Muchos nos hemos enamorado, hemos sentido mariposas en el estómago y hemos jurado que esa persona está destinada a estar con nosotros, casi como si fuera una sincronía del universo, donde se mezcla la magia y el destino, incluso para algunos es la voluntad de Dios, pero, ¡te tengo noticias! La verdad es que no es magia ni destino, ni siquiera es completamente tu propia decisión, una parte muy importante la juega la naturaleza de nuestra especie haciendo lo que mejor sabe hacer: manipularte para que seas un instrumento de la procreación y la preservación de la especie humana.
La idealización del amor romántico, es una trampa de la naturaleza para que los genes más aptos avancen a la siguiente generación, por lo tanto los hijos serían la consecuencia de la voluntad de la naturaleza. Es decir, nos enamoramos para procrear. Por otro lado, el matrimonio es un constructo social, creado con el fin de sostener el sistema. En definitiva los que deciden a tu pareja son dos fuerzas gigantescas: tus genes y la sociedad. El amor, el patriarcado, las coincidencias, el azar, el sistema, el capitalismo, la magia, son simplemente la trama donde se desarrolla la verdadera causa.
## La naturaleza manejando los hilos del títere
Arthur Schopenhauer, a pesar de haber nacido con todos los privilegios para una vida convencional, rechazó ese camino y se dedicó a la filosofía. Nunca se casó ni tuvo hijos.
Este filósofo me abrió un punto de vista muy interesante con respecto a este tema. Su vida me hizo pensar que hay un tipo de personas que aprendes a reconocer con el tiempo, no por lo que dicen, sino por lo que no hacen. No siguen el camino esperado; no se casan cuando todos lo hacen; no tienen hijos cuando es lo habitual. Y, sin embargo, no parecen incompletas, sino tranquilas, de una forma difícil de explicar.
Como él mismo plantea, lo que llamas destino muchas veces no es elección, sino el deseo de la vida usándote para continuar.
Y de ahí el tema que les planteo en este capítulo. La creencia más arraigada es que el amor romántico y la familia representan el sentido más alto de la vida. Él lo cuestionó radicalmente, planteando que toda existencia está impulsada por una “voluntad”, una fuerza ciega que busca perpetuarse a través de nosotros. El amor, desde esta perspectiva, no es una elección consciente, sino un mecanismo biológico diseñado por la naturaleza para la reproducción.
La intensidad del enamoramiento no refleja necesariamente compatibilidad real, sino que compatibilidad genética. El intelecto puede quedar subordinado a estos impulsos, haciendo que personas racionales tomen decisiones vitales sin plena conciencia. La neurociencia moderna respalda esta idea: el amor romántico activa circuitos similares a los de la adicción. Además, este estado es temporal. Con el tiempo, la intensidad disminuye y la relación se transforma en una estructura más funcional. Para la naturaleza, el objetivo ya se ha cumplido. Pero para el individuo queda la pregunta: ¿esto era lo que quería realmente?
Schopenhauer conecta esto con una visión más amplia de la vida como insatisfacción constante, cercana al concepto budista de dukkha. Desde esta perspectiva, traer hijos implica introducir nueva conciencia en un ciclo inevitable de deseo, sufrimiento y finitud.
Sin embargo, Schopenhauer no condena universalmente el amor o la familia. Su crítica es más precisa: la mayoría de las personas nunca examinamos realmente estas decisiones antes de tomarlas. Somos guiados por impulsos biológicos, y solo después construimos la narrativa que elegimos libremente.
La cuestión central no es qué camino es correcto, sino si realmente estamos eligiendo el camino. Si tus decisiones responden a una reflexión honesta o a un guión preestablecido.
Esto podría explicar una experiencia bastante extendida: la sensación de que, en algún momento, aquello que llamábamos “química” se desvanece. Esa fuerza inicial, difícil de definir pero intensamente vivida, que nos impulsaba a estar juntos de manera casi imperiosa, parece diluirse con el tiempo. Y no es casual que muchas veces ocurra cuando los hijos ya han crecido, particularmente al entrar en la adolescencia, como si el objetivo biológico —de la reproducción y la crianza inicial— ya estuviera cumplido.
Desde esta perspectiva, una vez asegurada la descendencia, el vínculo pierde parte de ese carácter casi místico o trascendental que lo sostenía en sus inicios. Lo que queda es una relación que debe reconfigurarse sobre nuevas bases, pero que muchas veces no logra hacerlo. Entonces emerge una sensación incómoda: la de estar unido a alguien que, con el paso de los años, se ha vuelto en gran medida un desconocido. Y, en un movimiento simétrico, también uno se ha vuelto extraño para el otro.
