Salí con todos ellos y me dirigí al comedor. Se me acercó un muchacho de pelo oscuro, de unos veinte años y cuerpo atlético, y me dijo:
—Qué bueno que llegaste, ya no soy el más chico del grupo. Y como vives en la ratonera, adivina cómo te dicen… —se rio.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Manuel, ¿y tú?
—Francisco.
—¡Chicos! ¡Se llama Ratón Pancho! —Todos se rieron.
Bueno, que me llamaran Ratón Pancho no me molestaba, por lo que arrugué la nariz e hice como si fuera un roedor.
Al llegar a comer me senté al lado de Manuel y me acomodé, cuando apareció ese muchacho que se había caído con los sacos y me dijo:
—¿A que este es el Ratón Pancho…? —Me entregó unas ropas—. Don José Manuel me contó que no tenías nada y que los muchachos te habían pasado cosas.
No sé por qué me molesté tanto; estaba furiosa y no quería ser amable, y contesté:
—No se preocupe, los muchachos de la barraca me dieron suficiente.
—Shhh, eres chico, flacucho, contestador y altanero… —afirmó.
—Quizás soy chico y flacucho, pero solo contesto cuando me parece tener la razón…
—Pues, Ratón Pancho, la ropa no sale de los árboles y aquí, trabajando, se echa mucho a perder, por lo que recibe esta y no seguimos peleando.
Colorada como un tomate, asentí y cogí la ropa; no podía ser orgullosa en estos momentos.
Se marchó y lo agradecí.
Varios hombres nos sirvieron y doña Mónica dio el paso a servirse.
—Disfruten la comida —señaló.
Era una cazuela con todo: carne, papa, zapallo, choclo, porotos verdes y arroz. Estaba maravillosa y tan caliente que la temperatura me llegó hasta los pies. Además, había una buena ensalada a la chilena. Se llenaron los termos de café y se entregó fruta, que en un dos por tres desapareció de la mesa.
Si los pantalones no me quedaran tan anchos y no llevara puesto un cinturón para que no se me cayeran, habría tenido que abrirme el pantalón; tenía el estómago lleno. Cuando iba a salir, escuché a doña Mónica, que me llamaba.
—Toma, Ratón Pancho.
Por lo visto, mi nombre era conocido por todos. Eso de que los hombres no son copuchentos me parecía un tema a discutir.
Me pasó un termo y dijo:
—Tráelo limpio todos los días. Estás en crecimiento y necesitas tus vasos de leche. Un día te lo mandaré blanca y otro con chocolate.
—No se moleste —le dije.
—No es molestia. Y dile a Manuel que venga a buscar el suyo.
Ahí me di cuenta de que esta señora había decidido que eso era lo correcto para los más jóvenes.
—Gracias, señora Mónica —le dije.
—De nada, hijo —me contestó, y se perdió en la cocina.
Regresamos en dirección a la barraca. En un claro sacaron guitarras, se prendió una fogata y todos se quedaron a tomar el café de rigor, mientras Manuel y yo tomábamos leche con chocolate. A pesar de lo extraño de la situación, se sentía bien. Manuel, mirándome muy serio, dijo:
—Cuando tenga veintiún años, día por medio me darán café en la tarde, aunque tengo que tomar leche en las mañanas hasta los veinticinco. Y en los días de lluvia todos, hasta don José Manuel, tienen que tomar leche. Y pobre de ti si le devuelves el termo con restos a doña Mónica al día siguiente: durante una semana tendrás que tomar tu ración en el comedor… Yo diría que para ella somos sus hijos —dijo, y se sonrió.
Después de terminar me dirigí a la ratonera y me acosté con una polera y un short. Me pareció la mejor cama de mi vida; dormí profundamente toda la noche.