I


—

por

«La calle está desierta. ¿Qué voy a hacer en este pueblo? No existe nada, nada en qué trabajar; llevo meses buscando». Me miré para observar lo mal que estaba: zapatillas gastadas y viejas, los pantalones llenos de hoyos. «Por lo menos parece que están a la moda», pensé. Y la polera… la había lavado tantas…

«La calle está desierta. ¿Qué voy a hacer en este pueblo? No existe nada, nada en qué trabajar; llevo meses buscando». Me miré para observar lo mal que estaba: zapatillas gastadas y viejas, los pantalones llenos de hoyos. «Por lo menos parece que están a la moda», pensé. Y la polera… la había lavado tantas veces que ya no se sabía si era rosada, celeste o amarilla. Apenas tenía qué comer. Estaban por desalojarme de la pieza en que vivía. Por lo menos tenía algo a mi favor: había estado en la escuela y era buena en los estudios. Pero en un pueblo machista como este, ¿qué más quedaba por hacer? Conseguir un huaso y llenarme de niños… Mi alma se desplomó.

A los pocos pasos un letrero en la pared:

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[align=center]
**Se necesitan hombres trabajadores para trabajo en la tierra y con animales. Ir a…**

[/align]
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Sonreí. Una esperanza. Pero decía «hombres». No lo pensé más: me fui a mi cuarto casi corriendo, tomé una blusa grande que usaba para dormir, corté mi cabellera roja y me puse un gorro que cubría todo mi pelo, mis cejas y bastante de mi femineidad. Ahora quedaba un pequeño problema que solucionar… bueno, eran dos, y estaban ahí burlándose de mí. ¿Cómo hago para que no se noten? Me puse una polera elasticada, pero mis pechos luchaban por aparecer y notarse, hasta que por fin pude crear la forma exacta para que me viera algo más fornido. Me sonreí y me sentí muy orgullosa de mí. No parecía un hombre, más bien tenía el aspecto de un niño, quizá un adolescente, pues mi cara carecía de vellosidad y eso sí que no era solucionable de ninguna manera, pero sería suficiente. Puse en una mochila un poco de ropa y salí. Justo venía mi amiga Pamela y me preguntó:

—¿Te cortaste el pelo? ¿Por qué? Era tan hermoso, ondulado y largo… ¿Adónde vas?

—Existe la posibilidad de un trabajo, pero como hombre. Tengo que hacer algo o moriré de hambre; de seguir así, terminaré mendigando en la calle. Tengo que ir a buscar algo mejor. Si no regreso hoy, arrienda mi pieza para tener algo de dinero.

Pedí limosna en la calle principal, mojé una polera con el agua de un grifo y limpié algunos autos; con eso conseguí lo suficiente para acercarme a «La Poderosa»… Qué bien sonaba ese nombre. Para llegar me subí a una micro, después anduve por la carretera y aun así caminé cerca de dos kilómetros por un camino de piedras.

Llegué al portón, hecho entero de madera; se notaba muy firme. Justo cuando estaba buscando algo para llamar la atención, pensé: «¿Qué nombre me pongo? Francisca Castro… mmm… solo cambiaría la a por la o».

Golpeé y vi una cuerda; la tiré y sonó una campana. Se abrió la puerta y apareció un hombre muy grande.

—¿Sí? —preguntó.

—Soy Francisco Castro y vengo por el trabajo —dije.

El hombre me miró detenidamente.

—Pero si tú eres muy chico —me agarró un brazo—. No tení ni músculos.

—Pero necesito trabajar —contesté—. Ya no tengo dónde vivir… Ayúdeme, por favor.

Parece que le caí en gracia.

—Pff, a ver, habla con el capataz y dile que eres un amigo mío; quizá te puedan dar algo cerca de la casa principal.

—Gracias, muchas gracias.

—Ah, yo me llamo Juancho Soto.

—Mucho gusto.

—Shht, flaco, debilucho y educado, ¿qué más se puede pedir?

Me sonreí.

Juancho era un hombre alto; en sus ojos había bondad, se notaba que era un hombre bueno.

Continué mis pasos hacia la casa.

El camino tenía dos hileras de árboles, eran eucaliptos; su olor me encantaba. Las hojas caían, pero aun así se veía despejado.

