No puedo dejar de reflexionar sobre este tema, ya que la mayoría de nosotros hemos pasado por este proceso formativo o deformativo según como se vea. La educación escolar, entendida como institución y como método de formación humana, ha evolucionado con una lentitud sorprendente en comparación con otras disciplinas del conocimiento y de la vida social. Mientras áreas como la medicina, la ingeniería, la física, la tecnología o las comunicaciones han experimentado transformaciones revolucionarias en los últimos dos siglos, el modelo educativo predominante en los colegios continúa conservando estructuras, prácticas y lógicas muy similares a las del siglo XIX. Esta contradicción resulta particularmente llamativa si se considera que la educación es precisamente el espacio desde donde una sociedad debería preparar a las nuevas generaciones para enfrentar los cambios del futuro.
La medicina, por ejemplo, pasó de procedimientos rudimentarios y teorías precientíficas a cirugías robóticas, ingeniería genética, inteligencia artificial aplicada al diagnóstico y tratamientos personalizados. La tecnología transformó radicalmente la forma de comunicarse, trabajar y acceder a la información. La física modificó la comprensión del universo mediante la relatividad y la mecánica cuántica. Incluso el arte y la cultura han experimentado profundas mutaciones gracias a los medios digitales y a las nuevas formas de producción simbólica. Sin embargo, al ingresar a muchos colegios actuales, todavía es posible observar una dinámica esencialmente idéntica a la de hace más de cien años: filas de estudiantes sentados frente a un profesor que transmite contenidos de manera vertical, horarios rígidos, evaluación memorística y estructuras disciplinarias heredadas de modelos industriales.
Esto ocurre porque el sistema escolar moderno nació, en gran medida, durante la consolidación de los Estados nacionales y la Revolución Industrial. Su objetivo principal no era desarrollar pensamiento crítico o creatividad, sino formar ciudadanos obedientes, trabajadores disciplinados y sujetos funcionales para una economía industrial. La organización por cursos, los timbres, los horarios fragmentados y la estandarización del aprendizaje responden más a una lógica fabril que a una comprensión contemporánea de cómo aprende el ser humano.
Además, la educación enfrenta un problema filosófico fundamental: mientras otras disciplinas trabajan sobre objetos relativamente estables —la materia, la biología, la tecnología—, la educación trabaja sobre seres humanos, es decir, sobre conciencia, cultura, emociones y relaciones sociales. Esto vuelve cualquier transformación educativa más lenta y conflictiva, porque implica modificar no solo contenidos, sino también valores, modelos de autoridad y concepciones de sociedad.
A pesar de los avances en psicología cognitiva, neurociencia y pedagogía, gran parte de la educación escolar continúa privilegiando la repetición mecánica de información por sobre el razonamiento complejo, la reflexión filosófica o la capacidad de resolver problemas reales. Paradójicamente, vivimos en una época en la que cualquier estudiante puede acceder en segundos, mediante internet, a una cantidad de información infinitamente superior a la que poseíamos generaciones anteriores; sin embargo, muchos colegios siguen funcionando bajo un paradigma centrado en memorizar datos antes que en comprender, interpretar o cuestionar.
Esto no significa que la educación no haya cambiado en absoluto. Existen avances importantes: incorporación de tecnologías digitales, metodologías participativas, educación inclusiva, reconocimiento de la diversidad emocional y cultural, y nuevos enfoques pedagógicos centrados en el estudiante. También ha aumentado la preocupación por habilidades como la creatividad, el pensamiento crítico y el trabajo colaborativo. No obstante, estos cambios suelen coexistir con estructuras profundamente tradicionales que limitan su verdadero impacto.
Como decía el profesor de magíster de sociología de un amigo, refiriéndose a los cambios sociales: “cambia el plumaje, pero el pollo sigue siendo el mismo”. Con esta metáfora quiero expresar que, si bien se han incorporado ciertas modificaciones al sistema educativo, muchas de ellas son apenas cambios superficiales; en lo sustantivo, el modelo continúa siendo prácticamente el mismo.
Sabemos que existen modelos de educación alternativa que proponen enfoques más modernos e innovadores. Sin embargo, en términos generales, los resultados que entregan siguen, en mi opinión, siendo relativamente similares a los de la educación tradicional. Aunque sus estudiantes puedan desarrollar miradas distintas en algunos aspectos, en esencia continúan formando parte del mismo molde.
Me llama profundamente la atención que mis hijos, quienes viven en un mundo altamente tecnológico y con acceso inmediato a enormes cantidades de información, reciban una educación muy similar a la que recibí yo décadas atrás. En mi caso, para obtener información debía recurrir a las enciclopedias que había en casa o asistir a una biblioteca. Hoy, en cambio, basta un teléfono móvil o un computador para acceder instantáneamente a conocimientos provenientes de cualquier parte del mundo.
