Recuerdo que, hace muchos años, vi en televisión una entrevista realizada por Cristián Warnken en un programa llamado *La belleza de pensar*. El entrevistado era Francisco Varela, neurobiólogo y también fenomenólogo.
En ese programa, Varela explicaba —según recuerdo—, en palabras simples, qué es la fenomenología: una disciplina que se dedica a estudiar los fenómenos tratando de ser lo menos antropocéntrica posible. Sostenía que nuestra percepción, nuestra concepción e incluso nuestra construcción de la realidad no son más que la suma de nuestros cinco sentidos y del procesamiento que hace el cerebro. Eso es lo que constituye nuestra realidad.
Cuando comprendí esa limitación, pensé que la realidad debía ser mucho más amplia que aquello que mis cinco sentidos y mi cerebro son capaces de captar. Por brillante que sea nuestra capacidad de razonamiento, siempre habrá una realidad que permanecerá fuera de nuestro alcance.
Ese fue el punto de partida de una idea que me ha acompañado desde entonces: lo que percibimos no es la realidad, sino apenas una representación de ella. La realidad es infinitamente más compleja. Nosotros la observamos como quien presencia una obra de teatro desde una butaca. Como con la familia, vemos abrirse y cerrarse el telón, aparecer y desaparecer personajes, y seguimos la historia creyendo comprender lo que ocurre. Sin embargo, ignoramos cómo se mueve toda la maquinaria detrás del escenario, quién dirige la obra o quién escribió el guion.
Al intentar responder qué es la realidad, me adentro en un territorio donde la física, la química y la filosofía han ofrecido respuestas profundas, pero ninguna definitiva. Cuanto más avanzo en esa búsqueda, más convencido estoy de que la realidad constituye un horizonte inalcanzable para la comprensión humana. Tal vez nuestra existencia, infinitamente pequeña frente a la inmensidad del universo, no nos permita acceder a ella en su totalidad. Sin embargo, esa imposibilidad no resta valor a la pregunta; por el contrario, la convierte en una de las búsquedas más nobles de nuestra especie. Este capítulo no pretende ofrecer una respuesta definitiva, sino explorar hasta dónde puede llegar nuestra razón antes de encontrarse con sus propios límites.
¿Qué es la realidad, materia y energía? ¿Serán nuestras experiencias generadas a partir de nuestras percepciones? ¿Existe realmente el tiempo y el espacio, o son una ilusión generada por nuestro cerebro para darle cierto sentido a la realidad y no perder la cordura?
El tiempo y el espacio podrían ser simplemente un sistema de coordenadas inventado por el ser humano para ordenar el caos que es la existencia, así como inventamos los puntos cardinales para poder situarnos espacialmente en la Tierra.
Hablemos del tiempo. Algunos físicos sostienen que es una propiedad emergente de la realidad: no es una sustancia ni algo fundamental, sino una consecuencia de algo más profundo que subyace en la realidad.
Si lo pensamos bien, el tiempo prácticamente no existe. El pasado está “guardado” en recuerdos, que no son más que ciertas conexiones neuronales en nuestro cerebro; no hay un pasado como lugar al que se pueda ir ni como un fenómeno físico independiente. Por otro lado, el presente podría entenderse como el cero en una recta numérica, mientras que el futuro serían los valores que vienen a continuación. Es decir, ninguno de los tres existe plenamente: el pasado ya desapareció, el presente es extremadamente efímero —apenas un límite entre pasado y futuro— y, evidentemente, el futuro aún no existe. Por lo tanto, el tiempo tampoco existiría como entidad fundamental; como se dijo anteriormente, sería más bien una consecuencia emergente de la realidad y de las estructuras —incluso matemáticas— que configuran nuestra percepción.
Ahora bien, si pensamos en el espacio, generalmente lo imaginamos como un escenario en el que se encuentra la materia, donde ésta sería como los actores de una obra de teatro que interactúan dentro de ese escenario. Sin embargo, esa idea me resulta simplista y casi infantil: la concepción de un espacio como mero “contenedor” de los fenómenos me genera dudas. Más bien, tengo la impresión de que el espacio mismo participa en la generación de la materia. Es decir, no habría un escenario y actores actuando por separado, sino una interdependencia entre ambos; uno no existiría sin el otro.