Llegando a una curva había un claro, y apareció frente a mí una gran casa colonial, hermosa y bien cuidada. Lo único que pensé en ese momento fue: «Aquí deben dar bien de comer».

Supuse que no podía entrar por la puerta principal; fui rodeando la casa hasta que encontré una entrada: era la cocina. Esa cocina era más grande que mi escuela y tenía un olor maravilloso. Todo era como aparece en las revistas caras, perfecto.

Quise llamar a alguien, pero «¿por qué estaría el capataz en la cocina?», pensé, y salí, no sin antes inspirar todo ese olor, por si llenaba algo de mi estómago.

Casi al lado se encontraba una barraca, un poco más rústica.

—¡Señor capataz! —grité—. ¡Señor capataz! —Puse la voz lo más ronca que pude. No era grave, pero servía.

Apareció un hombre canoso, muy fornido, de un metro setenta más o menos, con una camisa cuadrillé inmaculada y unos jeans.

—¿Qué quieres? —me preguntó.

—Me mandó don Juancho Soto, por si usted me puede dar un trabajo aquí.

El capataz me miró con lástima; sabía que el trabajo era duro y agotador, y que con mi contextura no me podía encargar de muchas cosas.

—Pero tú no serví pa’ la pega, eres un mocoso flacucho. ¿Has estudiado, al menos?

—Sí, llegué a cuarto medio, tengo algunos estudios técnicos de contabilidad y trabajé un tiempo en la casa de una señora como jardinero.

—¡Pero ya está llena la barraca!… ¿Y qué puedes hacer?

—Lo que quiera. Necesito trabajar… No le quiero mentir: no tengo dónde vivir y esto que usted ve en la mochila es todo lo que tengo. Bueno, tengo algo más… —agaché la cabeza y continué—. Tengo un hambre que me está matando. —Y sonreí de mala gana.

—Bueno, bueno, muchacho… —Se quedó pensativo—. Tendrás que hacer variadas cosas, como limpiar las caballerizas o las puerqueras, recoger huevos, podar el jardín, atender necesidades de la casa principal.

—No importa, cualquier cosa.

—Ah, y tendrás que vivir en la ratonera.

Al escuchar este nombre me estremecí, pero no se notó. «No importa, con una escoba y aseo quedará muy bien», pensé.

—Al entrar a la barraca, dobla a la derecha y al final hay una pieza chica. Anda a dejar tus cosas y la arreglas para dormir ahí.

—Bueno, señor.

—Los artículos de aseo, sábanas y cosas que puedas necesitar están en un clóset. ¿Entendiste todo?

—Sí, señor.

Sin esperar más, le di la mano al capataz y me dirigí a la barraca. Entré y vi una habitación con grandes camas separadas por muros muy finos; todas las camas estaban perfectamente tendidas y todo muy limpio. Doblé a la derecha y encontré mi cuarto: era una pieza de dos por dos metros, un poco polvorienta, con una ventana en la parte superior y un baño contiguo, con ducha, taza y lavamanos. Me volví a la pieza, me senté y pensé:

—Es el mejor dormitorio que he tenido, ¡tengo hasta baño privado! —Me sonreí, como si hubiera contado un gran chiste.

Me recosté en el colchón. Pasaron un par de minutos y me puse manos a la obra.

Busqué escoba y pala, abrí mi pequeña ventana, mojé un poco el suelo para que no subiera el polvo y barrí; lo hice dos veces. Entré nuevamente, tomé detergente del clóset y limpié. En ese preciso momento entró el capataz y me dijo:

—Mmm, muchacho, trabajo bien hecho. Si eres así para todo, te irá bien aquí.

Él no sabía que la vida me había enseñado que ser esforzado y trabajador es un recurso que debía tenerse cuando la comida escasea y el hambre abunda.

—Estás contratado. —Yo sonreí—. Anda a los comedores y pide algo por mientras; para la cena falta mucho.

No alcanzó a terminar esas palabras y yo ya decía:

—Gracias y permiso.

Llegué a un comedor enorme con tres mesas larguísimas, con bancas a sus dos lados; me acerqué y dije:

—¿Perdón? ¿Aló?…

Apareció una mujer grande con delantal blanco —su tez también lo era—; llevaba el pelo amarrado y cubierto por una gorra.

—¿Qué quieres?

—Perdón por molestarla, pero me mandó el capataz por si usted puede darme algo de comer.

