Durante mucho tiempo yo mismo di por sentado que el conocimiento era una facultad exclusivamente humana. Sin embargo, mientras más observaba la naturaleza, más difícil me resultaba sostener esa idea. Uno de los propósitos de este capítulo es cuestionar la concepción antropocéntrica del conocimiento.
Esta forma de entender el mundo nos ha llevado a considerar que la inteligencia, el aprendizaje y la capacidad de perfeccionamiento son cualidades únicas de nuestra especie, relegando a la naturaleza al papel de un simple escenario pasivo donde solo los humanos tenemos la capacidad de conocer.
Propongo una perspectiva distinta. En lugar de asumir que el conocimiento nace únicamente en el ser humano, te invito a observar cómo la naturaleza parece conocerse a sí misma. La evolución de las especies, la organización de los ecosistemas, la extraordinaria capacidad de adaptación de los seres vivos e incluso la estabilidad de las leyes físicas muestran procesos permanentes de ajuste, aprendizaje y perfeccionamiento. Estos fenómenos sugieren que el conocimiento no es un atributo exclusivo de la mente humana, sino una propiedad inherente de la propia naturaleza, que se manifiesta de distintas formas y en distintos niveles de complejidad.
Así, el ser humano deja de ser el creador del conocimiento para convertirse en una expresión más de las diferentes formas de conocimiento. Nuestra capacidad de razonar, descubrir y crear no sería una excepción dentro del universo, sino la continuación de un proceso mucho más profundo, mediante el cual la naturaleza, a través de múltiples mecanismos y escalas, se explora, aprende de sí misma y evoluciona. Estudiar esos procesos no solo amplía nuestra comprensión del conocimiento, sino que también nos invita a reconsiderar el lugar que ocupamos dentro del orden natural.
Lo que sigue es una reconstrucción cronológica, a modo de marco teórico, que reafirma mi idea de que el conocimiento ha evolucionado desde la antigüedad hasta la actualidad, siempre desde una mirada antropocéntrica.
## 1. Antigüedad: el conocimiento como búsqueda de la verdad
Para Sócrates, conocer no consiste en acumular información, sino en buscar la verdad mediante el diálogo y el cuestionamiento. Platón sostiene que el conocimiento verdadero pertenece al mundo de las ideas y que conocer es, en cierto sentido, recordar. Aristóteles, en cambio, afirma que el conocimiento comienza en la experiencia sensible y alcanza su plenitud cuando la razón descubre las causas y principios de la realidad.
En Oriente, Confucio vincula el conocimiento con la virtud y la acción correcta, mientras que Lao Tse advierte sobre los límites del pensamiento racional y propone una sabiduría intuitiva en armonía con el Tao. El Buda, por su parte, entiende el conocimiento como una experiencia de transformación interior orientada a la liberación del sufrimiento.
## 2. Edad Media: el conocimiento subordinado a lo divino
Durante la Edad Media, el conocimiento queda integrado en una visión teológica. Para pensadores como Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, la razón es valiosa, pero encuentra su fundamento último en Dios. Conocer implica comprender el mundo desde una verdad trascendente.
## 3. Modernidad: el protagonismo del sujeto
Con la modernidad, el centro del conocimiento pasa a ser el sujeto que conoce. Descartes confía en la razón como fuente de certeza; Locke y Hume sostienen que el conocimiento proviene de la experiencia. Kant sintetiza ambas posiciones al proponer que conocer es el resultado de la interacción entre la experiencia y las estructuras mentales que organizan la realidad.
## 4. Siglo XIX: el conocimiento como proceso
Hegel concibe el conocimiento como un proceso histórico que avanza mediante contradicciones, mientras que Marx sostiene que está condicionado por las estructuras materiales y sociales. Paralelamente, la ciencia moderna, representada por Newton y Darwin, consolida un modelo basado en la observación, la experimentación y la formulación de leyes generales.
## 5. Siglo XX: la crisis de la objetividad
Durante el siglo XX, la idea de una verdad completamente objetiva comienza a cuestionarse. Popper sostiene que la ciencia progresa refutando teorías más que confirmándolas. Al mismo tiempo, la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica muestran que la relación entre observador y realidad es más compleja de lo que se pensaba.
## 6. Pensamiento contemporáneo: el conocimiento como construcción
En las últimas décadas, el conocimiento deja de entenderse como un simple reflejo del mundo. Piaget muestra que se construye durante el desarrollo cognitivo, mientras que Humberto Maturana propone que conocer es un proceso biológico mediante el cual los organismos generan su propio mundo en interacción con el entorno.
## El conocimiento: occidente y oriente
Quizás una de las primeras distinciones que emerge con claridad es la que separa dos formas de entender el conocimiento: la occidental y la oriental. En Occidente —Europa y América como sus principales escenarios— el conocimiento parece haber estado históricamente orientado hacia un fin preciso: comprender la naturaleza para dominarla. Hay en ello una voluntad de control, una aspiración a someter el entorno a la lógica humana.
En cambio, en Oriente, la dirección del conocimiento parece invertirse. Allí, conocer no comienza con el mundo exterior, sino con el interior. Antes de pretender descifrar la naturaleza, el individuo se vuelve hacia sí mismo, como si intuyera que toda comprensión del universo pasa, necesariamente, por la comprensión de la propia conciencia. Esta idea resuena con una sabiduría antigua y sencilla: no se puede ordenar lo externo si lo interno permanece en caos, o dicho en buen chileno, “la caridad parte por casa”.