Hablemos de la energía, y aquí me permito un desvío, solo en apariencia: cuando decimos que una persona tiene buena energía, ¿a qué nos referimos? ¿Serán sus campos electromagnéticos? De alguna manera nuestro cuerpo actúa como receptor de esos campos, percibe esas vibraciones — que no son más ni menos que campos electromagnéticos fluyendo y vibrando en distintas frecuencias—, las cuales interpretamos como positivas o negativas. O, citando la canción *Good Vibrations* de The Beach Boys, ¿será que esas vibraciones que emite nuestro cuerpo a nivel electrónico o en micro frecuencias también pueden ser percibidas por otros cuerpos y que se trata, en el fondo, de un fenómeno físico más que de algo puramente sensorial o místico?
Desde esta perspectiva, no hablamos de elementos independientes; espacio, materia, energía y tiempo, sino de un sistema relacional en el que cada componente existe en función de los otros. Son partes de una misma trama dinámica, inseparables en su origen y en su funcionamiento.
Creo que no solo interactúan, sino que, en cierto sentido, se generan mutuamente: no es que exista el espacio por un lado y la materia dentro de él, sino que la materia y la energía configuran el espacio y el espacio genera el tiempo. Son, por así decirlo, como dos parejas en una relación abierta, o como diría Maluma “felices los cuatro”
Desde la perspectiva de la física teórica, lo que he aprendido es que la pregunta por la naturaleza de la realidad no se formula como una búsqueda de esencias últimas en sentido filosófico tradicional, sino como un problema de descripción: ¿qué tipo de estructura es capaz de dar cuenta, de manera coherente y predictiva, de los fenómenos observables?
Durante siglos, la intuición dominante sostuvo que la realidad estaba compuesta por materia: objetos sólidos, localizables, persistentes. Sin embargo, el desarrollo de la física moderna —desde la relatividad hasta la mecánica cuántica— ha erosionado profundamente esa imagen. La materia, tal como la concebimos cotidianamente, ha dejado de ser el fundamento último. Incluso la energía, que en un momento pareció ocupar ese lugar, resulta ser más bien una propiedad que una sustancia.
En el corazón de la teoría cuántica de campos se encuentra una idea más radical: lo que llamamos “partículas” no son entidades fundamentales, sino excitaciones de campos subyacentes. Es decir, no hay “cosas” en el sentido clásico, sino patrones dinámicos en estructuras matemáticas que permean todo el espacio. **En palabras** de Richard Feynman, uno de los arquitectos de esta visión, la naturaleza no está hecha de pequeñas bolitas, sino de comportamientos.
Una de las ideas que más me perturba es la de la longitud de Planck, que sugiere que la realidad llega a un punto en el que, si sigues achicando las cosas hasta el infinito, alcanzas un límite: aproximadamente 10-35 metros. Más allá de eso, parecería no existir nada más pequeño. Según algunas hipótesis, se produciría una especie de micro agujero negro donde la realidad se comprime sobre sí misma y ya no puede seguir reduciéndose. Sería como el último píxel de la realidad.
Por otra parte, la relatividad de Einstein introduce otra grieta en nuestra intuición: el espacio y el tiempo no son escenarios fijos donde ocurren los eventos, sino entidades maleables, entrelazadas con la materia y la energía. Así, aquello que parecía el marco de la realidad se convierte en parte de su contenido.
La mecánica cuántica, a su vez, introduce un elemento aún más desconcertante: el papel del observador. Sin caer en interpretaciones simplistas o esotéricas, es innegable que lo que puede decirse de un sistema físico depende del tipo de medición que se realice. Como señaló Niels Bohr, la física no describe la realidad “tal como es”, sino lo que podemos describir de ella, a través de una medición particular. Esta afirmación no niega la existencia de una realidad independiente, pero sí cuestiona la posibilidad de acceder a ella sin mediaciones.
En este contexto, afirmar que la realidad es “materia y energía” resulta insuficiente. Es, en el mejor de los casos, una aproximación macroscópica, útil para la vida cotidiana pero limitada frente a la profundidad de las teorías contemporáneas.
Quizá una formulación más precisa —aunque también más inquietante— sería la siguiente: la realidad es la estructura subyacente, aún parcialmente desconocida, de la cual emergen como fenómenos derivados la materia, la energía, el espacio y el tiempo. No accedemos a ella directamente, sino a través de modelos, mediciones y representaciones que, aunque extraordinariamente eficaces, podrían ser apenas sombras de una arquitectura más profunda.
Así, la física teórica no responde definitivamente a la pregunta “¿qué es la realidad?”, pero la reformula de un modo más exigente: no como una cuestión de sustancias, sino de estructuras; no como un inventario de cosas, sino como la búsqueda de las reglas que hacen posible su aparición.
