El cruce de los Andes


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San Alfonso había quedado atrás, como también el pavimento asfaltado, la tierra apisonada con piedras de huevillo crujía bajo las ruedas del poderoso Jeep, la primavera proporcionaba los aromas de una reciente lluvia y de las últimas flores y arbustos que desafiaban la altura. Un poblado de rústicas y resistentes cabañas cercanas a la localidad…

San Alfonso había quedado atrás, como también el pavimento asfaltado, la tierra apisonada con piedras de huevillo crujía bajo las ruedas del poderoso Jeep, la primavera proporcionaba los aromas de una reciente lluvia y de las últimas flores y arbustos que desafiaban la altura.

Un poblado de rústicas y resistentes cabañas cercanas a la localidad de San Gabriel y vecino del majestuoso lago del embalse El Yeso se enmarcaba en el vibrante parabrisas del todoterreno. Dos figuras recias, vestidas con la singular mixtura de tenida huasa y gaucha, perfectamente adaptada para las largas cabalgatas de los arrieros, se acercaron exhibiendo cordiales sonrisas y extendiendo cachos rebosantes de burbujeante mosto tinto y tachos metálicos de fresca agua.

Nicolás e Isaac bebieron un sorbo del mosto y abundante agua.

“Todo listo, patrón”, la gruesa voz de Remigio, uno de los arrieros, exclamó, señalando a dos robustos caballos y dos mulas ya cargadas con todos los implementos necesarios, bestias muy fuertes y baqueanas.

Frente a la *troupe* un asno, también fuerte y animoso. “¿Y el arriero guía Bartolo del que tan bien me habló?”, inquirió Isaac.

Un índice seco y rugoso señaló al burro, “él es Bartolo, nadie conoce mejor la ruta que él, ha guiado por años a distintas expediciones.”

Bartolo, un hermoso asno, equipado con dos alforjas portadoras de avena para su consumo, rebuznó con entusiasmo pronto para iniciar la marcha. Isaac miró a los arrieros escudriñando una señal de mala broma, pero la seriedad sonriente y amable de ambos no terminaba de convencerlo.

Remigio hizo traer su baqueano potro Azabache, que hacía honor a su nombre brillando su negrísima figura al refulgente sol andino del mediodía.

La expedición emprendió la marcha, Bartolo a la cabeza, en último lugar Remigio, quién accedió a acompañarlos por un día para obtener la confianza de los dubitativos citadinos. Remigio, a la retaguardia, con toda tranquilidad, lió un cigarrillo y con su gruesa voz, producto del humo y de las frías inclemencias por años soportada en cientos de excursiones montañosas, comentaba lo lindo que estaban los cerros al ser recorridos por los riachuelos y peinados por las cascadas productos del deshielo primaveral. El jumento hábilmente elegía los lugares de firme suelo, donde los caballares podían pisar con seguridad.

De pronto Bartolo se petrificó, quedó súbitamente inmóvil, emitiendo un rebuzno agudo, fraccionado con cortas intermitencias de jadeo controlado; la *troupe* se detuvo al instante. Un minuto no acababa de transcurrir, cuando un bramido monstruoso rasgó los aires prístinos y tenues. Unos cuarenta metros adelante, cayó una trepidante avalancha de rocas, trozos de afilados hielos y toneladas de tierra gélida. Remigio con sonrisa triunfal y burlona acercó a Azabache a las nerviosas cabalgaduras de los patrones y los miró con sorna. ¿Se imagina, doctor, si otro arriero hubiera guiado al grupo?

Isaac, trémulo, observando a Bartolo reemprender la marcha con toda seguridad, ya no albergó duda alguna. Todos los sentimientos desembocaban ahora en un profundo caudal de admiración hacia ese especial burrito que se detenía en una veranada de abundante pasto rodeada de amenazantes riscos y surcada por un riachuelo de frescas aguas. La marcha había terminado por ese día, el guía señalaba el lugar del primer campamento.

Remigio hábilmente armó las carpas, prendió fuego y puso a asar verticalmente una pierna de cabra que venía semi congelada en una alforja impermeable, junto con otras presas de pollo y carne de vacuno.

La avalancha había proporcionado trozos de hielo que complementaron el que se traía en la alforja. Algunos tomates y cebollas rebanados a la chilena acompañaron el exquisito asado. Esta vez el tinto se consumió sin remilgos.