—Este José Manuel… Sí sabe que no se da nada especial… —dijo la señora.

—Lo que pasa es que he sido contratado recién y tengo hambre. —La miré.

—Está bien, muchacho. ¿Cómo te llamas?

—Francisco Castro, mucho gusto, señora…

—Me llamo Mónica —sonrió.

—Un placer conocerla, señora Mónica.

—Espera un momento.

Después de un rato trajo un sándwich con carne, tomate, palta y lechuga, y un jugo de frutas. Creo que era lo mejor que había comido en meses. Después de comer me acerqué nuevamente a la ventanilla y dije:

—Señora Mónica, estaba muy sabroso, muchas gracias.

Ella se acercó y me entregó dos manzanas y dos plátanos.

—Para después —sonrió.

Salí del comedor y busqué al capataz; al encontrarlo, le pregunté qué podía hacer. Me miró.

—Anda al cobertizo y ordena los sacos de papas. Los dejas unidos de cinco en cinco con unas sogas que están colgadas del techo, y cuando termines te vas a bañar y vienes a comer.

El cobertizo estaba a unos cinco metros de la parte de atrás de la casa, y en él se encontraba una ruma de sacos. Como me ordenaron, los fui dejando amarrados y ordenados a un costado; deben de haber sido cerca de cien paquetes. Cuando ya terminaba, estaba llena de tierra y las manos me dolían un poco. Al terminar la pila, aparecieron otros trabajadores. Uno venía hablando muy fuerte y haciendo alarde de algo; se reía y se movía rápido, y sin darse cuenta entró al cobertizo caminando hacia atrás. No notó que yo estaba ahí, por lo que me corrí un poco y le dije:

—¡Cuidado!

Él no escuchó y cayó de lleno en la pila de sacos.

—¿Quién fue el tonto que dejó esto aquí?

—Yo, señor.

—¿Y por qué? ¿Eres un imbécil o qué? —gritó.

—No soy ni tonto ni imbécil. Solo hice lo que se me ordenó y lo dejé en el espacio vacío, donde se podía.

—¿Viste? Rompiste mi camisa. —Y salió hecho una furia.

Me paré, me sacudí un poco la ropa, y los hombres se acercaron a mí y se rieron.

Salí del cobertizo y me fui a la barraca. Me bañé y me puse la misma ropa —no tenía nada más que me hiciera parecer un hombre— y salí camino al comedor. Antes de entrar me detuvo el capataz.

—No te cambiaste de ropa, muchacho.

—Es que no tengo nada más, señor —le contesté.

—A ver, a ver… Creo que tengo algo viejo que te puedo pasar, y preguntaremos a los muchachos en la barraca.

Cuando entré, era un mar de hombres grandes y fuertes que se paseaban en toalla por todas partes. Don José Manuel habló con voz fuerte:

—Este muchacho necesita ropa, pues no tiene nada. El que tenga algo que le pueda dar, que lo deje en la ratonera, y gracias de antemano. Puede ser de todo.

—Muchas gracias —dije.

—Acompáñame por mientras, yo tengo algo.

Lo seguí a una cabaña que estaba al lado de la barraca. Se notaba que era del jefe: tenía cuatro habitaciones y dos baños, todo muy bien ordenado y limpio.

Me hizo esperar en el comedor; apareció a los pocos minutos con dos jeans, un cinturón, tres camisas y dos chalecos.

—Con los zapatos sí tendremos problemas.

Tomé la ropa y le dije:

—Muchas gracias, don José.

—De nada, muchacho.

Y me retiré.

Al llegar a la ratonera había tres pilas de ropa, donde se encontraba de todo, muy bien lavado y en buenas condiciones.

Cerré la puerta y de mis mejillas cayeron dos lágrimas. Ubiqué los pantalones más pequeños, que eran unas cuatro tallas más grandes que la mía; me puse una camisa sobre la faja, me cambié calcetines y, al mirar bajo mi cama, encontré unas zapatillas un número más grande que las mías, bastante buenas. Por hoy no iba a usar calzoncillos.

Salí de mi pieza y dije lo más fuerte que pude, para que me escucharan todos los hombres de la barraca:

—Agradezco a todos y cada uno por lo que me han dado. Fueron muy amables.

Todos me miraron y enseguida entendí que no debía preocuparme, que era una lealtad entre hombres…