CUENTOS DE BATA BLANCA


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# El iriólogo Iniciadas mis actividades como médico cirujano, llegué a parar en una consultita en Quillota, dos tardes a la semana. Me iba pésimo, nadie me conocía allá y los pediatras tenían un cirujano infantil al que le enviaban todas las Interconsultas, pasaba esas tardes leyendo el diario. El centro médico tenía un cafecito…

# El iriólogo

Iniciadas mis actividades como médico cirujano, llegué a parar en una consultita en Quillota, dos tardes a la semana. Me iba pésimo, nadie me conocía allá y los pediatras tenían un cirujano infantil al que le enviaban todas las Interconsultas, pasaba esas tardes leyendo el diario.

El centro médico tenía un cafecito y en una oportunidad se acercó a mi mesa un viejo, Dr. Sahumat le pondremos, envuelto en el azuloso humo de sus Gitanes preguntó, «¿puedo acompañarlo doctor?»

Pidió un café muy cargado, no cesaba de fumar, prendía un pucho con la colilla del otro. «Vengo a tomarme un café y fumar un rato tranquilo», me confesó. El Dr. Sahumat era iriólogo, sus pacientes llenaban la sala de espera y salían en apretada fila hasta la calle.

Demás está decir que el gremio no lo quería nada, lo apostrofaban de charlatán, sofista, sinvergüenza y otros epítetos varios; los pacientes lo adoraban y venían desde muy lejos a verlo. Trabajólico, atendía incansablemente a una enorme cantidad de pacientes.

Le caí bien parece, coincidíamos en la hora del té y me obsequiaba exquisitos dulces árabes que extraía de un grasiento cartucho de papel que traía de la casa, no los compraba ahí.

El caballero, la verdad era bien simpático, culto, muy viajado, ejercía la medicina general y en una oportunidad me convidó a que conociera su consulta. Era un recinto impecablemente aseado, con dos eficientes secretarias Tens para procedimientos menores.

Muy equipado para examen, que en el corto lapso que permanecí ahí pude apreciar cómo hacía una completa y profunda anamnesis y un riguroso y acabado examen físico, todo impecable y completo en que se apreciaba enorme experiencia y erudición médica.

En un anaquel aprecié unas diez lupas desde la más pequeñita hasta una monstruosa de unos 20 centímetros de diámetro.

Durante los frecuentes breaks nicotínicos el viejo colega, muy locuaz y extrovertido me comentaba sus frecuentes viajes a París, ciudad que le fascinaba y donde en la Escuela de Medicina de Marie y Pierre Curie, ubicada en el legendario e inmenso hospital de La Salpetriere, pasaba las mañanas visitando enfermos. Su perfecto francés me impresionó, así como su dominio del inglés e italiano.
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Todo partió una mañana parisina cuando se acercó a la Escuela de Medicina Marie y Pierre Curie, una de las más prestigiosas del mundo, su fluido francés impresionó gratamente a un jefe de clínica y le permitió participar en las visitas a sala que muy de mañana se realizaban en compañía de profesores, becados, internos y alumnos en general, igual que acá. Este hospital funciona en noventa edificios levantados en treinta y tres hectáreas y abarca todas las especialidades médicas e institutos de investigación relacionados. Entre las múltiples personalidades que trabajaron ahí, cabe destacar a Charcot, el padre de la neuroanatomía, neurocirugía y psiquiatría; a Freud, a la mismísima Madame Curie y muchísimos otros.

Volvamos a las visitas en sala, los profesores se agruparon en torno a una cama en particular, yacía ahí una campesina de los barrios bajos y rurales de los alrededores de París.

Discusiones y ponencias varias, no había claridad ni certeza ninguna.

La paciente, joven, era devorada por la fiebre. Sahumat atravesó con dificultad la densa concentración de blancas batas y se aproximó a la quejumbrosa paciente que le confesó fuerte cefalea y dolores musculares; nuestro doctor constató palidez extrema y al revisar rápidamente el hemograma encontró una importante aneosinofilia. Pidió de inmediato una muestra para hemocultivo, aprovechando el peak febril y aconsejó de inmediato comenzar con terapia en base a cloranfenicol.

Ante la estupefacción de los académicos la paciente mejoró en 48 horas.
Claro, en París nada se sabía de la Fiebre Tifoidea, tan frecuente en Chile, ningún francés se había topado jamás con este cuadro.

En el laboratorio, Sahumat se deleitó cultivando en agua peptonada y caldo lactosado a la
Salmonella Thifosa que bailaba briosa bajo el cubreobjeto del microscopio, asombrando a los colegas franceses. Su prestigio ascendió a las nubes y fue nombrado ayudante de semiología en La Salpetriere. Nada mal para haber nacido en un humilde hogar árabe de La Calera.
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Los frecuentes cafecitos y exquisitos dulces que con sigilo y mirando para todos lados extraía mi doctor del bolsillo, y los relatos llenos de humor y simpatía me fueron acercando cada vez más a él.

