XI


—

por

Al día siguiente, antes de que sonara el timbre, llegó la sirvienta con una orden de la señorita Connie: tenía problemas con un perchero de su clóset y que fuera. —Enseguida voy —le dije a través de la puerta. Me puse mi ropa, pero debajo de todo llevaba su pañuelo; me hacía sentir que una…

Al día siguiente, antes de que sonara el timbre, llegó la sirvienta con una orden de la señorita Connie: tenía problemas con un perchero de su clóset y que fuera.

—Enseguida voy —le dije a través de la puerta.

Me puse mi ropa, pero debajo de todo llevaba su pañuelo; me hacía sentir que una parte de él era mía. La única que podría seguir perteneciéndome.

Me fui a la casa principal, me dirigí a los dormitorios y, al entrar en el de Connie, encontré a las dos hermanas juntas. Al verme aparecer, se precipitaron sobre mí.

—¿Y? —preguntaron.

—Besa increíble —fue lo único que pude decir.

Después de esperar un poco, me interrogaron. Eran peores que los detectives de la televisión; trataron de saberlo todo, y creo que lo lograron.

Cuando terminé de hablar, Connie empezó a contar sobre su pololeo con Cristián y su amorosa historia. Alejandra frunció el ceño y alegó que Rodrigo era muy tímido, y que si la próxima vez no la besaba, ella lo haría.

Lograba escucharlas hablar; trataba con todas mis fuerzas de mantener la cordura, de escuchar y entender, pero mi cabeza estaba perdida en destellos de sensaciones, olores, el tono de su voz; la fiesta me golpeaba. Me convertían en un ser incapaz de asimilar nada.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —se preguntaron.

—Bueno, es fácil —dije, aunque estaba segura de que estaba lejos de serlo—. Esto no puede ser: él es casi mi jefe, pertenecemos a dos mundos diferentes, no existe nada que nos permita la opción de estar juntos. Además… lo que existe entre nosotros es una atracción física, nada más…

Las dos me miraron.

—¿Estás segura?

Solté un sollozo que no sé de dónde vino. Sabía que lo que decía mi boca era verdad, pero toda yo me negaba a que fuera eso nada más; el solo imaginar no volver a sentir lo de anoche me quebraba. Pero si Nicolás me cae tan mal, es tan prepotente, me ha tratado tan… Mientras pensaba eso, las mariposas peleaban en mi guata y gritaban: «… igual te gusta». «No, no es cierto». Una pelea a muerte dentro de mí.

Mis lágrimas no paraban, pero estaba claro que yo para él fui solo una entretención que olvidaría rápidamente, y que yo tendría que aprender a borrarlo de mí.

Me fui de la casa con tantas ganas de encontrar una solución… No existía. No lo vería de esa forma nunca más… no volvería a tenerlo cerca, no podría tocarlo…

Al día siguiente, Alejandra se escabulló hasta la barraca.

—Pancho, ven rápido.

Corrí tras ella, evitando que nos vieran.

Estaba asustada y no entendía qué pasaba, por qué la urgencia. Entramos a su cuarto; estaba Connie. Ellas discutían, se gritaban; yo trataba de atar cabos.

—Está tan triste otra vez… —decía Alejandra—. ¿Qué vamos a hacer?

Connie argumentaba que era mejor eso que su apatía eterna después de lo que sucedió. Yo las miraba.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Nicolás está como loco: camina por todas partes, nos pregunta quién eres, dónde puede ubicarte, que por favor lo ayudemos —dijo Connie.

—Pero tienen claro que esto no puede ser, que es una locura, que esto no es una teleserie, que somos personas de la vida real.

—¿Y si esta vez lo perdemos para siempre? —dijo Alejandra—. Lo pasó tan mal con lo de Miriam…

—Alejandra, por favor. Estos años ha estado vegetando en el día a día. La pena, en un momento, dejó de verse, de escucharse; sus ojos se apagaron y su cuerpo, como un autómata, funcionaba a media máquina, sin vivir realmente.

Alejandra me miró con fiereza.

—¿Qué sientes por él? ¿Cuáles son tus sentimientos?

