Antes de embarcarnos y en vista que el pronóstico era de probable temporal, fuimos a una Feria de Castro. Se trataba de una feria costumbrista, artesanías, tejidos de pura lana, gastronomía chilota, orquesta y baile. Brillaba el sol entre nubarrones, soplaba un viento gélido que no dejaba subir el termómetro a más de 11 grados Celsius.
Los castrinos en camiseta, muertos de calor. Bellas jóvenes chilotas en blusas con un hombro al aire y atrevidos escotes nos invitaron a bailar en la pista de tierra endurecida, al compás de la banda local que interpretaba corridos mejicanos; también levantamos tierra y zapateamos cuecas chilotas cantadas a voz en cuello por el conjunto folklórico, hartos aros y brindis con la exquisita chicha de manzana.
Luego enfundados en nuestros chaquetones, hasta con bufandas, continuamos nuestro recorrido entre la apretada y variopinta concurrencia.
En un stand, una vieja y apolillada mesita exhibía unos vistosos tromen, instrumentos que se sujetan entre los dientes, un alambrito asoma fuera de la boca, el que se pulsa y da origen a las notas de un timbre muy especial y atractivo. Pregunté al mapuche que atendía y él, muy solícito y amable, se echó un tromen a la boca e interpretó un aire indígena muy bello la verdad. Me apresuré a indicar otro instrumento, el feriante se sacó el tromen de la boca del cual colgaban siruposos hilos de baba y agarró el que yo señalaba, sepultándolo en su sonriente y parcialmente dentada boca, seguro de tener un cliente atrapado. Luego de interpretar otra pieza con las comisuras labiales inundadas de viscosa saliva que pendía en espesos cordones ondulantes que no se decidían a cortarse ni menos a caer, me lo ofreció limpiándolo parcialmente con la manga. No compre ningún tromen.
El frío reinante, las cuecas chilotas y la caminata nos abrió el apetito, así es que nos dirigimos hacia unas ramadas difuminadas por el espeso humo que las rodeaba.
En un patiecito fuera de la ramada, un grupo de señoras de mediana edad con el cabello tomado con vistosas telas como turbantes, se afanaban alrededor de un cilindro de madera que, acostado con un ánima de fierro sujeto por ambos extremos, se lo hacía girar con parsimonia sobre un bracero de ardientes ascuas, ellas adosaban al cilindro capa por capa, masa a la que incrustaban trozos de cerdo, hígado, piel, intestino, patas, en fin, todo lo que pudiera ofrecer el sacrificado animal. Sebo en crema, manteca, eran adosados sobre la superficie brillante, además de pedazos de pollo. Con unas raras y goteantes jeringas de madera, lanzaban chorros de grasa y aceite que, con singular puntería, contribuían a engrosar aquella bomba grasienta. Se estaba dando forma a la “Chochoca”, plato chilote al que la población tiene especial afecto, casi devoción religiosa.
Como habíamos alternado amistosamente con las damas cocineras y otros paisanos que esperaban con tenedores y cuchillos en ristre el gran momento, todos deseaban que los acompañáramos en la degustación, nos miraban con ojos expectantes. Y el momento llegó. Todos blandiendo platos y servicios se precipitaron sobre la maloliente masa. Nos sirvieron unos gigantescos y chorreantes cubos trémulos blancos amarillentos. Retumbaban las dentelladas triturando aquel manjar chilote.
Cortamos un pedacito y con mucho cuidado y temblorosa mano, lo llevamos a la boca. Todos nos miraban y alzaban las copas brindando, disfrutando de antemano la expresión de satisfacción que iluminaría nuestras facciones al probar tan exquisito manjar. El sabor más horrible, más pegajoso, más indescriptible que jamás haya azotado nuestro paladar y papilas gustativas se hizo presente. Lágrimas se asomaron a nuestros ojos y lágrimas corrieron por nuestras mejillas. Todos felices y conmovidos interpretaron estas reacciones como las demostraciones más genuinas de la exaltación culinaria que provocaba la sublime chochoca.
Las náuseas ruidosas, nuestra mirada amarillenta, las convulsiones que experimentamos los alarmó y se precipitaron a auxiliarnos. Vomitando a diestra y siniestra huimos a todo correr y no nos detuvimos hasta casi llegar al hotel. Maldita chochoca. Hay que nacer chilote.