Bartolo, los caballos y las mulas pastaron en los jugosos prados de la sombreada veranada, bebieron del cantarín riachuelo y cubiertos con abrigadores mantones se acercaron a la fogata para dormir.

La enorme silueta del Aconcagua se situaba a la izquierda de Isaac mientras este dirigía la mirada hacia los macizos montañosos, aún semi cubiertos de nieve del oriente, luego se introdujo en el saco de dormir y durmió al instante.

El tintineo de las tazas metálicas, las chocas, despertaron a Isaac y Nicolás. Remigio ya preparaba el desayuno con frescas tortillas de rescoldo, trozos de asado de la pierna, leche, mantequilla, té y café y por si fuera poco, algunas frutas frescas. Se levantó el campamento, atentos Nicolás e Isaac tomaban nota de las acciones y el orden de carga que administraba Remigio.

Un aseo en el gélido riachuelo, ya cargadas y en orden las alforjas, rebuznos impacientes de Bartolo. La brillante negrura de Azabache devolvía los nacientes rayos solares y sobre él, agitando la mano se despedía Remigio con su gruesa y atronadora voz, riendo, “que les vaya bien amigos, están en buenas manos, quiero decir patas”.

Bartolo rebuznó alegremente celebrando la ocurrencia y las emprendió decidido y seguro hacia los macizos orientales, sin caminos, sin senderos, sólo vericuetos que él conocía.

Se reanudó la marcha, escabrosa, el ascenso se tornaba interminable, 3500 m, 4000 m, 4500 m, las cumbres se veían al alcance de la mano, pero al alcanzarlas aparecía porfiadamente otra, entre vertientes de cascajos y trozos de hielo, productos de los frecuentes derrumbes que Bartolo detectaba con anticipación manteniendo sus orejas elevadas y mirando a un lado y otro hacia las alturas de las cumbres amenazantes. Recogían los pedazos de hielo y los introducían en las alforjas impermeables para la mantención alimentaria.

Completaban ya seis horas de cabalgata, nunca superaban esa jornada, cuando se despejaron un tanto los riscos y apareció un vallecito encantador, se podría decir otra especie de oasis de verdor, pastizales crecidos rodeando una laguna de apreciable extensión, nutrida por una cascada que luego de peinar una pulida roca, caía desde unos veinte metros de altura a las quietas aguas que la recibían con agitado alborozo de sonoridad musical continua.

Ya aprendidas las lecciones, Isaac y Nicolás armaron rápidamente el campamento, atendieron a los animales, los regalonearon con ricas zanahorias además de avena, los cepillaron, libres de las monturas, muy merecidas prestaciones mientras engullían los jugosos pastos.

El doctor y su hijo armaron las cañas plegables, amarraron moscas grises amarillentas, imitando los insectos que zumbaban por ahí y, ¡sí!, en la laguna Los Patos saltaban numerosas truchas, pequeñas pero muy vigorosas. Al poco tiempo de iniciar el casting, posando delicadamente los livianos señuelos en la superficie, recibieron fuertes piques.

Cuatro truchas se asaban en la parrilla al lado de otro gran trozo de carne, el sol ya se escondía y el frío penetraba, los caballares provistos de sus mantones, ya saciado su apetito y sed, se acercaron al fuego para dormir.

Un rebuzno sordo, intermitente, grave y la mirada fija, clavada en una roca, a unos pocos metros se erguía la imponente figura de una hermosa puma, Bartolo no la perdía de vista. Isaac devoraba la carne asada y las deliciosas truchas, la luminosidad lunar era impecable, todos los detalles de la escena se destacaban con precisión; Isaac de muy pequeño estaba familiarizado con los pumas. En esta oportunidad inmediatamente observó los pezones abultados y la mirada implorante de la colosal felina que no apartaba la vista del trozo de asado. Tendió la mano ofreciendo el asado, la puma lo recibió con suavidad y lo masticó ahí mismo, sin huir, mirando al doctor con gratitud inmensa. Nicolás aportó otra pieza de exquisita carne que la felina llevó hacia una cueva vecina donde la esperaban dos retoños, bolas gordas de pelos de conmovedora belleza.

Esa noche todos los protagonistas durmieron ahítos.

