Ese día fue largo. Hice miles de cosas para no pensar, pero no funcionaba mucho, menos aún cuando oí los comentarios de los trabajadores sobre la fiesta: se decía que Nicolás se había besado con una mansa mujer, que ella había cedido a sus brazos apenas conocerlo, que debía de ser una fresca, «rica y fresca, qué mejor», y se reían.
—¿Cómo pueden decir eso de ella, si ni siquiera la conocen? No saben qué piensa y menos qué siente —grité.
Al darme cuenta del tono de mi voz, traté de moderarme:
—Me molesta mucho que hablen mal de una mujer. Mi mamá era una y yo la respeto mucho.
Todos estaban callados y me miraban; se pararon avergonzados y algunos dijeron:
—Tiene razón.
—Vamos a trabajar mejor.
—No te tenías que enojar tanto —dijeron otros.
Manuel se acercó y dijo:
—No te enojes, pero que era rica, es rica. Estaba disfrazada de esta… la que sale en Batman…
—Gatúbela —dije.
—Sí, y el traje le quedaba pintado, si tiene unas…
Cuando iba a empezar con una descripción masculina de mi anatomía, me dio pudor y afirmé:
—Tengo que seguir trabajando, después me cuentas.
Manuel no mostró signos de enojo por dejarlo con la palabra en la boca, y me fui. Tenía que poner abono a las plantas, y ese trabajo era mejor terminarlo luego.
La tarde comenzó a caer y por fin estaba acabando mi tarea; deseaba un baño tibio. Don José Manuel me detuvo para darme nuevos quehaceres; trasladé un par de troncos y me dirigí a la barraca. Entré en la ratonera y me desnudé hasta quedar solo con su pañuelo; lo desaté de mi cuerpo con cuidado y lo dejé bajo mi almohada.
Después de bañarme y sacarme ese olor apestoso, me fui a recostar con la toalla cubriendo mi cuerpo. Tomé el pañuelo y lo puse sobre mi cara. Debo haberme quedado dormida, pues lo que podía recordar era tan vívido como la realidad. Sabía que debía de ser un sueño, pero aun así me sentí mejor al poder contar con el sabor de su boca en la mía.
Ya era hora de ir a comer; me vestí y fui al comedor. Doña Mónica se me acercó y me dijo que la señorita Alejandra quería plantar un rosal saliendo por el lado oeste de la casa, y preguntaba si podía ser en ese momento. Asentí y me paré de la mesa.
Llegué donde estaban Ale y Connie y las saludé muy educadamente. Traía una pala para hacer el agujero y, mientras la metía en el suelo, ellas se turnaban para contarme un plan.
—Lo que podemos hacer es un día de campo en el estanque. Nadie va para allá y es muy romántico. Seríamos las tres parejas; iríamos a la hora de almuerzo y podríamos bañarnos… Nos parece buenísima la idea.
—¿Y cómo hago con mi cara? —pregunté—. Nicolás se dará cuenta cuando tenga la cara descubierta.
—Mmm. —Pensaron un momento—. Puedes usar una máscara que cubra los ojos y una parte importante de tu cara.
—¿Y cómo justifico eso? —les dije—. ¿Que estoy loca?
—No. Le dices que quieres mantener el anonimato por un poco más de tiempo y que las reglas las pones tú; si no, no te vuelve a ver —dijo Ale.
—¿Y si toma la segunda opción? —Estaba afligida de solo pensarlo.
—No te preocupes… estoy segura de que accederá. Podríamos llamarlo ahora, ¿te parece?
—Bueno, pero ¿cómo voy a aparecer en la casa el sábado? Todos se darían cuenta de que una mujer enmascarada se pasea por la barraca y llega a la casa —dije.
—Eso ya lo pensamos. Saldrás en el bus de la hacienda y, cuando llegues a Rancagua, te juntas con Cristián y Rodrigo, que te llevarán a su casa. No te preocupes por la ropa y lo demás; eso lo veremos ahí, pues yo llegaré temprano para ayudarte. Después llegas con Rodrigo en su auto. Y listo, todo arreglado. Ahora entremos en la casa y llamamos por teléfono —dijo Connie.
Entramos a la casa y pasamos directo a los dormitorios. Marcamos el número de Nicolás y Alejandra fue a avisarle.
—Nico, te llaman por teléfono…
Nicolás, que ya estaba en la mesa del comedor, pidió disculpas y de un salto salió del comedor para entrar corriendo a su cuarto.
—¿Aló, aló? —dijo presuroso.
—Aló —contesté.
—Perdóname si fui un estúpido, un tonto; no fue una buena manera de tratar a una mujer. Perdóname, por favor, te lo ruego. Quiero verte, quiero saber que eres de verdad, que no eres producto de mi imaginación, que no eres un fantasma —dijo.
—Tranquilo —repuse.
Con un tono de voz más tranquilo, me habló:
—¿Me perdonas? ¿Qué puedo hacer para que me perdones? —suplicó.
—Cuando nos veamos, veremos…
Se rio.
—Solo si prometes besarme… —dijo.
Me sonreí y soñé por un par de segundos.
—Lo veremos —contesté.
—Sin beso, no hay trato —dijo él.
Cuando dijo esa palabra, lo recordé.
—Pero hay una condición —afirmé.
—¿Cuál? —preguntó asustado.
—Seguiré con antifaz —dije.
—¿Pero cómo? ¿Vendrás como Gatúbela? Esto es una broma, ¿cierto?
—No es broma, y no podrás tratar de sacarme la máscara. Solo me tapará la cara, no te preocupes. ¿Estás de acuerdo?
—Sí, sí, cualquier cosa, lo que pidas —se apresuró a decir.
—Y… sí a lo del beso, pero uno solo —aseguré.
