Un día arreglaba una cómoda en la habitación de la señorita Constanza cuando pasó lo peor que podía ocurrir. Se me acercó y me dijo:
—Eres mujer, ¿verdad?
Se me cortó la respiración y no supe qué decir. La miré.
—¿Cómo se le ocurre? —repuse.
—No tienes que disimular conmigo. Desde el primer día que te vi me pareciste muy menuda, y tus movimientos no eran los de un hombre, sino todo lo contrario: los de una mujer que intenta ser tosca y simular ser hombre.
—Por favor, señorita, no le cuente nada a nadie —rogué—. El periodo que he estado aquí ha sido el mejor de mi vida, se lo suplico…
—No te preocupes, me pareces buena persona…
Nos sentamos en un sillón de su pieza, que estaba muy bien decorada; no era moderna, pero sí muy cómoda.
—Quiero saber tu historia —me dijo.
No pude empezar y me eché a llorar. Mi historia no era muy diferente de la de otras chicas nacidas en un pueblo con pocas oportunidades: mis padres ya se habían ido y solo tenía una amiga; no había mucho que contar.
—¿Y cómo fue tu llegada?
Le dije cómo había sido y sonrió.
Tomó el gorro que yo siempre llevaba en la cabeza y lo sacó. Me miró con paciencia, fue a su baño y luego cerró la puerta de su pieza.
—Por si acaso —me dijo.
Traía consigo un pequeño bolso de mano; lo abrió y pude ver que dentro había un sinnúmero de cosas: pinturas, cepillos, alisadores, de todo.
—Pero… —quise protestar.
—Ahora que seremos amigas, quiero saber cómo eres como mujer. Espera un poco. —Se demoró en continuar—. Alejandra a veces mete la pata, pero es súper buena niña y es mejor que sepa lo tuyo. ¿Te parece?
Derrotada por haber sido descubierta, acepté. ¿Qué más podía pasar? Tomó un citófono y llamó a su hermana.
—Ven ahora a mi cuarto.
A los pocos minutos apareció la señorita Alejandra; golpeó, abrió la puerta y de un solo empujón la señorita Constanza la hizo entrar en su cuarto.
La recién llegada me miró sorprendida, y su hermana dijo:
—No te preocupes, es mujer.
—¡¿Qué?! —gritó.
Le explicó a grandes rasgos cómo lo había descubierto y mi historia. Las dos se acercaron a mí; yo seguía en mi puesto sin decir nada.
—Primero —dijo la hermana mayor—: cuando estemos solas, nos dices por nuestros nombres, ¿bueno? Y a mí todos me dicen Connie.
Asentí sin decir nada. Constanza empezó a mirar mi pelo y me preguntó quién lo había cortado.
—Yo —contesté.
—¿Puedo emparejarlo? —preguntó ella.
—Bueno —acepté.
Las dos hablaban rápido, me preguntaban cosas y cortaban pequeños mechones de mi pelo. Con un alisador lo acomodaron, y me encresparon las pestañas.
—¿Y cómo haces con tus pechos? —preguntó Alejandra.
—Los tengo fajados; por eso uso siempre camiseta.
Me paré y fui al baño. Me saqué toda la ropa, me desfajé y quedé solo con brasier y una polera.
Me miraron largo rato.
—Qué diferente… Eres bonita —comentaron las dos.
—Gracias —agradecí.
Me paré y fui al espejo; hacía tiempo que no me veía como mujer, y lo extrañaba. Mientras me miraba, Constanza dijo:
—Tenemos que hacer algo entretenido y donde puedas estar de mujer.
La fiesta de cumpleaños de Alejandra, que ese año se haría de máscaras en la casona de La Poderosa, sería la ocasión ideal: estarían todos sus amigos, y las dos hermanas se esmeraban al máximo con la ropa y los maquillajes, como la ocasión lo ameritaba.
Las dos hermanas se pusieron a discutir cada detalle; yo me sentía ajena y traté de excusarme e irme, pero Constanza me vio y me dijo:
—Es una buena idea, y tú serás nuestra invitada de honor.
—Van todos.
Yo permanecía callada.
—Es mejor que me vaya —dije.
—Está bien —contestaron las dos—. Pero tendrás que quitarte el peinado y lo de los ojos; no se te vaya a olvidar.
Cada vez que había un momento en que nos encontrábamos, las dos hermanas decían e insistían en que debía participar en esta gran fiesta, lo que me parecía una locura por donde lo viera. Estaba claro que era un mundo ajeno al mío.
Un día Alejandra me acorraló y me señaló que sería una fiesta de disfraces, un momento ideal para disfrazarme de mujer: «Total, te vistes de hombre todos los días; te mereces ser tú otra vez, aunque sea un día».
Acompañé a Constanza y a Alejandra a comprarse vestidos; yo llevé todo mi dinero. Entramos a un sinnúmero de tiendas de trajes de carnaval o de disfraces, pero no había mucho, por lo que viajamos a Santiago.
Alejandra eligió un traje de época blanco con adornos rosados, una peluca con joyas y un antifaz. El vestido iba con su falso y el corsé; se veía hermosa.
Constanza quería algo más de superheroína, pues había quedado de acuerdo con Cristián en ir vestidos así. Eligió a la Mujer Maravilla, y realmente el traje le quedaba muy bien.
Yo me probé de todo, hasta que salió Alejandra y dijo que tenía el traje ideal, uno con el que ninguna mujer podía sentirse menos que femenina. Me metí al vestidor y me pasó un traje completamente negro; su tela parecía cuero. Cuando terminé y me vi, dije:
—No, no me puedo poner esto.
—¿A ver…? —se apresuró Constanza.
Salí, aunque faltaba que me pusiera la capucha.
—Te ves sensacional —dijo—. Póntelo entero.
—Nadie podrá saber que eres tú; es el mejor disfraz. Como no podrás vestirte en la barraca, pide el día libre: nos encerraremos en mi pieza y ahí nos arreglaremos.
Estaban tan emocionadas con la fiesta, los disfraces y la oportunidad de jugar con esta amiga —o sea, yo— y de saber qué pasaría…
Se quedó pensativa.
—¿Cuántos de la hacienda van a esta fiesta?… No pueden descubrir quién eres.
En estricto rigor, su familia, por supuesto, sus respectivas parejas y nadie más.
—Mis papás estarán en otro lado, con los adultos de la fiesta, y solo Nicolás andará dando vueltas. De los trabajadores, ninguno irá.
Bueno, entonces estaba solucionado: seguramente Nicolás estaría con sus amigos de la ciudad o en alguna conquista…
El sábado se acercaba a pasos agigantados. Connie me llevó mi disfraz; sin embargo, las botas, de unos diez centímetros de tacón, se quedaron en su habitación, donde podía ponérmelas y ensayar a caminar y a verme tan segura y cautivadora como mi traje lo exigía. Tengo que reconocer que la tarea no era menor: caminar erguida, no doblar las piernas, mover las caderas lo suficiente para verme felina, pero sin exagerar… mirar como si el mundo fuera mío, sin miedo; por una vez, ser una gata que se come el mundo completo porque quiere y puede… Sería un día de magia, un día para recordar y pertenecer a un mundo que nunca sería mío. Creo que todos hemos soñado, por lo menos una vez, con que un hada madrina nos conceda el deseo de ver cómo vive la otra mitad.