¿Y si te dijera que Dios no creó la naturaleza, sino que Dios es la naturaleza misma?
Claro, el problema con esa idea es que “Papito Dios” desaparece. Ya no tendría sentido rezarle ni echarle la culpa de lo que nos pasa. Se acabarían frases como “si Dios quiere” o “No fue la voluntad de Dios”. Esa mirada implicaría hacernos responsables de nuestras propias vidas, algo que, en nuestra insignificancia, no siempre nos gusta, porque nos obliga a asumir la responsabilidad de nuestras propias decisiones.
En este capítulo me voy a enfocar en dos temas centrales. Haré un breve recorrido por el origen de las religiones, para entender cómo llegamos a donde estamos hoy y, finalmente, les compartiré mi punto de vista sobre qué es Dios y cómo las religiones tienen una aproximación equivocada de lo que es realmente Dios.
## El pensamiento mágico
Según lo que nos señala la arqueología y la antropología, en los inicios de la humanidad —cuando los seres humanos vivían en cavernas— predominaba lo que se conoce como pensamiento mágico. Este consistía en atribuir a los fenómenos naturales, tales como los volcanes, la lluvia, el viento, el calor, el frío o la nieve, características de tipo espiritual.
En este marco, un volcán no era simplemente un fenómeno geológico, sino una entidad viva o un espíritu que se manifestaba; del mismo modo, la lluvia era entendida como otra expresión espiritual presente en la naturaleza. En términos generales, el pensamiento mágico implicaba otorgar un carácter espiritual a todas aquellas manifestaciones naturales que influían en la vida cotidiana de los seres humanos de ese periodo.
Este modo de interpretación resulta comprensible si se considera la ausencia de conocimientos científicos. Ante fenómenos como un volcán que expulsaba lava desde su interior, la aparición de un círculo blanco y luminoso en el cielo nocturno —la luna—, o las variaciones entre períodos de intenso calor y otros de frío extremo, las comunidades necesitaban construir explicaciones que dieran sentido a su entorno.
En ese contexto, la explicación más plausible consistía en la existencia de entidades o fuerzas que controlaban o se manifestaban a través de estos fenómenos naturales. De este modo, el pensamiento mágico no solo funcionaba como una forma de comprensión del mundo, sino también como un mecanismo para enfrentar la incertidumbre y dar coherencia a la experiencia humana. No podemos olvidar que, en esa época, los seres humanos llevaban una vida nómada: perseguían animales para alimentarse y recolectaban frutos disponibles en su entorno. Estos recursos dependían directamente de las estaciones del año, por lo que, aun sin plena conciencia de ello, las comunidades se desplazaban siguiendo esos ciclos naturales.
Esta dinámica evidencia la profunda conexión que existía entre el ser humano y la naturaleza. En ese contexto, no resultaba absurdo pensar que los fenómenos naturales fueran manifestaciones divinas. La naturaleza, en definitiva, era la fuente directa de la vida: los animales proporcionaban alimento, y estos, a su vez, dependían de los pastos que crecían en las praderas. Asimismo, los frutos recolectados complementaban la dieta y aseguraban la supervivencia.
## Las primeras religiones
Después de cientos de miles de años, el ser humano dejó el nomadismo y comenzó a organizarse en comunidades sedentarias gracias al desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales y plantas. Este cambio permitió la formación de asentamientos estables, donde la producción de alimentos dejó de depender exclusivamente de la caza y la recolección.
Este avance implicó también una comprensión más profunda de la naturaleza. Poco a poco, muchos fenómenos naturales dejaron de concebirse como entidades espirituales independientes y comenzaron a concentrarse en un número menor de divinidades asociadas a grandes fuerzas de la naturaleza, como el sol, la luna o el rayo.
Con el crecimiento de estas comunidades surgieron ciudades, imperios y las primeras grandes civilizaciones. Paralelamente, aparecieron estructuras sociales y religiosas cada vez más complejas, con templos, sacerdotes y jerarquías que afirmaban mediar entre los seres humanos y los dioses. La religión también comenzó a responder una de las preguntas fundamentales de la existencia: qué ocurre después de la muerte.
