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por

La noche anterior a la fiesta, yo estaba convencida de que ir era la decisión más tonta que había tomado en mi vida. Me caería de las escaleras con mis grandes tacos y sería, en vez de una mansa mujer, una muñeca torpe y rota. La burla de todos en el lugar… Mis manos sudaban.…

La noche anterior a la fiesta, yo estaba convencida de que ir era la decisión más tonta que había tomado en mi vida. Me caería de las escaleras con mis grandes tacos y sería, en vez de una mansa mujer, una muñeca torpe y rota. La burla de todos en el lugar… Mis manos sudaban.

Connie me encontró en un rincón del patio, hecha un ovillo. Me miró.

—¿Qué pasa?

—Creo que es una mala idea —aseguré.

—Francisca, eres una mujer fuerte, trabajadora e inteligente. Has tenido que inventarte muchas veces para sobrevivir; en esta ocasión podrás disfrutar. Es verdad que por algunas horas, pero por ese tiempo deja que el mundo sea tuyo y sal a comértelo, sin límites sociales. Mañana serás… Solo eso: ser.

La abracé fuerte; tenía tantas ganas de ser todo lo que ella pensaba de mí y por fin encontrar un lugar donde pertenecer y ser aceptada por quien soy, sin ningún disfraz, aunque fuera por un segundo.

—¡Te traje las cosas de Gatúbela!

La miré, tratando de negarme.

—Debes ser Gatúbela por dentro y por fuera, como si el mundo te perteneciera.

Ese último día avanzó a pasos agigantados de hormiga —cada vez que lo pensaba, me parecía extraña la frase y, sin embargo, tan correcta—: las horas corrían y los minutos no pasaban. Mis ganas, mi temor, mi anhelo peleaban en mi interior: esperar tanto algo y estar segura de que me daría un paro cardíaco antes de vivirlo.

El sábado llegó.

Alejandra quería tener una entrada triunfal en su propio cumpleaños; para eso era la festejada.

Princesas, sapos, raperos, flores, rastas, vagabundos, monjas, policías… y llegaban más invitados: romanos, Adán y Eva. Constanza se apresuró a la fiesta al ver llegar el auto de Cristián; hacían una pareja maravillosa. Se saludaron con complicidad y entraron en el salón. Alejandra decidió ir cuando eran las nueve de la noche.

—Espera un poco; casi todos los invitados ya llegaron y tú tienes que hacer la entrada triunfal —me dijo Alejandra.

Me maravilló su capacidad de soltar su protagonismo y regalárselo a una verdadera extraña. Sin mezquindad.

Al llegar Alejandra a la fiesta, la música cesó y todos alabaron a su princesa. Yo ya estaba vestida, con el pelo entero tapado; solo se veían mis ojos y mi boca, y mi figura se dibujaba por completo. Sonó el teléfono y contesté: era Constanza, que daba la señal para mi llegada… Caminé por el jardín, subí las escaleras y solo una puerta me separaba de mi pesadilla.

Quedé un instante encandilada por las luces. Pasaron unos momentos, realmente no sé cuántos. Bajé las escaleras lentamente, calculadamente, estirando las piernas; era un momento para brillar: me convertía de un pequeño ratón asustadizo en una gata fuerte y misteriosa. Una silueta se acercó a mí y estiró su mano. No distinguí quién era y, siendo sincera, las posibilidades de reconocerlo eran casi nulas, y las de caerme… mucho más probables. Estiré las mías y me deslicé tocando su piel.

—¿Bailas?

Y en un segundo estábamos en la pista. Miré hacia arriba: era Nicolás, vestido de capitán, o de pirata: sombrero de ala con una pluma blanca, camisa ancha abierta en el pecho, pantalones negros y botas. Su cuerpo se veía musculoso y tostado. Me estremecí. ¿Me habrá reconocido? ¿Sabrá quién soy? ¿Me descubrirá en medio de la fiesta? Qué miedo tan grande. Quise correrme. ¿Cómo podía ser mi suerte tan mala? ¿Cómo no podía haber alguien agradable en esta fiesta que, sobre todo, no hiciera peligrar mi trabajo? Terminando de bailar, quise distanciarme, pero me detuvo del brazo y dijo:

—¿Te vas? ¿Podemos bailar un poco más…?

