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# CRUCE EN LA CORDILLERA 1952. Lloviznaba en la localidad de Río Puelo, cerca de Puerto Montt, desaguando en el Seno de Reloncaví, ahí siempre llueve: cuando pasan diez días sin precipitaciones, la gente habla de sequía. Isaac lloraba y sus lágrimas goteaban cayendo en el sumiso ondear de aguas someras del prometedor pozón del…

# CRUCE EN LA CORDILLERA
1952. Lloviznaba en la localidad de Río Puelo, cerca de Puerto Montt, desaguando en el Seno de Reloncaví, ahí siempre llueve: cuando pasan diez días sin precipitaciones, la gente habla de sequía. Isaac lloraba y sus lágrimas goteaban cayendo en el sumiso ondear de aguas someras del prometedor pozón del Río Puelo, cerca de la casona de eterno alerce donde vivía con sus padres y cinco hermanos. Isaac era el menor. A sus tres años, calzando botas de goma, había caminado vacilante por el accidentado terreno del feraz austral territorio. Saltarín, su potrillo chilote, lo seguía de muy cerca, mordisqueando el siempre verde y nutritivo pasto y Lautaro, el gigantesco perro de raza indefinida, guardián fiel y severo, aguzaba la vista en todas direcciones, presto a lanzarse sobre cualquier conato de amenaza, en especial del puma, acechante tras cualquier roca.

Lloraba Isaac, una vez más, de madrugada. Su padre, Isaías, con sus cuatro hermanos mayores, habían partido al galope hacia las extensas llanuras del fundo para las faenas diarias del arreo de los vacunos, miles de gordas reses, y a él le habían encargado el almuerzo. Provisto de dos cañas, ya lanzadas con sus señuelos, sentado en una roca, Saltarín, cargó suavemente su cuello en el hombro del niño, quién sobre su lomo ya era un diestro jinete; Isaac cabalgaba mejor de lo que caminaba. Distraído mirando el arcoiris, de pronto, un salvaje tirón lo catapultó hacia las aguas, luchando fieramente con el enorme Chinook que saltaba sobre las espumantes aguas; Lautaro, firmemente asido a los pantalones del niño con sus acerados colmillos controlaba la situación retrocediendo hacia la orilla, empujando semisentado sobre sus cuartos traseros. Saltarín cabriolaba nervioso, ofreciendo su arqueado cuello como salvador apoyo.

El gran salmón presidía el almuerzo, con papas, tomates, lechugas, obtenidas del invernadero. Mamá Elsa, papá Isaías, los cinco hijos y Fresia, la asistente, comían con apetito el pan amasado, los milcaos y bebían las cristalinas aguas de una vertiente cercana y litros de espesa leche al pie de la vaca.

“Isaac —tronó la grave voz de papá Isaías—, mañana debes ensillar a Saltarín, irás con nosotros al monte”. La excitación dio paso a la angustia, y el niño, apenado musitó, “es que no me puedo la silla”. Amable risa general, y Jaime, el hermano mayor, palmeándole la espalda, lo consoló: “yo te lo ensillo, enanito”.

¿Coincidencia? Pero se escuchó claramente el relincho gozoso de Saltarín.

Amanecía, sol radiante, ya mucho calor a las 7 am, Isaac recién bañado. La amable Fresia había restregado y jabonado los pliegues de difícil acceso del cuerpo infantil, entre los reclamos vergonzosos del precoz niño.

Todos a la mesa, desayuno pródigo en pan, jamones, milcaos, huevos, mermeladas, salmón, leche, ruidosa masticación tecleteante, apagados sonidos de arrastre faringo esofágicos deglutivos. Lavado de dientes masivo entre tallas y risas.

Al galope suave, los seis jinetes dejaban que las briosas cabalgaduras eliminaran los gases producto del abundante desayuno de nutritiva avena, nobles y felices caballos, socios querendones, adiestrados en doma amable, jamás martirizados con espuelas, obedientes solo a los talones y sutiles variaciones de la presión corporal, guiaban a un grupo de gordas reses hacia corrales, donde esperaban las ordeñadoras.

Saltarín hacía un buen tiempo que no participaba de estas faenas y hacía lo posible para no desentonar, sus veloces aceleraciones y cambios de dirección no despegaban ni un milímetro a Isaac de la silla, la coordinación perfecta, ya automática, transformaba al niño y potrillo en un solo ente, un centauro raudo abriéndose paso entre altos, jugosos pastos, gigantes hojas de nalcas, salpicando sus pezuñas en las vertientes y riachuelos, entre el concierto de ruidosas bandurrias y fornidos traros que levantaban vuelo entre disgustados y activos partícipes del arreo.

Desentendiéndose por momentos de la faena, el jinete infantil dirige al alborozado Saltarín hacia el espeso bosque de araucarias, densas enredaderas de copihues los abrazan y les regalan collares rojos, encendidos fosforescentes, gigantes pájaros carpinteros percusionan la trinadora melodía de bandadas de loros tricahues que ofrecen un cielo multicolor.

De pronto un silencio súbito, casi ensordecedor en su intensidad, seguido de un golpe invisible que dobla las arboledas y peina las crines de los caballares.

El puelche, viento brutal, acerca negras nubes y aleja la infancia, esta tan feliz infancia de Isaac y aparece la adolescencia inserta en el severo Liceo de Puerto Montt, muy buen alumno, disciplinado, esforzado.

Alumno distinguido en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile en Valparaíso, becado favorito en la especialidad dirigida por el Dr. Profesor Boulot. Muy luego exitoso profesional, Isaac disfrutó desde muy joven de un gran prestigio por sus cualidades humanas y profesionales.

## Río Puelito

Viña del Mar, qué hermosa ciudad, el Dr. Isaac Levin ejercía su especialidad en su consulta, ubicada en el centro de la ciudad jardín, alternando con horas de atención en hospitales públicos, muy dedicado a los pacientes más necesitados y de humilde condición. Se casó y tuvo un hijo, su vida transcurría apacible, todo lo apacible que se pueda concebir en el ejercicio de una profesión plena de exigencias.

Pero Isaac añoraba los aromas, el ruido trepidante de los caudales raudos, profundos, de los bosques y del Río Puelo, de manera que adquirió unas ochenta hectáreas de un terreno próximo a Quintero con una pequeña laguna inserta en un extremo y nutrida por una vertiente de permanente y cristalino caudal, tributaria de las quebradas del cerro Mauco. Nacía Río Puelito.

En efecto, las compuertas se abrían y las prístinas aguas de la laguna corrían por un canal labrado serpenteante, por somera pendiente, recorriendo en sus ondulaciones todo el terreno, beneficiándose con generoso y frecuente riego. El bosque plantado con crecidos árboles autóctonos sureños brindaba sombra a los copihues y multitud de flores multicolores australes. Abundantes pastizales pintaban de un verdor eterno las tierras feraces. Saltarín, ya un hermoso potro de 26 años, recién instalado, disputaba la jefatura territorial con un gigante guanaco, su hembra y un retoñito; en verdad, se masticaban pero, no se tragaban. Varios caballos, algunas vaquitas, cuatro huemules, gallinas y una bandada de tricahues, completaban la dotación de Río Puelito.

La pérdida del fundo sureño, Isaac la había compensado creando una réplica en miniatura de su tierra natal. Bellísimo fundito con los aromas y colores del salvaje territorio de la frontera austral. No saltaban los grandes salmones, pero sí pululaban muchos y sabrosos pejerreyes.

Así es Río Puelito, mágico lugar que tuve la fortuna de conocer, porque han de saber que el Dr. Levin es mi gran y dilecto amigo.

En ocasiones, el doctor montando a Saltarín y acompañado por su hijo Nicolás, diestro jinete también, subían al cerro Mauco y desde ahí en día despejado, podían ver la majestuosa cumbre del Aconcagua. Ahí se fue gestando la embrionaria nueva aventura, de rápida evolución, que inquietó sin tregua en adelante el alma expedicionaria de Isaac.

## El cruce de los Andes

San Alfonso había quedado atrás, como también el pavimento asfaltado, la tierra apisonada con piedras de huevillo crujía bajo las ruedas del poderoso Jeep, la primavera proporcionaba los aromas de una reciente lluvia y de las últimas flores y arbustos que desafiaban la altura.

Un poblado de rústicas y resistentes cabañas cercanas a la localidad de San Gabriel y vecino del majestuoso lago del embalse El Yeso se enmarcaba en el vibrante parabrisas del todoterreno. Dos figuras recias, vestidas con la singular mixtura de tenida huasa y gaucha, perfectamente adaptada para las largas cabalgatas de los arrieros, se acercaron exhibiendo cordiales sonrisas y extendiendo cachos rebosantes de burbujeante mosto tinto y tachos metálicos de fresca agua.

Nicolás e Isaac bebieron un sorbo del mosto y abundante agua.

“Todo listo, patrón”, la gruesa voz de Remigio, uno de los arrieros, exclamó, señalando a dos robustos caballos y dos mulas ya cargadas con todos los implementos necesarios, bestias muy fuertes y baqueanas.

Frente a la troupe un asno, también fuerte y animoso. “¿Y el arriero guía Bartolo del que tan bien me habló?”, inquirió Isaac.