Aunque las distintas religiones desarrolladas en diversas regiones del mundo poseen nombres, relatos y tradiciones diferentes, comparten una transformación significativa: la naturaleza deja de ser la divinidad misma y los dioses adquieren rasgos cada vez más humanos. Surgen así deidades vinculadas a la guerra, la fertilidad, el amor o el poder, e incluso la figura de un dios supremo, reflejo de las propias estructuras políticas y sociales de las comunidades.
En este contexto también aparecen los sacrificios y las ofrendas, concebidos como formas de influir en la voluntad de los dioses para obtener protección, buenas cosechas o prosperidad. La religión deja así de centrarse exclusivamente en la naturaleza y pasa a convertirse en un sistema simbólico que proyecta las preocupaciones, aspiraciones y formas de organización de la sociedad humana.
A pesar de esta creciente sofisticación, las religiones continuaban siendo, en su mayoría, politeístas. El mundo seguía interpretándose como un entramado de dioses, espíritus y fuerzas sobrenaturales que coexistían y daban sentido tanto a la naturaleza como a la vida humana. Los rituales y ceremonias fortalecían estas creencias y contribuían a preservar su continuidad cultural, aunque por sí solos no explican la evolución del fenómeno religioso.
## El monoteísmo lo cambia todo
En este proceso ocurre uno de los acontecimientos más relevantes —al menos desde una perspectiva religiosa y cultural— de la historia de la humanidad: el surgimiento de la idea de un Dios único, que la tradición asocia a la figura de Abraham. Según el relato bíblico, Dios le habla a Abraham y establece con él una alianza, dando origen al monoteísmo.
Sin embargo, más allá del aspecto estrictamente religioso, hay una implicancia de este cambio que considero especialmente profunda y que rara vez se enfatiza: el paso del politeísmo al monoteísmo no solo transforma la manera en que el ser humano concibe a la divinidad, sino también la forma en que entiende la realidad misma.
En los sistemas politeístas, la naturaleza aparece fragmentada. Existen dioses distintos para fenómenos distintos: uno para el mar, otro para el trueno, otro para la fertilidad, otro para la guerra. El universo se percibe como una multiplicidad de fuerzas independientes, muchas veces en tensión entre sí.
Con el monoteísmo ocurre algo radicalmente diferente: por primera vez, el ser humano unifica conceptualmente la realidad bajo un principio único y universal. Lo que antes estaba disperso en múltiples entidades pasa a integrarse dentro de una sola voluntad, una sola inteligencia, una sola fuente originaria.
Y eso, a mi juicio, tiene consecuencias filosóficas enormes. Porque no solo nace la idea de un único Dios: nace también una nueva manera de pensar el orden del universo. La realidad deja de ser un mosaico de fuerzas separadas y comienza a entenderse como un sistema integrado, regido por una lógica común.
Tal vez por eso esta transformación tuvo un impacto tan profundo en el desarrollo posterior de la filosofía, la ciencia y la cultura occidental. La idea de que detrás de la diversidad aparente existe una estructura única y coherente es, de algún modo, una intuición que seguirá reapareciendo siglos después en distintos campos del pensamiento humano.
No hay que olvidar que en Oriente también surgieron corrientes filosóficas —más que religiones en el sentido occidental del término— que, aun sin plantear la existencia de un Dios único, concebían la naturaleza como una totalidad integrada.
Tradiciones como el taoísmo, ciertas corrientes del hinduismo o incluso algunas formas del budismo entendían la realidad no como una suma de elementos separados, sino como una unidad dinámica e interconectada. En ellas, la multiplicidad de fenómenos visibles era vista como distintas manifestaciones de un mismo principio subyacente.
Por lo tanto, la idea de una realidad unificada no es exclusiva del monoteísmo occidental. La diferencia radica en que, mientras el monoteísmo concentra esa unidad en la figura de un Dios único y trascendente, muchas filosofías orientales la comprenden más bien como un flujo, un equilibrio o una totalidad impersonal que atraviesa toda la existencia.