Una vez me prestó un maravilloso atlas de semiología francés del que había sido coautor. Al ir a devolvérselo me invitó a examinar a una paciente.

Se trataba de una gorda dama de unos cuarenta años que luego, como de costumbre de ser interrogada acuciosamente, en que destacaban varios episodios de algia abdominal, vómitos biliosos, ictericia y visitas a la posta donde le inyectaban DAP y se le pasaba.

Se pasó a un riguroso examen físico, completo de pies a cabeza, auscultación cardiopulmonar, etc., etc. Al presionar el lado derecho del abdomen, el alarido se sintió hasta en la plaza. ¡¡¡¡Un súper Murphy!!!!.

Luego Sahumat apagó las luces y dejó sólo una, directo a los ojos de la llorosa paciente, y blandiendo con estudiada ceremonia una lupa mediana exclamó con histriónica entonación: «Acá se ve clarito en el iris, mi querida Sara. Ud. presenta una severa inflamación de la vesícula biliar». A renglón seguido pidió una ecografía abdominal y también la derivó a una interconsulta a un cirujano digestivo, para estar más seguros, dijo. La paciente salió entre reverencias adoratrices profiriendo entrecortados grititos de histérico agradecimiento, coreados por la multitud de pacientes que atestaban la sala de espera.

Sahumat me convidó a almorzar al Club Árabe para el día siguiente, donde me dijo me haría un ofrecimiento. Y ante mis demostraciones de asombro por la escena que acababa de presenciar, riendo me confidenció: «Doctor, yo no me la creo, no veo ni un carajo en el iris, Ud. se habrá dado cuenta. Mañana conversaremos sobre mi filosofía de esta cuestión».

En el elegante Club Árabe de Quillota nos recibió un maître muy formal, que nos condujo a una linda mesa que orillaba una especie de riachuelo con cantarina cascada, al más puro estilo de la Alhambra.

Entre hummus, fanakeles y tabilash deliciosos, más costillas de cerdo al Hala mein, con un exquisito Carmenere, esta vez el Dr. Sahumat no hurgó en sus bolsillos en procura de la aceitosa bolsita de los Kebab y me contó:

«De vuelta en La Calera, vestido con el mismo terno con que partí a Santiago, transparente de desgastado, con la misma corbata que al dejarla libre se anudaba sola, con papeles de diario que cubrían los agujeros de los zapatos. Y como equipaje, portador del Diploma de Médico Cirujano y de un hambre crónico. Sentado en la plaza vi cómo se agolpaba la gente para ingresar a la consulta de una compositora y veedora por las aguas.

»Tenía urgencia por trabajar por mi sustento y para compensar en parte los sacrificios en que había incurrido mi modesta familia en mis estudios, tiempo hacía que me había dado cuenta de que las explicaciones científicas y los procedimientos médicos no eran entendidos ni apreciados por el grueso de los pacientes. Lo que sí les fascinaba era la magia, los poderes sobrenaturales de determinadas personas, no era necesario esforzarse en entender los fenómenos científicos y procedimientos médicos. El atractivo de una atención acogedora, cercana, consoladora, brindada por alguien con poderes especiales, con toda seguridad, otorgadas por Dios, era irresistible».

Así que el Dr. Sahumat puso un gran letrero con un ojo enorme y una lupa con su nombre y nada de «Doctor» o «Médico Cirujano», sólo en grandes caracteres: IRIÓLOGO.

Sahumat prosiguió: «Al poco tiempo me llené de pacientes y hasta el día de hoy, como Ud. lo ha constatado, he practicado buena Medicina General, siempre al día con mis estadías en París. He ganado cierto prestigio a regañadientes entre los colegas especialistas a quienes les derivo los casos ordenadamente diagnosticados.

»Y así, sin olvidarme al término de las consultas de hacer la pantomima de la visualización del iris con una descomunal lupa, he atendido multitudes, las he sanado, les he brindado consuelo y cariño, pero ya estoy muy viejo».

Sahumat, envuelto en la azul humareda de los Gitanes, algo agitado y entre toses y carrasperas prosiguió: «He decidido jubilarme. Le ofrezco mi consulta, Ud. tiene mucho ángel, continúe con mi legado practicando Medicina General Familiar, y no olvide las lupas. La gente adora la Magia».

Seis meses después el Dr. Sahumat murió, de cáncer pulmonar desde luego. Asistí a su funeral, inmensa cantidad de personas siguieron la carroza bajo una lluvia de flores. Pocos, muy pocos colegas asistimos, destacaba una inmensa corona de flores enviada por el Hospital La Salpetriere de París y por la École de Médecine Marie y Pierre Curie.

