La comunicación no es simplemente un sistema de intercambio de información, sino la manifestación misma de la conciencia en el mundo sensible.
Esta idea, en apariencia simple, encierra una complejidad profunda. La comunicación, en su forma más esencial, no se reduce al lenguaje ni a los códigos simbólicos que utilizamos los seres humanos. Más bien, el lenguaje sería solo una de sus expresiones posibles. En un sentido más fundamental, la comunicación sería el modo en que la conciencia se despliega, se hace perceptible y se manifiesta.
En este sentido, la conciencia es el relámpago y la comunicación, el trueno: inseparables en origen, distintos solo en su manifestación perceptible.
Esta idea es radical en tanto no es directamente verificable ni falsable en términos empíricos. Sin embargo, su valor no reside en la prueba, sino en la capacidad de reorganizar nuestra forma de entender lo que significa “comunicar”. Te invito a bajar por el agujero del conejo.
Antes de entrar en materia es importante revisar qué se ha escrito sobre la comunicación.
Entre los estudiosos clásicos, Shannon y Weaver conciben la comunicación como transmisión técnica; Lasswell la interpreta como influencia social; Schramm la entiende como interacción; y Saussure la sitúa en el terreno profundo de los sistemas simbólicos.
Cada modelo refleja también la época en que fue formulado. En la era industrial y tecnológica, predominó la preocupación por la eficiencia informativa. En tiempos de propaganda política, surgió el interés por los efectos de los medios. Más tarde, con el desarrollo de las ciencias humanas, la atención se desplazó hacia el lenguaje y la construcción cultural del significado.
Detengámonos un poco en las ideas de Saussure; él crea la idea de signo lingüístico y plantea que está compuesto por dos dimensiones inseparables:
[align=center]
Signo lingüístico = Significante + Significado
[/align]
El significante corresponde a la forma material de la palabra —el sonido o la escritura—, mientras que el significado es el concepto asociado. Lo revolucionario de su planteamiento es que la relación entre ambos es arbitraria. No existe una conexión natural entre la palabra “árbol” y el objeto real; esa asociación es producto de un acuerdo cultural.
A partir de esta idea, Saussure concluye que el lenguaje no refleja simplemente la realidad: la organiza. Los seres humanos perciben el mundo a través de sistemas simbólicos compartidos. La comunicación, entonces, no consiste únicamente en emitir mensajes, sino en participar de una estructura dinámica de significados colectivos que se genera a sí misma.
Entonces cabe formular una pregunta simple: ¿cómo ocurre ese proceso?
Recordarán que, en el capítulo anterior, planteé la hipótesis de que la conciencia es un ente independiente del sujeto, algo así como un campo, una energía o una entidad con vida propia. Si esa idea fuera correcta, la comunicación sería la forma en que percibimos esa conciencia: su manifestación en el mundo material o sensible.
Cuando hablo de conciencia no me refiero a la conciencia humana ni a la experiencia subjetiva de un individuo. Hablo de la conciencia como un principio abstracto, una dimensión fundamental de la realidad, una presencia que atraviesa el universo en todas sus escalas y manifestaciones. Si esa intuición es correcta, entonces la comunicación no sería otra cosa que la forma en que esa conciencia se hace visible en el mundo sensible.
Pongamos el ejemplo más cercano que tengo: este mismo libro. Mientras lee estas páginas, ocurre un fenómeno tan cotidiano como extraordinario: dos conciencias entran en relación. La suya interpreta estas palabras desde su propia historia, sus experiencias y su manera de comprender el mundo; la mía intenta transmitir, a través de este texto, ideas que nacieron de mi propia experiencia. Sin embargo, ninguno de los dos puede acceder plenamente a la vivencia del otro. Yo jamás podré experimentar lo que usted siente al leer este libro, del mismo modo que usted nunca podrá experimentar exactamente lo que yo sentí al escribirlo.
Y, aun así, algo sucede entre nosotros. Nuestras conciencias se encuentran y dialogan a través de las ideas. Tal vez ese encuentro sea una de las manifestaciones más profundas de la conciencia: la capacidad de trascender los límites del individuo y establecer conexiones que sobreviven al tiempo y a la distancia. En este preciso instante, aunque nunca nos hayamos visto y probablemente jamás lleguemos a conocernos, existe un puente invisible entre su mente y la mía. Ese puente no está hecho de palabras ni de tinta, sino de significados que viajan de una conciencia a otra.
Si la hipótesis del capítulo anterior es correcta, este libro no sería simplemente un conjunto de páginas impresas, sino un vehículo mediante el cual la conciencia se expresa, se desplaza y continúa su recorrido. Cada idea que usted comprende deja de pertenecer exclusivamente a quien la escribió y pasa a formar parte de quien la recibe. A partir de ese momento, la idea cambia, evoluciona y adquiere nuevos matices al mezclarse con su propia experiencia. De alguna manera, mi conciencia ya no es exactamente la misma después de escribir estas páginas, y la suya tampoco será exactamente la misma después de leerlas.
Pero el proceso no termina aquí. Si en algún momento usted comparte una de estas ideas con un amigo, con un hijo, con un colega o incluso con un desconocido, esa conexión se extenderá mucho más allá de nosotros dos. Una conciencia influirá en otra, y ésta, a su vez, influirá en muchas más, formando una red con vida propia, de relaciones que crece silenciosamente con cada conversación, con cada reflexión y con cada nueva pregunta. Quizás la historia de la humanidad no sea otra cosa que el inmenso entramado de esas conexiones invisibles, donde millones de conciencias se transforman mutuamente a través del intercambio de ideas.
¿Por qué pienso así? Porque, hasta ahora, no he encontrado una explicación que me resulte más coherente para comprender el fenómeno de la comunicación. Es, sencillamente, la idea más razonable a la que he llegado.
Además, todo aquello que entiendo por comunicación parece exceder con creces al ser humano e incluso a los seres vivos. Tengo la intuición de que la naturaleza entera, y quizá el universo completo, se comunica. No necesariamente mediante palabras, símbolos o señales como las entendemos nosotros, sino a través de procesos mucho más profundos y complejos que aún no sabemos reconocer como comunicación.
Si ampliamos nuestra perspectiva, incluso podríamos interpretar la fotosíntesis como un proceso de comunicación entre las estrellas y los vegetales. La energía emitida por el Sol es recibida, transformada y convertida en vida. Desde esta mirada, la comunicación deja de ser un intercambio de información y pasa a ser el mecanismo mediante el cual la realidad se relaciona consigo misma.
Por eso me atrevo a sostener esta idea con cierto desparpajo. No porque crea haber demostrado una verdad, sino porque la encuentro filosóficamente fecunda. Quien la rechace tendrá razones para hacerlo; quien la acepte, probablemente encontrará una nueva manera de mirar el mundo.