Un índice seco y rugoso señaló al burro, “él es Bartolo, nadie conoce mejor la ruta que él, ha guiado por años a distintas expediciones.”

Bartolo, un hermoso asno, equipado con dos alforjas portadoras de avena para su consumo, rebuznó con entusiasmo pronto para iniciar la marcha. Isaac miró a los arrieros escudriñando una señal de mala broma, pero la seriedad sonriente y amable de ambos no terminaba de convencerlo.

Remigio hizo traer su baqueano potro Azabache, que hacía honor a su nombre brillando su negrísima figura al refulgente sol andino del mediodía.

La expedición emprendió la marcha, Bartolo a la cabeza, en último lugar Remigio, quién accedió a acompañarlos por un día para obtener la confianza de los dubitativos citadinos. Remigio, a la retaguardia, con toda tranquilidad, lió un cigarrillo y con su gruesa voz, producto del humo y de las frías inclemencias por años soportada en cientos de excursiones montañosas, comentaba lo lindo que estaban los cerros al ser recorridos por los riachuelos y peinados por las cascadas productos del deshielo primaveral. El jumento hábilmente elegía los lugares de firme suelo, donde los caballares podían pisar con seguridad.

De pronto Bartolo se petrificó, quedó súbitamente inmóvil, emitiendo un rebuzno agudo, fraccionado con cortas intermitencias de jadeo controlado; la troupe se detuvo al instante. Un minuto no acababa de transcurrir, cuando un bramido monstruoso rasgó los aires prístinos y tenues. Unos cuarenta metros adelante, cayó una trepidante avalancha de rocas, trozos de afilados hielos y toneladas de tierra gélida. Remigio con sonrisa triunfal y burlona acercó a Azabache a las nerviosas cabalgaduras de los patrones y los miró con sorna. ¿Se imagina, doctor, si otro arriero hubiera guiado al grupo?

Isaac, trémulo, observando a Bartolo reemprender la marcha con toda seguridad, ya no albergó duda alguna. Todos los sentimientos desembocaban ahora en un profundo caudal de admiración hacia ese especial burrito que se detenía en una veranada de abundante pasto rodeada de amenazantes riscos y surcada por un riachuelo de frescas aguas. La marcha había terminado por ese día, el guía señalaba el lugar del primer campamento.

Remigio hábilmente armó las carpas, prendió fuego y puso a asar verticalmente una pierna de cabra que venía semi congelada en una alforja impermeable, junto con otras presas de pollo y carne de vacuno.

La avalancha había proporcionado trozos de hielo que complementaron el que se traía en la alforja. Algunos tomates y cebollas rebanados a la chilena acompañaron el exquisito asado. Esta vez el tinto se consumió sin remilgos.

Bartolo, los caballos y las mulas pastaron en los jugosos prados de la sombreada veranada, bebieron del cantarín riachuelo y cubiertos con abrigadores mantones se acercaron a la fogata para dormir.

La enorme silueta del Aconcagua se situaba a la izquierda de Isaac mientras este dirigía la mirada hacia los macizos montañosos, aún semi cubiertos de nieve del oriente, luego se introdujo en el saco de dormir y durmió al instante.

El tintineo de las tazas metálicas, las chocas, despertaron a Isaac y Nicolás. Remigio ya preparaba el desayuno con frescas tortillas de rescoldo, trozos de asado de la pierna, leche, mantequilla, té y café y por si fuera poco, algunas frutas frescas. Se levantó el campamento, atentos Nicolás e Isaac tomaban nota de las acciones y el orden de carga que administraba Remigio.

Un aseo en el gélido riachuelo, ya cargadas y en orden las alforjas, rebuznos impacientes de Bartolo. La brillante negrura de Azabache devolvía los nacientes rayos solares y sobre él, agitando la mano se despedía Remigio con su gruesa y atronadora voz, riendo, “que les vaya bien amigos, están en buenas manos, quiero decir patas”.

Bartolo rebuznó alegremente celebrando la ocurrencia y las emprendió decidido y seguro hacia los macizos orientales, sin caminos, sin senderos, sólo vericuetos que él conocía.

Se reanudó la marcha, escabrosa, el ascenso se tornaba interminable, 3500 m, 4000 m, 4500 m, las cumbres se veían al alcance de la mano, pero al alcanzarlas aparecía porfiadamente otra, entre vertientes de cascajos y trozos de hielo, productos de los frecuentes derrumbes que Bartolo detectaba con anticipación manteniendo sus orejas elevadas y mirando a un lado y otro hacia las alturas de las cumbres amenazantes. Recogían los pedazos de hielo y los introducían en las alforjas impermeables para la mantención alimentaria.

Completaban ya seis horas de cabalgata, nunca superaban esa jornada, cuando se despejaron un tanto los riscos y apareció un vallecito encantador, se podría decir otra especie de oasis de verdor, pastizales crecidos rodeando una laguna de apreciable extensión, nutrida por una cascada que luego de peinar una pulida roca, caía desde unos veinte metros de altura a las quietas aguas que la recibían con agitado alborozo de sonoridad musical continua.

Ya aprendidas las lecciones, Isaac y Nicolás armaron rápidamente el campamento, atendieron a los animales, los regalonearon con ricas zanahorias además de avena, los cepillaron, libres de las monturas, muy merecidas prestaciones mientras engullían los jugosos pastos.

El doctor y su hijo armaron las cañas plegables, amarraron moscas grises amarillentas, imitando los insectos que zumbaban por ahí y, ¡sí!, en la laguna Los Patos saltaban numerosas truchas, pequeñas pero muy vigorosas. Al poco tiempo de iniciar el casting, posando delicadamente los livianos señuelos en la superficie, recibieron fuertes piques.

Cuatro truchas se asaban en la parrilla al lado de otro gran trozo de carne, el sol ya se escondía y el frío penetraba, los caballares provistos de sus mantones, ya saciado su apetito y sed, se acercaron al fuego para dormir.

Un rebuzno sordo, intermitente, grave y la mirada fija, clavada en una roca, a unos pocos metros se erguía la imponente figura de una hermosa puma, Bartolo no la perdía de vista. Isaac devoraba la carne asada y las deliciosas truchas, la luminosidad lunar era impecable, todos los detalles de la escena se destacaban con precisión; Isaac de muy pequeño estaba familiarizado con los pumas. En esta oportunidad inmediatamente observó los pezones abultados y la mirada implorante de la colosal felina que no apartaba la vista del trozo de asado. Tendió la mano ofreciendo el asado, la puma lo recibió con suavidad y lo masticó ahí mismo, sin huir, mirando al doctor con gratitud inmensa. Nicolás aportó otra pieza de exquisita carne que la felina llevó hacia una cueva vecina donde la esperaban dos retoños, bolas gordas de pelos de conmovedora belleza.

Esa noche todos los protagonistas durmieron ahítos.

Tres jornadas más transcurrieron en tranquilas cabalgatas de unas seis horas, marcadas por el genial borrico, admirando el bello y amenazador mundo andino con sus tonos plomizos, azulosos, trepidantes, acelerados riachuelos, espumosos y cristalinos, ya bajando, 4500 m, 3500 m, 2000 m, río Tuyuran, campo la Horqueta, El Paisano con sus cabañas estilo Suizo. San Carlos. En esta localidad, nuestra tropilla se encontró con otra, numerosa, guiada por gauchos, quienes recibieron con ruidoso alborozo a Bartolo y comitiva. Los turistas admirados no podían creer las virtudes del jumento, el arriero guía más famoso; alemanes, italianos y otros se fotografiaban junto al noble asno que se dejaba querer y agradecía las golosinas obsequiadas.

Se acampó ahí, asado nocturno muy regado, baile y entusiastas acercamientos con encendidas turistas europeas, que la categoría de este relato no me deja detallar por ser su lectura apta para todo lector.

Con el cuerpo un poco cortado y un hacha enterrada a medias en la cabeza, se continuó la marcha bordeando por el lado norte el hermosísimo embalse Potrerillos, sus aguas de intenso color verde azulado relampagueaban al rebotar los rayos solares del mediodía en sus pulidas aguas, tal cual un lapislázuli chileno.

Bordeando el río Mendoza arribaron a la Hacienda Blanco Encalada, destino final de la expedición transandina, ya bordeando Mendoza, lugar donde recibieron al conocido Bartolo, los caballos y las mulas, los bañaron los cepillaron y alimentaron, cuidados más que merecidos. Una linda y joven burrita, muy dispuesta, esperaba para ser cortejada por nuestro guía. Bartolo prestaba este servicio con todo entusiasmo, el que era adecuadamente remunerado a Remigio, las crías procreadas por el genial asno adquirían mucho valor, en la esperanza de una preciosa herencia.

Isaac y Nicolás se alojaron en un buen hotel mendocino, repusieron fuerzas por algunos días y compraron vituallas y alimentos necesarios para el retorno.

Ya de vuelta, las cabalgaduras muy repuestas, gorditas, marcaban el paso por la ruta exactamente opuesta, señalada por el cuadrúpedo guía.

El verde azulado Potrerillos los despidió con sus reflejos enceguecedores y desandaron el camino siempre firme, ascendentes por los intrincados vericuetos y cornisas encumbradas miles de metros serpenteantes, talladas por las aguas y vientos en las verticales, pétreas paredes cordilleranas.