—Eso lo discutiremos el sábado.
—Me pondré de acuerdo con tus hermanas para la hora y cómo llegar.
—Yo te voy a buscar adonde me digas —dijo.
—No te preocupes, llegaré, y puntual, lo prometo… —aseguré.
—Cuánto misterio encierras… —dijo.
—¿Y eso te gusta o no? —pregunté.
—Tú me gustas —afirmó.
—Chao —me despedí.
—Espero mi beso del sábado.
Me sonreí y dije:
—Nos vemos.
Cuando colgué… mi corazón estaba a mil; tenía una sonrisa de oreja a oreja y las manos me sudaban. Sentí cómo salía Nicolás de su cuarto bailando y saltando. Alejandra, que había permanecido en el pasillo, le preguntó qué pasaba.
—Es que la vida empieza a ser linda otra vez, empieza a ser fenomenalmente linda. —Y rio.
Me pareció encantadora su risa. Salí con cautela de la casa y terminé de plantar el rosal. Me fui a la cocina y doña Mónica me preguntó:
—¿En qué andas, muchacho?
—En nada —respondí.
Me sirvieron la comida, que no recuerdo qué era, y me fui a soñar con él.
La semana fue larga y hablé varias veces con Nicolás; mis piernas parecían quebrarse y amenazaban con hacerme caer cada vez que estaba con él.
Uno de esos días, yo estaba cerca de los gallineros cuando avisaron que se fumigarían los dormitorios: habían aparecido muchas hormigas. Durante un segundo pensé «bueno, ningún problema», y me di cuenta: ¡verán mis botas, guardadas bajo mi cama! Un grito en mi mente. Me disculpé, dije que volvería a la brevedad y corrí como un caballo desbocado. Cuando llegué a los dormitorios, las ventanas estaban abiertas. Vi a Manuel con traje y mascarilla, con la cara descolocada: había movido la cómoda y, no sé cómo, se había deslizado una pequeña prenda interior, que cayó al suelo. Al verme, dijo:
—¿Y esto, Pancho? Un calzón.
Pensé: «Ya, todo se terminó, me descubrieron». Pero no sé de dónde salieron las palabras:
—Bueno, ya estoy grande y no es extraño que pueda entretenerme con alguien.
Los ojos de Manuel estaban desorbitados.
—¿Tendrá amigas? —Su tono era un poco urgente.
—Supongo. Es algo de hace muy poco tiempo y no sé si tendrá mucho futuro.
Se notaba que Manuel quería seguir preguntando.
—Manuel, te tengo que dejar; tengo que botar esta caja.
Tomé la caja con las botas de debajo de la cama, muy bien cerrada, y salí de los dormitorios. La dejé afuera de la ventana de Constanza, escondida en unos rosales. Me había salvado, pero tendría que ser más cuidadosa. Corrí nuevamente a mi puesto.
Nicolás, esa semana, estaba de buen humor y trabajaba más que nunca; hablaba con todos, de todo, como si no pudiera contenerse dentro de sí mismo; comentaba de la tierra, de los animales. Me sorprendí varias veces conversando con él, sentados en las bancas o recorriendo las tierras a caballo; hablaba de todo y de nada, hasta que un día me dijo:
—Me caes bien. Eres callado, sabes escuchar; contigo no tengo que ser diferente. Eres un buen muchacho.
Un día, caminando, en un rincón al lado de la caballeriza, nos encontramos con una gatita negra y sus crías. Se agachó, los miró con gran dulzura y comentó:
—¿Has visto lo maravillosos que son los gatos? Son tan misteriosos, tan suaves… —Su mano tocó al animal—. Como si estuvieran moldeados en un solo trozo de arcilla; se mueven tan hermoso…
Él hablaba sin darse cuenta de que los dos entendíamos que a quien se refería no era a esa hembra, sino a Gatúbela. Un sentimiento extraño se apoderó de mí. Por una parte, estaba invadiendo su privacidad, recibiendo una información que salía sin filtro de su interior, dicha por él, yo creo, para sí mismo. Y por otra parte, esas palabras llegaban directo a mi ego; para qué negarlo, no existe mejor sensación que sentirse admirada, añorada, deseada. Sobre todo cuando quien te lo dice ha perdido por unos segundos su capacidad de mantenerse seguro y de cuidar lo que el resto del mundo obtiene de él.
Traté de que mis ojos no demostraran lo que yo sentía. Por fin el trabajo terminó y, cuando pasó a mi lado, su olor… Cerrando los ojos, me estremecí sin que él se diera cuenta; mi corazón se derretía por él.
El jueves por la tarde se lo notaba un poco ansioso, preparando algo.
Cuando hablé con Connie y Ale, me contaron:
—Le hablamos a Nicolás sobre el sábado: que es un pícnic alrededor del mediodía, que llegarás con Rodrigo y que Ale se va a encargar de la comida con doña Mónica.
—Qué bueno, pero tengo el problema de la ropa… —dije.
—No te preocupes, eso lo veremos el sábado, y tendremos que movernos rápido.
Al día siguiente, Nicolás dio por primera vez una orden a todos los trabajadores, lo que pareció muy extraño.
—Quiero que vayamos al estanque. Se debe dejar todo limpio: se cortará el pasto y arreglaremos los árboles, ¿entendido?
—Sí, señor —respondimos todos.
Estuvimos toda la mañana en eso. Cuidó hasta el más pequeño detalle; se sacó la maleza y se cercó un poco la zona.
—El estanque será privado para todos, a no ser que alguien de la familia invite, ¿entendido?
—Sí, señor.
Todos estábamos asombrados de su voz de mando, tan segura, tan correcta, que a ninguno de nosotros se le ocurriría desobedecer.