En ambos casos, sin embargo, aparece una intuición común: detrás de la aparente fragmentación del mundo existe algún tipo de unidad fundamental. Y quizás esa búsqueda de unidad sea una constante profunda del pensamiento humano, independientemente de la cultura o de la época histórica.
Creo que, con lo descrito anteriormente, ya podemos dilucidar como han ido evolucionando las religiones. Recapitulando un poco, podríamos decir que venimos de un pensamiento mágico en el que la naturaleza misma era entendida como los dioses. Posteriormente, con la aparición de las civilizaciones, esa visión se vuelve más simbólica, y las representaciones de las deidades comienzan, de alguna manera, a reflejar las estructuras y comportamientos de las comunidades humanas. Por ultimo aparece el monoteísmo que unifica la naturaleza en un solo concepto único e indivisible, algo que siglos después la ciencia tomará como base para intentar explicar el universo.
## Las religiones hoy
Ahora bien, si entramos propiamente en el ámbito de las religiones —como el judaísmo, el islam, el budismo, el cristianismo y muchas otras—, resulta evidente que cada una de ellas posee elementos de verdad y que, sin duda, han realizado aportes enormes a la humanidad. Incluso me atrevería a decir que los grandes profetas y fundadores religiosos fueron, en sí mismos, figuras profundamente valiosas, movidas genuinamente por el deseo de contribuir al bienestar de sus comunidades.
Sin embargo, los herederos institucionales de esas religiones se han transformado, en mayor o menor medida, en algo muy parecido a partidos políticos. Estructuras de poder que, más allá de su dimensión espiritual, terminan administrando lo que yo llamaría “el mercado de la fe”.
En ese sentido, la religión deja de ser únicamente una búsqueda trascendental o ética y pasa también a convertirse en una institución que organiza, regula y disputa influencia sobre las personas y las sociedades.
Para mí, la religión donde esto se vuelve más evidente es la católica. Deberíamos preguntarnos por qué el Vaticano se encuentra precisamente en Roma, siendo que el imperio romano fue el que persiguió más brutalmente a los primeros cristianos.
La respuesta, tiene más relación con la política y el poder que con una cuestión puramente espiritual. El emperador Constantino I comprendió que combatir al creciente movimiento cristiano era una tarea prácticamente imposible. El cristianismo ya había adquirido una fuerza social demasiado grande como para ser erradicada mediante la persecución.
Frente a ese escenario, decidió aceptar el cristianismo e incluso convertirse él mismo. Y aunque tradicionalmente este hecho se presenta como una conversión espiritual, yo tiendo a interpretarlo más bien como una jugada estratégica dentro de un tablero político. Una maniobra de poder orientada a consolidar la unidad del imperio mediante la incorporación de una fuerza social que ya no podía ser contenida desde afuera.
En ese sentido, el cristianismo dejó de ser únicamente un movimiento religioso perseguido y pasó a integrarse dentro de la estructura del poder imperial. Y es precisamente ahí donde, a mi juicio, comienza con mayor claridad la transformación de la religión en institución política.
Otra forma de manipulación que, desde mi perspectiva, resulta profundamente perturbadora proviene de Oriente, particularmente de ciertas interpretaciones de la religión hindú vinculadas al sistema de castas. En este modelo se plantea que cada persona nace espiritualmente en el cuerpo y en la realidad que le corresponden, y que, por lo tanto, no tendría derecho a cuestionar ni intentar modificar esa condición. Lo correcto sería aceptar el lugar que le tocó ocupar dentro del orden social.
Evidentemente, una estructura de este tipo resulta extremadamente funcional para las élites gobernantes, porque transforma la desigualdad en un mandato divino. La promesa es clara: si el individuo acepta obedientemente su condición y no se rebela contra ella, en una futura reencarnación podría evolucionar y acceder a una casta superior.
Puedo comprender que una idea así haya tenido sentido dentro de sociedades desarrolladas hace miles de años, en contextos donde la estabilidad colectiva probablemente era prioritaria para la supervivencia. Sin embargo, observada desde el presente, me parece difícil no interpretarla como una forma sofisticada de control y manipulación de masas.
