Una mañana salimos de pesca con Andrés, mi hijo mayor, quien sufría de epilepsia y una leve discapacidad intelectual, actualmente todo bajo control. Estando en medio del lago, Andrés sufrió un ataque epiléptico y Tatal dejó los remos y lo abrazó y cobijó, musitando “niño de Dios, niño de Dios”. Al volver al campamento, Andrés se durmió profundamente, como normalmente reaccionaba al agotamiento y a la crisis convulsiva. Tatal sentado a la entrada de la carpa no probó bocado, sólo miró fijamente, casi sin pestañar a Andrés hasta que despertó. Loco de alegría, el rústico hombre lo abrazó con los ojos llenos de lágrimas. Niño de Dios, niño de Dios.
El niño de Dios
Una mañana salimos de pesca con Andrés, mi hijo mayor, quien sufría de epilepsia y una leve discapacidad intelectual, actualmente todo bajo control. Estando en medio del lago, Andrés sufrió un ataque epiléptico y Tatal dejó los remos y lo abrazó y cobijó, musitando “niño de Dios, niño de Dios”. Al volver al campamento, Andrés…