Sin embargo, pese a este cambio radical en las condiciones tecnológicas y culturales, mi hijo estudia prácticamente los mismos contenidos que yo estudiaba a su edad. Ambos aprendimos a sumar, restar, multiplicar, dividir, escribir, y abordamos materias de geografía y lenguaje de una manera muy similar y en los mismos tiempos cronológicamente hablando. Esto evidencia que la estructura profunda del sistema educativo ha cambiado mucho menos de lo que solemos creer.
Considero que los niños de hoy están preparados para aprender y comprender el mundo de una manera distinta a como lo hacíamos nosotros, y mucho más diferente aún respecto de las generaciones del siglo XIX, época en la que se consolidó gran parte del modelo escolar actual. Las nuevas generaciones crecen en un entorno dinámico, hiperconectado y visual, donde la información circula de forma inmediata y donde las habilidades necesarias para desenvolverse en la sociedad contemporánea ya no son las mismas de hace cien años. Por ello, resulta legítimo preguntarse si la educación sigue formando individuos para el presente y el futuro, o si continúa respondiendo a las necesidades de un mundo que ya dejó de existir.
Recuerdo un video que vi en YouTube sobre un estudiante que participó en las Olimpiadas de Matemáticas del MIT. Evidentemente, era un alumno destacado en esa disciplina, y relató una experiencia que lo hizo comprender el verdadero sentido de las matemáticas.
Contaba que todos los estudiantes se encontraban reunidos en un gran salón cuando uno de los profesores les formuló la siguiente pregunta: “¿Para qué estudian matemáticas?”. La mayoría respondió algo predecible: “para saber matemáticas” y, por supuesto, “para aprobar los exámenes”.
Entonces el profesor les planteó un problema. Les pidió imaginar que tenían nueve monedas exactamente iguales, salvo una, que era apenas más liviana que las demás. Además, disponían de una balanza mecánica de dos platos, de aquellas que permiten comparar pesos colocando objetos a ambos lados. El desafío consistía en descubrir cuál era la moneda más liviana utilizando la balanza solamente dos veces.
Según relataba el estudiante, fue en ese momento cuando comprendió el verdadero propósito de las matemáticas. No se trata únicamente de sumar, restar, dividir o memorizar tablas; las matemáticas constituyen un lenguaje lógico que permite resolver problemas, tanto abstractos como concretos. Más que una acumulación de operaciones mecánicas, representan una forma de pensar y de enfrentar desafíos mediante el razonamiento.
A propósito, resulta interesante realizar mentalmente el ejercicio de las nueve monedas y la balanza. Ni siquiera es necesario tener los objetos físicamente para intentar descubrir la solución; basta con razonar cuidadosamente las posibilidades. Precisamente allí reside una de las mayores riquezas de las matemáticas: en la capacidad de entrenar la mente para analizar, deducir y encontrar respuestas a problemas complejos.
Otra idea que me parece especialmente interesante es plantearles a alumnos que ya estén familiarizados con la geometría una pregunta aparentemente imposible: ¿existe un triángulo cuyos tres ángulos interiores midan 90º? Evidentemente, esta idea choca de frente con el conocimiento geométrico tradicional que aprendemos en la escuela, donde se nos enseña que la suma de los ángulos interiores de un triángulo siempre es igual a 180°. Sin embargo, esa afirmación corresponde específicamente a la lógica de la geometría plana o euclidiana.
El problema se vuelve fascinante cuando comprendemos que no vivimos en un mundo estrictamente plano, sino sobre la superficie curva de una esfera. Si realizamos un ejercicio mental sencillo, podemos descubrir que existen otras geometrías posibles. Imaginemos que estamos parados en el Polo Norte y caminamos en línea recta hacia el ecuador. Luego, desde el ecuador, avanzamos en línea recta a lo largo del ecuador, un cuarto de vuelta al planeta. Finalmente, regresamos caminando hacia el norte hasta llegar otra vez al Polo Norte. Lo que hemos trazado sobre la superficie esférica del planeta es un triángulo cuyos tres ángulos interiores son de 90º.
En este caso, la suma total de los ángulos interiores no es 180°, sino 270°. Este tipo de figura pertenece a la geometría esférica y demuestra que muchas de las verdades que aprendemos inicialmente dependen del contexto y de los supuestos desde los cuales observamos la realidad.
