Río arriba


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por

Temprano por las mañanas bajábamos al río dejándonos llevar por la corriente, nuestro amigo solo guiaba el descenso y se detenía en los pozones donde invariablemente picaba. Hacíamos mucho *catch and release* y sólo nos dejábamos cuatro especímenes. Llegábamos al lago en un hermoso correntón, donde la pesada embarcación se aceleraba al penetrar en las…

Temprano por las mañanas bajábamos al río dejándonos llevar por la corriente, nuestro amigo solo guiaba el descenso y se detenía en los pozones donde invariablemente picaba. Hacíamos mucho *catch and release* y sólo nos dejábamos cuatro especímenes. Llegábamos al lago en un hermoso correntón, donde la pesada embarcación se aceleraba al penetrar en las tranquilas, no siempre, aguas del Yelcho.

Al aproximarse la hora del almuerzo, las emprendíamos río arriba. Me producía mucha admiración la facilidad con que nuestro chilote remaba contra la corriente. Le pedí que me dejara intentarlo y me puse a los remos. Comencé a remar con toda las fuerza y estilo que era capaz, mientras nuestro guía se liaba un cigarrillo con un tabaco que portaba en una bolsita de cuero; sí, la misma bolsita que se cierra con un cordón periférico. El cierre de bolsa tabaquera del ciego al terminar la apendicetomía. Me miraba atentamente con una semi sonrisa que se me antojó burlona. Miraba yo, de reojo, una roca en la orilla próxima y no se movía, estábamos estáticos, en el mismo lugar a pesar de mis denodados esfuerzos alentado por el “dale papá, dale” de mis hijos Andrés e Ignacio. Al fin, sudoroso y rendido, entregué los remos. “No se desespere patrón, alléguese a esa orilla”. Y ¡oh! milagro, el pesado bote inició una brusca y rápida ascensión contra corriente pegado a la orilla. Aprendí que los ríos hacen una contracorriente en las orillas y cuando esa orilla deja de brindarla, pues, hay que cruzar hacia la orilla opuesta. Llegamos a tiempo para almorzar.

Nuestro lugareño preparaba el salmón de mil maneras exquisitas, nos enseñó a buscar hierbas que aliñaban sabrosamente los guisos. Nos relataba, ya más relajado, historias de su niñez y privaciones sin dramatizar, era un buen narrador, preciso y desapasionado. Cada dos años viajaba al norte (norte para él era Puerto Montt). La última oportunidad fue al cine y se deslumbró con una vieja película sobre el Titanic. De ahí que bautizó a su bote el “Titani”, saltándose la “c”, vaya a saber uno porqué. Nos deleitaban sus narraciones de las cacerías de jabalíes para lograr el sustento, de la recolección de frutos y verduras naturales, siempre atento al posible acecho del ataque de un puma, que alteraría drásticamente la cadena alimenticia programada.