La miré y traté de argumentar que era solo atracción física, que lo nuestro no podría ser y que él me olvidaría fácilmente.

—¡Gatúbela! —Se escuchó un grito gutural, disfónico, urgente, como el de un animal herido.

Nos dimos vuelta en esa dirección. Connie se cayó del sofá y yo me paré, atenta, perpleja ante su grito, su dolor, su urgencia.

—¿Qué vamos a hacer? Esto ni siquiera lo pensamos…

Connie se acercó a mí, mientras Alejandra corría al cuarto de Nicolás.

—¿Te gusta?

Traté de decir que no, pero mi corazón habló antes y asentí.

No sabía qué hacer; su grito me había dejado sorda y tremendamente triste. Mis pies amenazaban con correr hacia él… Connie me atrapó, leyendo en mis ojos mi desesperación.

—Dímelo a mí, Francisca… —insistió.

Quería poder decir lo que mi cuerpo estaba sintiendo, pero en mi corazón no existían los símbolos, solo latidos, sin letras, sin palabras y menos razones… Lo único que pude decir es que me encanta, y caí al suelo como una muñeca rota, sin fuerzas para negar lo que sentía.

Connie me miró, tratando de descubrir qué debíamos hacer. En esos momentos había dos peleas al unísono: una la llevaba su hermano en su habitación y la otra, yo, tirada en el suelo. Una pelea que nos mantenía separados, compartiendo el sufrimiento.

Ya no podíamos deshacer lo que había pasado y que ninguna había previsto.

No sé cómo llegué a mi pieza; no recuerdo haber salido de la casa y menos haber entrado a mi dormitorio. Creo que sentí tanto que mi mente se bloqueó.

Al día siguiente, Connie me contactó.

—¿Quieres ver y estar nuevamente con Nicolás?

Con la voz baja, casi inaudible…, le dije que sí.

—Entonces lo haremos realidad.

—¿Por qué hacen todo esto?

—Lo que pasa es que Nico, aunque no lo parezca, ha sufrido mucho por amor. A los dieciocho años estaba pololeando con una niña de su colegio, y estaba muy enamorado. Un día que salieron a una fiesta —era la graduación—, Miriam tuvo un accidente que la mantuvo internada dos meses. Mi hermano casi se va a vivir a la clínica. Se intentó todo, pero aun así murió. Desde ese momento nadie pudo acercarse a él. Por supuesto que bromea con mujeres, pero nada más. Creo que eres la primera por la cual ha sentido algo.

—Pobrecito… ¿Y qué vamos a hacer ahora? —suspiré—. Tu hermano me fascina, pero tengo miedo de perder lo que tengo… Me ha costado tanto tener lo poco que tengo. Está claro que no es mucho dinero, ni cosas…, pero tengo dónde dormir, un plato caliente en la mesa, gente que me aprecia y a la que he aprendido a apreciar; los días no están llenos de incertidumbre, no existe el vacío; por fin tengo un suelo que pisar. Y, por otro lado, ¿cómo logro acercarme a él? ¿Para qué? No tenemos futuro. ¿Cómo hago para que no vea mi rostro?

—No lo sé. Tendrás que enamorarlo tanto que no le importe quién eres —dijo ella.

—¿Y no les molestará a tus papás?

—No creo. Mi mamá también es de cuna pobre; sin embargo, ellos se enamoraron y lo único que importó es que mi mamá es una mujer buena, correcta, y que ama a mi papá —dijo Connie—. Solucionemos los problemas uno a uno, a medida que se presenten o que tengamos que enfrentarlos. Primero lo vas a llamar. Ayer no estaba bien, y después vemos.

—Bueno —contesté—. ¿Y a qué hora?

—Ahora mismo —dijo Connie.

Acercó el teléfono y lo puso en mis piernas. Tomé el auricular y marqué el número que ella me señaló.

—¿Aló? —pregunté.

Una voz sobresaltada contestó:

—¿Gatúbela?

—Sí.

—Esperaba que me llamaras.

Hubo un silencio, creo que ninguno sabía qué decir.

—¿Estás ahí? —pregunté. El corazón amenazaba con explotar.