No lo calificaría como un fracaso, sino como el éxito de la naturaleza por sobre la voluntad humana. Y, si somos honestos, pocas veces tenemos herramientas para contradecir una fuerza tan poderosa, al menos mientras no somos conscientes de ella.
Lo que ocurre es que, con el desarrollo de la razón y el avance tecnológico, la especie humana ha cultivado la ilusión —frágil, pero persistente— de que puede controlar su propia naturaleza. Es cierto que, en ciertos planos, logramos imponer nuestra voluntad: construimos represas y detenemos el curso de un río, modificamos entornos, intervenimos procesos. Sin embargo, esos actos, por impresionantes que parezcan, resultan insignificantes frente a la escala del movimiento del universo.
Somos, en rigor, una gota en el océano. Y el océano es la naturaleza.
Nos pensamos como entidades independientes, dotadas de voluntad y libre albedrío. Pero lo que interpretamos como decisiones autónomas son, muchas veces, apenas pequeñas variaciones dentro de un sistema mucho más amplio que nos excede. Movimientos mínimos que sostienen la ilusión de control, mientras que, en términos generales, seguimos patrones que no elegimos conscientemente. Esa es, quizás, nuestra condición más incómoda: una autonomía relativa dentro de una estructura que nos determina en mayor medida de lo que estamos dispuestos a admitir.
Desde esta mirada, la idea más radical no es afirmar que el amor sea una ilusión o que la familia funcione como una trampa. Lo verdaderamente inquietante es considerar que la mayoría de las personas no vivimos una vida auténticamente elegida.
La pregunta entonces, no apunta a negar lo establecido, sino a interrogar la propia posición: ¿yo elegí con plena conciencia? No en oposición automática a lo que otros hacen, sino anticipándote a esas fuerzas —biológicas, culturales, sociales— que, de no ser advertidas, terminan eligiendo por ti.
## El piloto automático
Cuando te preguntan: ¿cuándo empiezan a pololear?, ¿y cuándo el anillo? ¿para cuándo es el matrimonio? ¿Cuándo tienen planeado tener niños? y después de que tienes a tu primer hijo, ¿para cuándo la parejita? Esa es la sociedad operando con precisión quirúrgica, impulsando conductas orientadas a la reproducción, es decir, al crecimiento de la sociedad.
La sociedad tiende a empujarnos a seguir ese patrón recurrente de “la pareja”. ¿Cómo opera la sociedad? ¿Es solo la suma de individuos o podría, acaso, poseer algo parecido a una voluntad propia como la naturaleza?
Si llevamos esta lógica un paso más allá, podríamos pensar que los seres humanos somos, en cierto sentido, las “células” de un organismo mayor: la sociedad. Así como yo no consulto a mis células para tomar decisiones, la sociedad tampoco parece responder a la voluntad individual de quienes la componemos. En este sentido, el todo actuaría con una lógica propia, independiente de sus partes.
En esta misma línea, podría pensarse que, así como la biología opera con cierta autonomía —utilizando al individuo para fines como la supervivencia y la reproducción—, la sociedad también “utiliza” a los individuos para alcanzar objetivos que no necesariamente coinciden con los intereses personales de cada uno.
Así, a la biología se suma la sociedad como una segunda fuerza que acota nuestro libre albedrío. Esta idea puede resultar incómoda, incluso perturbadora, pero también tiene algo de liberador.
## La pastillita roja
A veces la verdad duele, pero hay quienes preferimos esa incomodidad antes que el consuelo de una ilusión.
Algo parecido ocurre en la película Matrix, cuando Morpheus le da a Neo la posibilidad de elegir: “Tomas la pastilla azul y la historia termina aquí. Tomas la pastilla roja y te quedas en el País de las Maravillas, y yo te mostraré cuán profundo es el agujero del conejo”.
En este caso yo elijo la pastilla roja, ¿y tú?
Cuando hablo de elegir la pastilla roja, no me refiero a escoger entre estar o no estar en pareja. Me refiero a tomar conciencia de que existen dos fuerzas fundamentales que influyen en nuestras decisiones. Por un lado, está la biología: nuestras hormonas, instintos y necesidades. Por otro, está la sociedad, que constantemente nos empuja hacia ciertos comportamientos que son considerados correctos, normales o deseables.