Me quedé quieta. Se aproximó a mí; aún no nos tocábamos y, sin embargo, sentía el calor que emanaba de su cuerpo. Me rozó con tanta delicadeza que estoy segura de que creyó que me quebraría en mil pedazos o me desvanecería.

Sus manos recorrieron lentamente mi cintura; eran fuertes, cálidas, grandes. Dejé de respirar. Me atrajo hacia él y quedé con la cara pegada a su pecho; estaba agitado y un poco sudoroso, con ese olor entre colonia, sudor y hombre que yo ya había sentido y que me era embriagador. Me sujeté de sus brazos; mis manos lo único que querían era recorrer esos músculos que había visto… ¿cómo se sentirían? No pude evitar que un par de mis dedos se metieran, curiosos, entre la tela de su camisa, con suavidad, rogando que no se diera cuenta. Me perdí en mi cabeza, en mi pequeño sueño; hasta quise rozar su piel con mis labios, pero logré despertar de mi ensoñación y darme cuenta de que su cara miraba hacia abajo, hacia la mía, con los labios abiertos y la respiración entrecortada, y no evité que mis dientes atraparan mis labios para no dejar salir un gemido de lo más profundo de mis pulmones. Quisiera decir que en mi cabeza había una lucha entre lo que debía hacer y lo que mis manos curiosas y locas estaban efectivamente haciendo, recorriendo. Pero no: en ese momento no existió nadie que llevara el timón y me detuviera. A mi favor, diré que me emborraché de su cercanía.

Se sacó el sombrero y dijo:

—¿Te conozco? —sonrió.

—Soy Gatúbela, ¿no me ves?

Sentía los ojos de Connie y Alejandra pegados en nosotros. Nunca imaginé que bailara tan bien. Nos reímos, conversamos y jugamos con la incógnita de mi persona. Por fin mi cabeza volvió a funcionar. Por órdenes de mis amigas, se puso música lenta.

Puse mis brazos en su cuello y él tomó mi cintura; se pegó a mí y sentía su respiración sobre el rostro. Al mirar su pecho pude ver cómo sus labios se movían y los mojaba, un poco nervioso.

—¿Gatúbela? ¿Gatúbela?

—¿Qué?

Y sentí sus labios en los míos. Eran tan cálidos y húmedos… Me estremecí hasta lo más profundo de mi ser. Fue un pequeño beso.

—Supongo que no te enojas si te beso…

—Parece que es un poco tarde, ¿no? —repuse con una media sonrisa.

Me empiné un poco y volví a saborear su boca. Entrelacé los dedos en su cabellera y él me estrechó aún un poco más. Cuando nos separamos unos centímetros, su respiración y la mía estaban entrecortadas, y me preguntó si quería estar un poco más a solas con él… Salimos de la casona; me tomó la mano y caminamos por el patio hasta que se dio vuelta repentinamente y dijo:

—Qué maravillosos labios. —Se acercó, tomó mi cuerpo con un brazo y mi rostro con el otro, puso su dedo gordo en mis labios y dijo—: Eres una perdición.

Y se fue acercando a mi rostro. Mis ojos estaban entrecerrados; no pude evitar correr su camisa y tocarle la piel. Me saqué un guante y lo rocé con delicadeza. Mantuvo la distancia suficiente para que lo acariciara, pero se las ingenió para acercarse a mi rostro, y me volvió a besar. Entre su pecho, que quemaba mis dedos, y sus labios, que quemaban mi corazón, apenas podía pensar. Sentimos que paraban la música y que invitaban a cantar el cumpleaños feliz. Fue un chaparrón de agua fría para lo que pasaba entre nosotros.

—Tenemos que regresar —dije.

—¿Es necesario? Me muero por besarte mil veces más.

—Sí.

Traté de zafarme de él, pero no pude, y me dijo:

—Te suelto si me dices quién eres; aún no lo sé.

—Hoy solo soy Gatúbela, nada más.

Me soltó, un poco desencantado, y bajó los brazos. Me acerqué a él y lo abracé.

—Pero yo sí sé quién eres y cómo te llamas. Soy amiga de tus hermanas.