De alguna manera, lo que nos plantea la física es que solo somos capaces de observar ciertos fragmentos de la realidad y, como si se tratara de un rompecabezas, intentamos reconstruir el todo a partir de esas piezas. Sin embargo, somos completamente incapaces de comprenderla o medirla en su totalidad. Nos vemos obligados a subdividirla, porque los instrumentos de los que disponemos, así como nuestro conocimiento y la propia estructura de nuestro cerebro, nos exigen fragmentarla.
Posteriormente intentamos recomponer ese todo uniendo los fragmentos, pero el resultado no siempre es coherente. Es probable que esta sea una de las razones por las que existe el conflicto entre la mecánica cuántica, que estudia el micro mundo, y la teoría general de Einstein, que describe los fenómenos a gran escala. Al observar y medir estos dominios por separado, emergen piezas que no encajan dentro del mismo marco explicativo.
Tal vez, entonces, el desafío no consista únicamente en perfeccionar nuestras herramientas analíticas, sino en desarrollar un sistema de conocimiento más holístico: una forma de comprensión que no dependa exclusivamente de la fragmentación, sino que aspire a captar la realidad como una totalidad integrada, en una línea que, en cierto sentido, recuerda a algunas filosofías orientales.
Y aquí vuelvo al punto de partida, a Varela: todo lo que sabemos de la realidad nos llega a través de los sentidos y del procesamiento que hace el cerebro.
A lo largo de la historia, hemos desarrollado tecnologías que funcionan como extensiones de estos sentidos. El telescopio amplía nuestra capacidad visual hasta escalas cósmicas; el microscopio nos permite acceder a lo infinitesimal; instrumentos como el osciloscopio o los detectores de ondas convierten fenómenos imperceptibles en señales interpretables. Sin embargo, incluso estas herramientas no eliminan la mediación: simplemente la desplazan. Seguimos dependiendo de una interpretación cerebral de los datos.
El problema es que nuestros sentidos —y, por extensión, nuestras intuiciones— no son fiables como guías últimas de la verdad. La experiencia cotidiana sugiere, por ejemplo, que la Tierra es plana: no percibimos su curvatura en la escala humana. Del mismo modo, intuimos que los objetos son sólidos y continuos, cuando en realidad están compuestos casi en su totalidad por espacio vacío a nivel atómico. Si dependiéramos exclusivamente de la percepción directa, difícilmente habríamos llegado a postular la existencia de átomos o de campos cuánticos.
Existen, además, fenómenos bien documentados que evidencian estas limitaciones: ilusiones ópticas, sesgos cognitivos, o incluso la incapacidad de percibir la mayor parte del espectro electromagnético. Lo que vemos es apenas una fracción ínfima de lo que “está ahí”.
Todo esto sugiere que nuestra relación con la realidad es inevitablemente indirecta. No accedemos a ella tal como es, sino a través de modelos construidos a partir de datos incompletos y procesados por un sistema —el cerebro— que evolucionó para la supervivencia, no para la comprensión absoluta del universo.
Entiendo que en este capítulo no estoy diciendo nada nuevo, salvo para los que creen que la ciencia o la religión ya lo saben todo.
Casi todos intuimos que la realidad es un misterio. Sin embargo, vivimos dentro de ella, y me parece relevante poner el punto y tomar conciencia de ello.
Es importante destacar que lo que entiendo por realidad no es más que una narrativa que me invento a mí mismo, para mantener la cordura y no terminar en un manicomio.
De hecho, frente a la pregunta, muchos científicos responden: “no sabemos”. O bien, señalan que hemos comprendido pequeños fragmentos, pero no hemos podido armar el rompecabezas.
En ese punto, digo: yo vivo dentro de la realidad, la percibo, la siento; sin embargo, no sé qué es.
Y, aun así, todo lo que soy, todo lo que pienso y todo lo que creo comprender ocurre exclusivamente dentro de ella.
Es más, no sé por qué digo “dentro de ella”, quizás yo contengo a la realidad, y no la realidad me contiene a mí, bueno incluso podrían ser ambas realidades coexistiendo simultáneamente, lo que ocurre es que mi pequeño cerebro necesita definir qué está dentro de qué, cuando probablemente, esa dicotomía, es precisamente el árbol que no me deja ver el bosque.
Siempre llegaremos a una respuesta que nos va a llevar a otra pregunta, y eso es lo hermoso de esta pregunta, como dijo mi amigo Sócrates, “Solo sé que nada sé”