XV


—

por

Al día siguiente —mi día libre en la planilla—, tenía negada la salida. Me vestí con jeans y polera, pero parecía mujer. Vi mis tareas; revisé el papel. Francisca Castro……………… Limpiar las porquerizas. Pregunté a don José Manuel qué debía hacer. Me miró y dijo: —¿Quién ha puesto esta tarea para usted, chiquilla…? —El patrón.…

Al día siguiente —mi día libre en la planilla—, tenía negada la salida. Me vestí con jeans y polera, pero parecía mujer. Vi mis tareas; revisé el papel.

Francisca Castro……………… Limpiar las porquerizas.

Pregunté a don José Manuel qué debía hacer. Me miró y dijo:

—¿Quién ha puesto esta tarea para usted, chiquilla…?

—El patrón. Y lo voy a hacer, no se preocupe, pero necesito saber cómo.

—¿Estás segura, niña?

—Sí, señor.

Me explicó que tendría que sacar a los chanchos del corral, cavar sacando todo el lodo del suelo, traer varias carretillas del arenal, poner una base y después echarle tierra normal, poner a los cerdos y mojar otra vez la tierra. Terminado esto, tendría que traer los desperdicios de la cocina y dejarlos en el comedero. Recordé mucho cuando me tocó limpiar el corral, por lo que no me parecía tan difícil; y si lo era, lo haría igual.

Llené mi carretilla, me puse un mameluco de trabajo y mis guantes, y empecé. Al mediodía solo tenía a los chanchos en otro corral y comenzaba a sacar ese barro inmundo que me hundía hasta los tobillos. Me fui a almorzar, comí un poco y me traje agua fresca para poder trabajar mejor. Seguí sin parar; los pocos hombres que quedaban en la hacienda tenían prohibido ayudar, y todos estaban con trabajo. Gracias a los focos que iluminaban la propiedad, seguí paleando hasta pasadas las tres de la mañana, hora en que terminé.

Me fui a mi cuarto, donde sobre la cama había una carta hecha por los muchachos, felicitándome, en la que me llamaban Ratona Pancha.

El segundo día no fue mucho mejor: tuve que cepillar todos los caballos y limpiarles los cascos. Me tomé el tiempo para almorzar y no paré hasta terminar. En la noche me bañé, me puse ropa normal y llegué al comedor. Nicolás estaba ahí; me miró de reojo. Me senté en el lugar de siempre; Manuel me hablaba y yo trataba de escucharlo.

El tercer día me tocó el gallinero, y el cuarto, los gansos. Limpiaba, arreglaba rejas, ordenaba. Ale y Connie venían a diario a estar conmigo un rato; casi siempre me quedaba dormida en medio de la conversación, y ellas me cambiaban la ropa y me acostaban. Comenzó a hacer frío y un día apareció en mi cama un cubrecama más abrigado. Cuando lo vi, se los agradecí. Me regalaron chalecos y poleras abrigadas.

Al día siguiente llovería torrencialmente; aun así, debía acomodar unos maderos que estaban más allá del estanque. Supuse que Nicolás no sabía lo de la lluvia, o que él seguía muy enojado conmigo. Salí con una capa y un gorro y me dirigí a mi trabajo. Todos me dijeron que no fuera; yo los miré y dije:

—Es mi trabajo y lo haré. No quiero ayuda, ¿entendieron?

—¡Sí! —me contestaron los muchachos.

Me fui de prisa; quería terminar pronto. Vi los leños, que estaban todos desparramados, y fui haciendo una pila muy ordenada. Llegó la hora de almorzar, pero no aparecí; quería terminar. Mientras tanto, empezó a pasar la hora; ya llovía. Nicolás preguntó por mí.

—No está, señor —dijo uno de los trabajadores.

—¿Pero vino a almorzar?

—No, señor.

—¿Está en la ratonera?

—No, señor.

—¿Pero qué voy a hacer con esta mujer? —dijo Nicolás en voz alta, pero era más bien un pensamiento.

—No sé, señor —dijo el trabajador.

Se puso chaqueta y gorro, salió de la casa, tomó un caballo y a todo galope se dirigió adonde yo estaba.

—¡Francisca! —gritó.

