XIV


—

por

Ese viernes me tocó ir a arreglar una puerta que estaba un poco lejos, y justamente me tocaba con él. Me acomodé los jeans y me puse solo una camisa; era grande y, con mi faja, no se notaría mi anatomía. Me puse guantes y un cinturón de herramientas, y salí a juntarme con Nicolás.…

Ese viernes me tocó ir a arreglar una puerta que estaba un poco lejos, y justamente me tocaba con él.

Me acomodé los jeans y me puse solo una camisa; era grande y, con mi faja, no se notaría mi anatomía. Me puse guantes y un cinturón de herramientas, y salí a juntarme con Nicolás.

—Buenas tardes, Nicolás.

—Hola, Francisco.

Nos dirigimos al establo a tomar unos caballos. Cabalgamos mucho rato y pensé en lo bueno que era usar siempre una gorra que cubriera todo mi pelo, y que además me protegía los ojos del sol. No nos decíamos nada, pero ver su espalda me hacía bien.

Al llegar al final del camino encontramos el portón muy maltrecho.

—¿Qué le pasó? —pregunté.

—Ayer un tractor lo pasó a llevar y las bisagras se soltaron. Lo tenemos que sacar y cambiar un par de tablas.

Lo primero que hicimos fue sacar la puerta; tiramos de las tablas y fuimos colocando las nuevas. Eran cinco las que se debían cambiar. El trabajo estaba quedando bastante bien.

Yo estaba sobre las maderas, en cuatro patas, y cuando él se acercó para clavar, de mi camisa se asomó algo brillante.

—¿Esa cruz? —preguntó Nicolás.

—¿Cuál? —dije, tratando de ocultarla.

—¡Esa que tienes ahí! —gritó.

Él temblaba por completo; su cara… no sabía qué pensaba.

Me paré rápidamente y traté de alejarme de él, pero se acercó y me atrapó con sus manos, sujetándome de los hombros con fuerza. Yo lo único que decía era:

—Cálmate, Nicolás, cálmate.

—¿Que me calme? ¡Se la robaste, le robaste la cadena! ¿O ella te la dio?

Agarró mi camisa y la rajó; volaron todos los botones y quedé con mis pechos fajados. Me veía tan blanca como siempre. Él me acercó la mano, con los ojos desorbitados, y me rozó.

—¡Yo te explico! —grité.

Como un autómata, cogió mi gorra y la fue tirando, dejando entrever mi pelo colorín; metió sus dedos en él. Nicolás estaba en shock. Me miró a los ojos, me miró la boca.

—¿Eres hombre o mujer?

—Soy mujer —le dije.

Su mirada estaba desorbitada. Se paró y quedó como estatua, mientras sus ojos se llenaban de preguntas; no lograba entender nada. Y yo, en el suelo, sentía que mis piernas no podrían sostenerme.

Solté un poco mi faja y dejé entrever algo de mis pechos, para confirmar lo que había dicho…

Él empezó de a poco a alejarse de mí, cada vez más, y comenzó a decir:

—No puede ser, no puede ser… —cada vez más fuerte—. ¡No puede ser!

Se subió al caballo y salió a todo galope. Lo vi alejarse, mientras yo seguía de rodillas, envuelta en lágrimas. Me tuve que hacer reaccionar: tenía que explicarle, debía decirle. Me subí al caballo y salí hacia la casa. Al entrar en la hacienda, los trabajadores me miraron extraño. Entré a la barraca; todos hacían espacio a mi paso. Llegué a la ratonera: todo era un lío, mi cómoda con los cajones afuera, mi cama con su pañuelo encima y mi traje de Gatúbela tirado entre el suelo y la cama. No sabía qué pensar ni qué decir. Salí corriendo a la casa principal. Buscaba a Connie o a Ale, pero no podía verlas, hasta que llegué a la pieza en la que nunca había estado; toda ella olía a Nicolás. Tenía una cama grande y muebles rústicos.

Con la voz casi asfixiándome, pregunté:

—¿Nicolás?

—Se fue —dijo Connie—. Salió como un animal, no dejó que le explicáramos nada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y repetía: «No puede ser, no puede ser».

—¿Qué puedo hacer ahora? —supliqué una respuesta—. Lo amo.