Eso sí, no hay que desconocer el aporte de las iglesias a la preservación del conocimiento histórico y religioso, al desarrollo de universidades y hospitales, y al arte.
Precisamente por eso insisto en distinguir entre espiritualidad y religión institucional. La espiritualidad, para mí, responde a una búsqueda humana genuina de sentido y trascendencia. Las religiones, en cambio, muchas veces terminan utilizando esa necesidad espiritual como mecanismo de organización, control y poder. En ese punto, dejan de ser únicamente experiencias trascendentales y pasan a convertirse, fundamentalmente, en estructuras políticas.
## Los textos sagrados, el marketing de la fe
En este punto, me resulta importante referirme a los textos sagrados, ya que son la piedra angular de la narrativa de todas las religiones, y ponen como sustento de su credibilidad que es palabra de Dios. Me refiero al Antiguo Testamento, al Nuevo Testamento y al Corán, entre otros escritos religiosos sobre los cuales no profundizaré debido a mi limitado conocimiento. Sin embargo, me llama la atención que, incluso en la actualidad, existan personas con formación académica y alto nivel cultural que continúen interpretando estos textos como relatos históricos literales, pese a la abundante evidencia arqueológica, histórica y científica que cuestiona dicha lectura.
Diversos investigadores sostienen que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento deben entenderse más como construcciones simbólicas, teológicas y literarias que como documentos históricos en el sentido estricto.
En relación a la formación del Nuevo Testamento, desde un enfoque estrictamente histórico y arqueológico, la mayoría de los expertos en cristianismo primitivo coinciden en que el manuscrito más antiguo de los evangelios del que tenemos conocimiento es el fragmento conocido como P52, un pequeño papiro del Evangelio de Juan, que data aproximadamente del siglo II. Además, los códices, Codex Sinaiticus y el Codex Vaticanus, ambos datados en el siglo IV. Dadas estas fechas y la datación de los textos, es muy difícil sostener que los evangelios canónicos sean obra directa de los apóstoles. Más bien, la evidencia sugiere que se transmitieron oralmente durante varias décadas y posteriormente fueron redactados y escritos por comunidades cristianas urbanas, décadas después de la muerte de Jesús. Probablemente basadas en tradiciones apostólicas, testimonios orales y fuentes comunes. Los autores del texto se basaron en esas tradiciones, pero no hay evidencia directa de que fueran los propios apóstoles quienes escribieron cada uno de los evangelios, en definitiva serían mucho más de cuatro los autores y totalmente anónimos.
Desde esta perspectiva, los nombres de Marcos, Mateo, Lucas y Juan no corresponderían necesariamente a los autores reales de los textos, sino a seudónimos destinados a otorgar legitimidad apostólica a las narraciones.
Asimismo, varios estudiosos sostienen que el Evangelio de Marcos fue redactado décadas después de la muerte de Jesús, posiblemente alrededor del año 70 d. C., y que los demás evangelios fueron elaborados posteriormente por comunidades cristianas y escribas vinculados a la tradición eclesiástica.
También se argumenta que muchas de las epístolas atribuidas a Pablo y Pedro habrían sido redactadas o editadas por discípulos posteriores, en un proceso colectivo de construcción doctrinal generando la campaña publicitaria más grande de la historia.
En este sentido, resulta relevante mencionar a Antonio Piñero y Adolfo Roitman, reconocidos especialistas en cristianismo primitivo, quienes sostienen que no existe evidencia histórica concluyente que permita afirmar que los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, hayan sido escritos directamente por los personajes a quienes la tradición los atribuye.
La conformación de los evangelios canónicos no fue el resultado de una decisión instantánea ni de un único concilio, sino de un largo proceso histórico y teológico que se desarrolló durante los primeros siglos del cristianismo. A medida que las distintas comunidades cristianas primitivas crecían y se expandían por el Imperio romano, comenzaron a circular numerosos textos escritos por diferentes autores anónimos, eso explica la diversidad de estilos narrativos, diferencias entre los relatos del nacimiento de Jesús en Mateo y Lucas, cuyas narraciones presentan genealogías, cronologías y contextos distintos. Cada autor relataba la vida y enseñanzas de Jesús según lo que le parecía relevante para la construcción del personaje.