Tal vez no sea casual que la tradición occidental esté profundamente marcada por la herencia judeocristiana. En el trasfondo de su concepción del conocimiento parece latir aún el eco de antiguos relatos bíblicos: aquel árbol del conocimiento, aquel mandato divino de dominio sobre la tierra, los mares y los cielos. Como si, desde sus orígenes, conocer hubiese estado ligado a ejercer poder sobre lo conocido.
Con un marco teórico trazado a lo largo del tiempo —como una cartografía de ideas sobre lo que ha sido entendido por conocimiento— se abre, casi de manera inevitable, la posibilidad de aventurarse más allá: no solo a repetir lo dicho, sino a tensionarlo, cuestionarlo e incluso contradecirlo. Pensar en el conocimiento, entonces, deja de ser un ejercicio de recopilación para transformarse en un acto creativo, donde dialogan —y a veces chocan— las voces de los grandes pensadores con nuestras propias intuiciones.
Algo parece persistir en todas estas miradas: un cierto antropocentrismo, una tendencia a pensar el conocimiento como una exclusividad humana. Como si el universo, en su vasta complejidad, solo cobrara sentido cuando es pensado por nosotros, como si el universo y sus dinámicas, en sí mismo no fuera conocimiento en su estado más puro.
Sin embargo, basta observar con detenimiento la naturaleza para que esa certeza comience a resquebrajarse. Un río que desciende desde la cordillera no fluye al azar: encuentra caminos, optimiza trayectorias, se adapta. Los osos polares no decidieron racionalmente su transformación, pero su cuerpo guarda la memoria de una adaptación perfecta al entorno. ¿No hay allí, acaso, una forma de conocimiento y sabiduría infinita? No un conocimiento conceptual, sino uno inscrito en la materia, en la vida, en el tiempo.
La diferencia quizás radica en la dirección del proceso. Mientras todas las especies y organismos parecen aprender a adaptarse al medio, el ser humano ha orientado su conocimiento hacia la transformación del medio para adaptarlo a sí mismo. Esta inversión no es menor. En ella podría encontrarse una de las claves para plantear una nueva idea de cómo generar conocimiento.
Esa voluntad de dominio se ha vuelto, además, utilitaria. Hoy la pregunta ya no es solo qué podemos conocer, sino para qué sirve ese conocimiento y si resulta rentable invertir en él. Con frecuencia, el conocimiento termina justificándose por su capacidad de generar tecnología o beneficios económicos.
Desde mi perspectiva, comprender y dominar son cosas muy distintas. Nuestra relación con la naturaleza se asemeja, en cierto modo, a la de los conquistadores europeos con América y África: no llegaron para comprender aquellas culturas, sino para someterlas. Algo similar hacemos con la naturaleza. En lugar de intentar entender sus dinámicas y adaptarnos a ellas, buscamos controlarlas.
Las culturas indígenas, en cambio, suelen mantener una relación más cercana a lo que entiendo por conocer: una vinculación consciente con el entorno antes que una voluntad de dominio.
Quizá el desafío de nuestra época sea volver a valorar un conocimiento cuyo objetivo principal no sea dominar la naturaleza, sino comprenderla y aprender de ella.
Mi tesis se explica muy bien, citando el libro *Las enseñanzas de Don Juan*, de Carlos Castaneda, donde un antropólogo viaja a convivir con indígenas para realizar su tesis. Él llega, desde su mirada occidental y académica, creyendo que posee el conocimiento y que, de alguna manera, puede enseñarles cómo funciona la vida. Sin embargo, paradójicamente, termina siendo él quien aprende de los indígenas. Eso es, justamente, lo que yo pienso que deberíamos hacer: aprender a adaptarnos a la naturaleza, aprender de ella, en lugar de intentar doblarle la mano para conquistarla y dominarla.
Existe un verbo que me parece muy importante: medrar. Hace referencia a prosperar o crecer en relación con el entorno. Yo lo interpreto como un intercambio armónico, donde mis despojos le sirven a otro en un ciclo infinito. Es decir, no arrojo basura al entorno; aquello que ya no necesito, lo que dejo atrás o lo que descarto, puede ser útil para otro ser. Así funciona la naturaleza: todo circula, todo se transforma y todo encuentra un nuevo propósito.
Nosotros somos, quizás, la única especie del planeta que ha roto esa lógica del intercambio natural y no medra verdaderamente con su entorno. Eso es quizás lo que tenemos que aprender, hacia allá debería ir nuestro conocimiento. Sé que, en el estado actual de nuestra sociedad, alcanzar algo así es imposible. Pero sí creo que podríamos aspirar a ese horizonte. Para mí, ese sería el verdadero conocimiento: aprender a convivir con la naturaleza en lugar de imponerle nuestra voluntad.
En definitiva, lo que planteo en este capítulo es que nuestra forma de conocer, centrada casi exclusivamente en nosotros mismos, es estrecha y limitada. Hemos dedicado enormes esfuerzos a estudiar la naturaleza para comprender sus mecanismos y sacar provecho de ellos, pero rara vez nos detenemos a verla como una maestra.
No se trata, desde luego, de renunciar a los avances tecnológicos, pero sí cabe preguntarse si nuestra manera de conocer es la única posible, o si, en algún punto del camino, dejamos de escuchar otras formas de inteligencia que habitan el universo.
Quizás hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos qué podemos obtener de la naturaleza y muy poco preguntándonos qué tiene ella para enseñarnos.