Yo seguí con mi trabajo; me faltaban dos leños nada más.

—¡Francisca! —volvió a gritar.

Se acercó con el caballo —ya me faltaba uno—, se deslizó por el lomo y cayó junto a mis pies. Yo estaba mojada hasta los huesos.

—¿Cuándo te darás por vencida? —preguntó.

—Nunca.

—Eres una mujer.

—Por eso mismo, señor: las mujeres no se rinden.

Me tomó de los hombros; pensé que quería pegarme, pero no fue así. Tomó mis labios con sus dedos, abrió mi boca.

—¿Cómo te olvido? —preguntó.

—No lo hagas.

—Me mentiste.

—En que era un hombre, pero en nada más.

—¿Crees que eso es poco? —Me subió la voz.

—Bueno, entonces olvídame.

Me di vuelta para regresar a la casa; me tomó fuertemente del brazo y me atrajo hacia él.

—Puedo olvidarme de mi nombre, de mi historia, pero de ti, jamás.

Nos besamos; él abrazaba mi cuerpo y yo el suyo. Me estremecía su cercanía y lo quería más cerca aún.

Me tomó con tanta delicadeza… Fuimos a dar al suelo. Nuestra cabeza ya había pasado el lugar donde los límites existen y la boca puede articular un «detente». La lluvia caía sobre nosotros, pero aun así nuestros cuerpos tenían tanta temperatura que emanábamos vapor. Me dejé desnudar con cuidado, pero con urgencia; me di el lujo de rozar su piel sin juicios, sin restricciones, sin temor a que me detuviera o a que algo fuera correcto o no; ya estábamos más allá de eso. Su cuerpo se entregó; sentía su rigidez, su necesidad no solo de entregarse a la pasión, sino de fundirse, de crear en mí un recuerdo tan enorme que fuera suya para siempre. Sentía cómo nos quemábamos, cómo nuestras pieles, nuestros cuerpos se movían al unísono. A pesar de ser la primera vez y de su anatomía bien dotada, no existió dolor en mi cuerpo inexperto; era tan grande mi deseo… El tenerlo en mi interior, sus manos, sus piernas entrelazadas con las mías… todo era tan embriagador. Por un segundo me distraje en la caída lenta y brillante de una gota de sudor; mi boca se acercó para atraparla y saborearla. Nuestro baile continuaba; solo me preocupaba sujetarlo lo suficientemente firme para que no se pudiera alejar de mí. Cuando llegó el momento de mayor complementación, una explosión nos dejó atontados, él sobre mí, en un tiritar involuntario. Eran tantas las sensaciones que sentía que mi cuerpo había perdido la cordura; cualquier cosa que lo rozaba me hacía estremecer. Nos quedamos ahí… no sé cuánto tiempo. Su desnudez me cubría y yo podía acariciarlo; las yemas de mis dedos dibujaban cada músculo, cada rincón, cada célula… Si hubiéramos podido, nos habríamos quedado ahí para siempre, perdida yo en su proximidad, en su entrega.

Cuando despertamos de nuestra ensoñación, nos dimos cuenta de que la lluvia seguía cayendo sobre nosotros. Con dulzura, me miró desnuda.

—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.

Al haber vuelto a mi cordura, me sentí expuesta, tímida… Se dio cuenta y me rogó que no me sintiera así; me abrazó rápido y fuerte.

—No permitas que exista algo que limite nuestra entrega. Permite que nuestra unión sea completa, extrema, sin límites. Quiero disfrutar no solo de tu compañía, sino de tu humanidad y de tu locura.

Nos vestimos sin rapidez, observando al otro. No fue tarea fácil: la ropa se pegaba y se negaba a acomodarse como y donde debía. Cuando lo logramos, un beso sellaría nuestra entrega… pero, sin querer, nuestras manos empezaron a jugar nuevamente, y me alejé.

—Tenemos que volver…

Me subió al caballo y trotamos hasta la puerta de la hacienda. Todos nos vieron llegar; veníamos mojados.

Se bajó y me bajó, deslizándome; me pasó tan cerca de su cuerpo que mi ropa se fue quedando atrapada por su proximidad, y se me vio el estómago.

Salió doña Mónica y dijo:

—Niña, anda a darte un baño tibio. Y tú también, Nicolás.