Siempre me quedó la duda de no haber aceptado el ofrecimiento.
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Febrero 2024
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# El gabinete del Dr. Kaplan
En 1968, en el Hospital Naval, el Dr. Jorge Kaplan realizó el primer cardiotrasplante de Chile, sólo seis meses después del primer trasplante cardíaco, llevado a cabo por el Dr. Barnard en Sudáfrica.

Luego de cirugías cardíacas mayores, bypass, reemplazo de válvulas dañadas por prótesis, aneurismas aortotorácicos y, desde luego, los trasplantes cardíacos, se produce un daño sistémico, locomotor y psíquico, por lo que el Dr. Kaplan creó la Fundación Kaplan destinada a la rehabilitación integral del cardiópata.

Y así llegó Alberto, luego de dos cirugías mayores, una a vías biliares muy complicada y dos meses después, aún muy débil, otra a corazón abierto, recibiendo una válvula aórtica protésica más dos bypass safenocoronarios y de mamaria interna.

Tan dañado se encontraba que casi no podía caminar, pero el corazón, totalmente recuperado, latía con juvenil entusiasmo.

Prácticamente a la rastra, con bastón y abrazado de su gentil y amada esposa, ingresó a la Fundación nuestro resucitado amigo, fiel producto de la destreza y magia de nuestros médicos.

Una sonriente y amable kinesióloga lo recibió. Qué buen inicio terapéutico, una sonrisa es el mejor tratamiento inicial.

Numerosas cohortes de cardiópatas de distintas patologías asistían a este centro rehabilitador multidisciplinario. Algunos post cirugía, otros en espera y preparación preoperatoria, un segmento bien numeroso lo constituían aquellos sin esperanza de procedimiento quirúrgico, pero que, con medicación adecuada y metódico tratamiento kinésico, se mantenían en aceptables condiciones cardiovasculares. Cuatro pacientes eran particularmente especiales: tres varones y una mujer, los que esperaban un trasplante cardíaco, como única esperanza de mantenerse con vida.

Cuatro seres humanos que se mantenían vivos en muy precarias condiciones, sus corazones extremadamente deteriorados latían irregularmente, débilmente, impulsando el torrente sanguíneo a trastabillones, amenazando con detenerse en cualquier momento.

«Hola Alberto, ¿cómo amaneciste?», la aguda vocecilla de Luis, optimista, alegre y fraterno como siempre, ya tercera sesión kinésica. Alberto progresaba, caminaba con mayor seguridad. Luis, ochentón, coetáneo del primero, pequeño, delgaducho, estabilizaba con denuedo su precaria función cardíaca con los especiales tratamientos kinésicos reservados a los alejados de toda posibilidad terapéutica quirúrgica. El equipo rehabilitador planificaba distintas disciplinas para cada caso en particular, con inmenso cariño, dedicación y humor. Sus sonrisas eran un regalo permanente y la dedicación, erudición y experiencia proverbiales.

Todos progresaban a ojos vistas, cimentaban una alegre amistad, hasta una excursión de pesca al embalse de Limache se organizó. Todos, menos el grupo en espera del órgano adecuado para efectuar el ansiado trasplante, ellos desmejoraban paulatinamente, los esmerados tratamientos sólo enlentecían un aciago desenlace.

Mario, Julio, Ricardo y Lucía conformaban el cuarteto de palidez progresiva, debilidad creciente y esperanza debilitada. Mario y Julio fallecieron con diez días de diferencia. Lucía y Ricardo continuaron batallando.

Ricardo, un joven de treinta y cinco años, viudo, padre de una niña de cinco años se esforzaba por participar de las alegres tallas que surgían, practicaba similares ejercicios que Lucía, joven delgada, delicada, aún más frágil por su delicada condición, era la regalona del gabinete.

Alberto notó que en ocasiones la iba a dejar un señor, se trataba de su padre y en otras, otro caballero, su padrastro, ambos le demostraban gran cariño. Lucía era hija única, sus padres se habían divorciado, la madre se había vuelto a casar, lo mismo sucedió con el padre, no hubo más hijos. Ella era la depositaria de todo el amor de las parejas, férreo núcleo alrededor del cual giraba en armonía el quinteto de buenas personas.