Y así, luego de un par de campamentos, llegaron a la hermosa veranada de la laguna Los Patos, se repitió la pesca de truchas, el levantamiento de la carpa, la atención de las cabalgaduras y en los momentos de preparar el asado con grandes trozos del exquisito bife de chorizo argentino, se escuchó fuerte y claro un ronroneo potente.

Y ahí estaba mamá Puma con dos lindos cachorros, ya creciditos, fuertes y juguetones. Isaac y Nicolás les obsequiaron grandes piezas del sabroso churrasco que comieron con gran apetito.

Muy temprano, los caballares, las mulas y el borrico, con mucho brío y entusiasmo emprendieron una alegre marcha de regreso a casa. En lo alto de una negra y pelada roca, recortadas por el sol naciente se perfilaban nítidamente tres figuras felinas, dos pequeñas y una alta y majestuosa, sus bellos ojos dirigían una triste y agradecida mirada de despedida hacia la expedición que se perdía hacia el poniente.

Casi al galope la tropilla hizo su entrada a los corrales de San Gabriel, el sol se ponía y Remigio con su grupo de arrieros brindaron una cordial y entusiasta bienvenida al fatigado grupo. Aseo, comida opípara, buenos mostos chilenos, relato pormenorizado de todas las vicisitudes y aventuras de la expedición, entre carcajadas y saludes interminables, baile de cuecas y guarachas con lindas huasitas, alertadas con anticipación de la llegada de jóvenes jinetes con más de veinte días de faenas cordilleranas, recién bañados y comidos. Un sorprendente conjunto de arpa guitarras y acordeón ejecutada por Remigio, ronca y principal voz del coro, hacía bailar a toda la concurrencia, alegría y jolgorio desbordante.

El parabrisas del Jeep enmarcaba el portal del ingreso a Río Puelito; Saltarín relinchaba gozoso sacando la cabeza por los palos de la reja, a las espaldas de Isaac y Nicolás, muy a lo lejos se dibujaba entre brumas el colosal Aconcagua.

Río encantado entre animales y flores

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# TATAL, EL HOMBRE DEL LAGO
## El encuentro
Enero de 1983, acabábamos de cruzar el mar interior de Chiloé, a bordo de un transbordador, desde la isla de Chiloé al puerto de la ciudad de Chaitén. Viajábamos en un station wagon atestado de maletas, víveres y enseres varios de camping. Mi padre, Carlos, y mis hijos, Andrés de 14 años e Ignacio de 8, formaban el grupo expedicionario, como pomposamente lo llamábamos, para dar mayor realce a la aventura campística. Una vez en tierra comprobamos que el bote velero que llevábamos sobre el techo no se hubiera soltado y cruzando el lindo pueblo, típicamente sureño de Chaitén, nos dirigimos bordeando el lago Yelcho, de poniente a oriente, recorriendo unos 40 km hasta llegar al extremo oriente, donde el río Futaleufú desagua y nutre el lago.

En ocasiones nos detuvimos para apreciar los ventisqueros que, desde los cerros herían las tranquilas aguas, rompiendo en destellos multicolores reflexiones de los prismas cristálicos de los hielos, al recibir la brillante luminosidad del sol. Fue un lindo día ese, en que se agradece la aparición del sol entre los nubarrones siempre amenazantes de esas latitudes.

Arribamos a Puerto Piedra, donde nos encontramos con unas modestas instalaciones de camping salvaje a orillas del majestuoso río Futaleufú, que, en ese tramo cercano a 1 km del lago, ofrece aguas tranquilas con cauce de suave corriente.

Levantamos nuestro campamento consistente en una amplia carpa-iglú de dormitorio y otra de cocina-comedor y varios. Cocinamos, comimos y cansados al iglú a dormir.

A la mañana siguiente, muy temprano, sentimos el crepitar de ramas encendidas. Nos levantamos rápidamente y nos encontramos con una fogata y nuestra tetera con agua ya hirviendo; detrás de la fogata, una figura humana, sombrero en mano, de 1,5 metros de estatura aprox., vestido curiosamente con chaqueta de terno, camisa, cuello y corbata, pantalones de vestir y bototos brutos. Todo el vestuario viejísimo y gastado; esta rara y ridícula aparición era toda humildad y dignidad.

Se llamaba Tatal y nos ofreció sus servicios. Mi papá, un poco receloso, le preguntó cuánto cobraba. La cantidad era penosamente exigua. Le respondimos que si su trabajo era satisfactorio le pagaríamos el doble.

Agradeció efusivamente y preparó un exquisito desayuno. Le insistimos en que desayunara con nosotros; su mirada agradecida y sincera nos conmovió desde el principio. Ordenó la cocina y las carpas. Se había construido una especie de cabañita con hojas de nalca, perfectamente sustentada e impermeable.

Mientras desayunábamos, le preguntamos cómo había llegado hasta ahí. “Remando en mi bote”, respondió. “Crucé el lago desde Chaitén hasta acá por la noche”. “¿Y cómo, no ha dormido entonces?” “No, sí dormí, yo duermo remando, cuando desperté ya estaba frente a Puerto Piedra”.

No habíamos salido de la estupefacción cuando ya Tatal estaba lavando el servicio, previo eso sí, de despojarse de su raída chaqueta, doblarla cuidadosamente y guardarla en un rincón; lo mismo hacía con su corbata plegada con todo esmero. El cumplía con esta ceremonia cada vez que emprendía alguna tarea y la hacía en forma tan estructurada, solemne y digna, que provocaba admiración y divertida sorpresa.

Tuvo 12 hermanos, de los cuales sobrevivieron 5, la mortalidad infantil y neonatal era altísima en esas latitudes, sobre todo en familias humildes que sufrían los rigores más álgidos del clima. Los más dotados y fuertes genéticamente sobrevivían y vaya qué fuerte era Tatal. Cuando se presentó y nos dio la mano fue como asir un tronco áspero y rugoso que nos trituró las falanges. Lo describiríamos como de 1,50 m de alto y 1,50 m de ancho.

Salíamos a pescar en su bote chilote construido con sólidos tablones de coihue y remos de brutal tepa, gruesos y pesados que apenas podíamos mover y que, al cabo de unos 10 minutos, agotados renunciábamos a seguir, bajo la mirada burlona de nuestro guía. Él remaba con una facilidad asombrosa, lo hacía desde los 6 años, le resultaba más cómodo que caminar y nos enseñó a aprovechar el peso de los remos para cargarnos sobre el agua con todo el cuerpo, casi sin esfuerzo, en un movimiento coordinado y rítmico. Algo aprendimos.

Pescábamos sólo cuatro salmones al día, dos para el consumo y dos para ahumarlos en un ahumador que Tatal había improvisado y que funcionaba de maravillas.

## Río arriba

Temprano por las mañanas bajábamos al río dejándonos llevar por la corriente, nuestro amigo solo guiaba el descenso y se detenía en los pozones donde invariablemente picaba. Hacíamos mucho catch and release y sólo nos dejábamos cuatro especímenes. Llegábamos al lago en un hermoso correntón, donde la pesada embarcación se aceleraba al penetrar en las tranquilas, no siempre, aguas del Yelcho.

Al aproximarse la hora del almuerzo, las emprendíamos río arriba. Me producía mucha admiración la facilidad con que nuestro chilote remaba contra la corriente. Le pedí que me dejara intentarlo y me puse a los remos. Comencé a remar con toda las fuerza y estilo que era capaz, mientras nuestro guía se liaba un cigarrillo con un tabaco que portaba en una bolsita de cuero; sí, la misma bolsita que se cierra con un cordón periférico. El cierre de bolsa tabaquera del ciego al terminar la apendicetomía. Me miraba atentamente con una semi sonrisa que se me antojó burlona. Miraba yo, de reojo, una roca en la orilla próxima y no se movía, estábamos estáticos, en el mismo lugar a pesar de mis denodados esfuerzos alentado por el “dale papá, dale” de mis hijos Andrés e Ignacio. Al fin, sudoroso y rendido, entregué los remos. “No se desespere patrón, alléguese a esa orilla”. Y ¡oh! milagro, el pesado bote inició una brusca y rápida ascensión contra corriente pegado a la orilla. Aprendí que los ríos hacen una contracorriente en las orillas y cuando esa orilla deja de brindarla, pues, hay que cruzar hacia la orilla opuesta. Llegamos a tiempo para almorzar.

Nuestro lugareño preparaba el salmón de mil maneras exquisitas, nos enseñó a buscar hierbas que aliñaban sabrosamente los guisos. Nos relataba, ya más relajado, historias de su niñez y privaciones sin dramatizar, era un buen narrador, preciso y desapasionado. Cada dos años viajaba al norte (norte para él era Puerto Montt). La última oportunidad fue al cine y se deslumbró con una vieja película sobre el Titanic. De ahí que bautizó a su bote el “Titani”, saltándose la “c”, vaya a saber uno porqué. Nos deleitaban sus narraciones de las cacerías de jabalíes para lograr el sustento, de la recolección de frutos y verduras naturales, siempre atento al posible acecho del ataque de un puma, que alteraría drásticamente la cadena alimenticia programada.

