VIII


—

por

Al día siguiente, después del baño, me miré la cara y tenía un moretón enorme. Enseguida recordé el golpe de Nicolás; ni siquiera había sido fuerte, pero es verdad que mi piel era extremadamente blanca y cualquier cosa se notaba diez veces más. Traté de peinarme hacia ese lado para disimularlo, pero no dio muy…

Al día siguiente, después del baño, me miré la cara y tenía un moretón enorme. Enseguida recordé el golpe de Nicolás; ni siquiera había sido fuerte, pero es verdad que mi piel era extremadamente blanca y cualquier cosa se notaba diez veces más. Traté de peinarme hacia ese lado para disimularlo, pero no dio muy buenos resultados. Además, fue una estupidez: mi pelo seguía estando muy corto. Como siempre, doña Mónica se dio cuenta y averiguó con Manuel y Carlos qué había pasado. Al salir vi a Nicolás, que se acercaba a mí como un toro dispuesto a embestirme, y me tomó de la camisa.

—Siempre me pones en problemas… Doña Mónica te quiere ver en la cocina.

—Lo siento —dije, y me fui.

Doña Mónica estaba parada con las manos en las caderas y con cara de pocos amigos.

—Pero, muchacho… cómo te dejó —me dijo.

—Fue algo sin importancia —contesté.

En ese preciso momento apareció la señora Andrea.

—Me contaron lo que hizo Nicolás.

—No fue nada —le aseguré.

—Te vas a quedar con trabajo cerca de la casa, así te alejaremos de él.

Sentía que me protegían más de lo necesario, pero ya había aprendido que, cuando algo se les metía en la cabeza, era más fácil decir que sí. Trabajé en cosas menores: compraba mercadería en la ciudad, arreglaba las cortinas de madera que protegían las ventanas y en más de una ocasión hice de mesero.