Rodrigo apareció esa tarde, era la sesión de las 3 PM. Alias el Pichintún, esmirriado, flacucho y alegre paciente, sesentón, lo traía normalmente su hija Clarita, una bonita, graciosa y coqueta morenita. Rodrigo detestaba los ejercicios kinésicos; luego de su cirugía de bypass, quedó con una rebelde secuela mental, cimentaba su vida en recuerdos de sus glorias deportivas juveniles, campeón de los Guantes de Oro de Iquique, tierra de Campeones, donde fue trabajador minero hasta jubilar debido a su cardiopatía. Entrando al gabinete, dotado de todos los elementos para kinesioterapia integral, nuestro Pichintún era provisto de guantes de box, el kine lo ubicaba frente a un punching ball, Clarita hacía sonar una campana y el ex campeón iniciaba una danza alrededor de la bolsa, lanzando jabs, uppercuts, rectos, cumpliendo con la rutina en el tiempo estimado. Cada tres minutos la campana sonaba y Rodrigo descansaba en un sillón. Cuatro rounds bastaban para completar el entrenamiento. Luego de lo cual, el campeón nortino se ubicaba en el centro del gabinete y saludaba, brazos en alto, con reverencias dirigidas a los cuatro puntos cardinales, entre los aplausos de todos los asistentes.

Vladimir Recabarren, alto, enjuto, de envidiable cabellera abundante y sospechosamente negra, voz profunda, arengaba en los descansos a quien quisiera escucharle de las maravillas de la ideología comunista. Se enfurecía cuando le nombraban las carestías y abusos de los regímenes cubano y venezolano. Trataba de convencer que la mejor medicina se ejercía en Cuba, pero, se había operado acá, recuperándose exitosamente. No perdía la oportunidad de discursear exhibiendo facilidades retóricas aprendidas desde su más tierna juventud en el seno de una familia comunista. Absoluto defensor del comunismo como el poder mundial que proporcionaría justicia, bienestar e igualdad a la humanidad toda, atribuyéndole el fracaso de todos los regímenes de esa índole al horrible manejo imperialista ultraderechista fascista.

Impenetrable e inmune a toda discusión razonada, se aferraba a su fe ideológica sin concesiones de ninguna especie, pero, pertenecía y alternaba amistosamente con todos los miembros de esta cofradía sufriente y esperanzada.

Susana, la gordita, pero abundante en firme musculatura, provocaba las envidias de todos al levantar de un envión sesenta kilos. Ya en las últimas etapas de una excelente recuperación, gozaba de las atenciones y piropos de un buen número de admiradores, mantenidos a raya por su marido, enorme y fornido guardia de seguridad que hacía sorpresivas visitas al gimnasio, lanzando amenazadoras miradas que intimidaban a los tenorios.

Alberto debía caminar sus veinte minutos en la cinta, para ello debió levantar a Tatito, el gato que se creía perro, que le encantaba trotar en la caminadora.

Así las cosas, Alberto comenzó su ejercicio. Al lado, corría, a velocidad máxima don Rodolfo, ingeniero, depositario de tres bypass, hacía tiempo que había logrado recuperación completa, pero, seguía asistiendo a ejercicios kinésicos especiales, muy exigentes, corría la media maratón. Y con mucho éxito.

Leru Leru Leru Leru, el ruidoso, acompasado batir de aspas, anunciaba el aterrizaje del helicóptero sobre el Hospital Gustavo Fricke, vecino próximo del Gabinete. Una sirena de ambulancia, se abrieron bruscamente las puertas y apareció el Dr. Pellemonte, anestesiólogo, intensólogo, el ángel guardián, pleno de bondad y sabiduría, Jefe del Equipo de Trasplantes.

Había llegado el corazón para Ricardo.

Un mes más tarde, el Dr. Aránguiz terminaba la operación de trasplante cardíaco a Lucía.
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La parroquia San Benito de Chorrillos brillaba espléndida, multicolores adornos florales recibían los rayos solares filtrados por los vitraux, el coro de niños del Colegio Parroquial se aprestaba, algo nerviosos. Los doctores Aránguiz, Pellemonte y toda la plana mayor de cardiocirujanos en primera fila. Los pacientes del gabinete, vestidos con sus mejores galas, miraban emocionados hacia la entrada. El Padre Tomás atento frente al reluciente órgano de ébano.

El Padre Esteban se ubicó frente al altar.

Ingresó al templo la más radiante y hermosa novia, sonrosada, sonriente, envuelta en volutas de blancas telas, como los pétalos de una rosa, del brazo de su elegante padre. Éste la dejó en el portal y presuroso se dirigió al centro del templo, ahí invitó a otro señor, se ubicaron a ambos lados de Lucía y así, la espléndida novia inició su camino al altar apoyada en sus orgullosos padres. Su mirada se cruzó con la de Ricardo, puente de amor eterno.

Rompió el órgano y el coro con el Ave María de Schubert; Vladimir Recabarren a todo pulmón, con su magnífico registro de barítono, se destacaba con muy buena entonación, llorando como una magdalena.
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Leru Leru Leru Leru, el Teniente Contreras, empuñando firme los comandos posaba el helicóptero sobre el Gustavo Fricke, el equipo urológico de trasplantes ya se lavaba, el paciente recibía anestesia en pabellón.

Un flamante riñón donado por un alma generosa reposaba en su refrigerado cofre.