La señora Andrea, que pasaba, dijo:

—Jugaron con fuego y se quemaron.

—¿Tú sabías todo esto, mamá? —preguntó Connie.

—Por supuesto. Desde el día en que Nicolás la pasó a llevar: ningún hombre habría quedado tan mal. Y después vimos a tu hermano con Gatúbela… Era tan bueno verlo feliz otra vez…

Bajé la mirada y le dije:

—Señora, yo quiero a su hijo.

—Lo sé —me contestó—. Pero ahora necesita algo de tiempo, necesita pensar un poco.

—Iré a arreglar mis maletas —señalé.

—Será bueno —dijo la señora Andrea.

—¿Dejarás que ella se vaya? ¿Adónde, si no tiene adónde ir? —dijo Ale.

—No se preocupe, tengo dinero.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó Connie.

—No lo sé —respondí.

—Creo que tenemos que hacer las cosas un poco mejor, o perderemos el corazón de Nicolás para siempre —señaló la señora Andrea.

Preparé un bolso con mis cosas: mis cremas, el pañuelo de pirata, el traje de Gatúbela y mi ropa nueva. Después de vestirme de mujer, pedí a los trabajadores que se juntaran en la barraca.

—Mi historia…

Y les conté cómo había llegado a la hacienda y por qué. Les dije lo bien que me había sentido con ellos y que me había enamorado de Nicolás, que yo era Gatúbela. Los ojos de los trabajadores se abrían cada vez más. Pedí perdón por cualquier cosa que pudiera haber hecho y que los hubiera herido de alguna manera.

Algunos comenzaron a hablar y a cuchichear.

Don José Manuel me interrumpió y dijo:

—Esta muchacha se ganó el respeto de cada uno de nosotros. Trabajó a la par, nunca trató mal a nadie y solo dio buena educación y trabajo, por lo que escuchemos todo lo que tenga que decir.

—Les agradezco por haberme dejado ser uno de ustedes. Nunca me había sentido más en familia que aquí. Gracias por las noches de café, aunque yo tomé solo leche; gracias por el respeto a este muchacho debilucho. Se los agradezco como lo que fui para ustedes: el Ratón Pancho.

—¿Y cómo te llamas? —dijo Manuel.

—Me llamo Francisca Castro.

—¿Por qué no dijo nada antes? —preguntó don José Manuel.

—Porque, si era mujer, no podía trabajar con ustedes, y siempre me gustó ser uno más, sin preferencias, sin esa mirada… Algo se rompió, algo que nos hacía iguales: sus chistes machistas, sus olorosas o sonoras pruebas… Yo era uno más; eso quería ser.

Tomé mi bolso y Carlos quiso ayudarme.

—¿No ven? Ya no es lo mismo —dije.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y salí de la ratonera y de la barraca; tendría que hacer lo mismo en la cocina. Doña Mónica me miró y dijo:

—Ya me enteré de todo. —Se acercó a mí, tocó mi pelo y agregó—: Eres una buena y linda mujer. Te deseo lo mejor, y espero que este terco de Nicolás pueda perdonarte.

—Nunca quise hacerle daño —repuse.

—Lo sé —contestó ella—. Pero le mentiste, y debe sentirse un tonto por no haberte visto antes y haberse dado cuenta. —Secó mis lágrimas con una de las puntas de su inmaculado delantal—. Es hora de pararse y continuar; los señores quieren hablar contigo.

Mi corazón se apretó. ¿Qué más me deparaba ese día? ¿Qué más podía perder? Al hombre que amaba, mi trabajo y mi hombría… Era demasiado.

Entré a la casa y me hicieron pasar al escritorio. Abrí: ahí se encontraba don Ernesto, detrás de un gran escritorio; a su lado, doña Andrea, tan alta y distinguida, y Connie y Ale, sentadas en un sillón a un lado. Me quedé de pie, solté el bolso y me tomé las manos delante de mí.

Ale se paró y cerró la puerta; sonó un ruido sordo que me estremeció.