La finalidad de ejercicios como este no es confundir a los alumnos, sino mostrarles que el conocimiento enseñado en la escuela suele ser apenas la punta del iceberg. Siempre existen niveles más profundos de comprensión y perspectivas nuevas desde las cuales mirar el mundo. Con elementos tan simples como una naranja o una pelota de fútbol, los estudiantes pueden reproducir este experimento y comprobar por sí mismos la existencia de estos triángulos “imposibles”.
Más allá de la matemática, el verdadero valor pedagógico de este tipo de experiencias consiste en abrir la mente de los alumnos a la idea de que la realidad puede ser mucho más compleja de lo que percibimos de manera inmediata. Enseñar esto es, en el fondo, enseñar humildad intelectual: comprender que el conocimiento humano no es absoluto, que nuestras certezas tienen límites y que siempre puede existir algo más allá de lo que creemos entender.
Otra dimensión que ilustra lo arcaico que puede resultar el sistema educativo se encuentra en la enseñanza musical. En muchos colegios, la música suele enseñarse mediante la repetición de canciones: los niños aprenden a leer partituras y memorizan melodías previamente definidas. Como padres, naturalmente sentimos satisfacción al escuchar la canción que nuestros hijos aprendieron, pero si analizamos este modelo con mayor profundidad, podríamos concluir que contiene una limitación importante.
La música, al igual que el castellano, es un lenguaje. Y cuando observamos cómo se enseña un idioma, comprendemos inmediatamente la diferencia metodológica. En lenguaje no comenzamos memorizando poemas completos; primero aprendemos las letras, luego cómo se combinan para formar palabras y finalmente cómo construir frases y expresar ideas propias. Es decir, antes de repetir discursos ajenos, aprendemos la estructura misma del lenguaje para poder pensar y comunicarnos por nosotros mismos.
Con la música debería ocurrir algo semejante. El sistema musical está construido sobre un conjunto relativamente simple de notas y escalas que, aunque pueden parecer complejas, responden a patrones comprensibles. Si a un niño se le enseña desde temprano la lógica básica de las escalas musicales y cómo las notas se repiten progresivamente en un instrumento como el piano, el resultado puede ser sorprendente: el niño comienza a improvisar. En otras palabras, aprende a “hablar” mediante el instrumento en lugar de limitarse a repetir mecánicamente una melodía memorizada.
Puedo afirmar esto desde la experiencia personal. Cuando mi hijo tenía seis años, ni siquiera le expliqué formalmente qué era una escala musical. Simplemente le indiqué que podía tocar ciertas teclas y otras no, y repetir esos mismos patrones hacia arriba y hacia abajo en el teclado, manteniendo un ritmo que a él le acomodara. De manera intuitiva, comenzó a construir pequeñas melodías propias. Sin saber teoría avanzada, estaba comprendiendo el lenguaje interno de la música.
A partir de esa comprensión más profunda del instrumento, cuando posteriormente aprende una canción o una melodía ya establecida, la experiencia cambia completamente. Ya no se trata de repetir sonidos de memoria como un loro, sino de entender cómo nace esa melodía, cuál es su estructura y de qué manera se organiza dentro del sistema musical. La música deja de ser una repetición mecánica y se transforma en una herramienta de expresión y creación.
Este ejemplo vuelve a poner en evidencia un problema más amplio de la educación contemporánea: muchas veces enseñamos resultados terminados antes de enseñar los principios que los hacen posibles. Priorizamos la repetición antes que la comprensión, cuando probablemente el verdadero aprendizaje ocurre justamente al revés. Un alumno que comprende la lógica profunda de una disciplina desarrolla autonomía, creatividad y capacidad de exploración; uno que solo memoriza contenidos difícilmente logra trascender lo que ya fue establecido por otros.
Aquí es donde comienzo a acercarme al punto central de esta reflexión. Sería absurdo pensar que todos los experimentos o desafíos matemáticos desarrollados en instituciones como el MIT puedan ser resueltos por cualquier estudiante promedio. Sin embargo, lo verdaderamente importante no es el nivel de complejidad del ejercicio, sino el cambio de paradigma respecto de la pregunta fundamental: ¿para qué sirven las matemáticas?
Desde mi perspectiva, ese cambio resulta sustantivo y debería extenderse a todas las disciplinas que se enseñan en los colegios. El objetivo de la educación no debería consistir únicamente en transmitir un cúmulo de conocimientos, sino en enseñar a pensar. Hoy, gran parte de la información ya se encuentra disponible en plataformas digitales y puede consultarse de manera inmediata; por ello, hoy el verdadero desafío educativo consiste en desarrollar la capacidad de análisis, razonamiento e interpretación, aprender a hacer buenas preguntas.