## El niño de Dios

Una mañana salimos de pesca con Andrés, mi hijo mayor, quien sufría de epilepsia y una leve discapacidad intelectual, actualmente todo bajo control. Estando en medio del lago, Andrés sufrió un ataque epiléptico y Tatal dejó los remos y lo abrazó y cobijó, musitando “niño de Dios, niño de Dios”. Al volver al campamento, Andrés se durmió profundamente, como normalmente reaccionaba al agotamiento y a la crisis convulsiva. Tatal sentado a la entrada de la carpa no probó bocado, sólo miró fijamente, casi sin pestañar a Andrés hasta que despertó. Loco de alegría, el rústico hombre lo abrazó con los ojos llenos de lágrimas. Niño de Dios, niño de Dios.

## Peligro en el río

Armamos nuestro velero Vagabundo, trimamos la mayor y el foque. Subía un viento suroeste desde el lago por el eje mayor y centro del río, muy parejo y amable de unos 12 nudos. Casi todos los días contamos con estas condiciones, que nos permitían placenteras navegaciones, incluso contra la corriente, ya que en ese rumbo contábamos con el viento de popa.

El jolgorio familiar era grande y Tatal miraba desde la orilla interesado, pero no muy convencido. Lo entusiasmamos y le pusimos el chaleco salvavidas obligándolo, no sin resistencia, a sacarse la chaqueta; tuvimos que esperar la ceremonia del doblado cuidadoso de la prenda y el encontrar un lugar donde guardarla. Una vez en el agua, Ignacio me tripuló como de costumbre. Los veleros navegan tumbados sobre un lado y es normal. A la primera escora, Tatal, nuestro fiero hombre de la selva, lanzó un ahogado grito de pavor, mientras se agarraba con frenética fuerza de un obenque. Viramos y navegamos a toda prisa volviendo sobre nuestra estela. Tatal, como casi todos los chilotes, no sabía nadar.

Y llegó el día en que levantamos el campamento, sacamos el velero del agua, lo montamos sobre la parrilla del auto y desarmamos las carpas, en fin, todo el ajetreo cansador del fin de la expedición. Tatal nos ayudó y alivió enormemente la tarea. Todo limpio, en orden y guardado.
Con su raído sombrero en las manos, nuestro querido guía chilote recibió muy agradecido el doble del salario que había solicitado. Nos abrazó uno por uno haciéndonos crujir las costillas. A Andrés le regaló una cruz que había tallado en esa semana que nos acompañó y lo fuimos a dejar al muellecito de Puerto Piedra. Las vigorosas remadas hicieron romper las aguas que burbujearon al ser hendidas por la aguzada proa. No volvió la cabeza, lo vimos, más bien cabizbajo, cómo se perdía en el primer recodo del río.

Dos años más tarde volvimos a Puerto Piedra, e instalamos el campamento en el mismo mágico lugar.

El segundo día sentimos un silbato estridente que provenía del muellecito. Nos apresuramos hacia ese lugar y nos encontramos con un barquito de turismo y pesca. Bulliciosos y algo entonados turistas se paseaban por la cubierta vaso en mano. Una figura maciza vestida con un apretado traje naval, con gorra y todo, luego de amarrar la embarcación a la cornamusa del muelle, corrió hacia nosotros con trabados pasos dificultados por el estrecho traje que lo asfixiaba. Era el capitán Tatal. Contratado por una empresa turística, gobernaba la navegación de aquella embarcación que le aseguraba ingresos que jamás soñó, pero que a cambio le arrebató su esencia. Nos volvió a estrujar con sus abrazos traumáticos. “¿Cómo has estado niño de Dios?” Inquirió, mirando con el cariño de siempre a Andrés. “No podía dejar de verte”. Dicho esto, de un salto trepó al barquito donde lo esperaban impacientes los dipsómanos turistas.

Nunca más lo vimos; en verdad nos despedimos de él hace dos años atrás. Ese era él, el hombre del lago.
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Agosto 2023
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# EN EL MAR INTERIOR DE CHILOÉ
## La partida
Enero del año 2000

Al fin, en la carretera rumbo al sur, el comienzo de un sueño largamente acariciado. El espejo del retrovisor me mostraba la proa del Popeye, nuestro velero de 7 metros de eslora (largo) por 2,5 metros de manga (ancho) firmemente amarrado al tráiler y éste férreamente uncido al Jeep.

Ignacio, mi hijo menor, entusiasta compañero de aventuras y de 22 atléticos años, sentado a mi lado.

El campo, los pueblos y las ciudades se deslizaban por las ventanas laterales, el camino se angostaba hasta coincidir en el punto más distante de la perspectiva. ¡Qué país más enormemente largo es nuestro Chile! Debíamos recorrer más de 1.200 km para llegar al inicio de nuestra aventura, la Isla de Chiloé.

Nos detuvimos para almorzar en un servicentro que ofrecía restaurante y un amplio sitio para estacionar camiones. Almorzamos y pasamos a unos aseados baños. Algo me meteorizó y sentado en el silencioso, expulsé unas salvas de sonoros gases. Unos camioneros jóvenes, entre risotadas me pedían en alta voz un ritmo de cueca para poder bailar. Ignacio, muerto de vergüenza, salió del baño atacado de risa también. Esperé un buen rato para asomarme, evitando a los bromistas.

Tranquilo rodar por la carretera 5 Norte Sur, las suaves pendientes no fueron problema para mi viejo Jeep.

En un Pronto Copec en Los Ángeles, a mitad de camino, nos detuvimos, bajamos a cenar, al baño y luego trepamos al Popeye para dormir ahí.

El Popeye en su cabina interior dispone de 4 literas y un baño químico en un compartimento cerrado, muchos lugares para guardar comida envasada, tarros de todo tipo, sobres de sopa, agua, cocinilla a gas, etc. Dormimos como lirones y el motor de nuestros vecinos camiones nos despertó.

La mañana transcurría sobre el camino que se estrechaba con perspectiva implacable, afinando su extremo distante. Nuestro lento andar de 60 km/h nos permitía disfrutar el paisaje de creciente verdor y cristalinas aguas, cada vez más caudalosas, de los ríos que atravesábamos. La buena música y comentarios risueños de otras aventuras compartidas, mi hijo y yo disfrutábamos de momentos felices, relajados y tranquilos, entusiasmados también por la expedición que estábamos prestos a enfrentar.

## El robo

Nos detuvimos a almorzar en un restaurante de la carretera. Disfrutábamos de un rico almuerzo, cuando la estridente bocina de la alarma del Jeep nos despertó bruscamente de la ensoñación. A la carrera salimos y alcanzamos a ver un roñoso auto que escapaba a toda velocidad. Habían roto un vidrio y robado mi maleta completa. Ropa, material de aseo, linternas y lo más importante, la radio nuevecita y de alto costo.

El desconsuelo, la ira impotente, frenesí incontrolable; cuando recordábamos este momento, la verdad es que agradecíamos no haber sorprendido in fraganti a los miserables, nos habríamos lanzado sobre ellos y probablemente sus malhechoras manos provistas de armas, nos hubieran infligido graves heridas o quizás provocado la muerte. Del cuidador de autos nunca más se supo. Lamiéndonos las heridas volvimos a la carretera, esta vez rumbo a Temuco, donde debería adquirir ropa y enseres. De la radio ni hablar. Cuando en medio de placenteras, perfectas situaciones, te cae un baldazo de agua fría, entras en shock de ira, desconsuelo e impotencia.

## Temuco

Medio día, centro de Temuco, tacos de autos, camiones, locomoción colectiva, calor asfixiante, en procura del Hotel Araucano. Cinco metros de Jeep más diez de tráiler dificultaban de sobremanera nuestro avance. Subíamos a las veredas al doblar las esquinas entre una nube de improperios de alto calibre de conductores varios y también de gentiles camioneros, rudos hombres de carretera, que descendiendo de sus vehículos y agitando manos, nos indicaban las maniobras para salir del nudo en que nos enredábamos.

Conducir un trailer obliga a manejar al revés en las marchas atrás; la poca práctica quedaba penosamente al descubierto de este sudoroso servidor en pleno centro de Temuco. Luego de trabajadas maniobras, llegamos al estacionamiento del Hotel, exhaustos, sedientos y por un milagro pudimos ubicar nuestro convoy en un rincón.

La aventura expedicionaria nos había desafiado duramente en el más temprano comienzo y aún distábamos a 700 km del verdadero punto de partida.

Compramos lo absolutamente necesario para cubrir a medias las carencias por lo sustraído y nuevamente en la carretera, cantando a todo pulmón con renovado optimismo y alegría.

Las cristalinas aguas de los ríos de caudales crecientes a medida que avanzábamos emitían murmullos en perfecta armonía con el concierto abrumador, sublimado por las coníferas cumbres de los encanecidos eternos volcanes, cada vez más frecuentes en el panorama de imperturbable belleza que nos rodeaba.

Pernoctamos nuevamente en el Popeye y a la mañana siguiente Pargua, donde a bordo de un transbordador, arribamos a la Isla de Chiloé.