Sentía que todo mi cuerpo tiritaba. Estaba con mis patrones, dos mundos enfrentados, y yo había osado tratar de conquistar a su heredero. Traté de explicarles a grandes rasgos que no había sido con mala intención y que, sin querer, me había enamorado de Nicolás. La mamá se me acercó y tomó una de mis manos. El papá escuchó todas mis razones y me dijo, muy tranquilo, que lo que conocía de mí avalaba mis palabras. Me contó parte de su historia: a pesar de que su mujer y él habían sufrido por la diferencia de estratos sociales, el gran amor que había nacido entre ambos les había permitido que eso fuera solo un obstáculo. Él había pasado por un periodo muy rebelde y la familia no sabía qué hacer con él; sin embargo, cuando apareció ella, tuvo que cambiar. Ella era tremendamente trabajadora y clara en sus posturas y, a pesar de lo mucho que lo amaba, no permitiría que él desaprovechara la gran oportunidad que la vida le había dado: tenía los recursos, pero le faltaba el amor a la tierra, y ese lo puso ella. La diferencia, en esta ocasión, era la mentira o, mejor dicho, el haber ocultado quién era. Las dos hermanas aclararon que no había existido intención de engañar, que Gatúbela había aparecido en la fiesta solo para y por Francisca, que quizá fue una niñería de las tres, pero que, al ver a Nicolás tan contento, quisieron darle una oportunidad de volver a sentir, y que ninguna quiso herirlo.

Cuando me disponía a responder, volé al lado de Nicolás, que seguramente estaría… estaría… Mi cabeza supo exactamente dónde se encontraba. Salí corriendo sin medir nada —lo único que importaba era él— y me fui al estanque; recorrí cada palmo del lugar hasta que, bajo los árboles, vi su silueta. Me acerqué con temor; lloraba como un niño. Casi podía tocarle el pelo; estiré la mano, pero no lo toqué: no era capaz de soportar su rechazo.

—Nicolás —susurré.

—Déjame —ladró.

—Quiero explicarte, y después, si quieres, me voy.

Asintió.

—Todo lo que te dije es verdad: lo de mi familia, mis padres, mis estudios y mi llegada a Rancagua. Estaba desesperada cuando vi un cartel de la hacienda que decía que necesitaban hombres para el trabajo, y así fue como empecé a ser el Ratón Pancho. Si te interesa, me llamo Francisca Castro. Todo lo que hice y te dije es porque te quiero. —Tomé la cadena que aún tenía puesta, me la saqué y se la puse en la mano—. Si no quieres verme más, no te preocupes; hoy mismo me voy.

Me miró enojado. Me di media vuelta y comencé a caminar. Avancé lo que me parecieron kilómetros, aunque sabía que eran solo metros. Mi corazón pesaba mucho. Al estar cerca de la casa, me sorprendió ver la silueta de Nicolás a mi lado; me tomaba del brazo y seguía caminando con rapidez, sin decir nada.

—¿Nicolás? —pregunté.

—Para ti, señor Nicolás. No eres mi amiga.

—Está bien, señor, pero suélteme.

Pero, a pesar de que traté de zafarme, no lo logré. Al llegar a la barraca, y después de entrar en la ratonera, me dijo:

—¿Quieres trabajo? Aquí lo tienes.

—Pero…

—Serás tratada como uno más de los peones. —Marcó un poco más la última palabra.

—Está bien, señor.

Apreté los puños; no quería llorar, y menos frente a él. Y se fue.

Me senté. Temblaba entera, y mi mente repetía una y otra vez que no quería herirlo. Connie apareció a las dos horas; yo seguía en la misma posición. Al entrar, la miré.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Quiere que te quedes y que seas tratada como los demás, que nada ha cambiado. Está furioso y quiere que lo pagues.

—Bueno, si cree que me daré por vencida, está muy equivocado.

Junto con traerme noticias, me traía ropa vieja de ella y de Ale, que me quedaba muy bien. Me abrazó y dijo:

—Te va a hacer la vida a cuadritos…

—Lo sé.

—Perdona por haberte puesto en este problema; nosotras fuimos las que inventamos todo.

—No me arrepiento. Disfruté de él, lo besé, lo toqué, me dijo palabras lindas, y eso no me lo puede quitar. —Comencé a sollozar otra vez—. Pídeles perdón a tus papás por haber salido así del escritorio; necesitaba hablar con él.

—No te preocupes, ellos te entienden.

Y se fue.