—Escuchaba tu respiración —contestó—. ¿Cuándo te veré?

—No lo sé. ¿Y si no te agrada mi cara?

—Va más allá de tu cara. El sábado sentí, después de mucho tiempo, que podía sentir algo por otro ser, más que solo pasión.

—¿Y si es solo pasión? —pregunté—. Quizá, después de lograr lo que quieres, todo quede en nada.

—No lo sé, no quiero mentirte.

Y se hizo otro silencio, pero este era frío y cortante.

—Es mejor que corte —dije.

—Por favor, no. Quiero verte otra vez, quiero saber qué pasa conmigo, con nosotros.

Las lágrimas caían por mi rostro. La cara de las hermanas —Alejandra había llegado al cuarto— era de asombro. ¿Qué había pasado?

—Te llamo otro día —dije.

—Por favor, Gatúbela, no, no… —Su voz se fue haciendo cada vez más fuerte y, cuando colgué el teléfono, escuché su grito desde su habitación.

Connie se fue corriendo a su cuarto. Por lo que después me contó, Nicolás estaba aún en su cama, con el teléfono en la oreja. Cuando ella le preguntó qué pasaba, él le contestó:

—Era Gatúbela. La herí, no quería hacerlo, fui un tonto. Dime quién es, déjame verla otra vez, según sus condiciones, como sea, que no me deje sumido en la nada otra vez. Esperanza, necesito esperanza… He estado tanto tiempo viviendo por inercia…

—No te preocupes, Nico, yo voy a hablar con ella —lo tranquilizó Connie.

Volvió a su pieza; su rostro mostraba preocupación. Yo seguía ahí, triste, pero al oír sus gritos me sentí culpable, culpable de que estuviera mal. Connie se sentó en su cama, se tomó las manos y bajó la cabeza. Comenzó a decir:

—Qué pena verlo así, pero por lo menos está sintiendo algo. Ha estado tanto tiempo en su burbuja que creí que nunca lo vería feliz o triste otra vez. —Me miró a los ojos—. Y tú eres la responsable de ese milagro. Y lo amas, porque… sí lo amas, ¿verdad?

—Sí —respondí sin titubear.

A pesar de que no lo conocía mucho, él llenaba cada parte de mi ser. Todos los días, el solo hecho de poder mirarlo me permitía seguir adelante. El solo escuchar su voz hacía que mi corazón diera un vuelco, y su voz era reconocible para mí entre tantos hombres… Su olor era inconfundible, varonil, un poco salado. Cada vez que cerraba los ojos lo sentía como un fantasma rondando a mi alrededor, acechándome, a punto de atacar y devorarme.

—Sí —dije—. No sé si la palabra es amarlo; nunca había estado enamorada. Pero también me doy cuenta de que «me gusta» es una palabra pequeñita, y lo que siento por él es esa palabra que se atrapa entre los dientes y solo necesita un poco más de profundidad para que mi pecho cree un mundo diferente, donde nunca he estado. Y donde mi corazón aprenderá nuevas cosas.

Las dos hermanas me miraron —seguramente por la seguridad de mi voz— y se sonrieron.

—Bueno, ¿y cuándo se vuelven a ver? —preguntó Alejandra.

—Yo tengo libre el próximo sábado, no puedo antes.

—Está bien. Será según nuestros términos y yo seré la interlocutora, ¿te parece? —dijo Connie.

—Sí, pero ¿cómo lo haremos? —pregunté.

—Pensemos hasta mañana, por si tenemos alguna solución… ¿Bien? —propuso Ale.

Salí de la pieza, algo triste aún. Cuando caminaba por el pasillo, salía Nicolás de su cuarto, con la cabeza gacha y a medio vestir; chocamos, apenas un empujón.

—¿Qué haces aquí? —dijo.

—Eh, eh… arreglando una cajonera en el dormitorio de su hermana —respondí.

—Ah. —Y siguió. Bajó la vista otra vez; sus ojos estaban vidriosos. Yo tenía ganas de tocarle la mejilla y hacer que se sintiera mejor…, pero no podía, y eso lo tenía claro.