## Isla de Chiloé

Sumergidos en esa rara atmósfera chilota, a veces casi irreal de multicolor presentación, con plomizas eternas maderas de alerce cortadas en simétricas plaquetas, dando forma a viviendas de singular arquitectura, algunas de clara influencia alemana, la mayoría con ese estilo asimétrico, dobladas. Ese color plomizo, anémico del imputrescible alerce decorado por rosales de vívidos colores. Viviendas ladeadas, incurvadas sus paredes por años, resistiendo el desplome, azotadas por vientos y tempestades inclementes.

Los palafitos de Castro, casitas como las descritas balanceándose sobre precarias pértigas clavadas en el fangoso lecho marino, cubiertas y desnudadas, alternando con las aguas de la oscilante marea, que en esas latitudes llega a más de 6 metros de diferencia.

Zigzagueante ruta de angosto camino nos condujo finalmente a la bahía hermosamente protegida del puertecito deportivo Chendid, donde nos esperaba su creador y propietario Sr. Bannister.

El Sr. Bannister, alemán que muy joven llegó a Chiloé, se enamoró de la zona y con mucho esfuerzo y dedicación, creó un puerto deportivo en la hermosa bahía protegida de Chendid. Este señor navegante experto en veleros vio en esta naturaleza exuberante de la costa oriental de la isla, el lugar ideal para montar una equipada marina para alojar a veleros que llegaban de Europa y a las embarcaciones nacionales que deseaban surcar las encantadas aguas del mar interior de Chiloé.

Como Capitán de Puerto debía autorizar los zarpes y arribos. Simpático, acogedor, nos recibió y con una actitud contrita y preocupada, le relatamos nuestra desventura entera en la que nos fue birlada la radio, enseres de aseo, camisas, calzoncillos, etc. “Bueno”, rió Helmut, que así se llamaba, “sin radio se puede navegar, pero la falta de calzoncillos es una pérdida severa”. A renglón seguido, desenrolló unas cartas de navegación de la zona y con una regla nos señaló distintas posiciones donde figuraban islas, canales profundidades, faros, rocas, balizas.

Helmut nos examinaba con cordialidad, pero con firmeza y acuciosidad.

Transcurrió una hora intensa y nos pidió revisar el Popeye y su equipamiento. También habían desaparecido mis credenciales de Patrón de Bahía y Costero.

Se manifestó conforme con nuestro equipo y nos vendió a precio muy razonable algunos elementos que nos faltaban. “Los celulares son más eficientes que las radios”, nos comentó y quedamos de mantener contacto tres veces al día, dando posición, novedades y proyecto de navegación para las próximas 8 horas. Llevábamos un equipo para cargar los celulares con energía solar y un buen GPS Garmin. Botamos el Popeye al agua; ya levantado el mástil, maniobra que nos agotó y que hacía jurar entre dientes a Ignacio que jamás me volvería a acompañar.

Bannister examinaba a los capitanes y tripulación antes de autorizar el zarpe. Comentaba que era increíble la cantidad de tripulaciones ignorantes que intentaban hacerse a la mar poniendo en riesgo sus vidas. Él no lo permitía como autoridad marítima que era. ¡Yaaa!

## Navegación de prueba

Pusimos en marcha el motor de 25 HP en neutro y tensamos la escota de la mayor y del foque con suavidad, el viento leve que provenía del sur-oeste nos separaría del muelle y nos impulsaría avante con la orza ya bajada. Y así sucedió, el Popeye dio un tirón, gimieron las escotas al tensarse, como sacudiendo la pereza largamente acumulada y rompiendo las aguas con su aguzada proa, se lanzó a navegar ya apagado el motor, con solo la energía del viento aprovechada por la técnica depurada a través de miles de años.

Navegábamos a unos 8 nudos (unos 15 km/h), plácidamente entibiados por un sol que a ratos se escondía tras las lanosas nubes cúmulos nimbos. Rumbeábamos hacia el oriente, 11 am, tirados sobre las colchonetas de cubierta, silencio absoluto, solo el surcar de las aguas y el deslizar del viento al acariciar las velas. Relajación y goce total. La marina Chendid desaparecía tras la popa. La Isla Lemuy por estribor y el Garmin nos señalaba el rumbo directo a la isla Chaulinec.
Los delfines ya saltaban por proa y a nuestros costados, con su agilidad y alegría acostumbradas; habíamos pescado unos jureles y sierras y les convidábamos presas que cogían en el aire, agradecidos entre una ruidosa algarabía.

De pronto, silencio. La manada de delfines desapareció. Una aleta dorsal colosal emergió por estribor, justo al lado nuestro y sentimos un empujón que nos aterró. Cinco toneladas de orca macho se apretaban contra nuestro casco de apenas tonelada y media. Sacó su negra y brillante cabezota y exhaló con fuerza, bañándonos con su lluvia respiratoria. Apoyó la mandíbula sobre la borda y abrió la inmensa fauce poblada de dientes. No podía ser más expresivo el marino rufián. Le dimos las presas de jurel que nos quedaban, gozoso nos brindó saltos y volteretas que nos empaparon, incluso dejó que le acariciáramos la cabezota. Se fue tal como había llegado. Volvieron los delfines y retomamos nuestra navegación ideal a la cuadra hacia Chaulinec.

La prueba había sido exitosa y aventurera, viramos por avante, con la suavidad y seguridad propia de esa virada y retornamos al muelle de la bahía Chendid.

## La chochoca y el tromen

Antes de embarcarnos y en vista que el pronóstico era de probable temporal, fuimos a una Feria de Castro. Se trataba de una feria costumbrista, artesanías, tejidos de pura lana, gastronomía chilota, orquesta y baile. Brillaba el sol entre nubarrones, soplaba un viento gélido que no dejaba subir el termómetro a más de 11 grados Celsius.

Los castrinos en camiseta, muertos de calor. Bellas jóvenes chilotas en blusas con un hombro al aire y atrevidos escotes nos invitaron a bailar en la pista de tierra endurecida, al compás de la banda local que interpretaba corridos mejicanos; también levantamos tierra y zapateamos cuecas chilotas cantadas a voz en cuello por el conjunto folklórico, hartos aros y brindis con la exquisita chicha de manzana.

Luego enfundados en nuestros chaquetones, hasta con bufandas, continuamos nuestro recorrido entre la apretada y variopinta concurrencia.

En un stand, una vieja y apolillada mesita exhibía unos vistosos tromen, instrumentos que se sujetan entre los dientes, un alambrito asoma fuera de la boca, el que se pulsa y da origen a las notas de un timbre muy especial y atractivo. Pregunté al mapuche que atendía y él, muy solícito y amable, se echó un tromen a la boca e interpretó un aire indígena muy bello la verdad. Me apresuré a indicar otro instrumento, el feriante se sacó el tromen de la boca del cual colgaban siruposos hilos de baba y agarró el que yo señalaba, sepultándolo en su sonriente y parcialmente dentada boca, seguro de tener un cliente atrapado. Luego de interpretar otra pieza con las comisuras labiales inundadas de viscosa saliva que pendía en espesos cordones ondulantes que no se decidían a cortarse ni menos a caer, me lo ofreció limpiándolo parcialmente con la manga. No compre ningún tromen.

El frío reinante, las cuecas chilotas y la caminata nos abrió el apetito, así es que nos dirigimos hacia unas ramadas difuminadas por el espeso humo que las rodeaba.

En un patiecito fuera de la ramada, un grupo de señoras de mediana edad con el cabello tomado con vistosas telas como turbantes, se afanaban alrededor de un cilindro de madera que, acostado con un ánima de fierro sujeto por ambos extremos, se lo hacía girar con parsimonia sobre un bracero de ardientes ascuas, ellas adosaban al cilindro capa por capa, masa a la que incrustaban trozos de cerdo, hígado, piel, intestino, patas, en fin, todo lo que pudiera ofrecer el sacrificado animal. Sebo en crema, manteca, eran adosados sobre la superficie brillante, además de pedazos de pollo. Con unas raras y goteantes jeringas de madera, lanzaban chorros de grasa y aceite que, con singular puntería, contribuían a engrosar aquella bomba grasienta. Se estaba dando forma a la “Chochoca”, plato chilote al que la población tiene especial afecto, casi devoción religiosa.

Como habíamos alternado amistosamente con las damas cocineras y otros paisanos que esperaban con tenedores y cuchillos en ristre el gran momento, todos deseaban que los acompañáramos en la degustación, nos miraban con ojos expectantes. Y el momento llegó. Todos blandiendo platos y servicios se precipitaron sobre la maloliente masa. Nos sirvieron unos gigantescos y chorreantes cubos trémulos blancos amarillentos. Retumbaban las dentelladas triturando aquel manjar chilote.

Cortamos un pedacito y con mucho cuidado y temblorosa mano, lo llevamos a la boca. Todos nos miraban y alzaban las copas brindando, disfrutando de antemano la expresión de satisfacción que iluminaría nuestras facciones al probar tan exquisito manjar. El sabor más horrible, más pegajoso, más indescriptible que jamás haya azotado nuestro paladar y papilas gustativas se hizo presente. Lágrimas se asomaron a nuestros ojos y lágrimas corrieron por nuestras mejillas. Todos felices y conmovidos interpretaron estas reacciones como las demostraciones más genuinas de la exaltación culinaria que provocaba la sublime chochoca.