Lo relevante es que los alumnos, a partir de los conocimientos intuitivos y las experiencias que ya poseen, aprendan a establecer conexiones, resolver problemas y construir nuevas ideas. No solo problemas técnicos o mecánicos, sino también situaciones complejas que requieran relacionar distintas disciplinas, comprender contextos y elaborar soluciones creativas. La capacidad de interconectar saberes —matemáticas, filosofía, ciencia, lenguaje, historia o tecnología— constituye una de las habilidades más importantes del pensamiento contemporáneo. Pero ninguna de estas habilidades florece sin lo esencial: el deseo de entender.
Ahora bien, uno podría preguntarse: si este sistema lleva tantos años funcionando, ¿qué tiene de malo? Los niños aprenden en el colegio, ingresan a la universidad, consiguen trabajo y logran desenvolverse dentro de la sociedad. Sin embargo, la verdadera pregunta es: ¿tener ese trabajo y ocupar ese lugar los hace realmente felices?
El sistema educacional contemporáneo, ¿ayuda al alumno a descubrir para qué es bueno y qué le gustaría hacer en el futuro? Desde mi punto de vista, no. Y ahí es donde radica el problema. Si bien forma ciudadanos funcionales que aportan de alguna manera a la sociedad, la gran mayoría termina siendo adulto sin sentirse plenamente feliz con su vida.
Por ello, considero que la educación debería orientar y ayudar a los estudiantes a descubrir, en el fondo, qué es lo que realmente quieren hacer con sus vidas. De esta manera, no solo serían ciudadanos exitosos en sus profesiones u oficios, sino también personas felices.
Cuando hablamos de creatividad, autonomía intelectual y pensamiento crítico, muchas veces terminamos utilizando conceptos que se vuelven vacíos si el sistema educativo no incentiva realmente a los alumnos a cuestionar aquello que ya se considera sabido o verdadero. No basta con repetir estas expresiones en discursos pedagógicos si, en la práctica, la educación continúa premiando únicamente la memorización y la repetición de contenidos aceptados por la autoridad académica.
Por supuesto, esto no significa que todos los estudiantes deban convertirse en un nuevo Einstein ni que todo conocimiento deba rechazarse automáticamente. Tampoco implica promover una actitud de negación irracional frente a cualquier verdad científica o socialmente aceptada. Lo esencial es comprender que una educación auténticamente orientada al pensamiento debería estimular la capacidad de preguntar, dudar, analizar y discutir críticamente las ideas establecidas.
En ese sentido, para mí, sería deber y obligación de toda institución educativa incentivar a los alumnos a cuestionar lo que ya se sabe, no con el objetivo de destruir el conocimiento acumulado, sino de expandirlo y perfeccionarlo. La humanidad no avanza simplemente repitiendo lo aprendido; progresa cuando alguien se atreve a observar la realidad desde otra perspectiva y a formular nuevas preguntas.
Por ejemplo, cuando uno estudia artes plásticas, aprende sobre distintos movimientos pictóricos como el cubismo, el puntillismo, el surrealismo y la mayoría de las grandes corrientes artísticas que conocemos. Recuerdo que nos enseñaban sus técnicas y luego nos pedían reproducirlas a través de dibujos y ejercicios prácticos.
Sin embargo, hoy me pregunto qué habría ocurrido si, después de enseñarnos todos esos movimientos, el profesor, en lugar de pedirnos repetir técnicas ya existentes, nos hubiera desafiado a crear una nueva técnica o incluso un nuevo movimiento artístico. Evidentemente, ninguno de nosotros se habría convertido en el nuevo Pablo Picasso, pero probablemente se habría abierto una puerta distinta en nuestra manera de pensar. Habríamos comprendido que también era posible ir un paso más allá de lo ya establecido.
Esa idea, además, puede aplicarse a todas las disciplinas que se enseñan en el colegio. Más que limitarse a transmitir conocimientos ya definidos, la educación debería incentivar la creatividad, la innovación y la capacidad de cuestionar lo aprendido para construir nuevas posibilidades.
En síntesis, para mí el nuevo alumno no es aquel que simplemente sabe muchas cosas, sino aquel que es capaz de hacerse muchas preguntas e intenta responderlas. La verdadera educación no debería formar estudiantes dedicados únicamente a acumular información, sino personas capaces de reflexionar críticamente sobre el mundo que los rodea.
En definitiva, una educación moderna debería aspirar a formar alumnos que vivan más en el mundo de las preguntas que en el mundo de las certezas. Porque las certezas absolutas suelen inmovilizar el pensamiento, mientras que las preguntas abren nuevas posibilidades de comprensión, descubrimiento y desarrollo humano. Probablemente, educar no consista tanto en entregar respuestas definitivas, sino en enseñar a dudar.