Este consenso terminó de consolidarse hacia finales del siglo IV, especialmente en el Concilio de Hipona y el Concilio de Cartago, donde se ratificó oficialmente la lista de libros que formarían el Nuevo Testamento. Más que “elegir” arbitrariamente los evangelios, estos concilios reconocieron una tradición que ya estaba ampliamente aceptada por gran parte del mundo cristiano. De este modo, los cuatro evangelios canónicos quedaron establecidos como los textos fundamentales para transmitir la vida, mensaje y figura de Jesús dentro de la tradición cristiana. Aun así, fue una selección hecha por hombres, jerarcas de la Iglesia de la época con intereses propios: más que una mano divina, lo que operó fue la voluntad humana.
El propósito de los párrafos anteriores es desmontar una idea profundamente arraigada en el imaginario colectivo: que los evangelios fueron escritos por los propios apóstoles. A mi juicio, esta es una de tantas afirmaciones que solemos aceptar como verdaderas sin detenernos a cuestionarlas ni a verificar su fundamento histórico.
Con la tradición del islam me ocurre algo parecido, se cree que Mahoma recibió el Corán a través de revelaciones divinas transmitidas por el arcángel Gabriel (Yibril en árabe). Estas revelaciones comenzaron alrededor del año 610 d.C., cuando Mahoma meditaba en la cueva de Hira, cerca de La Meca.
La tradición islámica sostiene que Gabriel se apareció ante Mahoma y le ordenó: “¡Recita!”. A partir de ese momento, Mahoma comenzó a recibir mensajes revelados por Dios (Alá) durante aproximadamente veintitrés años. Estas revelaciones fueron memorizadas y transmitidas oralmente por sus seguidores, y después de su muerte fueron recopiladas en el texto que hoy constituye el Corán. En ese proceso no es descabellado pensar que se perdió o se alteró el mensaje original.
Para los musulmanes, el Corán no es un libro escrito por Mahoma, sino la palabra literal de Dios revelada al profeta para guiar a la humanidad, y creo que cualquier lectura literal de un texto sagrado —sea el Corán, la Biblia o la Torá— es, al menos, potencialmente peligrosa.
Hoy en día parece legítimo cuestionar la interpretación literal de ciertos episodios sobrenaturales, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y del Corán, y su supuesta condición de manifestaciones de lo divino.
Relatos como las plagas de Egipto, el arca de Noé, Moisés separando las aguas, David venciendo a Goliat o la historia de Adán y Eva pueden entenderse mejor como construcciones míticas destinadas a transmitir enseñanzas religiosas y morales. Del mismo modo, los milagros atribuidos a Jesús —caminar sobre las aguas, multiplicar los panes y los peces, devolver la vista a los ciegos o resucitar a Lázaro— podrían interpretarse como recursos simbólicos orientados a engrandecer su figura y consolidar su dimensión espiritual y mesiánica.
Desde esta mirada, la Biblia no perdería necesariamente su importancia, sino que cambiaría la manera de aproximarse a ella: no como un registro histórico literal, sino como una compleja obra literaria, para vender una idea, es decir marketing puro y duro para el mercado de la fe.
El Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, el Corán y otros textos considerados sagrados se asemejan más a grandes construcciones míticas y simbólicas algo comparable, a La Guerra de las Galaxias, El Señor de los Anillos, que a documentos históricos verificables. Esto no significa negar el valor cultural, moral o filosófico que contienen; por el contrario, es evidente que transmiten ideas profundas y mensajes relevantes para las sociedades para las que fueron escritas.
Vuelvo, entonces, a la distinción entre espiritualidad y religión. La espiritualidad, desde mi perspectiva, pertenece al ámbito íntimo de la experiencia humana: la búsqueda de sentido, trascendencia o conexión con algo mayor. La religión, en cambio, tiende a convertirse en un fenómeno colectivo y gregario, articulado mediante ritos, símbolos y normas compartidas que refuerzan el sentido de pertenencia al grupo.
