Sumergidos en esa rara atmósfera chilota, a veces casi irreal de multicolor presentación, con plomizas eternas maderas de alerce cortadas en simétricas plaquetas, dando forma a viviendas de singular arquitectura, algunas de clara influencia alemana, la mayoría con ese estilo asimétrico, dobladas. Ese color plomizo, anémico del imputrescible alerce decorado por rosales de vívidos colores. Viviendas ladeadas, incurvadas sus paredes por años, resistiendo el desplome, azotadas por vientos y tempestades inclementes.
Los palafitos de Castro, casitas como las descritas balanceándose sobre precarias pértigas clavadas en el fangoso lecho marino, cubiertas y desnudadas, alternando con las aguas de la oscilante marea, que en esas latitudes llega a más de 6 metros de diferencia.
Zigzagueante ruta de angosto camino nos condujo finalmente a la bahía hermosamente protegida del puertecito deportivo Chendid, donde nos esperaba su creador y propietario Sr. Bannister.
El Sr. Bannister, alemán que muy joven llegó a Chiloé, se enamoró de la zona y con mucho esfuerzo y dedicación, creó un puerto deportivo en la hermosa bahía protegida de Chendid. Este señor navegante experto en veleros vio en esta naturaleza exuberante de la costa oriental de la isla, el lugar ideal para montar una equipada marina para alojar a veleros que llegaban de Europa y a las embarcaciones nacionales que deseaban surcar las encantadas aguas del mar interior de Chiloé.
Como Capitán de Puerto debía autorizar los zarpes y arribos. Simpático, acogedor, nos recibió y con una actitud contrita y preocupada, le relatamos nuestra desventura entera en la que nos fue birlada la radio, enseres de aseo, camisas, calzoncillos, etc. “Bueno”, rió Helmut, que así se llamaba, “sin radio se puede navegar, pero la falta de calzoncillos es una pérdida severa”. A renglón seguido, desenrolló unas cartas de navegación de la zona y con una regla nos señaló distintas posiciones donde figuraban islas, canales profundidades, faros, rocas, balizas.
Helmut nos examinaba con cordialidad, pero con firmeza y acuciosidad.
Transcurrió una hora intensa y nos pidió revisar el Popeye y su equipamiento. También habían desaparecido mis credenciales de Patrón de Bahía y Costero.
Se manifestó conforme con nuestro equipo y nos vendió a precio muy razonable algunos elementos que nos faltaban. “Los celulares son más eficientes que las radios”, nos comentó y quedamos de mantener contacto tres veces al día, dando posición, novedades y proyecto de navegación para las próximas 8 horas. Llevábamos un equipo para cargar los celulares con energía solar y un buen GPS Garmin. Botamos el Popeye al agua; ya levantado el mástil, maniobra que nos agotó y que hacía jurar entre dientes a Ignacio que jamás me volvería a acompañar.
Bannister examinaba a los capitanes y tripulación antes de autorizar el zarpe. Comentaba que era increíble la cantidad de tripulaciones ignorantes que intentaban hacerse a la mar poniendo en riesgo sus vidas. Él no lo permitía como autoridad marítima que era. ¡Yaaa!