

Pero los dos sabíamos que de quien quería cuidarme era de él. Nos quedamos ahí abrazados; hablábamos, nos besábamos y, cuando la temperatura subía demasiado, volvíamos a conversar, desde el plato preferido de cada uno hasta políticas ecologistas. Los otros sillones estaban ocupados, cada uno un mundo. Cuando Cristián se levantó para hacer no sé qué cosa, Nicolás dijo:

—Cuidadito: si yo me porto bien, entonces todos.

Cristián sonrió y fue al baño, supuse, pero cuando regresó venía de la cocina con una pequeña torta helada de lúcuma.

—Hoy celebramos un año más desde que te conocí —dijo.

Connie se puso las manos en la cara y le dijo:

—¡Lo recordaste, mi amor!

Al decir eso, Rodrigo corrió a sujetar la torta, que estuvo a punto de caerse de las manos de Cristián.

—¿Cómo me dijiste? —preguntó este último.

—Mi amor —dijo Connie.

Y se besaron.

—¡Queremos torta! —gritamos los demás, sin que nos escucharan o tomaran en cuenta.

Rodrigo y Alejandra fueron a buscar platos. La torta estaba maravillosa. Volvimos a nuestros lugares y seguimos nuestra fiesta individual.

Cuando desperté, él estaba dormido junto a mí; se veía tan tranquilo que no me moví. Sentía su respiración y su aliento me volvía loca. Con sumo cuidado desabroché dos botones de su camisa y deslicé mis dedos, y después mi mano, por su pecho. Podía sentir sus músculos, su estómago, sus hombros. Yo estaba con los ojos abiertos mirando su desnudez, hasta que…

—¿Qué haces? —preguntó entre susurros.

—Te toco —contesté.

—¿Yo puedo hacer lo mismo?

—No. ¿Cómo se te ocurre?

—Pero si se te ocurrió a ti, y lo hiciste —señaló.

—¿No te gusta que te toque?

—Es porque me gusta que quiero tocarte yo también a ti.

Sus manos se acercaron a mi vestido, y alguien dijo:

—¡Cállense y dejen dormir!

Nos miramos y me dijo:

—Vamos por un café.

—Bueno.

Estábamos en la cocina. Puse la tetera en la pequeña mesa de trabajo; pusimos pan, queso, jamón, jugo y café. Nicolás fue a llamar a los demás, que llegaron con una cara de sueño imposible. Justo cuando iba a sentarme, Rodrigo, sin querer, derramó un poco de café en mi vestido. En ese momento todos nos despertamos completamente. Mientras Nicolás corría llevando y trayendo agua y un paño, Rodrigo rogaba mi perdón. Connie dijo que en su auto tenía ropa mía, y Alejandra limpiaba.

—Tranquilos, no me he quemado —dije.

Todos se tranquilizaron. Partí al baño de visitas, me duché y me puse la ropa que me había traído Connie: eran los pantalones ajustados con las botas altas y la blusa de seda. Salí con el pelo recién lavado, pero seco. Nicolás se acercó a mí y me tomó de la mano.

—Siempre me sorprendes, pero te hace falta algo. —Se sacó del cuello una cadena con una pequeña cruz—. Esto te cuidará —dijo.

Connie y Alejandra se miraron perplejas.

—¿Pero…? —dije.

—Nada de peros. —Y puso los dedos en mi boca—. Ahora se ve mucho mejor. Para que tengamos una igual, mañana mandaré a hacer una copia.

Lo abracé y quedé suspendida en el aire; sus manos daban vueltas por mi espalda.

—Qué rica tu blusa —dijo—. Y tiene botones.

Me sonrojé.

Cristián, Rodrigo y Nicolás salieron un momento. Connie y Alejandra me contaron que esa cruz se la había regalado su abuelo, que era muy importante para él y que desde el día que se la había regalado no se la había quitado.

Cuando ellos regresaron, traían una flor para cada una. Me acerqué a la mía y tomé su olor; Nicolás la corrió de mí y dijo:

—Soy muy celoso.

—No te preocupes, no creo que bese bien… —aseguré.

Se rio.

Las otras parejas se esfumaron y Nicolás me atrapó contra la mesa, con sus fuertes brazos extendidos a cada lado de mí; y la mesa era muy pesada para moverla.

Abrió sus piernas y atrapó las mías.

—Así tengo las manos libres. —Me miró.

Se aproximó y desabrochó un botón; me observaba fijamente. Desabrochó otro botón; dejé de respirar. Desabrochó el tercero y con el dorso de los dedos acarició mi piel y el borde de mi brasier.

Sentía cómo su contacto se quedaba en mi piel, oprimiéndola, quemándola como un fantasma que deja huella en tu piel, y lo único que deseas es más. El problema es que siempre quiero un poco más: de sus besos, de sus caricias, más de perder la razón por su amor, por su pasión. Cuando se acercó a mi hombro, sentía su aliento en mi piel, y mi cuello se arqueó para darle más espacio para moverse, más para recorrerme, más para no detenerse. Es extraño cómo en los seres humanos, divididos entre lo físico y lo intelectual, al aparecer los sentimientos estas dos partes se funden, y pelean por ganar el protagonismo y destronar a la otra, hasta que una queda con el poder absoluto de la situación.

—Qué bien se siente tu piel —dijo.

Bajó la vista y miró hasta el más pequeño detalle de mi superficie.

Puso su enorme mano en mi espalda y me acercó a su cuerpo. Yo abracé su cintura y mi blusa se corrió hasta dejar al descubierto uno de mis hombros; esto lo asombró, pero también le gustó. Me miró y preguntó:

—¿Puedo besarte el hombro…?

Asentí. Se acercó y, con la boca húmeda, posó sus labios en mi piel y siguió subiendo por el cuello; pasó por mi oreja hasta llegar a mi boca.

—Cada vez me embriagas más de ti, y cada vez quiero más… —dijo.

No supe qué contestar, porque si hubiera dejado hablar a mi corazón, le habría dicho eso mismo y mucho más.

Ese día almorzamos juntos los seis y, a las seis de la tarde, Connie y Cristián fueron a dejarme. Connie le pidió a Nicolás que fuera a buscar unas cosas a no sé dónde y aprovechamos ese tiempo para que yo pudiera llegar a la hacienda. Me cambié de ropa en el auto, mientras Cristián iba peor que caballo con anteojeras, mirando de frente, casi sin pestañear. La artimaña funcionó: pude entrar en la barraca a tiempo. Don José Manuel me preguntó:

—¿Solucionó sus problemas?

—Sí, señor —respondí.

Me preguntaron qué había pasado, pues era muy extraño que yo no estuviera trabajando en la hacienda. Contesté con evasivas, y comprendieron que no iba a contar nada. Me acosté muy temprano. Soñé puras cosas que despierta no me atrevía a pensar; mi cabeza jugó conmigo y con mis sentimientos como quiso. Estaba claro que mi subconsciente tiene una mente un poco caliente.

Esa semana continuó así: trabajaba para no pensar y en las noches soñaba de todo, sus brazos, sus caricias, sus besos.