Las náuseas ruidosas, nuestra mirada amarillenta, las convulsiones que experimentamos los alarmó y se precipitaron a auxiliarnos. Vomitando a diestra y siniestra huimos a todo correr y no nos detuvimos hasta casi llegar al hotel. Maldita chochoca. Hay que nacer chilote.

## Entre las islas

Repuestos de la chochoca, iluminados por el sol pos tormenta que en Chiloé adquiere una brillantez enceguecedora y proporciona altas temperaturas, soltamos amarras y el Popeye con su acostumbrado brinco al ser invitado su casco a navegar, surcó las cristalinas aguas: raudo, silencioso, propulsado por la invisible energía eólica. Tumbados en las colchonetas del cockpit, nos dejábamos llevar por la embriaguez de la navegación, somnolientos y gozosos, por el velamen bien establecido para un rumbo al oriente. Las islas Lemuy, Quehui, Chaulinec, Apiao, Alao, Mechuque, Laitec y Coldita, serían nuestros destinos, sin apuro, sin preferencias. Teníamos abundante provisión de agua, comida y combustible. Nada de programar. Lo que apareciera en el horizonte estaría bien. Sopor, suave balanceo, crujir de agradecidas cuerdas (escotas) cumpliendo cabalmente su misión. Toda una poesía de sincronizada maniobra, depurada por miles de años del arte de la navegación. Los delfines nos acompañaron por un tiempo, como no habíamos pescado, no teníamos qué ofrecerles.

“Chaulinec a la vista”, gritó Ignacio, mostrándome la carta náutica en perfecta coincidencia con el GPS Garmin.

Esta isla, habitada por 650 personas descendientes de la tribu Chonos, con su propio lenguaje chono, cantarino, gutural, parecido al japonés en su sonoridad.

Fondeamos en una pequeña bahía en la costa norte, protegidos del viento sur. En dos anclas, fijadas sus cuerdas por la proa en V o bigote de gato, comprobamos la seguridad del anclaje.

Eran las 17 horas, ordenamos las cosas a bordo y nos preparamos a bajar nuestro pequeño Zodiac de 2,50 metros levantado a popa, bote de servicio del Popeye, impulsado por un motorcito de 3 HP.

Un grupo de bulliciosos chonos se acercaron en su bote pesquero y nos preguntaron si teníamos algo para el dolor de muelas. La cosa era que una anciana de la tribu no dejaba de llorar por una muela que la estaba matando. Llevábamos anestesia local y algunos fórceps dentales. Se trataba de una pulpoperiodontitis de un molar superior abscedado hacia la piel. Pusimos anestesia infiltrativa y efectuamos la extracción vaciando toda la colección purulenta. El alivio fue inmediato, también entregamos antibioterapia. Se corrió la voz que dos Gutaves mágicos habían fondeado en Chaulinec. Efectuamos extracciones, curaciones de heridas, tratamiento de esguinces y derivamos mucho al Hospital de Castro con diagnósticos bien establecidos. Nos quedamos por 4 días, nos atendieron como a dioses y con mucho misterio nos invitaron en voz baja, casi un susurro, al festejo de la Luna Llena, donde cenando gigantescos curantos, esperaríamos la llegada de los Trepalmontes, ceremonia muy privada y secreta, sólo reservada para los chonos y que en especial reconocimiento a nosotros, los Gutaves mágicos, nos hacían participar. Fama que nos acompañaría en todo el periplo por las islas y que nos facilitaría el sumergirnos en esferas costumbristas fantásticas, irreales e inexplicables.

## Los trepalmontes

La luna desprendía una luminosidad casi cegadora, parecía de día. Los humos de los curantos colaboraban a un ambiente místico, fantástico. Provistos de gruesos mantos de lana multicolores y bebiendo la exquisita chicha de manzana, los chonos danzaban y cantaban al compás de kultrunes. Nosotros también entusiasmados nos sumamos a la danza monótona y mareadora alrededor de los chemamul, enormes estatuas de madera, entre las que destacaban gigantescas representaciones de unas raras aves con picos desproporcionados, sobresaliendo el inferior como un curioso arado. De pronto un revoloteo bullicioso y tres sombras aladas enormes, de unos 6 metros de envergadura alar, se dejaron caer del cielo, sus patas provistas de gruesas garras, hicieron retumbar el suelo al aterrizar. Habían llegado los trepalmontes.

Una algarabía generalizada se produjo entre los chonos, los trepalmontes, una de cuyas características era la de imitar la voz humana como los loros, pero amplificada enormemente por sus inmensos pulmones y gruesa laringe, se unieron al festejo de inmediato. Aves enormes de 2 metros de altura, gruesas patas de avestruz terminadas en garras como grampones. Una gran cabezota con cráneo de tamaño humano que revelaba un desarrollo cerebral considerable. Un pico inferior como un arado, como un cuenco de cavidad superior, que, clavándolo en la tierra húmeda, ascendían las colinas arrastrando babosas, lombrices, ranas, arañas, blandides, certinas, llaguelas, refintres y todos los bichos imaginables y no imaginables de los montes de Chiloé. De ahí el nombre de estas amigables y mansas aves, que con su inteligencia sabían mantenerse alejadas de los bárbaros y peligrosos humanos y sólo socializaban con sus amigos chonos y los gigantes rubios de la Isla Friendship, que aparece y desaparece de las imágenes satelitales, sin dejar rastro. Luego hablaremos un poco de ella.

Los trepalmonte adoraban el pescado cocinado de los curantos, pero lo que más los fascinaba era la exquisita chicha de manzana. Con sus picos inferiores como cuencos, recogían generosamente gruesas cantidades de chicha, sumergiendo las cabezotas en las ollas repletas del alcohólico zumo. Con un golpe de cuello hacia atrás y de un round, 500 cc de chicha descendían gozosamente hasta el estómago. Con ruidosas carcajadas humanas, los divertidos y amables trepalmontes se unieron a la danza, llevando el ritmo del kultrún con sus pesadas patas armadas de grapas que levantaban polvo con cada pisotón.

Y así transcurrió la noche, los vapores etílicos se subieron a la cabeza de humanos y trepalmontes, los pasos se hicieron vacilantes perdiendo todo ritmo y la tibieza de la noche acogió a los dipsómanos fiesteros que se sumieron en un reconfortante, profundo y reparador sueño. Un fuerte viento producto del batir de enormes alas de 6 m de envergadura, anunciaron la despedida de las aves gigantescas, que con sus brillantes plumas multicolores, como descomunales colibríes, surcaron el cielo, dibujando un hermoso arcoíris multicolor.

Antes de zarpar, con destino desconocido, aleatorio, me despedí de la anciana de la extracción dentaria, que nos obsequió una canasta con pescado ahumado, fruta, botellas de chicha y un sinfín de mercadería. Le pregunté a la dama chono si conocía la isla Friendship y asintió con preocupación mirando para todos lados. Le inquirí si sabía de algunas tribus y animales que viviesen ahí protegidas, volvió a asentir y me habló al oído que poblaciones de Kaweskar, prosperaban en las islas que rodeaban ese lugar, protegidas y en estrecha relación con los gigantes rubios, además de animales enormes como los trepalmontes. Le dibujé un milodón y se lo mostré, saltó hacia atrás y con ojos espantados me gritó: “Gutave, lees el pensamiento también?”.

Un viento norte amenazante nos propulsaba a gran velocidad hacia el sur, hacíamos 8 nudos, unos 15 km/h, nuestro destino sería la isla Friendship, las poblaciones de Kaweskar, la tierra de los milodones, de los trepalmontes y quizás el encuentro con los rubios alienígenas. Las circunstancias dirían otra cosa, otros destinos, otras aventuras.

## La isla Quehui

El viento norte creciente, ya soplaba a 60 km/h y levantaba olas de más de 1 metro que surfeábamos aumentando la velocidad con enviones sumatorios de la energía eólica más la de las olas. Comenzó a llover copiosamente, Bannister nos comunicó a través del celular, que se estaba dejando caer un temporal de proporciones. Se había cerrado el puerto de Castro. ¡Debíamos buscar refugio y pronto! Manteniendo precariamente el equilibrio y el rumbo entre los bandazos y pantocazos con que avanzaba raudo el muy marino Popeye, consultamos la carta náutica y el Garmin. La isla más cercana al sur y por babor era la isla Quehui, distante a unos 10 km de nuestra posición. ¡Llovía tan intensamente! Una espesa cortina de agua caía del cielo y se unió a las espumantes olas del mar al reventar con estruendosos pantocazos sobre el casco del sufrido y valeroso Popeye. ¡No veíamos nada! Mojados hasta la médula. La carta señalaba un estero, así llaman en Chiloé a la estrecha entrada de una protegida bahía, la bahía de Quehui. Me pareció ver justo a proa una cisura del borde de la isla, el Garmin señalaba otra cosa, fijaba el estero a 2 grados a babor, unos 800 metros a babor.

