Pusimos en marcha el motor de 25 HP en neutro y tensamos la escota de la mayor y del foque con suavidad, el viento leve que provenía del sur-oeste nos separaría del muelle y nos impulsaría avante con la orza ya bajada. Y así sucedió, el Popeye dio un tirón, gimieron las escotas al tensarse, como sacudiendo la pereza largamente acumulada y rompiendo las aguas con su aguzada proa, se lanzó a navegar ya apagado el motor, con solo la energía del viento aprovechada por la técnica depurada a través de miles de años.
Navegábamos a unos 8 nudos (unos 15 km/h), plácidamente entibiados por un sol que a ratos se escondía tras las lanosas nubes cúmulos nimbos. Rumbeábamos hacia el oriente, 11 am, tirados sobre las colchonetas de cubierta, silencio absoluto, solo el surcar de las aguas y el deslizar del viento al acariciar las velas. Relajación y goce total. La marina Chendid desaparecía tras la popa. La Isla Lemuy por estribor y el Garmin nos señalaba el rumbo directo a la isla Chaulinec.
Los delfines ya saltaban por proa y a nuestros costados, con su agilidad y alegría acostumbradas; habíamos pescado unos jureles y sierras y les convidábamos presas que cogían en el aire, agradecidos entre una ruidosa algarabía.
De pronto, silencio. La manada de delfines desapareció. Una aleta dorsal colosal emergió por estribor, justo al lado nuestro y sentimos un empujón que nos aterró. Cinco toneladas de orca macho se apretaban contra nuestro casco de apenas tonelada y media. Sacó su negra y brillante cabezota y exhaló con fuerza, bañándonos con su lluvia respiratoria. Apoyó la mandíbula sobre la borda y abrió la inmensa fauce poblada de dientes. No podía ser más expresivo el marino rufián. Le dimos las presas de jurel que nos quedaban, gozoso nos brindó saltos y volteretas que nos empaparon, incluso dejó que le acariciáramos la cabezota. Se fue tal como había llegado. Volvieron los delfines y retomamos nuestra navegación ideal a la cuadra hacia Chaulinec.
La prueba había sido exitosa y aventurera, viramos por avante, con la suavidad y seguridad propia de esa virada y retornamos al muelle de la bahía Chendid.