Vuelvo a la dicotomía del capítulo anterior, ahora en su versión económica. Estoy agotado de esa discusión infantil sobre cuál es el modelo más eficiente para lograr el bienestar de los seres humanos. Estoy harto del bien y el mal, de esa dicotomía simplista, es como si por el hecho de tener dos hemisferios en el cerebro, tuviéramos siempre que elegir entre izquierda o derecha, ¿no habrá una tercera alternativa? ¿o es muy tonto lo que estoy diciendo?
Si bien la postura socialista, con su idea de redistribución de la riqueza, tiene un ideal muy generoso, en la práctica sabemos que no resulta. Y no necesariamente porque el modelo sea malo en sí mismo, sino porque es administrado por seres humanos que somos egoístas. No estamos en contra del otro, pero sí estamos, naturalmente, a favor de nosotros mismos.
Por otro lado, están los defensores acérrimos del libre mercado, que, desde mi perspectiva, sostienen el modelo que mejor funciona hasta ahora. Sin embargo, también tiene una serie de carencias que serían perfectamente mejorables, pero no se corrigen por una sencilla razón ideológica: cualquier intento de hacerlo suena a socialismo.
A eso me refiero cuando digo que la economía no debería ser una religión. Debería ser una ciencia: mucho más técnica y mucho menos política.
Revisemos un poco la historia: Me parece que la economía actual, en pleno siglo XXI, sigue anclada fundamentalmente en dos obras de los siglos XVIII y XIX: *La riqueza de las naciones* de Adam Smith y *El capital* de Karl Marx.
Si bien ambos textos son los pilares de las dos visiones que han moldeado nuestra sociedad, para mí, hoy tienen olor a naftalina. Fueron escritos desde la perspectiva de autores cercanos al alba de las revoluciones industriales, enfrentando dinámicas y problemáticas que poco tienen que ver con nuestra realidad actual. Aunque son textos valiosos que fundaron los modelos económicos contemporáneos, me parece absurdo —e incluso anacrónico— que sigamos debatiendo quién tiene la razón entre estas dos posturas.
En la época de Smith y Marx, cuestiones como la crisis ecológica, la salud mental o el bienestar espiritual no eran consideradas variables relevantes dentro del análisis económico. Esta omisión ha generado un desfase entre las necesidades actuales de la humanidad y los instrumentos conceptuales con los que intentamos satisfacerlas.
Desde mi perspectiva, resulta profundamente relevante replantearnos qué es aquello que verdaderamente posee valor para la humanidad. Conceptos como la libertad, la preservación del planeta, la salud mental y la dimensión espiritual de las personas emergen hoy como ejes fundamentales de cualquier reflexión seria sobre lo que hoy consideramos valioso. Sin embargo, las bases sobre las cuales se sostiene la economía contemporánea parecen insuficientes para abordar estas dimensiones.
En este sentido, surge una pregunta: ¿cómo puede una economía moderna contribuir al bienestar integral de las comunidades? No se trata de una reflexión de carácter político, de defender un modelo u otro, se trata de romper la dualidad y generar uno nuevo.
Tampoco es una apelación superficial a corrientes contemporáneas, sino de una búsqueda genuina por comprender qué condiciones permiten a los individuos alcanzar una vida plena. Esto implica considerar no solo el acceso a bienes y servicios, sino también el desarrollo de una conciencia más amplia que favorezca la convivencia, la cooperación y la superación de conflictos.
Solo redefiniendo aquello que consideramos valioso será posible avanzar hacia una sociedad más equilibrada, en la que el progreso no se mida únicamente en términos materiales, sino también en la calidad de vida y en la profundidad de la experiencia humana.
En este punto, usted, señor lector, estará esperando que yo dé la receta mágica. Pero le recuerdo que yo soy un sinvergüenza. Simplemente estoy poniendo el punto sobre la mesa, de que estoy indignado con esta discusión infantil, donde me proponen una bifurcación: vaya al libre mercado o a una economía centralizada.
Yo le pido a la academia, le pido a gente mucho más preparada que yo, que nos plantee una nueva alternativa. Probablemente, en alguna universidad o en algún centro de estudio se esté pensando algo distinto. Pero, lamentablemente, yo, como ciudadano de a pie, cada vez que veo una campaña presidencial o un debate político, encuentro siempre la misma discusión: que el modelo de acá, que el modelo de allá; que yo soy bueno, que tú eres malo.
Si yo tuviera la idea, le juro, señor lector, que la pondría arriba de la mesa. Pero, lamentablemente, no la tengo. Escribo esto solamente para mover el tablero y dejar planteado el punto: no puede ser que nos quedemos estancados en esta dicotomía. Lo que sí tengo es una intuición, y la comparto con la humildad de quien no es economista.
Mi intuición es que no deberíamos quedarnos atrapados en la dicotomía entre capitalismo y socialismo como modelos excluyentes. Más que adherir de forma dogmática a uno u otro, lo razonable sería pensar en sistemas económicos dinámicos, capaces de adaptarse a las condiciones específicas de cada país y a las necesidades concretas de sus comunidades en el tiempo.
La economía, en ese sentido, debería ser flexible y contextual, no ideológica en el sentido rígido del término. Resulta problemático —y, en cierto modo, casi religioso— defender una única forma de organización económica como verdad absoluta, independiente de las circunstancias.
No me parece una locura que, para un país, en un momento determinado y bajo ciertas circunstancias, sea más favorable un sistema de libre mercado y que, después, a través del tiempo, debido a cambios demográficos o a circunstancias externas a la vida propia de ese país, le resulte más conveniente un sistema centralizado, o tomar prestado mecanismos de este, y luego volver al anterior, lo mismo con la carga impositiva, tiene que ser flexible, según el momento y contexto. No veo el conflicto ni el problema. Ahí es donde, para mí, radica precisamente el problema: en entender estas ideas como una religión o como una traición a un principio fundamental. Para mí, se trata simplemente de un mecanismo que utilizo dependiendo de lo que necesito en cada momento.
Si observamos la naturaleza, como un sistema complejo de generación y distribución de recursos, encontramos ejemplos que ilustran esta idea de manera elocuente.
Existen estructuras jerárquicas, como en ciertos grupos de animales donde un macho alfa lidera y toma decisiones clave para la supervivencia del conjunto. Ese modelo podría asemejarse, en términos muy generales, a una lógica más competitiva y capitalista.
Por otro lado, también encontramos sistemas profundamente cooperativos, como las redes de micelio en los ecosistemas forestales, donde los hongos facilitan el intercambio de nutrientes entre árboles, beneficiando especialmente a aquellos que se encuentran en condiciones más débiles. Este tipo de organización recuerda a principios más cercanos a la cooperación y la redistribución como el modelo socialista.
Ambos modelos funcionan, pero lo hacen en contextos distintos y bajo lógicas diferentes. Lo relevante no es cuál es “mejor” en términos absolutos, sino comprender que la eficacia de un sistema depende de su adecuación al entorno en el que opera.
La naturaleza no se adscribe a un único modelo: se adapta. Ajusta sus dinámicas en función de las condiciones, de los organismos involucrados y de los desafíos que enfrenta el sistema. Esa capacidad de adaptación es, precisamente, lo que le permite sostenerse en el tiempo.
En el fondo, esa es la tesis de este capítulo: más flexibilidad, menos doctrina.