Confiado en mi experiencia e instinto marino, porfié derechamente a proa. Bannister nos comunicó que una embarcación chilota había volcado y que 20 personas se habían ahogado. Pocos chilotes saben nadar. Nos acercamos a gran velocidad empujados por el viento que hinchaba la vela mayor, rizada a un tercio de su superficie, a la costa que ofrecía solo roqueríos en que la mar se estrellaba con furia asesina. Casi sin ponernos de acuerdo viramos bruscamente, brutalmente a babor, el pobre velero crujió entero, puesto más allá del límite de su resistencia, exhausto se acostó sobre estribor, el mástil y la mayor rozaron la espuma enfurecida, nos agarramos como pudimos, desesperados, colgando, lo que era horizontal se había verticalizado, el viento aullaba semejando crueles carcajadas demoníacas. Lentamente el casco se incorporó e iniciamos una veloz singladura con viento a la cuadra (la mejor y más eficiente incidencia del viento) esta vez rumbo al oriente. Ignacio gritó: ¡Estero a estribor! Una nueva rápida y peligrosa virada por redondo a estribor y entramos al Estero Pindo. El Garmin no se había equivocado.

El estero nos recibió con un mar tranquilo, manteniéndose, eso sí, la ventolera a nuestras espaldas. A unos 30 metros de la orilla anclamos con nuestras dos anclas en V por proa y temblorosos nos refugiamos en la cabina, preparamos una sopa que bebimos calentita.

Avisamos por el celular al Sr. Bannister que nos encontrábamos a salvo, anclados en el Estero Pindo.

Durante la noche llovió a cántaros, goteras caían desde el techo de la cabina, lo que nos incomodó un poco, pero el cansancio pudo más y dormimos profundamente, la ropa se secó con el calor del cuerpo, no en vano somos una estufa que emana 36,5 grados centígrados.

Desayunamos unos huevitos, leche, bebimos agua, nos aseamos no muy prolijamente, sacamos ropas, sacos de dormir y todos los húmedos enseres y los tendimos por toda la cubierta y el techo de la cabina. El sol mañanero calentaba nuestros cuerpos desparramados por la cubierta, agradecidos de la tibieza ambiente, contemplábamos la hermosa isla Quehui.

El Popeye difuminaba su casco en reflejos multicolores sobre las aguas evocando vivamente las pinceladas de Pacheco Altamirano.
Botamos el Zodiac auxiliar y nos dirigimos a la isla, parecía deshabitada, dos o tres casitas clásicamente anémicas, plomizas por el rudo color del imputrescible alerce, ornamentadas por rosales que estallaban multicolores amortiguando alegremente las adustas fachadas.

Al arribar a la playa amarramos el pequeño Zodiac de servicio y caminamos rumbo a la iglesia que coronaba una pequeña colina. Algunos pescadores nos saludaban con acogedoras sonrisas, dueñas de casa presurosas colgaban ropa recién lavada, de las cuerdas mecidas por la brisa. Aroma de los abundantes rosales perfumaban el aire que respirábamos.

Llegamos al frente del imponente portón de entrada de la iglesia, toda de finísimas y eternas maderas de Chiloé. Empujamos y nada aconteció, él portón estaba cerrado. A nuestras espaldas escuchamos unas cantarinas risas y comentarios burlones infantiles. Sentados en una banqueta bajo un techo de madera vetusta pero muy firme, estaban dos niñas y dos niños de mejillas sonrosadas, vestidos con ropas humildes, pero impecablemente limpias, calzados con los clásicos bototos y medias de lana. Sonrientes, hermosos, los niños entablan amistosa conversación salpicada de risas y miradas burlonas que no comprendíamos y las atribuimos a su inocente y bullanguera edad de aproximadamente 10 años. De pronto un niño se incorporó y tomando de la mano a Ignacio lo encaminó a la entrada de la iglesia. Los seguí y nos quedamos frente a la entrada, el niño retrocedió y se reunió con sus amiguitos. El macizo portón se abrió de par en par, mostrándonos el majestuoso interior del templo, brillante de limpio, inmaculado, con sus columnas, arcos y cúpulas de incurvadas maderas, magistralmente cortadas y talladas, firmemente consolidadas sin usar ni un solo clavo. Recorrimos todo el interior, encantados, golpeando con los nudillos las columnas huecas y de sonoridad grave de timbre único, sobrecogedor, de las elaboradas maderas autóctonas chilotas.
Al salir, el sol nos encegueció por un instante y frente a nosotros, como una aparición fantasmal, un corcel de gran alzada, negro brillante azuloso, con un loco galope, se nos acercó con un inminente riesgo de colisión. Justo frente a nosotros frenó en seco, en medio de una nube polvorienta, aparición cautivante y atemorizadora, parado en las patas traseras, batió las delanteras en gracioso baile. Sin jinete, pero aparentemente dirigido con destreza, volvió la grupa y lanzado con elegante galope, desapareció por un sendero lateral relinchando agudamente.

El banquillo estaba vacío, los niños habían desaparecido.

Fuimos a almorzar a la Hostería Restaurante de la Sra. Carmen; rica comida, mariscos y pescados frescos. Le contamos que habíamos visitado la iglesia, manifestó extrañeza por encontrarse cerrada y que solo el cura que celebraba misa algunos domingos podía abrirla. Se asombró al relatarle que el portón se abrió solo al pararnos frente a él. “Se encontraron con los niños?” inquirió, “sí, claro, hermosos, juguetones y risueños muchachitos”. “Ah!”, exclamó, mirándonos con inquietud y sonriendo con expresión enigmática, quizás cómplice. “Luego desaparecieron” continuamos y “de quien sería el hermoso corcel negro que corre suelto por el pueblo?” “¿El caballo también?” casi gritó. “Es la mejor bienvenida que pudieran haber tenido” suspiró, enseñándonos su hermosa y sincera sonrisa. No entendíamos nada. Acordamos un curanto para el día siguiente.

Recorrimos la Isla con paisajes hermosos, únicos de campo mar, multicolor en sus flores y aire perfumado. Al atardecer siniestras nubes negras y amenazador viento nos preocuparon. Al embarcar alzamos a buen resguardo el Zodiac. Bannister nos previno que un nuevo frente de mal tiempo se acercaba ominoso. Bebimos la concentrada sopa con pan y leche y nos dormimos felices y contentos. A las 0 horas, un furioso viento hacía ulular el mástil y los obenques del Popeye, siniestro canto que nos despertó alarmados. De pronto, un golpe resonó con estruendo a babor, el casco como la caja de resonancia de una guitarra, amplificó el ruido, haciéndonos saltar de los camarotes. Abrí la escotilla, cascadas de lluvia inclemente azotaban inclinadas por la fuerza de Eolo desencadenado. Agarrado de los bordes de la escotilla para no salir despedido, vi unas ágiles y delgadas figuras que saltaban desde una lancha pesquera chilota a la cubierta del Popeye y amarraban firmemente su casco al de la lancha más grande y pesada. “No se apure capitán”, gritó una voz ronca, potente, gutural, “ya abarloamos su barco al Cucao que está bien sólido, ustedes garrearon hace rato y menos mal que estábamos anclados en su camino, si no…” y señaló hacia atrás a unos 500 metros. Rompían las olas sobre filudas rocas que nos habrían destrozado. “No se preocupe capitán, todo está seguro, vaya a dormir no más”. Empapados nos dormimos y una vez más, amanecimos secos.

Brillaba el sol post tormenta tan especial, los chilotes del lanchón Cucao ya ordenaban todo sobre la cubierta. Eran el capitán y tres tripulantes, todos parientes. El Cucao fuerte y pesado lanchón de 8 metros de eslora con su mástil de fiera madera y velas plegadas viejas y algo ajadas. “Garrearon como 300 metros.” Me comentaba (garrear es la situación en que, por la fuerza del viento, las anclas resbalan sobre la superficie del fondo y las embarcaciones son arrastradas). “Ustedes tienen anclas de juguete”, señaló levantando una de mis anclas que habíamos adquirido sobredimensionadas para veleros de 10 metros, el Popeye medía 7. Continuó “para los vientos de estas latitudes, se necesita algo así” y nos mostró un ancla monstruosa de unos 30 kilos. “Estas son anclas!”. Nos amarraron gentilmente a una boya cercana unida a un muerto de considerable peso, muy seguro. Los invité al curanto, les haría bien almorzar abundantemente a estos amables y diestros marinos que se veían muy flacos, pálidos y grisáceos. Aceptaron con entusiasmo.

Llegamos al restaurante de la Sra. Carmen, en el patio un empleado se afanaba cubriendo de hojas de nalca el hoyo donde se cocinaban entre brasas y piedras incandescentes, presas de pescado, mariscos, cerdo, pollo, desprendiéndose una humareda del más apetitoso aroma. Nos sentamos en una mesa al abrigo del alero de la casa y comenzamos con el aperitivo compuesto de milcaos, chapaleles y masas varias, acompañados de un buen vino blanco y la exquisita chicha de manzana.

Comíamos y bebíamos con entusiasmo, celebrando ruidosamente las aventuras propias y de nuestros aguerridos compañeros que relataban con singular habilidad, transportándonos a mundos espantables, bellos y peligrosos, que constituían su diario quehacer laboral.

