Efectivamente, a la semana siguiente nos estábamos casando. Ale y Connie corrían por todos lados tratando de organizarlo todo. Se hizo una fiesta campesina; se usaría una carreta y la ceremonia se haría en nuestro lugar preferido, el estanque. Se puso un arco de madera pintado de blanco, con flores del mismo color, y sillas. Solo se invitó a la gente más cercana, pero, como se invitó a los empleados, ya éramos muchos. Pamela fue la primera en llegar; no podía creer que el Ratón Pancho fuera a casarse.
A pesar del tamaño, quise vestirme en la ratonera. Ale y Connie me ayudaron. Era un vestido muy sencillo, con un gran cierre en la espalda, sin velo, y de ramo, solo una rosa blanca de tallo largo. Mi pelo no podía arreglarse mejor. La salida de la ratonera estaba llena de pétalos de los rosales.
Al salir, me subí a la carreta, llena de flores y cintas blancas. Connie se me acercó.
—El ramo es mío, ¿de acuerdo?
—Por supuesto —le aseguré.
Ale y Connie se apresuraron para llegar a la ceremonia; todos iban vestidos de huasos, y ellas, de huasas elegantes. Todo se veía muy lindo. Al llegar, como no tenía quién me entregara, Nicolás se acercó, tomó mi mano y caminamos juntos hasta el padre que nos uniría.
La ceremonia fue corta y muy alegre. Nos reunimos en el comedor y bailamos, pero Nicolás y yo queríamos irnos. Bailamos el vals de los novios; parecía que él me llevara sobre nubes, y mi vestido vaporoso volaba por la pista. Se tiró la liga, que Cristián peleó por agarrar y que todo el resto rehusó recibir, y cuando debía tirar el ramo, me acerqué lo más que pude a Connie y se lo tiré en las manos. La besé en las mejillas.
—Espero que seas tan feliz como nosotros —le dije.
—Y yo te deseo lo mejor —me sonrió.
Don Ernesto y doña Andrea nos tomaron de las manos y entre los dos nos pasaron un camafeo. Era antiguo; en su interior tenía una foto de Nicolás como pirata y mía como Gatúbela, y dijeron:
—Cuando el amor flaquee, recuerden cuál fue el principio. Enamórense nuevamente cada día.
—Gracias —dije.
Llegaba la hora de marcharse; me cambié de ropa y salí. Nicolás esperaba en la puerta, con el auto abierto y encendido. Me tomó de la mano y corrimos hacia él.
* * *
Con los años, La Poderosa fue un proyecto hermoso y gratificante. Los estudios de administración, que por fin terminé, me permitían ayudar concretamente en el desarrollo de nuestras tierras. Salir a caballo, cabalgar grandes distancias, hacer trabajo físico era un gusto que me daba; me hacía sentir conectada con lo que soy, más allá de una mujer inteligente, vivaz, fuerte y completa, que puede ser tremendamente feliz con su femineidad, pero también con su lado masculino. Nicolás, en estas ocasiones, me trataba como uno más y muchas veces me decía Ratón Pancho, dando órdenes que debía cumplir bien, y eso era lo correcto.
La familia creció con altos y bajos. Connie se casó, y ya sabemos con quién; Alejandra tardó un poco más —era pequeña y tenía sueños que cumplir—, pero su compañero siempre fue el mismo.
Algunos se fueron, pero regresaban los fines de semana para compartir y llenar de alegría y de niños este lugar.
Nicolás y yo… siempre buscábamos momentos para estar solos. Nuestra complicidad era en todos los niveles: discutíamos proyectos de la finca, la crianza de los niños, nuestra complementación como compañeros, como amantes.
Y cuando no llegábamos a buen puerto, usábamos nuestra arma secreta, nuestros cuerpos; ellos tenían un lenguaje que nos obligaba a llegar a consenso… o por lo menos a disfrutarnos, y eso, en más de una ocasión, era suficiente. Es agradable tener tu propia individualidad, que el otro te dé tu espacio y saber que en cualquier momento puedes volver; que el otro te conozca tanto que sepa dónde buscarte, cómo protegerte de ti misma; saber que eres un ser individual, pero que existe en este inmenso mundo un lugar seguro que en realidad no es un lugar: es una persona, es un hogar; que son el uno para el otro.
Agradeceré toda mi vida el tener doble personalidad, el Ratón Pancho y Gatúbela; las dos se desarrollaron por separado, creando un yin y un yang que Nicolás ha podido disfrutar con fiereza y libertad, dejándome ser una mujer completa. Sin juicios. Sin límites. Inmensamente feliz.