Ser consciente de estas fuerzas no significa rechazarlas. De hecho, aun comprendiendo su influencia, puedo decidir estar en pareja. El punto es no negar su existencia, sino dejar de ser ciego frente a ellas. Sería absurdo negar la presión que ejerce la sociedad sobre los individuos para formar una pareja. Basta observar la cantidad de leyes, constituciones, libros, películas, series y relatos idealizados que, de una u otra forma, nos conducen hacia esa institución, casi siempre acompañada de la promesa de: “y serán felices para siempre”.
En este punto me interesa examinar la visión que Nietzsche tenía sobre la pareja (Así habló Zaratustra, “De los hijos y del matrimonio”), pues sostiene que una relación solo puede convertirse en fuente de felicidad, cuando no nace de la presión social, sino desde la libertad individual.
En otras palabras, Nietzsche nos invita a no elegir pareja porque “ya es el momento”, porque la narrativa colectiva nos dice que debemos hacerlo o porque quienes nos rodean esperan que formemos una familia. Nos invita a hacerlo únicamente cuando nos sentimos plenos y deseamos compartir esa plenitud con otra persona.
La verdadera relación, no nace de cumplir con la norma social, nace de elegir con libertad. No es aquella donde dos personas se completan, sino donde dos individuos completos se encuentran. No se trata de llenar vacíos, sino de compartir excesos. No de necesitar, sino de poder prescindir y aun así elegir quedarse.
En simple, no busques tu media naranja, sé una naranja completa y haz pareja con otra con quien compartir tu vida.
Sin embargo Nietzsche sostenía que la mayoría de las veces no ocurre de esta manera.
Su pensamiento es que muchas personas no eligen desde la plenitud y la libertad, sino desde la necesidad. Buscan en el otro alguien que los complete, que llene sus vacíos o que les otorgue el sentido que no han sido capaces de construir por sí mismas.
Y ahí comienza el problema. Porque cuando la pareja nace de la necesidad, inevitablemente se convierte en dependencia. Ya no se trata de dos individuos que se eligen desde la plenitud, sino de dos fragilidades que se sostienen mutuamente para no caer.
Si observamos la pareja desde esta perspectiva, aparece una pregunta incómoda: ¿estoy eligiendo a esta persona porque realmente la deseo en mi vida o porque temo a la soledad?, ¿Estoy con esta persona para responder a la narrativa colectiva?
Entonces el problema no es la pareja en sí, el problema es desde donde surgen la mayoría de ellas.
Y ese es precisamente mi punto. No estoy cuestionando la institución. Lo que cuestiono es desde donde nacen la mayoría de las parejas, y esa idea de que la felicidad viene garantizada con ella. La pareja puede ser una fuente de amor, compañía y crecimiento, pero no existe ninguna garantía de que conduzca automáticamente a una vida feliz.
Por eso considero importante entender como nacen las relaciones en su mayoría, y la narrativa que la sociedad construye a su alrededor. Solo cuando somos conscientes de cómo opera nuestra biología y la narrativa dominante, podemos decir que elegimos libremente.
Bajo esta perspectiva, se transforman nuestras formas de entender las relaciones de pareja. La noción de culpa se diluye: ya no se trata de que uno u otro sea responsable de que una relación no funcione según los ideales románticos, sino de reconocer que ambos participamos —muchas veces sin saberlo— en dinámicas mucho más amplias que nos exceden.
La idea de este capítulo no es plantear que Schopenhauer, Nietzsche y yo estemos en contra de la pareja. Por el contrario, a mí me parece que la pareja puede ser algo maravilloso. Sin embargo, no puedo dejar de observar que existen dos fuerzas poderosísimas que, de alguna manera, nos manipulan cuando no somos conscientes de ellas.
Es muy posible que Schopenhauer y Nietzsche hayan calado tan profundamente en mí, particularmente su visión en estos temas, ya que he intentado dos proyectos de pareja, ambos lamentablemente sin éxito.
El desafío, entonces, podría ser otro: trascender esa dimensión inicial y construir vínculos que no dependan exclusivamente de la química y la aceptación social. Apostar por una relación que se sostenga en una decisión consciente, en el crecimiento mutuo —personal, intelectual y espiritual—. Porque, inevitablemente, llegará el momento en que la intensidad biológica se atenúe, la presión social desaparezca y lo que permanecerá será aquello que haya sido construido más allá de ella: la conexión profunda entre dos personas.# Capítulo