Tres jornadas más transcurrieron en tranquilas cabalgatas de unas seis horas, marcadas por el genial borrico, admirando el bello y amenazador mundo andino con sus tonos plomizos, azulosos, trepidantes, acelerados riachuelos, espumosos y cristalinos, ya bajando, 4500 m, 3500 m, 2000 m, río Tuyuran, campo la Horqueta, El Paisano con sus cabañas estilo Suizo. San Carlos. En esta localidad, nuestra tropilla se encontró con otra, numerosa, guiada por gauchos, quienes recibieron con ruidoso alborozo a Bartolo y comitiva. Los turistas admirados no podían creer las virtudes del jumento, el arriero guía más famoso; alemanes, italianos y otros se fotografiaban junto al noble asno que se dejaba querer y agradecía las golosinas obsequiadas.

Se acampó ahí, asado nocturno muy regado, baile y entusiastas acercamientos con encendidas turistas europeas, que la categoría de este relato no me deja detallar por ser su lectura apta para todo lector.

Con el cuerpo un poco cortado y un hacha enterrada a medias en la cabeza, se continuó la marcha bordeando por el lado norte el hermosísimo embalse Potrerillos, sus aguas de intenso color verde azulado relampagueaban al rebotar los rayos solares del mediodía en sus pulidas aguas, tal cual un lapislázuli chileno.

Bordeando el río Mendoza arribaron a la Hacienda Blanco Encalada, destino final de la expedición transandina, ya bordeando Mendoza, lugar donde recibieron al conocido Bartolo, los caballos y las mulas, los bañaron los cepillaron y alimentaron, cuidados más que merecidos. Una linda y joven burrita, muy dispuesta, esperaba para ser cortejada por nuestro guía. Bartolo prestaba este servicio con todo entusiasmo, el que era adecuadamente remunerado a Remigio, las crías procreadas por el genial asno adquirían mucho valor, en la esperanza de una preciosa herencia.

Isaac y Nicolás se alojaron en un buen hotel mendocino, repusieron fuerzas por algunos días y compraron vituallas y alimentos necesarios para el retorno.

Ya de vuelta, las cabalgaduras muy repuestas, gorditas, marcaban el paso por la ruta exactamente opuesta, señalada por el cuadrúpedo guía.

El verde azulado Potrerillos los despidió con sus reflejos enceguecedores y desandaron el camino siempre firme, ascendentes por los intrincados vericuetos y cornisas encumbradas miles de metros serpenteantes, talladas por las aguas y vientos en las verticales, pétreas paredes cordilleranas.

Y así, luego de un par de campamentos, llegaron a la hermosa veranada de la laguna Los Patos, se repitió la pesca de truchas, el levantamiento de la carpa, la atención de las cabalgaduras y en los momentos de preparar el asado con grandes trozos del exquisito bife de chorizo argentino, se escuchó fuerte y claro un ronroneo potente.

Y ahí estaba mamá Puma con dos lindos cachorros, ya creciditos, fuertes y juguetones. Isaac y Nicolás les obsequiaron grandes piezas del sabroso churrasco que comieron con gran apetito.

Muy temprano, los caballares, las mulas y el borrico, con mucho brío y entusiasmo emprendieron una alegre marcha de regreso a casa. En lo alto de una negra y pelada roca, recortadas por el sol naciente se perfilaban nítidamente tres figuras felinas, dos pequeñas y una alta y majestuosa, sus bellos ojos dirigían una triste y agradecida mirada de despedida hacia la expedición que se perdía hacia el poniente.

Casi al galope la tropilla hizo su entrada a los corrales de San Gabriel, el sol se ponía y Remigio con su grupo de arrieros brindaron una cordial y entusiasta bienvenida al fatigado grupo. Aseo, comida opípara, buenos mostos chilenos, relato pormenorizado de todas las vicisitudes y aventuras de la expedición, entre carcajadas y saludes interminables, baile de cuecas y guarachas con lindas huasitas, alertadas con anticipación de la llegada de jóvenes jinetes con más de veinte días de faenas cordilleranas, recién bañados y comidos. Un sorprendente conjunto de arpa guitarras y acordeón ejecutada por Remigio, ronca y principal voz del coro, hacía bailar a toda la concurrencia, alegría y jolgorio desbordante.

El parabrisas del Jeep enmarcaba el portal del ingreso a Río Puelito; Saltarín relinchaba gozoso sacando la cabeza por los palos de la reja, a las espaldas de Isaac y Nicolás, muy a lo lejos se dibujaba entre brumas el colosal Aconcagua.

## Tatal, el hombre del lago