IV


—

por

El tercer día no me esperaba algo mucho mejor: doña Mónica pidió que agarrara un chancho para la cena; el patrón quería comer… Al llegar a la chanchera pregunté cuál sería un buen animal para la cena del patrón y me señalaron uno bastante grande. Me puse los guantes y corrí tras él, que, más…

El tercer día no me esperaba algo mucho mejor: doña Mónica pidió que agarrara un chancho para la cena; el patrón quería comer… Al llegar a la chanchera pregunté cuál sería un buen animal para la cena del patrón y me señalaron uno bastante grande. Me puse los guantes y corrí tras él, que, más que un chancho en barro, parecía untado en aceite, y era muy rápido para sus cortas patas y su peso. Corría y corría; logré acercarme bastante un par de veces, pero se escapó. Era realmente imposible que lo lograra. Justo estaba ese muchacho ahí, disfrutando la función y riendo, cuando entró don José Manuel y le dijo:

—¿Te parece muy chistoso?

El muchacho paró bruscamente de reír.

—Entonces vas a ayudar a Ratón Pancho, a ver si lo haces mejor.

No dijo nada y se metió en la puerquera. Me miró con cara de pocos amigos, se arremangó la camisa y, justo cuando el chancho pasaba delante de él, saltó. El animal lo arrastró, llenándolo de fango y comida. Yo, por mi parte, aproveché la situación y también salté sobre él. Logramos detener al chancho, lo dimos vuelta y me dijo que lo levantara, cosa que no pude hacer. Vino don José Manuel, entre los dos tomaron al animal y lo sacaron de la chanchera. Me sentí frustrada de no tener más fuerza. En eso apareció el muchacho y, con un dejo de enojo, me dijo:

—Realmente eres un debilucho.

Me sonrojé y no dije nada. Me paré, cerré bien la reja y me fui a bañar. Me cambié nuevamente y fui a buscar mi ropa, que seguía colgada, pero ahora seca. Mientras lo hacía, no lograba dejar de hablar entre dientes contra ese petulante, que tanto se creía: si yo tuviera su estatura y su físico, podría hasta con dos chanchos a la vez. Qué tipo tan desagradable.

Después de una semana extenuante, en la que casi no había hablado y solo había realizado mi trabajo lo mejor posible, recibí mi primer sueldo —era el suple—: ciento cincuenta mil pesos por la quincena y otros veinte mil por la organización de turnos. No era mucho, pero era mío y me sentía bien. Pensé en lo necesario que era comprarme unas cremas y una cajonera para ordenar mi dormitorio. Ya que no podía poner objetos que me hicieran ver femenina, por lo menos podría tener todo organizado y ocultar algunos objetos que me acercaban a mi parte mujer. El hecho de vestirme, verme y oler muchas veces como hombre no quería decir que tuviera que tener mis cosas desordenadas, y menos aún cuando mi cuarto me parecía cada vez más un lugar seguro, agradable, para vivir mi vida.

El sábado, un minibús iba a llevar a los hombres a la ciudad para que fueran a ver a sus familias. Le pregunté al chofer:

—¿A qué hora regresa a La Poderosa?

—Estoy tres horas en la ciudad y regreso.

—Tengo que comprar una cómoda. ¿Le importaría si la cargo aquí y la llevo a la hacienda? —pregunté.

—No, para nada.

Compré mi pequeña cómoda de tres cajones y en mi mochila puse mis cremas. La subí como pude, me ayudó el chofer, y me fui feliz. La semana siguiente visitaría a Pamela, pues no había tenido noticias mías y debía de estar preocupada. Tenía que contarle todas las cosas que estaba viviendo y que estaba bien.

La cómoda quedó perfecta. En el primer cajón, calcetines y calzoncillos —no quería que pensaran raro de mí: un asunto era disfrazarme de hombre y otro muy diferente era ser un homosexual; eso sí sería un problema en la barraca—. No quería malentendidos; la privacidad y el respeto eran algo muy valorado entre los trabajadores.

Segundo cajón, poleras y camisas; y en el tercero, los pantalones. Tengo que reconocer que tener cosas mías, compradas por mí, me hacía sentir que ese lugar era propio, más concreto, más definitivo, una palabra que en mi vida había sido muy fugaz: todo era cambio de lugar, de gente, de futuro. Me gustaba sentir que tenía algo permanente.

Me sentí millonaria; me había comprado algo sola y se veía bien.