En una mesa cercana, una familia conformada por una señora rubia, dos adolescentes iguales a ella, lindas todas, nos brindaban miradas de incomodidad y desprecio. El papá, señor cuarentón, nos observaba con amigable interés. Se acercó amistosamente y preguntó de quién era ese yatecito amarrado en el estero, le llamaba la atención que una embarcación tan pequeña se aventurara por latitudes tan australes. Nos halagó comentando que debía tratarse de una tripulación muy experimentada y valerosa la que gobernara ese velero. Nos presentamos y le invitamos a tomar asiento. Se trataba de un General de Ejército de vacaciones, habían arrendado el lanchón Margarita de la Bahía Chendid con capitán, por una semana para recorrer el archipiélago. Se unió con entusiasmo a la charla, compró más jarras de chicha y vino. Aparecieron unos tras otros los platos de curanto, saludes, risas y relatos que se sucedían entre chascarros y carcajadas estruendosas. El General se interesaba mucho por las maniobras marineras de que era capaz el Popeye y con la firmeza y convencimiento propio de un General bajo los efectos del alcohol, ofreció comprármelo de inmediato. La francachela seguía a ritmo acelerado, la boina del militar tan ladeada, que casi se caía y ponía al descubierto una calva salpicada de ralos pelos desgreñados. Desde la mesa cercana, azules y frías miradas desdeñosas, nos escrutaban, se escuchaba una voz estridente y pirula que gritaba con insistencia “Hernán, ya es hora de ir a dormir”.

Habían transcurrido las horas sin sentirlas, el crepúsculo nos entregaba rayos rosados que se infiltraban por los bosques y rebotaban sobre un pulido mar multicolor.

Con paso vacilante nos acercamos al muelle, habíamos entregado al simpático y bebido General a su familia, que lo subieron a la rastra, entre risas estruendosas, a sus habitaciones. Las bellas rubias nos miraron con odio.

No bien habíamos embarcado, entre tropezones y visibles incoordinaciones que amenazaron con dejarnos caer al agua, el celular nuevamente nos informó de un frente de mal tiempo aproximándose. Nos tocó un enero de clima pésimo que afectó gravemente el turismo de la zona. Llovió toda la noche y nuevamente el viento aulló entonando lúgubremente con el vibrar de los obenques y escotas. La amarra a la boya se mantuvo firme, menos mal.

Unos golpes de huesudos nudillos nos despertaron al tamborilear sobre la cubierta. Nos asomamos y ahí estaba el capitán chilote, entre nubes negras brillaba con cautela un austral solcito. “Capitán —espetó—, tiene tres horas y media para llegar a Chendid, una calma y viento suave le favorecerá, pero tiene que zarpar ahora, con su andar de unos 8 nudos (15 km/h), va a llegar en unas 3 horas 15 minutos”. ¿Cómo lo sabría? Consultamos con Helmut y nos aconsejó no movernos hasta nuevo aviso. No le hicimos caso y confiamos en el pronóstico de nuestros amigos, subimos la vela mayor y foque, soltamos amarras de la boya y zarpamos con un suave viento noroeste, a gritos nos despedimos de los queridos marinos del Cucao, que ya adrizaban y trimaban su vetusto velamen, listos para zarpar. “Nosotros arribaremos media hora más tarde que ustedes”, fue lo último que nos gritaron.

Navegamos rumbo al noroeste a exactos 8 nudos, el viento progresivamente creciente inflaba ya nuestras velas a unos 14 nudos, rápido, ligeramente escorado, el Popeye nos llevaba con comodidad, manteniendo fijamente el rumbo requerido. Sentados cómodamente a babor, gozábamos del silencio solo aderezado por el frotar del viento al deslizarse por las velas y los chasquidos del agua surcadas por el casco. Sensación de placentera paz y absoluto ensimismamiento.

A las 3 horas 16 minutos exactos estábamos amarrando en el muelle de la Bahía Chendid. Bannister, un poco molesto nos recibió. En ese momento bruscamente, se dejó caer el vendaval. El Cucao cruzó a unos 500 metros del muelle, rumbo al norte, con sus ajadas velas hinchadas, a punto de estallar, a una velocidad increíble. Esmirriadas, desastradas figuras vociferaban gritos de despedida agitando los brazos, el capitán y sus primos nos entregaban sus postreros saludos. Con entusiasmo y algarabía respondimos parados en el extremo del muelle. Helmut nos preguntó a quienes hacíamos señas, él nada había visto.

Por la tarde, engullendo rica comida preparada por frau Bannister, Helmut tras la espesa y aromática humareda de su pipa, escuchaba nuestras aventuras con su sonrisa gentil de legendario hombre de mar.

Su comentario nos congeló. Los cuatro niños habían muerto ahogados al volcar su botecito hacía años atrás, el corcel negro era jineteado no se sabía por qué espíritu. El Cucao había naufragado y los cuatro primos, sus tripulantes, nunca habían sido hallados. “Pero ¿cómo?” exclamamos entre sorprendidos e incómodos. “No se preocupe, les creemos absolutamente”, frau Bannister se había sentado a la mesa aportando café y un exquisito kuchen de manzana, “estas apariciones, estos fantasmas o como se les llame cuidan y acompañan a personas que les simpatizan, a otros no, los espantan”. “Bienvenidos a Chiloé, estas mágicas vivencias las experimentan unos pocos”. Tomándose de las manos, el matrimonio nos confió que hechos similares les habían acontecido a ellos también.

## Chonchi

Nuevamente en la mar, al fin un espléndido día, con ese sol de brillo especial que tanto se agradece en esas latitudes. Navegábamos ciñendo abiertos, contra un suave viento suroeste de unos 12 nudos rumbo al sur por el ancho y sinuoso canal cavado entre la isla Lemuy y el oriente de la isla Grande de Chiloé. Hacía calor y en camiseta gozábamos de una temperatura perfecta. El paisaje lentamente discurría por nuestros flancos brindándonos esa exclusiva belleza del mar y los bosques impenetrables que flanqueaban el canal, salpicados por flores multicolores en que resaltaban como sangrantes heridas los manojos de Copihues, Vilupulli, Ichuac, Puquel, Mayol, Chulchuy, las vistosas aldeas pesqueras, tan pintorescas como sus sonoros nombres brotaban minúsculas de las orillas. Amarramos en el muelle de madera, asentado sobre altos pilares al estilo palafito de Chonchi. Justo al frente del muelle un conjunto de casonas de madera, constituían el mercado y sobre ese nivel se erguía la pequeña ciudad encaramada en tres principales niveles de variopintas y abigarradas casitas cubiertas de espesas matas de rosas multicolores y otras preciosas flores, como las hortensias azules, que embriagan con su sinfonía multicolor las callejuelas de Chonchi.

Nos sentamos en una sólida mesita de un restaurante del mercado y devoramos hondos platos fondos colmados de centolla más un rico vino blanco. Ahítos, paseamos un rato, visitamos la hermosa iglesia Nuestra Señora del Rosario, con sus columnas tipo orden jónica de la entrada, todo en madera magistralmente talladas.

Vuelta al Popeye, siesta bien ganada y disfrutada y nuevamente al canal. El sol y el tenue y amable viento nos acompañaron de vuelta a Chendid. Unos inmensos lobos de mar nos aforraron encontronazos molestos por acercarnos a su colonia, lo que nos divirtió mucho, asomaban sus cabezotas provistas de gruesos y disparados bigotes y bufaban muy enojados conminándonos a salir de su territorio.
Feliz despedida del mar interior de Chiloé.

## El lago Natri

Recuperamos el velero y lo acomodamos sobre su tráiler, esta vez ayudados por un par de operarios de la marina. Así y todo, la maniobra de bajar el mástil, ordenar las escotas, ajustar los obenques, cerrar las escotillas, en fin, la multitud de acciones que significan el rescate de una embarcación de su líquido elemento, y fijarla a un tráiler, agotadora gestión que hacía mascullar a Ignacio que sería la última vez que me acompañaría a una expedición. Pero, como siempre, luego se le olvidaría.

En general la cuestión de la navegación en velero demanda 70% de arduo trabajo y solo proporciona un 30% de placer, pero intenso y compensador con creces.

Ignacio se había conseguido un espejito y disimuladamente lo enfrentaba a todos los que se le acercaban para ver si reflejaban su imagen. Tomando en cuenta las situaciones vividas, no me pareció una mala idea.

Arrastramos el Popeye hacia el lago Natri por una pulida carretera rodeados de la salvaje e indescriptible belleza chilota. Botamos a las dulces aguas del lago nuestra embarcación y la endulzamos, bañándola con sus cristalinas aguas. El motor se refrigeró eliminando los excesos de sal. Las velas se reflejaron en el brillante espejo del Natri, pescamos unos salmones, todos devueltos. Ignacio aprendió a hacer respiración artificial a los salmones y a devolverlos sanos y salvos. Todos los chilotes que nos ayudaron en la botadura y recuperación ulterior del Popeye reflejaron adecuadamente su imagen en el espejito.
Nuevamente en la carretera, con la perspectiva aguzada de nuestros caminos que parecen no tener fin. Cantando a todo pulmón “Corazón de escarcha”, felices y contentos. Caía una tenue llovizna perforada por agudos rayos del sol de mediodía, por la curva del arcoíris nos pareció ver la bandada de trepalmontes.

La magia de Chiloé había quedado atrás.

Ignacio miraba con interés un mapa en que figuraba el Río Bueno y su recorrido de 250 km desde su nacimiento en el Lago Ranco hasta su desembocadura en el Océano Pacífico. Debo confesar que me contagió su entusiasmo para una próxima expedición.