Y pertenecer a esa colectividad no es algo menor: otorga identidad, protección, seguridad e incluso cierto estatus social, aunque no necesariamente económico. Sin embargo, esa pertenencia suele exigir, como contrapartida, un importante grado de obediencia.
Es precisamente ahí donde vuelvo a conectar con la idea de manipulación y con la noción de estructura de poder.
De hecho, muchas religiones presentan organizaciones profundamente jerárquicas, casi militares en algunos casos. Existen rangos claramente definidos, niveles de autoridad, permisos, prohibiciones y estructuras verticales de mando. Hay quienes pueden interpretar ciertos textos y quienes no; quienes tienen autoridad doctrinal y quienes deben obedecerla. Todo aparece ordenado según jerarquías precisas.
Lo cual me lleva a la siguiente pregunta ¿Dios creó al hombre o el hombre creó a Dios?
Desde la perspectiva religiosa tradicional, Dios precede al hombre. Es el principio absoluto, la causa primera, la inteligencia creadora que otorga existencia y finalidad al universo.
Sin embargo, algunos pensadores —como Ludwig Feuerbach en el siglo XIX— afirman que Dios no creó al hombre, sino que el hombre proyectó en Dios sus propios deseos y perfecciones. Según esta lectura, las divinidades serían espejos idealizados de las necesidades humanas: justicia absoluta frente a un mundo injusto, eternidad frente al miedo a la muerte, orden frente al caos. Dios surgiría así como una creación simbólica destinada a soportar la fragilidad de la existencia.
Quizá el verdadero núcleo de la cuestión no consista en elegir una respuesta definitiva, sino en hacerse la pregunta. Si Dios creó al hombre, entonces la existencia posee un propósito anterior a nosotros. Si el hombre creó a Dios, entonces la divinidad revela nuestra incapacidad de soportar vivir en un universo completamente material.
## Mi amigo personal Baruch Spinoza
Nace en Ámsterdam en 1632 y desarma, casi silenciosamente, la imagen tradicional de Dios que domina hoy en Occidente. Mientras gran parte de la tradición religiosa imagina a Dios como un ser separado del universo —una voluntad trascendente que crea el mundo desde afuera y lo gobierna como un soberano—, Spinoza elimina esa distancia. Su tesis no consiste simplemente en redefinir a Dios, sino en borrar la frontera entre creador y creación, su tesis, es mi tesis.
Cuando afirma: “Deus sive Natura” (“Dios es la Naturaleza”), está diciendo algo radical: no existen dos realidades distintas. No hay, por un lado, un cielo espiritual y perfecto, y por otro, un mundo material imperfecto y pasajero. Existe una sola sustancia infinita, una única realidad absoluta, y esa realidad es lo que llamamos Dios o naturaleza. Todo cuanto existe —las estrellas, los océanos, el cuerpo humano, el amor, el odio, la paz, la guerra, el pensamiento, el tiempo, las partículas subatómicas— serían expresiones de esa misma totalidad.
La potencia filosófica de esta idea reside en que destruye el antropomorfismo religioso. El Dios de Spinoza no ama, no castiga, no premia, no escucha plegarias ni interviene milagrosamente en la historia. No posee emociones humanas magnificadas. Es, más bien, el orden mismo del universo, la estructura infinita de la existencia. La gravedad no sería una ley impuesta por Dios: sería una forma en la que Dios se manifiesta. El electromagnetismo, las galaxias, la evolución biológica y la conciencia humana pertenecerían a la misma trama ontológica.
Por eso su pensamiento resultó tan escandaloso en su época. La religión tradicional depende de cierta separación: Dios arriba, el hombre abajo; alma por un lado, cuerpo por otro; eternidad frente a materia corruptible. Spinoza dinamita esas divisiones. Si todo es expresión de la misma sustancia, entonces mente y cuerpo no son enemigos, sino aspectos diferentes de una única realidad. Lo espiritual no estaría fuera del mundo material: sería una dimensión del mismo fenómeno.