Sus ojos se agrandaron y yo me apresuré a entrar. Justo antes de hacerlo, me tomó por detrás de la cintura y dijo:

—Está claro que no quieres decir nada más, ¿no?

—No.

—Y que no podré ver tu rostro —aseguró.

—No.

Me di vuelta, metí las manos por su camisa abierta, me acerqué a su oído y dije:

—Es lo que puedo darte hoy. Lo tomas o lo dejas.

—Eres mala. Cuando he confesado que me muero por tus labios y has sentido mi cuerpo estremecerse bajo unas pocas caricias, ¿me lo preguntas?

—¿Aceptas? —sonreí.

Me apresuré a poner mi boca sobre la suya y mojé mis labios. Se acercó lentamente, pero su beso fue firme y apasionado… Entramos nuevamente a la fiesta. Alejandra estaba en medio del salón, con una torta inmensa enfrente. Apagó sus velas y se pusieron a servir. Nicolás fue a la mesa, me trajo un plato con dos pedazos y dijo:

—¿Compartimos?

Al decir eso parecía tan tierno… y por mi cabeza lo único que pasó es que yo quería más besos y no torta.

—Sí, por supuesto.

Constanza y Cristián se acercaron a nosotros.

—¿Cómo lo están pasando? —preguntó ella.

—Bien, gracias —respondí.

—¿Y no te parece sensacional el traje de Gatúbela? —dijo Connie, mirando a Nicolás.

—Es la mujer más bella de la fiesta —dijo él.

—Fuimos a comprarnos el traje juntas, y con esa figura era el que mejor le quedaba.

Nicolás tomó mi mano.

—Parece que tenemos muchas cosas que contar de hoy… —dijo Connie.

Seguimos bailando, pero no importaba la música: siempre estábamos juntos, siempre a punto de besarnos. Ya era muy tarde, y esta ensoñación debía terminar; mañana sería un día cualquiera y yo tendría que despertar. Una tristeza enorme me golpeó; no sabía cómo alejarme de Nicolás.

Cristián apareció y preguntó:

—Bueno, Gatúbela, ¿te vas conmigo?

—Sí.

—¿No quieres que te lleve yo?

—Gatúbela no tiene un lugar fijo donde dormir; recuerda que lo hace en los tejados. Es mejor que me vaya con Cristián —afirmé.

Nicolás se apresuró a pegarme a su cuerpo y me miró con ojos temerosos.

—¿Y cómo te vuelvo a ver?

Yo lo abracé un poco más.

—Ya se me ocurrirá cómo —le dije.

Lo besé, y ahora su beso se quería quedar con una parte de mí. Me pasó un pañuelo de su disfraz y me rogó:

—No te olvides de mí.

Y vi sinceridad absoluta en todo él.

Me di vuelta y Cristián me apuró hacia el auto. Nicolás, que tenía mi mano tomada, la fue apretando hasta que se quedó con el guante entre sus manos.

—Me llevo tu olor.

—Y mi corazón también, felina —me contestó, y sonreí.

Entré en el auto y me quedé mirándolo. Al dar la vuelta, cayó una lágrima por mi rostro. Le pedí a Cristián que diera una vuelta por los caminos del fundo y me dejara entre los eucaliptos, lejos de las luces de la fiesta.

—Cuídate, Francisca, y mándale un beso a Connie.

—Bueno.

Me bajé; ahora sí los tacos serían un pequeño problema. Me encaminé por los eucaliptos. Cuando me acercaba a la casa entre los árboles, vi a Nicolás sentado en el pórtico, con mi guante en su pecho. Me quedé ahí, mirándolo, con ganas de correr a sus brazos, pero respiré y me mantuve quieta. Se demoró unos veinte minutos en moverse; yo, petrificada. Me dirigí a la barraca; parecía un gato negro merodeando, o un ladrón. Entré por mi ventana sin hacer ruido y me cambié rápidamente de ropa; puse las botas en una caja bajo la cama, y su pañuelo lo dejé bajo mi almohada. Dormí toda la noche estrechándolo y soñando con él, sabiendo perfectamente que esto había sido una noche, solo una noche, que no podría olvidar, y que tendría que manejar mi cuerpo y mi alma para que su recuerdo, grabado en mis células, me permitiera adormecer lo que había sentido; pero me parecía algo casi imposible…