Enero del año 2000
Al fin, en la carretera rumbo al sur, el comienzo de un sueño largamente acariciado. El espejo del retrovisor me mostraba la proa del Popeye, nuestro velero de 7 metros de eslora (largo) por 2,5 metros de manga (ancho) firmemente amarrado al tráiler y éste férreamente uncido al Jeep.
Ignacio, mi hijo menor, entusiasta compañero de aventuras y de 22 atléticos años, sentado a mi lado.
El campo, los pueblos y las ciudades se deslizaban por las ventanas laterales, el camino se angostaba hasta coincidir en el punto más distante de la perspectiva. ¡Qué país más enormemente largo es nuestro Chile! Debíamos recorrer más de 1.200 km para llegar al inicio de nuestra aventura, la Isla de Chiloé.
Nos detuvimos para almorzar en un servicentro que ofrecía restaurante y un amplio sitio para estacionar camiones. Almorzamos y pasamos a unos aseados baños. Algo me meteorizó y sentado en el silencioso, expulsé unas salvas de sonoros gases. Unos camioneros jóvenes, entre risotadas me pedían en alta voz un ritmo de cueca para poder bailar. Ignacio, muerto de vergüenza, salió del baño atacado de risa también. Esperé un buen rato para asomarme, evitando a los bromistas.
Tranquilo rodar por la carretera 5 Norte Sur, las suaves pendientes no fueron problema para mi viejo Jeep.
En un Pronto Copec en Los Ángeles, a mitad de camino, nos detuvimos, bajamos a cenar, al baño y luego trepamos al Popeye para dormir ahí.
El Popeye en su cabina interior dispone de 4 literas y un baño químico en un compartimento cerrado, muchos lugares para guardar comida envasada, tarros de todo tipo, sobres de sopa, agua, cocinilla a gas, etc. Dormimos como lirones y el motor de nuestros vecinos camiones nos despertó.
La mañana transcurría sobre el camino que se estrechaba con perspectiva implacable, afinando su extremo distante. Nuestro lento andar de 60 km/h nos permitía disfrutar el paisaje de creciente verdor y cristalinas aguas, cada vez más caudalosas, de los ríos que atravesábamos. La buena música y comentarios risueños de otras aventuras compartidas, mi hijo y yo disfrutábamos de momentos felices, relajados y tranquilos, entusiasmados también por la expedición que estábamos prestos a enfrentar.