Viña del Mar, qué hermosa ciudad, el Dr. Isaac Levin ejercía su especialidad en su consulta, ubicada en el centro de la ciudad jardín, alternando con horas de atención en hospitales públicos, muy dedicado a los pacientes más necesitados y de humilde condición. Se casó y tuvo un hijo, su vida transcurría apacible, todo lo apacible que se pueda concebir en el ejercicio de una profesión plena de exigencias.
Pero Isaac añoraba los aromas, el ruido trepidante de los caudales raudos, profundos, de los bosques y del Río Puelo, de manera que adquirió unas ochenta hectáreas de un terreno próximo a Quintero con una pequeña laguna inserta en un extremo y nutrida por una vertiente de permanente y cristalino caudal, tributaria de las quebradas del cerro Mauco. Nacía Río Puelito.
En efecto, las compuertas se abrían y las prístinas aguas de la laguna corrían por un canal labrado serpenteante, por somera pendiente, recorriendo en sus ondulaciones todo el terreno, beneficiándose con generoso y frecuente riego. El bosque plantado con crecidos árboles autóctonos sureños brindaba sombra a los copihues y multitud de flores multicolores australes. Abundantes pastizales pintaban de un verdor eterno las tierras feraces. Saltarín, ya un hermoso potro de 26 años, recién instalado, disputaba la jefatura territorial con un gigante guanaco, su hembra y un retoñito; en verdad, se masticaban pero, no se tragaban. Varios caballos, algunas vaquitas, cuatro huemules, gallinas y una bandada de tricahues, completaban la dotación de Río Puelito.
La pérdida del fundo sureño, Isaac la había compensado creando una réplica en miniatura de su tierra natal. Bellísimo fundito con los aromas y colores del salvaje territorio de la frontera austral. No saltaban los grandes salmones, pero sí pululaban muchos y sabrosos pejerreyes.
Así es Río Puelito, mágico lugar que tuve la fortuna de conocer, porque han de saber que el Dr. Levin es mi gran y dilecto amigo.
En ocasiones, el doctor montando a Saltarín y acompañado por su hijo Nicolás, diestro jinete también, subían al cerro Mauco y desde ahí en día despejado, podían ver la majestuosa cumbre del Aconcagua. Ahí se fue gestando la embrionaria nueva aventura, de rápida evolución, que inquietó sin tregua en adelante el alma expedicionaria de Isaac.