Nos separamos, sintiendo que nuestra energía, densa y cálida, nos presionaba a quedarnos juntos…

Me saqué la ropa con dificultad. En ese momento, por primera vez, sentí frío; una ducha fue lo que logró entibiar mi cuerpo helado y mi alma caliente. Me vestí; me sentía extraña, tenía sus manos, su piel en el recuerdo, en mi propia piel; no me habría sorprendido que sus manos siguieran hundiendo mis músculos. Creo que en mi vida entera nunca había tenido que luchar tanto para ser un ser pensante; durante momentos fui una verdadera ameba, sujeta solo a sentir… Me puse algo cómodo y abrigado y llegué al comedor. Todos los demás trabajadores se habían ido. Nicolás se puso a mi lado y dijo:

—¿Te puedo llamar Ratona Pancha?

—Solo si puedo llamarte Nicolás.

Nos miramos con complicidad, asentimos en el mismo momento y nos echamos a reír. Después de un momento en silencio, sentía que el mundo entero sabía lo que habíamos vivido; una parte de mí tuvo vergüenza, pero al encontrarme con sus ojos, su calidez, su amor, volví a la seguridad de su entrega. En ese momento habría peleado con el universo entero para mantenerlo a mi lado, por nuestro amor.

Tomando sopa, pregunté:

—¿Qué pretendías?

—Solo quería que te dieras cuenta de que querías ser una mujer —dijo—. Me equivoqué otra vez contigo. Además, quería olvidarte…

—¿Lo lograste? —Lo miré risueña.

—¿Qué crees tú?

—No quiero imaginar nada; solo quiero saber tu verdad.

—Estos días trabajé como un energúmeno, pero todo lo hice en el computador; así no tenía que salir de la casa y no existía la menor posibilidad de verte. Hasta comía en mi cuarto. Pero cuando iba a dormir, tu piel se colaba a mi lado, tu aliento tibio hacía tiritar mis músculos, tu boca mojada rozaba mi cuerpo. Soñé tanto contigo que ya me parecías irreal. Y ayer, cuando destiné los trabajos, te quería lejos de la casa; tenía que hablar y arreglar algunos asuntos en la hacienda. Pero cuando vi que estaba lloviendo, pensé que llegarías a almorzar y que tirarías la toalla. Qué iluso soy, qué tonto. Cuando supe que no estabas, me preocupé, y cuando te vi recogiendo la madera, lo que quería era darte una buena tunda, por porfiada. Sin embargo, cuando te tuve cerca y sentí tu olor, mi boca te extrañaba, y en el momento en que te ibas no pude más: solo quería tenerte a mi lado.

Me paré, caminé hacia él y pregunté:

—¿Y ahora qué?

Se paró lentamente.

—Ahora reconozco frente a ti mi derrota, has ganado.

—No quiero tu derrota —dije—. Quiero tu amor.

—Eso lo tienes hace mucho.

—Pues quiero más, mucho más.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que te quiero entero, que te quiero para mí.

—¿Y yo qué tendré a cambio? —preguntó.

—No tengo mucho que ofrecer. Soy una mujer joven, sin familia, sin recursos, con pocos estudios, pero soy trabajadora, terca, leal hasta la médula; una mujer enamorada por completo de ti. Mi cuerpo y mi corazón tienen tu nombre…

Me tomó en sus brazos y me besó. Con sus manos rozó mi silueta, tratando de dibujarla; mis pechos y mis glúteos apenas los tocó. Yo tiritaba.

—Mi cuerpo te necesita… —susurró.

Me miró y sentía su deseo, pero era más que piel: era la necesidad de que su cuerpo fuera reconocido por el mío.

Acercó sus manos a mi pelo, logrando que mi cabeza se deslizara hacia atrás, y abrí la boca; el aire no lograba llenar mis pulmones. Lo miraba.

—Estamos en el comedor —dije.