En cierto sentido, su filosofía anticipa intuiciones muy contemporáneas. La física moderna describe un universo profundamente interconectado, gobernado por leyes universales que no distinguen entre lo “sagrado” y lo “profano”. La ecología, por su parte, insiste en que los seres humanos no estamos separados de la naturaleza, sino inmersos en ella. Spinoza parece adelantarse a ambas visiones al negar la excepcionalidad absoluta del hombre. Somos naturaleza tomando conciencia de sí misma.
Sin embargo, hay también una consecuencia existencial inquietante en su pensamiento. Si Dios es la totalidad de la naturaleza, entonces desaparece la idea de un protector personal. El universo no gira alrededor del sufrimiento humano ni responde a nuestros deseos morales. Los terremotos, las enfermedades y la muerte no serían castigos ni pruebas divinas: simplemente forman parte del orden natural. Esto obliga al ser humano a abandonar cierta ilusión de centralidad y hacerse responsable de su propia vida.
Y aun así, lejos de conducir al nihilismo, aquí podemos encontrar una forma distinta de espiritualidad. Entender racionalmente la naturaleza, equivale a acercarse a Dios. El conocimiento no destruye lo sagrado; lo profundiza. La contemplación del universo produce una especie de alegría intelectual: la sensación de ser parte de algo infinito. El hombre deja de ser un súbdito temeroso y se convierte en una expresión consciente de la totalidad.
La visión de Spinoza sigue siendo perturbadora incluso hoy en día porque desplaza la pregunta religiosa clásica. Ya no se trata de “¿existe un Dios?”, sino de “¿puede el universo mismo ser dios?”. Y en esa inversión, el hombre deja de ser una criatura separada para convertirse en una pequeña vibración dentro de una realidad infinita que lo contiene y lo atraviesa.
En definitiva, para mí Dios es el universo. No creo que Dios haya creado el universo; creo que el universo mismo es Dios. Por eso, cuando la ciencia llega a un punto que todavía no puede explicar, aparece la religión y afirma que aquello corresponde a Dios. Sin embargo, considero que esto ocurre porque la humanidad aún está en una etapa muy temprana de comprensión. Con el tiempo seguiremos avanzando, aprendiendo y ampliando los límites de nuestro conocimiento, y esa frontera se irá desplazando cada vez más.
Aun así, probablemente nunca lograremos comprender el universo en su totalidad. Siempre existirá algo más allá de nuestra capacidad de entendimiento, y eso es lo que muchas personas llaman Dios.
Por eso, para muchos, Dios termina representando la incertidumbre frente a la inmensidad y complejidad del universo.
Es similar a lo que ocurría con los fenómenos sobrenaturales en la antigüedad. Cuando se producía un eclipse, algunos sacerdotes afirmaban que el dios del sol se había enojado, por eso se había ido, pero por los ruegos perdonaba a la humanidad y volvía a brillar. Hoy sabemos que se trataba simplemente de la luna tapando al sol. En ese momento, aquel fenómeno parecía una manifestación divina porque no existía el conocimiento necesario para comprenderlo.
Por eso, considero que muchos fenómenos atribuidos a lo sobrenatural no son más que expresiones de aquello que todavía desconocemos.
Dios no es una entidad creadora del universo, sino que es el universo mismo, manifestándose en lo que llamamos la realidad. No existe esa diferencia entre creación y creador, en realidad, son una misma cosa, lo que ocurre es que nosotros le pusimos dos nombres a algo que debería tener un solo nombre, ahí nace la confusión. Pienso que este cambio de paradigma produciría una transformación fundamental. Los fanatismos religiosos tenderían a desaparecer porque nos daríamos cuenta de que no existe un Dios por el cual luchar. En el fondo, todo sería Dios, incluso nosotros mismos.
Como consecuencia, las guerras religiosas perderían su sentido. Pienso que sería un cambio de paradigma poderosísimo para la humanidad entender que Dios no creó la naturaleza, sino que Dios es la naturaleza misma.