Peligro en el río


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Armamos nuestro velero Vagabundo, trimamos la mayor y el foque. Subía un viento suroeste desde el lago por el eje mayor y centro del río, muy parejo y amable de unos 12 nudos. Casi todos los días contamos con estas condiciones, que nos permitían placenteras navegaciones, incluso contra la corriente, ya que en ese rumbo…

Armamos nuestro velero Vagabundo, trimamos la mayor y el foque. Subía un viento suroeste desde el lago por el eje mayor y centro del río, muy parejo y amable de unos 12 nudos. Casi todos los días contamos con estas condiciones, que nos permitían placenteras navegaciones, incluso contra la corriente, ya que en ese rumbo contábamos con el viento de popa.

El jolgorio familiar era grande y Tatal miraba desde la orilla interesado, pero no muy convencido. Lo entusiasmamos y le pusimos el chaleco salvavidas obligándolo, no sin resistencia, a sacarse la chaqueta; tuvimos que esperar la ceremonia del doblado cuidadoso de la prenda y el encontrar un lugar donde guardarla. Una vez en el agua, Ignacio me tripuló como de costumbre. Los veleros navegan tumbados sobre un lado y es normal. A la primera escora, Tatal, nuestro fiero hombre de la selva, lanzó un ahogado grito de pavor, mientras se agarraba con frenética fuerza de un obenque. Viramos y navegamos a toda prisa volviendo sobre nuestra estela. Tatal, como casi todos los chilotes, no sabía nadar.

Y llegó el día en que levantamos el campamento, sacamos el velero del agua, lo montamos sobre la parrilla del auto y desarmamos las carpas, en fin, todo el ajetreo cansador del fin de la expedición. Tatal nos ayudó y alivió enormemente la tarea. Todo limpio, en orden y guardado.

Con su raído sombrero en las manos, nuestro querido guía chilote recibió muy agradecido el doble del salario que había solicitado. Nos abrazó uno por uno haciéndonos crujir las costillas. A Andrés le regaló una cruz que había tallado en esa semana que nos acompañó y lo fuimos a dejar al muellecito de Puerto Piedra. Las vigorosas remadas hicieron romper las aguas que burbujearon al ser hendidas por la aguzada proa. No volvió la cabeza, lo vimos, más bien cabizbajo, cómo se perdía en el primer recodo del río.

Dos años más tarde volvimos a Puerto Piedra, e instalamos el campamento en el mismo mágico lugar.

El segundo día sentimos un silbato estridente que provenía del muellecito. Nos apresuramos hacia ese lugar y nos encontramos con un barquito de turismo y pesca. Bulliciosos y algo entonados turistas se paseaban por la cubierta vaso en mano. Una figura maciza vestida con un apretado traje naval, con gorra y todo, luego de amarrar la embarcación a la cornamusa del muelle, corrió hacia nosotros con trabados pasos dificultados por el estrecho traje que lo asfixiaba. Era el capitán Tatal. Contratado por una empresa turística, gobernaba la navegación de aquella embarcación que le aseguraba ingresos que jamás soñó, pero que a cambio le arrebató su esencia. Nos volvió a estrujar con sus abrazos traumáticos. “¿Cómo has estado niño de Dios?” Inquirió, mirando con el cariño de siempre a Andrés. “No podía dejar de verte”. Dicho esto, de un salto trepó al barquito donde lo esperaban impacientes los dipsómanos turistas.

Nunca más lo vimos; en verdad nos despedimos de él hace dos años atrás. Ese era él, el hombre del lago.

Agosto 2023

## En el mar interior de Chiloé