Un segundo eterno, nuestras cabezas pensando… ¿Dónde podríamos ir? ¿A la ratonera? Por ningún motivo; nuestra urgencia era animal. Cuando me tomó en brazos, ya no me importaba dónde fuera; quería más de él. Nos dirigimos a su cuarto. Quise detenerlo, pero su determinación me hizo entender que en ese momento ni su familia, ni los empleados, y creo que ni yo misma, lo habríamos detenido. Al llegar a su pieza, me dejó en la cama. Parado frente a mí, me pareció más grande, más fiero, más fuera de control. Se aproximó y mi ropa se fue diluyendo en su urgencia; no me permitía desvestirlo a él: sus manos eran tan urgidas que yo parecía torpe. Se posó sobre mi cuerpo y empezó a besarme el cuello, los hombros; yo intentaba desabrochar sus botones. Se irguió sobre sus rodillas y, de un movimiento brusco, los botones fueron arrancados y la camisa fue a dar a algún lugar que no importaba… Nuestros pechos se tocaron: su calor, su sudor, el mío, la respiración, los besos… «¿Quién fue el tonto que inventó la ropa?», fue el pensamiento que se apoderó de mi cabeza.

Me enganché de brazos y piernas para quedar pegada a su cuerpo, a su hombría; no existía nada más que los dos y el baile perfecto de nuestra unión. Sus manos me sujetaron los muslos, guiando mis movimientos y apurando su urgencia; a esta altura ya no sabía dónde terminaba él y empezaba yo. Nunca pensé que el perfume más embriagador fuera el creado por otro cuerpo que se entrega incondicionalmente a ti, a tus necesidades, a tu deseo.

Al lograr detenernos, cansados e inmensamente felices, sentí mi piel más tersa, más brillante, como si mi cuerpo hubiera estado adormilado toda mi vida.

—¿Y ahora cómo salgo de esta habitación? —La cordura volvió y, con ella, la vergüenza.

—Tranquila. Es verdad que no era el lugar más apropiado, pero los dos somos grandes; no estamos haciendo nada malo, a nadie le hacemos daño. Y todos los de afuera estarán contentos por nuestra felicidad.

Nos paramos y, mientras trataba de vestirme, quedé atrapada en su abrazo; me tomaba por la espalda con tal fuerza que me costaba algo respirar.

—¿Cómo te suelto?

Me moví un poco, me di vuelta y enredé mis dedos en su pelo.

—Tranquilo, estoy aquí y no pretendo irme a ningún lado.

Me soltó y lo agradecí. A pesar de la felicidad que él me hacía sentir, necesitaba un tiempo para que la sensibilidad que había dejado en mí cesara por completo; mis músculos, unos que ni siquiera sabía que tenía, estaban adoloridos y necesitaba un poco de tiempo para volver a estar bien.

—Qué hermosa eres.

De pronto se le iluminó la cara.

—Espera, espera.

Abría y cerraba cajones; la ropa salía y quedaba apilada de cualquier forma. Después de un rato, sacó una pequeña caja.

Un anillo.

—¿Quieres ser mi amante con papeles…?

Lo miré.

—¿Te casarías conmigo?

—Lo fui a comprar después de juntarnos ese sábado; en ese preciso momento ya sabía que quería estar contigo para siempre.

—Pero ¿no crees que es muy rápido…?

—¡No! Esperé años. Mi alma no quiere estar sola y mi cuerpo quiere recorrerte, conocerte y disfrutarte entera, completa, y quiero que cada centímetro de mi cuerpo tenga tu recuerdo. Hay gente que vive toda la vida buscando a otro, y tú lo eres; ¿por qué esperar? Cásate conmigo y hazme un hombre decente: me viste desnudo, me sedujiste; ahora hazme tu esposo.

Me pareció gracioso cómo lo dijo, pero la decisión estaba tomada: tanto de alma como de cuerpo, lo habíamos decidido desde el mismo momento en que la entrega fue total.

Nos vestimos. Tarea más que hazañosa para dos embriagados de deseo y amor.

Salió de la habitación, arrastrándome de la mano y gritando:

—¡Nos casamos! ¡Nos casamos! ¡Me caso con la Ratona Pancha!

Todos salieron a vernos y nos aplaudieron.

—¿Y cuándo? —preguntó don Ernesto.

Me abrazó con picardía y dijo:

—Lo antes posible. Si se puede, mañana; en su defecto, pasado mañana.

Todos rieron, aunque Nicolás y yo sabíamos que eso era lo que queríamos.